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Zoncera N° 10


“LA NIEVE CONTIENE MUCHA CULTURA”




Esta zoncera la recogió Sarmiento de Emerson y la hizo suya.
En los países donde nieva se piensa así, y se dice. En los que no tienen la suerte de padecerla se piensa lo mismo aunque se dice menos, ahora. Pero persiste en el subconsciente.
Juan José González Arigós me contaba que en Estados Unidos, para borrar la peyorativa imagen de "South America" cuando se habla de la Argentina lo más eficaz es exhibir fotografías de Bariloche. Con nieve a la vista la actitud de los oyentes es otra, pues reconsideran los supuestos basados en palmeras y bananeros.
Es curioso que a pesar de creer en la zoncera, Sarmiento se empeñó en perder cultura ofreciendo las nieves de la Patagonia a los chilenos. Tal vez porque los onas —indígenas hoy sólo sobrevivientes en la palabra de cuatro letras de las cruzadas, suerte que no comparten los alakaluf y los yaganes, también extinguidos— eran más bien un argumento en contra de la cultura que contiene la nieve.
Puedo pensar que los norteamericanos al adquirir Alaska, no fueron en busca de cultura, máxime teniendo presente que se la compraban a los rusos que tampoco eran la cultura. (A pesar de la nieve, pues como sabemos por la canción: "...Moscú está cubierto de nieve y los lobos aúllan".
Alaska era un desierto como la Patagonia; un desierto nevado y sin embargo inculto. ¿O es que la nieve de Alaska aporta cultura y no la de Tierra del Fuego?
Es muy posible que Emerson haya viajado a Florencia, después de dicha la zoncera, para mejorar su cultura artística, y tal vez navegado por el Egeo visitando las ruinas del Partenón; y luego, las Pirámides y los templos egipcios "que el sol calcina". Fechaba sus cartas en números arábigos y veía la hora en números romanos y leía autores clásicos que en su vida se abrigaron apenas con una sabanita. ¡Porque hubo esas culturas sin nieve, en que hasta los dioses vivían a la intemperie, en templos abiertos a todos los rumbos!
A pesar de todo lo cual nuestro zonzo dirá tal vez como Emerson:
¡Ah, si la pampa estuviese cubierta de nieve como el Nueva York de invierno o como el Moscú de la canción! ¡Cómo seríamos de cultos!
En julio de 1918 nevó intensamente en Buenos Aires. En lugar de aprovechar la oportunidad para culturizarme, yo que estaba en el Colegio Nacional me subí las frazadas hasta la cabeza y como el frío siguió varios días, me quedé libre. Evidentemente yo no estaba organizado para la cultura y me perdí la oportunidad; si hubiera estado dispuesto para ser un niño modelo —cosa que veremos más adelante— hubiera aprovechado la oportunidad para asistir a clase justamente esos días que eran los cultos de "primera" y no de "segunda" como los habituales en un país sin nieve.
Esta zoncera está en el filo de las que se refieren al espacio geográfico y las de autodenigración, que vienen en el capítulo que sigue. El comprobar que éste es un país sin nieve, lo que lo disminuye para la "intelligentzia", autorizaría su inclusión en este último capítulo. Pero como su referencia es a lo geográfico —en cuanto a clima— se ha preferido incluir esta zoncera en las que tratan del espacio, reservando para las autodenigratorias las que tratan el hombre y los pueblos.
En el siglo XVIII Hume dijo: "Hay alguna razón para pensar que todas las naciones que viven más allá de los círculos polares o entre los trópicos son inferiores al resto de su especie". (Ensayo Of National Character, 1758). El Iluminismo y el Racionalismo europeo y el poder momentáneo de esa Europa generaban la doctrina de los caracteres nacionales que serviría de sustento filosófico y científico a su predominio sobre los pueblos atrasados. Ya en el Renacimiento Jean Bodin había expresado esta idea de manera categórica: "Los más grandes imperios se han propagado siempre hacia el Sur y casi nunca del Sur al Norte". Voltaire continúa esta tradición climática europea al afirmar: "Cabe hacer sobre las naciones del Nuevo Mundo una reflexión que no ha hecho el Padre Lafitau, y es que los pueblos alejados de los trópicos han sido siempre invencibles, y que los pueblos más cercanos a los trópicos han estado sometidos a monarcas, casi sin excepción". A su vez Montesquieu en su Espíritu de las Leyes declara solemnemente: "Esto se comprueba en América: los imperios despóticos de México y Perú estaban próximos a la línea ecuatorial y casi todos los pequeños pueblos libres estaban y están aún hacia los polos". (No explica si los "pieles rojas", los onas o los araucanos representaban una cultura superior a la azteca o al incario).
Poco cuesta comprobar que los griegos partían de un supuesto inverso, pues miraban de Sur a Norte.
Así Aristóteles en Política, Libro VII, afirma "que los pueblos de clima frío de Europa tienen brío (léase así: brío, no frío, porque esto es cierto) pero son de escasa inteligencia y de escasa capacidad de organización. Los pueblos del Asia en cambio, son inteligentes y de ingenio, pero carecen de empuje. Entre los dos, los griegos, por estar ubicados en una región intermedia por su posición geográfica son a la vez briosos e inteligentes y viven en libertad y con buenos gobiernos".
Como se ve, Hume, Voltaire, y Bodin y también Montesquieu están en buena compañía. Sólo que el Peripatético partiendo de un mismo determinante, la temperatura, afirma todo lo contrario, con lo que el frío —o la nieve— es una contra para la cultura.1
Basta pues enfrentar griegos o romanos con nórdicos para percibir el macaneo de todas estas doctrinas climáticas desde que "la civilización" de los países está vinculada a su momento histórico respectivo, y no a una decisión de la naturaleza que haya establecido cuáles serán de primera y cuáles de segunda o tercera.
Nuestros ilustrados iluministas y románticos pudieron optar por el punto de vista de los griegos. Pero fueron consecuentes con su actitud simiesca en cuanto a las doctrinas racistas y climáticas que profesaba la parte de Europa que para ellos representaba la civilización, desde que identificaban con civilización la de un espacio y de un solo momento de la historia. Pero si el problema de la raza y la cultura inferior —lo que llamaban barbarie— se propusieron resolverlo por la sustitución de los hombres y modos, no podían hacer lo mismo en cuanto a la geografía, de dónde resultó, por la adopción de las teorías climáticas que estábamos indefectiblemente condenados a ser un país de segunda en la medida en que la naturaleza había dispuesto las cosas de una manera distinta —inferior para ellos— al modelo donde se daban las condiciones óptimas.
Ya hemos visto cómo se achicó el espacio para aproximarnos a la "civilización". Pero esto no bastaba desde que no podían mover los trópicos y el círculo polar, ni cambiar nuestras montañas, ni el régimen pluvial, o las erupciones volcánicas, ni nuestros ríos, por los del modelo, ni suprimir las particularidades americanas restantes, ni incorporar las europeas faltantes. Nuestro destino estaba limitado en la geografía, en cuanto no coincidía con las supersticiones científicas que habían asimilado como verdades inconclusas y en las que se suponía el destino condicionado por el clima.
De aquí también que limitaran la imaginación prohibiéndose concebir el país de otra manera que conforme al modelo. Lo geográfico inmovilizaba el desenvolvimiento; tenía que hacerse por los carriles ya establecidos en la civilización que intentaban reproducir, y así el progreso sólo se podía dar como se dio en Europa y en las condiciones de Europa.
Antes he hablado de la extraordinaria imaginación de Sarmiento. Ved ahora a qué poca cosa queda reducida cuando mira a la distancia, limitado por los prejuicios geográficos que constituyen una de las bases de su pensamiento civilizador:
"Al Sur, desde el Río de la Plata a Magallanes, no tiene territorios por la opulencia y la variedad de su vegetación, por la profundidad y utilidad de los ríos que desembocan en el Océano, que prometan ser asiento de grandes y florecientes ciudades... No debemos, no hemos de ser nación marítima. Las costas del Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una marina... No. No hemos de ser nación marítima, líbrenos Dios de ello y guardémonos nosotros de intentarlo... Las marinas son las manos de hierro con que las grandes naciones, nadie más que ellas, extienden sus dominios a través de los mares... No salgamos de nuestros ríos. La naturaleza nos ha indicado nuestros dominios acuáticos río adentro."
"Colonicemos río arriba: colonicemos alrededor de nuestras ciudades y no imaginemos El Dorado; porque el país no vale la pena de correr los azares de una población lejana... Bahía Blanca será algún día algo, aunque nada le ha impedido serlo en tres siglos que está colonizada". (En realidad, recién se empezó con Rosas). "Pero no queremos ponerla en conservatorio creando marina para ir a recoger algunos huevos y plumas de avestruces... Una cincuentena de guardiamarinas que serán luego pilotos lemanes de nuestros ríos, con bastante saber para embelesar una coriza... Nada de mar, así que nos veamos libres de cuestiones con los que en el Pacífico tienen hartos mares".
("El Nacional", 7 de julio de 1879).
Leed ahora la proclama de Napostá, que Juan Manuel de Rosas dirige a sus tropas al terminar la Campaña del Desierto:
"... Las bellas regiones que se extienden hasta la Cordillera de los Andes y las costas que se desenvuelven hasta el afamado Magallanes quedan abiertas para nuestros hijos."
¿Tenía Rosas más imaginación que Sarmiento? ¡No! ¡Qué iba a tener! Simplemente tenía buen sentido, porque partía de no subalternizar lo propio y apoyarse en las realidades geográficas y humanas y no en un falso cientificismo.2
Y sin embargo el sistema de la zoncera ha querido que Sarmiento, que contribuyó a disminuir lo que era —el mal que aqueja a la Argentina es la extensión— y propugnó despreciar lo que restaba, pasa por el conductor del progreso, en lugar de serlo quien conservó lo que restaba y abrió el horizonte del futuro. Este, por el contrario, es según el sistema de las zonceras, el símbolo del antiprogreso, porque la zoncera utiliza la expresión progreso como una abstracción conceptual, válida contra el sentido común que es concreto y exige conservar lo que es, tierra y hombre, y asegurar lo que todavía no está logrado. El visionario se mueve sobre la nebulosa de las ideologías de moda; el hombre de estado se mueve sobre el piso firme de la realidad. Eso es todo y de ahí la necesidad de la zoncera para robarnos el piso.
Y sin embargo Sarmiento tenía delante de sus ojos los Estados Unidos, que tanto admiraba, que estaba realizando su "civilización" sin las limitaciones que las teorías climáticas imponen a las posibilidades geográficas. Veía surgir California y Texas y Utah, Arizona y Colorado, en zonas que están muy lejos de corresponderse con las exigencias climáticas que su visión europea de la civilización le impone. Está viendo la técnica de Europa asimilada y traducida para crear en lo que fue desierto, para transferir al Pacífico lo que es del Atlántico y al trópico lo que está en la nieve, adecuándolo y creando nuevas modalidades o nuevas técnicas que ya no exijan las condiciones europeas. Propone el modelo pero no ve la posibilidad de creación que éste enseña, pues se aherroja en esas leyes inmutables que la superstición de lo europeo, como clima necesario de la civilización determinan. Se cierra para imaginar lo impensable —tal vez esto de la electricidad, del petróleo, del uranio— y al cerrarse cierra nuestro destino porque lo limita a lo pensable dentro de las leyes que acepta como válidas. Cuando enuncia ese pequeño destino ¿qué sabe del carbón, del hierro, del cobre, del azufre, de toda la riqueza potencial que está en ese país más allá de "nuestros dominios acuáticos río adentro", de "nuestras propias ciudades"? ¡Pensar eso es imaginar "Dorados"!
Basta con esto. En esta zoncera de que la nieve contiene mucha cultura, a contrario sensu están contenidas las leyes de nuestra limitación dada por la geografía adversa que es adversa sólo porque no es europea. Vendrán paralelamente las doctrinas económicas destinadas a condicionarnos como nación dependiente. Ya veremos cómo estas zonceras y las denigratorias cuartean aquéllas, para que seamos sólo lo que podamos hacer en el limitado espacio geográfico que se parece a Europa, y donde ella puede copiarse sin intentar nada propio y creador aunque más no sea por la simple adecuación de la técnica o por la creación de técnicas nuevas.
Aparentemente esto de que la nieve contiene mucha cultura es una zoncera intrascendente, pero si la articuláis con todas las zonceras paralelas que llevan a la subestimación de lo propio habréis comprendido su significación en conjunto y su resultado que es crear una mentalidad asentada en el supuesto de la propia inferioridad. Así nuestros teóricos de la civilización hacen todo lo contrario de la civilización que aspiran a reproducir, porque al aceptar como leyes definitivas aquellas en que está fundada su superioridad como producto de sus propias condiciones, acepta la inferioridad nuestra, hija de nuestras condiciones, en cuanto distintas a las que se entendían por óptimas para el desarrollo de la civilización.
Estas son cosas que ya no se pueden discutir seriamente y nadie se atrevería hoy a enunciarla como doctrina. Pero están metidas en el substrato de nuestra "intelligentzia" y van implícitas en cada una de las puerilidades que se siguen sembrando por el aparato de la "pedagogía colonialista". Y si no, pregúntese usted mismo, si no se siente más hijo de la cultura, con un gorro de astracán, si pertenece a la izquierda, o con un stetson londinense, si a la derecha, que cuando se cubre con un amplio sombrero de paja mejor avenido con nuestro clima de segunda.
El objetivo de la zoncera no es desde luego atribuir a la nieve en sí actividades culturales. Es mostrar una inevitable incapacidad generada en la temperatura como ambiente determinante de la alternativa de "civilización o barbarie".



B) ZONCERAS SOBRE LA POBLACIÓN (O de la autodenigración)



"La tesis de la debilidad o inmadurez de las Américas —dice Gerbi— nace con Buffon a mediados del siglo XVIII". Es el traslado a los animales y al hombre de la idea de la inferioridad geográfica que acabamos de ver en la zoncera "la nieve contiene mucha cultura". "Uno de los descubrimientos más importantes de Buffon, y uno de los que más lo enorgullecían es éste: que son diversas las especies de animales del mundo antiguo y de la América Meridional. Diversas y, en muchos casos, inferiores, o más débiles las del mundo nuevo". Así recuerda Gerbi que para Buffon el león, el rey de los animales del viejo mundo en su versión sudamericana carece de melena y además "es mucho más pequeño, más débil y más cobarde que el verdadero león". Agrega Gerbi que la intuición surgida de confrontar el puma con el león se extiende fulminantemente a toda la serie de los grandes mamíferos.1
Así compara el elefante con el tapir y éste le resulta un paquidermo de bolsillo. No se puede comparar la alpaca y la llama con el camello. Como muy bien dice Gerbi, Buffon hace desfilar los animales como si bajaran uno tras otro del Arca de Noé. "Una primera conclusión se impone: la naturaleza viva es aquí mucho menos activa, mucho menos variada, y hasta podemos decir que mucho menos fuerte".2
La segunda conclusión viene enseguida y es que los animales domésticos llevados por los europeos a América corren la misma suerte que los animales salvajes. Dice Gerbi citando a Buffon:
"Los caballos, los asnos, los bueyes, las cabras, los cerdos, los perros, todos estos animales se han hecho allí más pequeños; y... aquellos que no se transportaron, sino que fueron allá por sí mismos —(seguramente del Arca de Noé previa estadía en el viejo continente)—, como los lobos, las zorras, los ciervos, los corzos, los alces, son así mismo notablemente más pequeños en América que en Europa, y esto sin ninguna excepción" (Buffon, Oeuvres Completes, vol. XV. pág. 444).

En conclusión, la naturaleza sudamericana es hostil al desarrollo de los animales. Y enseguida del criterio geográfico viene el criterio genético. Así Buffon descubre que la naturaleza del nuevo mundo es opuesta al desarrollo de los grandes gérmenes. Y aquí ya no se trata de los animales en general sino del hombre en particular. Nos dice: "el salvaje es débil y pequeño por los órganos de la generación; no tiene pelo ni barba, ningún ardor para con su hembra..." (Oeuvres Completes, tomo XV, págs. 443-446).
Sirva saber que la tesis despectiva de nuestra América y su hombre, tenía el respaldo eurocéntrico de la ciencia para comprender en cierta manera esta autodenigración que caracterizó la "intelligentzia" en los primeros pasos del país y aún en el período en que el eurocentrismo se afirmó en todos los terrenos durante el siglo XIX. La deformación producida por el esquema de civilización y barbarie, explica en gran parte una actitud de pajuerano deslumbrado por las luces del centro y hace inteligible el descastamiento despectivo del propio origen, de la propia cultura y de las propias posibilidades. Pero lo que fue un error en el mejor de los casos, al que se sumaba la "leyenda negra", ahora es un crimen deliberado y consciente que se continúa practicando masivamente por la "intelligentzia" a través de todos los instrumentos de información y cultura. Así se opuso el inmigrante al nativo como se habían opuesto civilización y barbarie. Si el país venció haciendo suyo al descendiente del inmigrante, fue venciendo a la "intelligentzia" que buscó el proceso inverso. Iremos viendo algunos aspectos de la autodenigración.



Zoncera N° 11


"GOBERNAR ES POBLAR"
(Con permiso de Mc. Namara y el B.I.D.)




Al hablar de la población no hay frase más adecuada que la enunciada por Alberdi. Pero no se trata de una zoncera en sí, sino todo lo contrario. Se convirtió en zoncera exclusivamente porque el mismo Alberdi le imprimió un sentido autodenigratorio que analizaremos a renglón seguido.
La famosa frase pertenece a las "Bases" y dice lo siguiente: "La población en todas partes y esencialmente en América forma la sustancia en torno de la cual se realizan y desenvuelven lodos los fenómenos de la economía social". Esto no pasaría de ser una simple perogrullada si no adquiriera su carácter de zoncera al subrayar su autor la frase "esencialmente en América". ¿Por qué esencialmente "en América", cuando se trata de un principio general de orden lógico? Simplemente porque poblar en América tiene un sentido especial. Y aquí es donde ya vemos que "gobernar es poblar" no significa lo que literalmente expresa, sino poblar de determinada manera y con determinada población.
Las zonceras concernientes a la población, en otras palabras a las características del pueblo argentino, que se dijeron ayer y se siguen reiterando hoy para el mismo pueblo del mismo origen y para el proveniente de la inmigración, no están enunciadas en la forma habitual de las zonceras. En el fondo se trata de las presuntas incapacidades de los argentinos. Algunas de ellas se analizarán para que se vea la zoncera que constituye su esencia.
Pero aunque la idea —gobernar es poblar— era básicamente buena, el europeismo reinante en la Argentina del siglo XIX la arruinó por completo; si el clima era dañino para la buena salud de las instituciones, como lo enseñaban los sabios de la Europa, y las razas nativas, mestizadas de españoles, no eran mejores, se imponía introducir otras razas, ya que el clima era inmodificable. Ante un país desierto, que sólo necesitaba grandes masas de población para explotar sus recursos vigentes. Alberdi condensó un programa de gobierno en la célebre fórmula. Como su modelo de nación civilizada era Inglaterra (anglomasía compartida hasta por la opinión pública de los países europeos) redondeó en "Bases" la idea de que un peón criollo jamás saldría un buen operario inglés. (Que le contesten a Alberdi los torneros cordobeses de Kaiser o Fiat, que hace cuatro o cinco años pastoreaban cabras en la sierra). En otras palabras, poblar era para Alberdi acarrear inmigración inglesa, que encastase con las mujeres criollas: para lo único que éstas servían era para echar hijos al mundo. Por este extraño mecanismo de un intelectual —y Alberdi fue en realidad el único pensador auténtico de la Argentina del siglo XIX, pues Sarmiento no fue un pensador: era más bien un poderoso artista de la palabra— una buena idea de gobierno se transformó en una de las zonceras de este Manual.
La realidad, como siempre, vino a jugarles una mala pasada a Sarmiento y Alberdi. Los únicos ingleses que vinieron al Plata fueron gerentes ferroviarios, que se instalaron en Hurlingham o Lomas de Zamora. Del país no les gustaban ni las mujeres, contrariando así las esperanzas de Alberdi, pues importaban, por las estipulaciones de la Ley Mitre, no sólo carbón, vagones y tinta para escritorio, sino también esposas. El carácter abstracto de los sueños alberdianos se demostraba acabadamente cuando las mujeres de los ingleses empleados en los ferrocarriles debían dar a luz. Al llegar el momento, la empresa les pagaba el viaje a Inglaterra, para que los chicos de los gerentes y altos empleados abrieran sus ojos en las lejanas islas, sacaran sus papeles en un registro inglés y volviesen poco después a Hurlingham, ida y vuelta pagadas a costa del flete argentino. Contra todas las previsiones de los teóricos, los inmigrantes fueron españoles, italianos, eslavos y hombres procedentes de Europa Oriental. ¡Sarmiento quedó anonadado! Y Alberdi, que ya estaba viejo, vivía demasiado preocupado con otros temas para detenerse a examinar en la realidad social el destino de sus quimeras juveniles. Pero como hay más sarmientinos que alberdianos y casi todos los sarmientinos son hijos de inmigrantes, la mejor lección que puedo ofrecerles es remitirlos a las páginas despreciativas que dirige Sarmiento a los italianos, españoles y judíos en su libro La condición del extranjero en América. ¡Ya verán allí qué demócrata y cosmopolita es el autor de Facundo! Pues los teóricos de la inmigración sólo querían poblar las pampas con escandinavos y anglosajones: vinieron en cambio los inmigrantes menos refinados, aunque más enérgicos y laboriosos que sí se integraron al viejo país criollo y dieron origen a la Argentina contemporánea. Jamás sospecharon que sus hijos y nietos serían educados en una zoncera anglófila y que la descendencia admiraría justamente a próceres que hicieron burla y menosprecio de sus padres gringos.
Decíamos que hay menos alberdianos que sarmientinos y es preciso explicarlo. Los dos eran provincianos de genio. Pero Sarmiento se conchabó enseguida con la oligarquía porteña y a pesar de sus ocasionales rebeldías dio expresión literaria a los gustos e intereses de Buenos Aires. Alberdi, en cambio, que fue hasta el fin de sus días un europeísta convencido, en su ancianidad comprendió aspectos de la vida argentina que permanecieron inescrutables para Sarmiento. Alberdi fue siempre enemigo de Mitre y lo hizo picadillo históricamente, como a Sarmiento. Esas páginas de Alberdi no son bien conocidas. Circulan, en cambio, todas las atrocidades que escribió en su juventud contra los criollos y en favor de los ingleses. (La oligarquía no sólo tiene la manija del poder, sino la bocina de la gloria. Así, lo han maquillado a Alberdi para mostrarlo a los jóvenes con la cara preferida por la oligarquía liberal. Sólo se habla de "Bases" en la liturgia conmemorativa. Y "Bases" no es el pedestal de su estatua, sino la lápida de su sepulcro). Si no lo cree, lector, léala ahora mismo y comprobará lo que digo. Gobernar era poblar... con hombres y mujeres laboriosas de cualquier parte del mundo que quisiesen tener hijos y nietos argentinos. Pero como no vinieron los suecos ni los escoceses, la oligarquía se vengó con el aparato cultural y pobló el país de cipayos, sin necesidad de importarlos, sólo con la escuela y la universidad. De donde un gran pensamiento de gobierno se quedó en pura zoncera. 1


Zoncera N° 12


"POLÍTICA CRIOLLA - POLÍTICA CIENTÍFICA"



El inventor de la zoncera "Política Criolla" fue Juan B. Justo.
En Prosa de hacha y tiza, bajo el título "Los novios asépticos de la revolución", cito una frase del profesor Silvio Frondizi que dice: "Hasta la aparición del Partido Comunista, el Socialista fue el único partido político argentino de base científica". Y comento: "Dado el éxito del Partido Socialista habrá que convenir que en la Argentina la ciencia sirve para todo menos para hacer política o que éste es un país anticientífico".
Lo último es lo que quiso expresar el maestro Justo calificando como política criolla todo lo que no era científico según su parecer — y entre ello los partidos que le ganaban—; científica era la de los países cuyos partidos quería imitar don Juan B. Justo precisamente porque no tenían política criolla. No se le ocurrió pensar que los ingleses tenían política inglesa, los franceses francesa y los turcos turca. Lógicamente no podían tenerla criolla.
Para Juan B. Justo todo lo que venía de afuera era científico y lo que nacía adentro anticientífico, es decir criollo, que es una manera más científica de decir "aluvión zoológico" y "libros y alpargatas", o sea civilización y barbarie.
Todavía usted, paisano, oirá a algún viejo orador hablar de la "blusa del obrero". Es una expresión nacida de lo de política criolla, porque la imagen del obrero, para el "maestro", estaba dada por un sujeto con "blusa" y aquí el obrero resultó "descamisado". Ergo, éste no podía ser obrero porque el obrero no es tanto el trabajador manual como el tipo que usa blusa. (Bueno, no tanto los obreros, como los artesanos y pequeños burgueses que formaban el cuadro proletario inmigrante, inicial del "viejo y glorioso Partido Socialista".
La "blusa" de marras no era desde luego la corralera de nuestros paisanos, ni siquiera la chaqueta azul de nuestros ferroviarios. La "blusa", científicamente, es ese blusón de grandes bolsillos que usted habrá visto, por última vez, en el cine al marido de "La mujer del panadero", que nuestros trabajadores se empeñan en no usar, primero, porque no son científicos, y, segundo, porque después de ver la película han terminado por creer que es un uniforme de cornudo.
Como en la época de la fundación del P.S. no había otros trabajadores industriales que una pequeña minoría, en su mayoría extranjera y más bien artesanal que obrera, el "maestro" Justo se encontró ante esta alternativa: o facilitar las condiciones para el desarrollo industrial que generase un proletariado científico, o aceptar el proletariado rural que existía, como trabajador socialista, lo cual era anticientífico. Esto último hubiera implicado hacer política criolla porque había que poner el partido al nivel histórico del criollaje para hacérselo accesible. La única forma de no hacer política criolla, es decir anticientífica, era limitar el desarrollo del partido al pequeño grupo que permitía hacer política científica y luego propender a la creación de condiciones para un desarrollo industrial que generase trabajadores a nivel científico.
Hizo lo primero pero no lo segundo, porque para la política científica del Partido Socialista era inadmisible la protección aduanera y la intervención del Estado burgués en la promoción del desarrollo industrial, porque el socialismo científico del "maestro", partía del principio científico de que había que hacer lo mismo que el socialismo de los países científicos, para los cuales la división internacional del trabajo redundaba en beneficio de sus trabajadores. En consecuencia, el "maestro" Justo fue liberal en economía, oponiéndose a la protección para mantener el bajo costo de las importaciones e impedir el desarrollo de una burguesía nacional, condición inseparable de la existencia de trabajadores industriales. Esto complacía mucho al socialismo de los países científicos que tenían interés, como los capitalistas de los países científicos, en el bajo costo de nuestras materias primas y en la importación de sus manufacturas. En las Zonceras económicas se verá esto con mayor extensión.
Así, no pudo hacer socialismo con los trabajadores existentes porque eran anticientíficos y se opuso a la creación de una industria que pudiera generar trabajadores científicos, porque eso hubiera sido contrariar al socialismo científico de los países donde daban las pautas científicas de los países dependientes.
De este modo, la "derecha liberal" y la "izquierda socialista" hacían el juego de la economía colonial en beneficio de las burguesías y los obreros de las metrópolis bajo la mirada comprensiva y estimulante de los políticos europeos viendo a la civilización en sus términos más opuestos, trabajar en contra de la barbarie criolla.
Como consecuencia de todo esto, en aquellas provincias del interior donde el desarrollo de una gran industria, vitivinícola y azucarera, pudo dar origen a un movimiento socialista, que efectivamente tuvo un comienzo prometedor, el socialismo se vio en la imposibilidad de progresar porque el medio obligaba a darle a la política características criollas que contrariaban la ciencia política del "maestro". De tal modo Cantoni en San Juan, Lencinas en Mendoza, Bascary y Vera en Tucumán, Mateo Córdoba y Tanco en Jujuy, desplazaron a su favor las posibilidades del socialismo, aglutinando a los trabajadores en su lucha de ascenso por la simple razón de que como no eran científicos podían hacer política criolla.
En la pampa húmeda tampoco los trabajadores rurales reunían condiciones científicas y entonces el Partido Socialista intentó ser el partido de los chacareros arrendatarios que eran más científicos, pero también más clase patronal que proletariado. En la Capital pasó algo parecido, sobre todo cuando los movimientos de masas movilizaron a los trabajadores no científicos. Así ocurrió con el yrigoyenismo primero y con el peronismo después.
Si bien la política criolla en su origen le sirvió al "maestro" para denigrar los métodos antipopulares de la política oligárquica, la expresión política criolla adquirió su más alta y enfervorizada carga imprecatoria cuando las características anticientíficas de la política criolla trajeron la presencia de las masas al Estado. Tan es así que el "maestro", y después sus discípulos, para combatir la política criolla coincidieron plenamente con la vieja oligarquía, convirtiendo al Partido Socialista en el brazo porteño de la lucha contra la política criolla popular, de Yrigoyen y Perón.
Así la industrialización, que contrariaba el planteo económico antiproteccionista y antiestatista del Partido Socialista, venía a contrariarlo mucho más electoralmente al generar masas de trabajadores anticientíficos, que no se oponían, sino apoyaban la evolución burguesa del país. La lucha socialista contra la política criolla dejó de tener por objetivo la lucha contra la política criolla del pueblo, y desde entonces, el Partido Socialista limitó su destino a servir la política antipopular. Así enfrentó primero al radicalismo y después al peronismo, en lo que el cientificismo del Partido Socialista vino a coincidir con el otro partido político señalado por Silvio Frondizi como científico: el Partido Comunista. (Aquí además por consigna exterior).
Pero lo que interesa es señalar la vinculación de los absurdos doctrinarios del Partido Socialista con el supuesto previo de civilización y barbarie, que es el que impidió al "maestro" y sus discípulos adecuarse a la realidad social.
El "maestro", como casi toda la izquierda de esa generación, partió desde aquella zoncera, y la expresión política criolla, no es más que una nueva calificación peyorativa de la realidad nacional. Sin este previo punto de partida peyorativo, serían imposibles de comprender estas contradicciones. Y sobre todo que sea peyorativo decir política criolla. Pero es lógico cuando la política y los intereses que se benefician son "gringos".


ZONCERAS COMPLEMENTARIAS DE
"POLÍTICA CRIOLLA"


Del peyorativo política criolla han nacido otras zonceras complementarias de las cuales se mencionarán algunas. Asados y empanadas. Juego, beberaje y peleas. Educar al Soberano. Quiera el pueblo votar.
Para los impugnadores de la política criolla, ésta ya está condenada desde el vamos, porque asados y empanadas acompañan al acto electoral, y son una prueba de la incapacidad política del nativo.
Al "maestro" Justo le hubiera bastado el más elemental marxismo, o siquiera historicismo, para comprender que el asado y las empanadas son una imposición de la geografía y el transporte, en su momento.
El día del comicio se reúnen en un insignificante villorrio dos o tres mil votantes que habitan en un radio de 30 ó 40 leguas cuadradas.
¿Cómo podrían comer sin asado y empanadas? Los partidarios del P. S. además de ser muy civilizados no pasan de 5 ó 10, y pueden ir a comer a la fonda del pueblo cuya capacidad es de 15 ó 20 cubiertos. ¿Pero dónde comerán los 1.990 que restan?
Con esta simple observación de la realidad, la zoncera se viene al suelo. Si esto lo comprenden los viejos y atrasados caudillos de los partidos tradicionales, ¿por qué no lo entienden los científicos secretarios del centro o fermentario socialista?
Además, aquellos caudillos saben perfectamente, especialmente los conservadores, que la gente come donde le da la gana, y vota —cuando la dejan— por quien le da la gana, así como usa el vehículo que le resulta más cómodo, sea para viajar, sea para quedar bien. Si hubiera sido por los asados y las empanadas y los automóviles, ni los radicales ni los peronistas le hubieran ganado nunca a los conservadores que, por razones obvias, eran los que carneaban gordo, casi como para los ingleses... y de los buenos tiempos.



También la política científica le cargaba a la barbarie —política criolla— los borrachos, las tabeadas y los tajos frecuentes en los días de elección, en su incapacidad de comprender que el acto electoral era a la vez la posibilidad de encuentro en el villorrio de gente desparramada en una gran extensión geográfica y la única circunstancia propicia a su encuentro. Así, el día de la elección tenía un significado de fiesta con esa aglomeración tan espaciada en el tiempo —una vez cada dos años—, donde la gente buscaba las diversiones típicas de las reuniones camperas; también se buscaban los que tenían algún "asunto" que arreglar. De aquello salía la bebida y el juego, que son efecto y no causa; de esto las peleas y los tajos. Ni más ni menos que en la feria de las poblaciones europeas. ¿Cuándo iba a jugar, a beber o a pelear? ¿Cuándo estaban solos?
De todos modos, son situaciones suscitadas por el medio y no por la política en sí y que se corrigen —como está ocurriendo— por la modificación de las condiciones del medio en su integridad. La política se hace con relación al medio y el que prescinde de él, no hace política, se queda en científico, porque el medio no es científico.
¿Pero es científico el medio donde se hace la política francesa o norteamericana, propuestas como modelo? ¿No fue el caudillo de los mercados en París una de las más altas figuras de la Tercera República y se jactaba de ello? ¿Y creen los políticos científicos que como caudillo su técnica era muy distinta de la de Sancerni Giménez o Rabanal, o la de don Alberto?
¿Han oído hablar estos científicos de que en los países de política científica los gangsters de Chicago organizaban la elección de los jueces, o del significado de Tammany Hall en Nueva York? ¡Por favor! ¿No han visto "Los intocables"? Vayan y pregúntenle a Ness, y después me cuentan lo de política criolla.
¡Leyendo la vida de Lincoln de Emil Ludwig, encuentro un relato que viene "al pelo". Escasos de recursos. Lincoln y su rival Douglas, alquilan en común un coche para visitar a los electores. En una ocasión llegan a una granja, y como el granjero está en el campo, arando, Douglas va a verlo; Lincoln, más haragán o más psicólogo, prefiere "trabajarse" a la granjera que en ese momento está ordeñando y para ganarse su simpatía no se le ocurre mejor cosa que sacarle el banquito y ponerse a tirar de las tetas. De la vaca, por supuesto.
¡Lo que hubiesen dicho los detractores de la política criolla si Tamborini, Mosca, Perón o Quijano, u otros más recientes, por ejemplo Illia u Onganía, le hubieran ordeñado la vaca a la votante como don Abraham, ahora que las granjeras también votan! Es cierto que estas de aquí son chacareras, lo que es menos científico que ser granjera.
La filiación intelectual que enuncia la expresión política criolla es la misma de los rivadavianos y se origina en la incapacidad de comprender la realidad porque ésta se ha decretado negativa previamente. No hay que adecuar el proceso al medio sino derogar el medio para crear otro artificialmente.
De tal manera es imposible una política de multitudes desde que ellas pertenecen al medio y así, subconscientemente, la izquierda termina por identificarse con la derecha, aunque sus programas científicos sean inversos: lo mismo da que por razones de privilegio se sostenga el gobierno de la minoría o que se niegue la presencia de las mayorías a mérito de que son anticientíficas; en los dos supuestos, el concepto es el del despotismo ilustrado aunque unos utilicen la política criolla para mantenerlo y los otros lo nieguen, contribuyendo a su mantenimiento.
Todas estas cosas son tan elementales que parece imposible se le escapasen al talento de Juan B. Justo. Su falla no consistía, pues, en su falta de inteligencia. Consistió en lo que hemos señalado al hablar de todas estas zonceras.


I) Educar al Soberano.

Aunque la zoncera ésta no provenga del "maestro" Justo está implícita en la política criolla porque parte de un supuesto puramente pedagógico. La educación no es aquí el producto de una formación histórica sobre la vida, sino de una pura formación pedagógica.
Hace ya años, un periodista español exilado escribió en "La Nación" una nota en que equiparaba a Sarmiento y a Joaquín Costa, el polígrafo y político español, porque ambos habían tenido como lema la educación. Pero marcaba una diferencia, a la que no hacía juicio por inimportante, pues Costa había dicho "despensa y educación" mientras el sanjuanino había prescindido de enunciar la despensa.
¡Pavada de diferencia!
Despensa y educación significa la elevación de las condiciones sociales en el orden material que la educación viene a complementar. Educación solamente, significa confiar exclusivamente en la eficacia del alfabeto. Mientras en el primer caso la educación se asienta en la realidad y produce frutos, en el segundo es como levantar agua con horquilla. En alguna parte he dicho que es inútil enseñar a bañarse a los santiagueños, pues con 42° de temperatura la gente se baña a palpito si hay agua: el problema entonces es de agua, más que de educación, pero los educadores del Soberano creen que basta con el adoctrinamiento teórico.
Esta zoncera corre pareja con la que sigue.


II) Quiera el pueblo votar.

Pero cuando el pueblo vota, como no vota científicamente, están todos de acuerdo en que vota mal porque no está suficientemente educado, y el resultado es que aún los mismos científicos que se aferran a lo de quiera el pueblo votar, terminan por coincidir con los menos científicos de la oligarquía que quieren conservar el poder, aunque no digan esto por poco científico.
No lo dicen, hacen. Y así ocurrió frente al yrigoyenismo y frente al peronismo, porque el juicio sobre la capacidad popular fue el mismo y será siempre: "no está suficientemente educado", es sólo "alpargatas" o "aluvión", en cuanto expresa el pueblo argentino de la realidad y no lo que corresponde al pueblo argentino de la imagen científica. La reacción sigue siendo la misma de los rivadavianos y el fundamento básico el mismo: civilización y barbarie. Y así el "educar al soberano", que es otra zoncera paralela de "quiera el pueblo votar", condiciona ésta al cumplimiento de aquélla. Educar al soberano consiste en meterle las zonceras. Sólo puede votar cuando está azonzado y no conoce sus intereses.



CONTINUARA...


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