10 cosas que odio de los cumpleaños 1. Saludar con un beso a las cincuenta personas que llegaron antes a la fiesta. Si agarro al anormal que extendió a los desconocidos el ritual de saludar con un beso, le parto una columna de hormigón en el lomo. Estoy harta de entrar a una reunión y que cincuenta personas te miren la trompa para darme un beso. Es una locura. Ya la acción de saludar es bastante arcaica, para que encima la practiquemos con gente que jamás vimos en la vida. A nadie le interesa besar a sus compañeros de oficina o la suegra de un amigo. ¿Por qué no buscan novios o amigos por internet y se sacuden la necesidad de afecto de esa manera? 2. Cantar el feliz cumpleaños en bares o restaurantes ¡Levanten la mano el que quiera matar a los estúpidos que cantan el “Feliz cumpleaños” en cualquier lugar! ¡Yooooooooo! Estoy harta de estar tomando un café tranquila en un bar y de repente sentir un estruendo e barrabrava alcoholizado que golpea la mesa y grita incoherencias en la mesa de atrás. Tu amigo no es mi amigo, no tengo por qué padecer su cumpleaños. 3. Comer torta en servilleta No sé cómo se les ocurre que servir torta encima de un pedazo de papel es un comportamiento aceptable para un ser humano, pero quiero aprovechar este espacio para decir que no. Piénsenlo bien. Ni siquiera se usan cubiertos. Uno agacha la cabeza a la servilleta y come directamente con la boca, como si fuese un perro. ¿Qué va a venir después? ¿Vamos a tomar vino de un abrevadero y a comer morcilla con la mano? ¿Nos van a tirar maíz en el piso para cenar? Festejar es un lujo, no una obligación. Si no querés hacer nada, no invites gente a tu casa. Yo tampoco quería ir a tu cumpleaños y ahí estoy, comiendo con las manos, como un animal de granja para que vos no tengas que lavar los platos. 4. Que cuando me regalen algo, me aclaren que es “una pavadita”. ¡Obvio que es una pavadita! El 90% de los regalos que recibimos son una basura infame que para lo único que sirve es para aburrirse, abollada, en el fondo del placard. 5. Que se crean esa estupidez de que el corazón es grande. Si no tenés sillas, una cantidad adecuada de vasos, un sillón cómodo, gaseosas light, aspirinas, un baño en condiciones, un departamento en una zona segura y cercana, el número de teléfono de un radiotaxi, suficiente hielo, ventilación adecuada, no molestes a la gente con tu cumpleaños. Somos adultos y no, no nos arreglamos con cualquier cosa ni en cualquier lugarcito. La mayoría de nosotros trabajamos diez horas por día para después salir corriendo a tu fiestita macabra a descomponernos de calor y tomar gaseosa caliente. Metete tu corazón grande en el culo. No queremos volver a oír de vos hasta que no te compres un aire acondicionado. 6. Que siempre haya un imbécil con delirio de DJ Estoy enferma de que en todas las reuniones haya un infradotado desesperado por armar una pista de baile en el living. Primero, la mayoría de la gente está convencida de que es Fred Astaire pero baila mal. Basta con mirar la pista en las fiestas de casamiento para probar lo que estoy diciendo. El que baila se divierte ¿Pero qué pasa con los que tenemos que mirar ese espectáculo lamentable? 7. Que se juntan varios grupos heterogéneos de gente. El cumpleañero invita a sus compañeros de oficina, a su familia, a sus colegas de teatro, a los amigos de la primaria y a un taradito que conoce desde chico para festejar. Y para él está bien, porque los conoce a todos. ¿Pero qué tiene que ver su profesor de teatro con la secretaria de sesenta años que trabaja en su oficina? Estoy cansada de que me obliguen a hablar con suegras ajenas, primos pesados y compañeros de trabajo que no conozco ni me interesa conocer. 8. Que toda la gente que dejé de ver a propósito hace tiempo aproveche para emboscarme y proponer reunirse o almorzar. Vamos a terminar con esta hipocresía hoy, aquí, y de una vez por todas. Si nos dejamos de ver hace cinco años y siempre que nos cruzamos me sugerís que almorcemos juntos pero nunca te llamo, es hora de que entiendas que no me interesa verte. No me interesa juntarme con los chicos del secundario. No me moviliza reunir a la gente de teatro. No quiero volver a jugar a armar el equipo de vóley. Sólo de charlar del viaje de egresados con nostalgia ya me deprimo. La gente que recuerda el secundario como su época de gloria es patética, no trates de contagiarme. 9. Las variaciones interminables de la canción de feliz cumpleaños ¿Es necesario que a esta altura, pleno siglo XXI, habiendo fabricado trenes supersónicos, tecnología bluetooth y bombas nucleares aún sigamos cantando “Amiguito que Dios te bendiga”? Digo, nomás… ¿No la podemos cortar? 10. Que al irse haya que decir “Gracias por todo”. Gracias las pelotas. Yo ni siquiera quería venir. 10 cosas que odio de ir al cine 1. El gil que te lee el ticket No soporto más al empleado que me lee lo que dice el ticket en la entrada. Desde que desapareció la figura garronera y vividora del acomodador, salió a flote este mamarrcho que ni siquiera señala el lugar; simplemente mira el ticket y te dice: —Bueno, pueden pasar por sala 4, asientos L y F, fila 15. ¿Para qué quiero que me lean lo que tengo yo misma escrito en la entrada? ¡Si no supiera leer, iría a ver una película doblada o en español! 2. Las viejas que se cuentan la película En todas las películas hay un par de viejas que duplican la información visual con los comentarios que creen estar haciendo en voz baja. Son como la voz en off del cine. Les encanta contarle a su amiga de al lado todo lo que va pasando, como si las dos no estuvieran ahí, mirando la misma película que yo. —Claro, él la engaña y no le dice nada… Porque él es el muchacho de la otra vez, el que se encontró, que está casado con la rubiecita del ojo raro, pero ella no sabe… 3. Los adolescentes excitados La primera salida sin supervisión que hacen los adolescentes es ir al shopping o al cine con amigos. Yo entiendo que sea perfectamente normal que se sientan adultos y muestren un entusiasmo a veces exagerado a causa de su nueva aventura. Pero si no son mis hijos ¿Por qué tengo que padecer yo el cimbronazo hormonal de estos mamertos con acné y bigote ralo? ¿Por qué tengo que soportar que se griten, se empujen, se tiren pochoclo y se rían de sus propios chistes boludos mientras sus padres descansan? ¿No es loco que los hijos le arruinen la película a los demás mientras los padres miran un dvd en su casa? 4. El libertinaje culinario Chipacito con mate automático, nachos con queso, pizzetas, superpanchos, pochoclo, empanadas y cerveza son algunos ejemplos de lo que ahora se puede comer en el cine. Es imposible concentrarse y entrar mansamente en el drama de una película si al lado tengo a una tonta llorando con un hilo de muzzarella colgando de la pera. ¡En la pantalla hay una mujer muriendo de cáncer mientras tres tipos comen confites con olor de cherry pop y dragon fruit al lado mío! ¡Las golosinas estridentes y los olores borronean la conciencia de ficción! No puedo suponer que estoy en una guerra si la boluda de al lado masca fugazzeta como un rumiante ¡Se los pido por favor, vuelvan al maní con chocolate y a los caramelos masticables! 5. Las copias malas Ahora parece que está de usar cada copia hasta que quede ilegible como una fiesta de quince de 1980 grabada en un VHS familiar. Pelos, agujeros, ruidos, partes sin sonido, fotogramas en blanco hacen las delicias de la familia argentina en todas las películas que hay en cartel. A ver si nos entendemos, chicos: las películas se consiguen en DVD antes que en el cine. Si me voy hasta una sala es para verla más grande y con un sonido perfecto. Si hubiera querido ver un montón de figuras ininteligibles con diálogos fuera de sincro, me compraba un dvd pirata en Retiro o sintonizaba canal 7 un domingo a la mañana. 6. Las publicidades de Pochoclín y otros comerciales para entretener al espectador. Estoy agotada de padecer las publicidades de Pochoclín, los juegos de Pepsi y esos engendros publicitarios de Wellapon que proyectan durante los veinte minutos que preceden a los trailers de las películas. Además, en algunos cines del Hoyts, no contentos con someterme a ese maltrato, ponen juegos con preguntas (¿Quién actuó en duro de matar? A. Bruce Willis, B. Gianni Lunadei, C. Lloyd Bridges) y versiones instrumentales de los grandes hits de Montaner. No veo la hora de que reemplacen al director de Hoys por alguien decente y pongan una película snuff en la que la coca cola que baila torture y asesine a Pochoclín en la pantalla. 7. Los precios del kiosco Ni voy a mencionar lo que le cuesta ir al cine y a Mc Donalds a una familia con dos niños (¡Doscientos pesos! ¡Treinta pesos un combo mediano!) porque ya lo sabemos todos. Pero si esa familia quiere, además, comer pochoclo y tomar coca cola, la cifra sube a casi trescientos pesos. Yo no sé hasta cuándo voy a soportar mansamente que me cobren veinticinco pesos dos cocacolas diluidas con agua y llenas de hielo. Tengo miedo de que la próxima vez que un empleado me diga si quiero agrandar mi pochoclo por ciento cincuenta pesos, lo agarre del pescuezo y le coma los lunares como si fuera un choclo. Tomar el té en el hotel Alvear vale $85. A ver si bajamos a la tierra, con los demás mortales. 8. Las entradas no numeradas Es increíble. Se puede pagar una hipoteca online, hacer la compra semanal del supermercado por internet, conseguir entradas para Broadway por teléfono, sacar un ticket para un partido en los Juegos Olímpicos de China con tarjeta de crédito sin moverse de casa, pero es imposible ir al cine en el Malba sin tener tres días libres o un secretario personal. Como las entradas se agotan y no se venden online ni toman reservas, hay que ir a sacarlas cinco días antes personalmente y en efectivo, porque aceptan ni tarjeta de débito. El día de la película, como las entradas no son numeradas, hay que hacer cola de pie, dos horas antes, para luego entrar a ver la película grabada en DVD en unas butacas de mierda. ¿Saben qué? Péguense un tiro. No pienso ir nunca más a ver sus cachivaches de estudiante con pretensiones. No pueden tener precio para turistas en el restaurante (¡Treinta y seis pesos un tostado!) y una boletería comunista al mismo tiempo. Elijan de qué lado están. Son el cine comunitario de Tilcara o son el Louvre. 9. Las películas malas No veo una película buena que se haya hecho después de la década del noventa desde hace dos años. La última buena que vi, fue Once. Y no me recomienden nada que ya sé las porquerías que consumen los espectadores. Desde hace seis meses que quiero ver una comedia romántica buena y cada vez estoy más lejos de cumplir mi sueño. Ayer, sin ir más lejos, vi las nominadas al Globo de Oro y todavía no me repongo. Con decirles que la favorita era sobre un hombre que envejece al revés y luego, cuando es un bebé, toma la teta de su esposa vieja. Mamita, qué suerte que existen las series. 10. La gente que no puede apagar su celular. Desde hace diez años que no veo una película sin sentir el chillido estridente y oligofrénico de algún celular. A pesar de que hay carteles recordatorios por todos lados y que incluso Pochoclín les implora que lo apaguen, hay algunos tarados que tienen el cerebro desconectado del brazo y no pueden procesar el movimiento. Digo yo ¿Tan difícil es apretar un botón? ¿Cómo pueden olvidarse de algo que les pidieron directamente, sin eufemismos ni sutilezas, a la cara, diez segundos atrás? ¡Cómo me gustaría que en vez de pochoclo el kiosco vendiera cascotes en bolsa para tirar piedrazos! ¡Quién pudiera! ¿No? 10 cosas que odio de viajar en micro 1. Las películas que eligen los choferes Hay que estar muy drogado para pensar que un chofer de micro puede elegir una película para sus pasajeros. Estoy podrida de ver a Van Damme doblado al castellano o a Vin Diesel apixelado rescatando a una retrasada mental con la cara de Barbie. Y lo peor es que no me animo a pedir que la apaguen. No por pudor, sino porque muchas veces lo cambian por algo peor. Los choferes son muy afectos a la música melódica y tienen enganchados de videoclips de Marco Antonio Solís y Jorge Rojas todo aceitado y con brushing ululando melodías inmundas que dicen mucho “calor”, “piel” y “seno”. 2. Los alfajores, el jugo, el café No concibo inmundicia más venenosa que el alfajor Nevares. O sí, el “Mar de Oro”: un acordeón de galletas duras y amarillentas cubiertas con vela Ranchero que ahora tiene el mal gusto de venir también triple. Los científicos que buscan la razón de la muerte súbita en bebés deberían dejarse de joder con estudios superficiales y empezar directamente por ahí. Dejen de ver si las madres fuman, se drogan o beben alcohol durante el embarazo. Mejor averigüen si no se comieron un alfajor Mar de Oro en un viaje a Mar del Plata después del segundo mes. 3. Los tarados que hacen de policía a bordo Siempre hay algún idiota que no entiende la dinámica del micro y se enoja porque reclinás el asiento, porque abrís la ventanilla, porque prendés el aire, porque lees con tu lucecita prendida, porque te levantás para hacer pis. Les cuesta entender que si el servicio existe, es porque está bien usarlo. ¿Para qué iría uno en un coche cama si no puede tirar el asiento para atrás? 4. Los nenes maleducados Ya sé. Es un clisé. Pero es la verdad. Hay niños encantadores y niños maleducados. Niños graciosos y niños tontos. Niños rozagantes, bonitos, divertidos y niños grises y fuleros. Si un nene es maleducado e insoportable tiene el deber moral de ser lindo. Un nene feo no puede darse el lujo de molestar. Así tu hijo es feo, o largo y flaco, o tiene más de seis años (a los seis años los varoncitos son medio bobos) tenelo atado con el cinturón de seguridad. No dejes que vaya a molestar al resto de los pasajeros con sus preguntas. No nos causa gracia que nos den un baybiscuit erosionado y empapado de saliva, ni que nos pregunte estupideces sin gracia con la nariz llena de mocos. Vos lo ves lindo. Pero sos vos. No es él. Él sigue igual de feo. 5. Las viejas que revuelven sus bolsos. En todos los viajes hay una vieja muy organizadita y limpita que llevó doscientas cincuenta cosas en bolsitas de residuos adentro de un equipaje de mano: sandwichitos, revistas, medias, sweaters, manzanas, jugo, anteojos, guantes, servilletas y todos los elementos para preparar un mate. Cada vez que apagan la luz, la vieja necesita imperiosamente revolver sus bagayos inmundos haciendo un ruidito a bolsita que, como una cosquilla molesta, no te deja pegar un ojo. Miles de veces fantasee con agarrarle el bolso y tirarlo por la ventana. Todavía no lo hago. Pero estén alerta. Aunque si sigo aguantando es probable que junto a ese bolso roñoso, también tire a la vieja. 6. La gente que ronca. Así como la gente con piojos u hongos no puede entrar a la pileta, los que roncan no debería poder viajar ni en micro ni en avión. Es una locura que nadie pueda dormir porque otro pasajero tiene fosas nasales peludas o se comió una carretilla de milanesas y no puede respirar bien. Para mí, el chofer tiene el deber de tirarlo al costado de la ruta al primer ronquido, como se echa a los ruidosos del cine o a los borrachos de los bares. La gente que ronca no puede viajar mezclada con gente. Que se trepen a un camión de ganado o se cuelen en un container. 7. El pesado que quiere una excepción. Le dicen cinco minutos para bajar, se toma diez y retrasa a todo el mundo. Si el micro va a Retiro, pide por favor que lo dejen bajarse en Liniers. Si las valijas van abajo, el se carga un baúl con toda la ropa de invierno arriba, incomodando a todos los pasajeros. Si hace frío, pide que suban el aire acondicionado y cuando le ofrecen vino, coca cola, seven up, agua mineral o jugo de naranja el desgraciado pide guaraná, yogur bebible o grapa como si supiera qué cosas no hay. Es un molesto y debería ser abandonado en la última parada de un pueblo en Santiago del Estero. 8. Los vendedores ambulantes que se asoman como critters por la puerta del micro en las paradas. Desde hace un tiempo ya no dejan que los vendedores suban al micro a ofrecer sus chirimbolos. Y como no los dejan subir, lejos de ir a buscar otros lugares, desarrollaron un método siniestro para seguir con su rotoso negocio de comestibles adulterados por el calor. De repente, en la mitad de la noche, en el silencio y la penumbra, meten sus demoníacas cabezas por la puerta y pegan un alarido feroz EMPAAAAAAAAAANDAAAAAA QUESODECABBBBBBBBRAQUESO DEVAAAAAAAAACAQUESIIIIIIIIIIIIIIIIIIIILLO y otras cosas que nadie quiere. Siempre me despierto aterrada y los veo con sus globos oculares brillando como bichos en la oscuridad y tengo la fantasía de que unas criaturas horribles se están metiendo por la ventana. Me van a agarrar muy dormida, les voy a meter una patada voladora y vamos a terminar en la comisaría del pueblo con todas las empanadas de membrillo destrozadas y los quesos sudando cuajo en el calabozo. 9. Los mendigos millonarios Siempre hay un pasajero con delirios de millonario que todavía está traumado por su último viaje en avión. No contento con decir cuarenta veces “que el avión es otra cosa” y mostrar en su oficina las fotos del viaje que hizo a Cancún en el 92, ahora molesta a otros pasajeros con sus tilinguerías. Repite que él pago trescientos pesos cada veinte kilómetros mientras se roba las mantas, se enoja porque el chofer tarda mucho, pide que cambien la música, que le traigan champagne, que le den un asiento que se recline más, que le den un whisky con hielo, cubiertos de metal y quién sabe cuántas cosas más. Porque él no pagó el “micro más caro para esto” y cuando dice “más caro” siente que está diciendo “Sultán de Brunei”, “Trump towers”, “Revista Forbes”. 10. La gente con ganas de charlar ¿Qué clase de amiguiento peligroso busca conversación con un desconocido? Por el único motivo que yo podría llegar a hablar con otro pasajero es porque el micro acaba de volcar. Si no hay fuego y explosiones no tenemos de qué hablar. Quienes lo hacen me parecen lisa y llanamente unos enfermos. y siguen las cosas que odio pero para no ser tan extensivo coloque solo algunas, hay muchas mas entren al link de abajo. fuente: http://www.criticadigital.com/lapeleadora/category/10-cosas-que-odio/
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