En el rincón (El instante fronterizo que separó dos siglos) En las primeras horas del nuevo siglo podían encontrarme caminando por pasillos de paredes despintadas en donde una pequeña ilusión caminaba sobre la cuerda floja de los latidos arrítmicos de su corazón jadeante. Y aunque no era el más autorizado para hablar de tu órgano vital sentía la obligación de mantener en pie la esperanza de escuchar sonidos constantes que vinieran de tu pecho. Eran las tres de la mañana, era un mago para los asuntos de la hora y aunque me costaba decirlo tenía miedo a perderte, y no sabía muy bien si era por el momento que pasamos juntos, o era por la espontaneidad de los acontecimientos que nos trajeron a esta sala. Estaba con frío, era una casualidad lo del sueño, estaba con frío y una modorra que me tiraba sobre el vértice que formaban dos paredes que nos separaban de las fuegos artificiales y un piso de baldosas amplias y viejas que juntaban papelitos, tierra de la calle y bosta de algún perro -me equivoqué, eso estaba en mis zapatos-. Pasaron unos minutos y tu cuerpo parecía tener instantes de lucidez y mejoría…-Esperemos, tenga fe, ¿es usted católico? Podría pedir por ella en la capillita de acá a la vuelta- dijo la viejita de cabello blanco que limpiaba los pisos sin demasiadas ganas mientras con pena me aconsejaba levantarme del piso… “levantarme del piso”. Déle levántese que sino se va a mojar… El médico que estaba de guardia me hacía señas y me decía que podía pasar a verte sólo unos segundos (a escondidas) pero era bien sabido que iba a ser al vicio entrar ya que entre tantos cañitos que entraban por todo tu cuerpo no iba a poder apreciar a aquella piba que pudo darme parte de su tiempo mientras leía poemas de mi autoría y te daba besos en tus piernas cuando esperábamos el instante fronterizo de los días, ese que hace un rato separó dos siglos… -Feliz año dos mil- -Igualmente, feliz nuevo siglo-. Se saludaron dos enfermeras al final del pasillo. El día había empezado sin desayuno y el sol que entraba por la ventana terminó por ganarme la pulseada cerca de las tres de la tarde. La vejiga me estallaba y junto con el aliento me hacían recordar la cantidad de alcohol que tomé anoche en la fiesta del taller de lectura al que asistía. Un par de minutos tardé en reaccionar, y sentir que no era extraña la compañía de una jovencita semidesnuda que se abarrotaba junto al osito de mi hija. Recordaba que tus manos abrieron algo, y eso fue el impulso que necesité para darle cuerdas a mi memoria que no sabía muy bien porque -mentira- sólo te recordaba desde que te dí las llaves en el estacionamiento. Así, entre mareos y una cadenita de oro que colgaba sobre la mesa de luz, pude escaparme hasta el baño mientras dormías. Después de orinar y mientras me cepillaba los dientes se me iba el habla de pensar en como iba a despertarte y decirte que no fue mi intención… ni sabía que habíamos hecho. Estabas completamente transpirada cuando abriste los ojos y llevaste una mano a tu boca para limpiarte la baba, te quejaste del sol con tu ceño pero rápidamente tu rostro cambió y una sonrisa que calmaba mi cefalea y la intriga empezó a aparecer. Buenos días… …le dijo el chancho a su tía. Me siento como embarrada, necesito una ducha. La dificultad de respirar, esa que proponían los relieves oscuros de una muchedumbre artista de sensaciones pétreas, pedía que me alejara rápidamente del lugar donde un amigo me regalo dos medidas de whisky. Trataba de esquivar a los artistas pero ellos estaban intactos, impolutos y no se percataban de mi presencia. Todo el alcohol empezaba a hacer efecto y hacía que las luces fueran laberintos, y entre los humos rojos, las miradas oscuras que potenciaban los flashes del olvido y la música tecno minimal que el Dj nos presentaba, hacían imposible un escape rápido a esa hora en el bar. Con pasos en líneas curvas y las manos ocupadas en sostener un líquido asqueroso, pude finalmente escapar y encontrar un sillón, a esa hora comodísimo, hecho de escalones de mármol sobre la puerta del estacionamiento frente del bar, en donde había dejado mi auto. El calor agobiante hacía de mi pecho un trapo mojado que secaba a la poesía vajilla. Mis ideas, las causantes de comer a la solitaria manera de escribir versos que no riman, ensuciaban cada vez más los platos donde podía saciar con hambre los primeros bocados de una comida desabrida. Por eso pensaba, tragando un par de versos, que estaba bien tratar de acompañar la comida con demasiada bebida y lo interesante de todo esto, era tratar de mojarse cada vez más el pecho: sentir como lavaba, secaba y guardaba los platos con el trapo. Trataba de fijar la vista sobre mi teléfono al que le pedía la hora exacta, pero mis ojos eran un caleidoscopio en donde los colores primarios eran el resultado de la hierba que había fumado, los secundarios el alcohol consumido y los terciarios empezaron a aparecer poco a poco, después que apareciste con un cigarrillo en la boca. -Lucho, ¿tenés fuego? (mozo, llegó la bebida)- -No, ya no fumo, dejé hace tres meses, llegaste tarde-. -¿Te conozco?- Y así como girando mis ojos, empezaste a circular por los grupitos de personas que esperaban afuera del lugar buscando encender tu cigarrillo. -¿Te conozco?- Sonó mi teléfono, el identificador de llamadas me decía Milagros –no me había olvidado de los milagros- y empecé a retirarme para saludar a una hija que festejaba el año nuevo seguramente haciendo circulitos en el aire con una estrellita junto a su madre, muy lejos de su padre, cerca de su casa en algún restorán de Puerto Madero. Cuando terminó la conversación pensaba en los momentos y en el lugar donde me encontraba: muy Surrealista. Era tan surrealista que imaginé de a poco a un artista de bigotes largos, finitos y bien armados llamado Destino, pintándome sobre un estanque, entre relojes y cuerpos dorados de mujeres derretidas, en donde el agua de aquel reflejaba mis ojos picosos de extrañar, los Milagros de la vida. Cuando volví del surrealismo escuché dos vasos de plástico que chocaban silentes en una sala ocupada por dos médicos mientras yo -el tercero en discordia- trataba de no mirar el reloj que colgaba en la pared al lado de un cristo, esculpido por un artista surrealista. La charla de ellos era en susurros y me molestaba más que el mismo ladrido de un perro chico, tanto como esa sensación de vacío que ocupaba todo mi pecho. Habían pasado cinco horas de nochevieja y revisando números en una agenda que había encontrado en tu cartera, pensaba y telefoneaba sin respuestas. “Red ocupada, intente nuevamente mas tarde”… Una ironía, sabiendo las posibilidades que tenías del más tarde. Necesitaba alcohol como las viejas roñosas ostias los domingos y mientras mis viejas se encontraban haciendo fila para buscar un trago, una enfermera demasiado tranquila venía a decirme: “Sed ocupada, intente nuevamente más tarde” El médico…(apuntaba a un gordito) aquel, el gordito, lo espera con noticias. Después de sacarnos el barro de la modorra con una ducha tiramos en el comedor los colchones al piso y nos pusimos a tomar mates mientras mirabas a dos parajitos que caminaban sobre el borde del balcón como queriendo no tener alas. Me acerqué hacia tu pelo cuando la conversación que entablábamos saltaba desde preguntas como ¿tu nombre era?... hasta ¿Qué vamos a cenar para festejar la despedida del año? Los minutos pasaban rápido, la soledad amiga a la que culpábamos de dejarnos caer besos irracionales sobre nuestros cuerpos se iba enemistando y se retiraba caminando hacia el rincón de una pieza junto con un mate frío. De pronto estábamos ocupados en la labor de no volver a sentir esa sensación azul en nuestra alma (ahora roja) que disfrutaba de un instante de placer embriagador, como el vino que pensaba destapar para que festejemos juntos la llegada del nuevo siglo. Pero bueno, estaba muy susceptible por esos días, más si una audaz lengua llevaba mi mente a pensar que lo único que quería descorchar era un estructurado corazón que no se animaba a empapar tu vagina de saliva. Por momentos, como con señas, me decías que querías mis manos para jugar al Truco de pasarla bien por un rato; y a lo mejor yo me sentía sin manos y cabeza, posiblemente mis manos estaban jugando con la soledad, y mi cabeza cebaba mates fríos en el rincón con un embudo. O al revés. -¿Así que le verseás a niñas inocentes?- Volviste como vuelven los dolores de cabeza cuando escribo, como una estampida de colores terciarios que cambiaban de a poco dentro de un caleidoscopio mareado. Quería estar solo pensando en milagros pero viniste a cambiar el Destino o tal vez un cuadro. Te acercaste de a poco con tu cigarrillo de mano derecha, de mano derecha con cartera que sonaba, apagaste tu teléfono pensando que yo te iba a decir algo más que la persona que te llamaba. -Te conozco más o menos… o sea que yo de vos algo y vos de mi nada- Me comentaste que presenciabas el taller de ves en cuando, mejor dicho cuando no tenías inspiración para componer algo en el piano. Eras pianista inmediatamente después de trabajar de contadora y frecuentabas los mismos lugares que yo hace un par de meses, es que trabajabas en un estudio que ocupaba la planta baja de mi ex-edificio en donde todavía vivían los sueños de ser padre. Entonces la respuesta siguiente seguía con que te habías venido de la Gran Capital para trabajar en un banco extranjero que te ofrecía el cuádruple de ganancias, la siguiente pregunta eran tus años ¿cómo podía ser que alguien tuviera tanto éxito con tan pocas arrugas? guardaste en secreto la respuesta con mi nombre completo: Teo Luciano. Me contaste que leías mis columnas en la revista “Ser Saludable” y que te divertías mucho cuando escribía verduras sobre mitología entre medio de recetas, y que tenías la impresión que debía cocinar muy rico entre cuentos y poesía. Te dije que esa revista me había dado la fama de varios grupos sociales: las amas de casa que no cocinan, las mucamas de las amas de casa que no cocinan y las señoras de un asilo (que tampoco cocinan) en donde repartían esas revistas cuando era imposible venderlas. -¿Así que una lectora de revistas de cocina?- -Así es- Seguiste recordando cada cosa que escribía sobre dietas saludables y toda una artillería de estrategias alimentarias en donde la guerra era contra “esos kilitos de más”, hasta que riéndome de la foto que colgaba arriba de mi columna me preguntaste que hacía en Córdoba, en esta noche tan cerca de las fiestas y que si no me gustaría sacarme “esas copitas de más” con un café en la estación de servicio donde despachaba una de tus amigas. Acepté sin ganas, tal vez porque no era una buena noche para secar platos: “…y bueno, ya estamos acá y mañana no cae ningún Milagros”. -Me imagino que sabés manejar así que tomá las llaves que no quiero ser victima del test de alcoholemia- El parte médico había sido poco claro, sólo rescataba que las próximas horas iban a ser importantísimas para el resto de tu vida. El médico había dicho que mejorabas de a poquito y que por lo menos tu corazón seguía latiendo. -No. No te equivocas es el teléfono de ella y gracias a dios que llamaste porque está muy grave… La conversación siguió hasta que la voz horrorizada de su amiga me dijo que iba a llegar lo más rápido posible y que iba llamar a sus padres aunque seguro que hasta mañana no llegarían. Las luces se apagaron en los pasillos cuando una nueva señora, petisa e hiperactiva me dijo que me levantara del rincón donde descansaba mi espalda. Disculpe señor pero ahí tiene una silla, capaz esté mas cómodo que en el piso… “capaz este más cómodo”. Le había calculado las cinco y media de la mañana y mi sueño era una casualidad como toda la madrugada, como todo el día. De pronto el lugar se empezó a llenar de gente, ya todo era un lío donde todos corrían y gritaban. Los minutos empezaron a pasar rápido. Llegaron dos de tus amigas corriendo, que por supuesto no me conocían, una era la nena que había hablado conmigo, Sofía. La llamé, me presenté y le dije lo que había pasado, en realidad no sabía mucho. Tus amigas querían saber más y ahora eran cuatro las que escuchaban a cada rato lo mismo. Me preguntaban donde había estado en el momento que habías decidido empezar así el año y porqué repetías inconcientemente: “viste como abrí las ventanas”. Querían saber más y no las culpo, yo también quería, buscaban a algún médico que les dijera algo más pero era imposible, ya estaba lleno de gente y de sol, de gente con problemas imprevistos, de madres llorando por alguna bala perdida, de padres alocados con hijos borrachos, de niñas que chocaron con un auto, de ojos rojos de vecinos furiosos y de nosotros que esperábamos que te decidas a seguir mejorando. El reloj de la pared me decía que eran las ocho y hacía mucho tiempo que no dormía, Sofía me invito a tomar un café mientras las otras tres esperaban alguna respuesta, entonces bajamos por el ascensor hasta planta baja donde había mucha mas gente. Empezamos a caminar por un pasillo que conducía hasta un barcito, el típico de los hospitales y pedí un café negro. Ella no dejaba el teléfono tranquilo y a cada rato llamaba tu hermana que venía en auto con su marido desde Rosario. Mi boca se llenó de un líquido negro que se trasladó rápidamente sobre mi cuerpo cuando empezó a estar tranquilo y estuvimos un rato mirando hacia los costados entre mis bostezos. Una amiga llamó, nos recomendó que subiéramos. Metí la mano en el bolsillo y encontré una hoja doblada en cuatro, de esas que no riman. “No todas las puertas son salida, a veces hay que salir por la ventana”. Se hizo de noche mientras dormíamos, era un fin de año muy raro, el primero en ocho años sin hija a mi lado. Trataba de entenderte pero mi cabeza seguía en aquel rincón, tratando de no desparramar la tristeza sobre las paredes de mi departamento. Empecé a mirar sobre los costados y aparte de muebles estaba el aroma de tu vida. Encendí la televisión y vos seguías dormida, trataba de encontrar algo interesante pero la programación un fin de año no era muy atractiva, así que pensé en cocinar algo. Había algunas poesías sobre la mesa, desparramadas, como leídas y recordé que una luz a la madrugada mientras me iba a acostar se había quedado prendida. Traté de acomodar rápido las hojas, te esquivaba y no podía creer que iba a compartir nochevieja con una desconocida, una desconocida que quería algo más que a mi vida, algo que descubrí cuando empecé a notar algo de rojo, algo que corría sobre mi alma cuando respirabas junto a un oso. La revista me había dado algunos beneficios, cuatro mil pesos y un consultorio, tener la cocina llena de comida, cocinar algunas rarezas con alimentos que me regalaban cuando daba alguna charla sobre obesidad o actividad física. Pero aquellos beneficios eran ínfimos cuando respirar te sentía y te pensaba así desnuda los próximos días. Eran las veintitrés cuando seguías durmiendo, bajé rápidamente al kiosco de Rolo a buscarte algún regalo y algún chocolate, como si fueras una niña. Volví muy rápido, fue sólo un instante -lo juro- no fue más que eso, el ascensor llego al segundo y abrí la puerta de mi departamento, todavía estabas dormida. Te tapé porque temblabas un poco y dejé tu regalo sobre la mesa. Puse algunas verduras con la mitad de un lomo en el horno, quizá esperaba visitas. Saqué un mantel nuevo que esperaba el estreno, puse los platos nuevos, dos copas, dos vasos, dos velas y seguías dormida. Busqué en la alacena un vino franchute, de esos que se toman muy de vez en cuando -parecía un niño- y volví a ver el horno cuando fui a despertarte. -Sol, sos un angelito dormilón al que le faltan las alas, necesito que te despiertes porque ya se escuchan los fuegos- Toqué tu espalda y moví tus hombros, me agaché y coloqué mi pecho sobre tu dorso. Sentí tu voz rara como torcida. Te abracé despacio, besé tu cuello, toque tus manos, mi corazón chocó contra un blanco realista. Mojado de manos. Un blanco de rojos que martillaba clavos con saña. Mojado de manos. No era mi alma, ni la tuya… Las ventanas. Un café que fue rápido y una nena, que no entendía de lejanías, no le entraba la idea de irme solo creyendo en quimeras, seguía intentando convencerme de permanecer en una estación de servicios. Los momentos eran entrecortados como las conversaciones y la borrachera que tuvo pico tres y media se iba de a poco cuando me convencías de unir con palabras tus habladurías. Tu pelo lacio juntaba flores rojas en una hebilla y empecé a mirar tus ojos, sentí que no querías estar sola, que sólo necesitabas una persona para acompañar tu desidia, para cambiarla o para jugar a la mancha, cuando dejabas tu mano sobre la mesa, tan pura, tan clara, tan linda. Una lágrima tiró por la borda todo intento de escape cuando pensaba decirte que irme era lo más lógico, que era tarde y tenía que despertar antes del mediodía. -Nena, que haces tan sola junto a un viejo borracho que piensa en quimeras y en versos que no riman. No derrames lágrimas sin abrazos, no dejes caer esas lágrimas al piso que se desperdician. Tomá mi pañuelo, es lo único conciente que estamos haciendo. Tal vez estas sola y extrañas a todo lo que te rodeaba, deberías abrazarme y pensar en volver a cenar con tu familia. -No lloro por extrañar, el problemas es que ni extraño. Paso las tardes soñando en que extraño, quiero extrañar, tal vez no existo, tal vez no me estas viendo, y soy un holograma vacío, un tatuaje de chicle sobre tus ojos al cual con cada pestañeo lo mojas y lo borras. Nena- -Dejá de llamarme nena que me irrita. Me llamo Sol- -Sol, sos una mujer hermosa que necesita una cama limpia al lado de otra donde duerme un amigo o una amiga, necesitas que te despierten despacio y te sorprendan con caricias. Cruzaste la mesa y me levantaste, juntaste tus cosas y me abrazaste, pediste por favor que te llevara a mi casa, no querías dormir sola, aludiste un miedo de tu alma que te consumía. No pensaba en otra cosa que en no pensar, actuar instintivamente. Las llaves de mi auto se metieron cuando todo desvanecía sobre un pañuelo tratando de no correr rimel y el motor de mi auto quería tapar el llanto por las calles abandonadas en la madrugada. Mi casa estaba siempre limpia, siempre con escritos sobre al lado de una Notebook que se paseaba conmigo todas las mañanas, casa siempre fresquita, siempre soñando con ser un buen padre. Te estuve hablando todo el camino como un buen hombre sin ver tu espalda o tu boca. Te sentaste en una silla y empezaste a ojear algunos escritos, uno sobre dietas afrodisíacas que adelgazaban a norteamericanos tarados, otros eran cuentos infantiles que le escribía a mi hija y lo demás eran feas poesías. Te divertían los cuentos, cambiaste el humor, te mostré la cama, el baño, la cocina, “hacé lo que tengas ganas” -Que lindo osito… seguro se lo pido prestado a tu hija. Mientras preparaba tu cama y buscaba ropa chica para que uses como pijamas vos estabas en la cocina preparando un te de hierbas y esa confianza me dejo tranquilo, sabía que estabas mucho mejor, ya no iban salir mas lágrimas. Lavé mis dientes, me acosté y mi mente se quedó con tu congoja y la sombra de tu cuerpo que sentada, leía riendo. A la mitad de la madrugada, soñé con un ángel, un ángel que me decía que no quería estar sola, que quería dormir con un columnista y un osito. Tal vez fue una poesía doblada en cuatro, de esas que no riman. Las paredes sudaban transparentes tristezas de puertas abiertas. El puñal y el ángel se mezclaban amigos donde una muñeca ciega lloraba despierta. Me asfixiaba de a poco sin poder pedir auxilio, en tu pecho un cuchillo no dejaba escapar tanta sangre, era todo rojo, era todo blanco, no encontraba el teléfono y las paredes en donde dejaba pitado mis dedos no ayudaban, explotaban de mi pecho los miedos que causan náuseas, no encontraba el teléfono, ¿Cuándo te habías hecho eso?, ¿hace cuanto que estabas tapada?, el teléfono, el horno, el ángel, las nauseas, los versos, por favor venga rápido que se me muere, los clavos, los ositos, el martillazo, los fuegos, apuresé la putamadre, me asfixio, se muere, la putamadre, me asfixio, se me muere… De repente las viejas, la policía, los pelotudos que nunca se corren, los estúpidas preguntas de los policías, los mogólicos de los enfermeros y el columnista que se le quemaban los lomos y se le apuñalaban las amigas. Muñeca de manos perdidas que tocaba alas con los pies. Quería aprender del puñal y desparramar libertades sobre la habitación donde crecían flores rojas, días y una vida. Subía algo tranquilo junto a Sofía que volaba de nervios. Es más, ahora era especialista en situaciones donde tenés que usar primero la cabeza y no dejarla en un rincón tomando mates. El ascensor nos hablaba de tranquilidad con una campanilla cuando llegamos a la sala donde estabas jugando a la mancha. Tristeza de puertas abiertas de hogar que no la encierra, la cobija De abrazos que detienen sus dientes cuando intenta abrir las ventanas. La policía me para, me pide que les cuente todo de nuevo –tranquilícese que acá nadie lo culpa de nada- y yo no pensaba en otra cosa que estar tranquilo (mentira) – hice todo mal, eso es lo que pasó- tranquilícese hombre. Le hablaba a la figura que dibujaba el viento le pedía un paseo sin fundamento le pedía que rompa los postigos de esta casa le suplicaba sentir el aleteo detrás de su reflejo. “No todas las puertas son salida, a veces hay que salir por la ventana”. El Sol me daba en la cara y un policía me entendía, seguramente no era la idea de un día perfecto, un día de Milagros, un día que necesitabas un milagro. El Sol se dibujada en la cara de las chicas. No pude ver más, era todo blanco, mis ojos eran blancos, adiós colores terciarios… El puñal amigo de las alas escarbaba su pecho y la invitaba a saltar al patio donde crecían alerces gigantes y libres, donde hienas y zorros esperaban por una muñeca ciega, rota, seca. Trataba de no escuchar los gritos de tus amigas, Sentía las melodías de una pianista inmediatamente después de ser una niña. Me acerqué a la ventana de la sala, volvían las nauseas, podía sentir como un ángel con alas se llevaba a esa poesía a volar o a caer por el cielo. No sé, cuestiones del viento. Estuve diez minutos inmóvil, después me levanté del rincón… …justo cruzó la viejita de pelo blanco que limpiaba desganada los pisos del hospital.Disculpe nona, ¿Dónde quedaba la capillita? FIN.
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