InicioApuntes Y MonografiasEl descubrimiento de America

Los sueños de la razón provocan monstruos
Goya


Conquista, otredad y culpa

“Uno” que se cree todo, deja afuera y niega a los “Otros”, que son los que sostienen su condición de Uno. Los Otros son “la parte de los que no tienen parte”

El imperio español de la edad media, el León ibérico, obtienen su condición gracias a los “otros”: moriscos, marranos e indios. Estos últimos, victimas de uno de los más grandes genocidios en la historia, si no el más grande, de manos de la opulenta España católica de entonces. El genocidio de la conquista de América.
El sistema feroz de otridad cristiana, creado a partir de la cegadora fe e idolatría de los sacros teólogos a filósofos como Aristóteles, San Agustín o Santo Tomas de Aquino, ejes de los pensamientos teológicos políticos de la edad media, pensamientos que fueron lapidantes al momento de ver al indio como un “nuevo Otro” por sacros teólogos como Juan Gines de Sepúlveda y cronistas como Gonzalo Fernández de Oviedo. Pero los indios americanos ni por asomo serian victimas de los terribles asedios de la intolerante España a pueblos como los islámicos o judíos, no, el indio americano seria tratado en un nivel a un más inferior, en un nivel donde seria palabra común el terror de los trabajos a los que eran encomendados, la deshumanización de su ser, la violencia para liquidar sus tradiciones, la imposición de requerimientos, eufemismos para encausar la muerte inmediata al indio y a su cosmogonía herética. España tendrá “la capacidad de no-reconocer, no-comprender, negar y eliminar teológicamente y filosóficamente a cualquier existente” de las Américas. “en ello reside la superioridad de la razón occidental, y su maravilloso poder de lo negativo… descubrir y dominar, conocer y destruir.” ¹

Las Bulas Alejandrinas, y en especial la Inter Cetera, que seria la primera de una serie de cuatro bulas, será la que inaugurara la primera violación a los habitantes de las nuevas tierras descubiertas por Colon, y dará pie a cuantas otras, concedida por el complaciente papa Alejandro VI a los reyes españoles. Esta primera violación será, a mi parecer, la de negar la autoridad y dominio de los habitantes americanos sobre las tierras donde han nacido y muerto tantas de sus generaciones, y el aprovechamiento noble de sus recursos naturales, y la negación así de sus tierras como la de su cielo, donde sus dioses guerreaban para dar luz a cada nuevo día. Así concedía Alejandro VI la potestad temporal de los nuevos territorios descubiertos a los reyes españoles: “En virtud de nuestra pura liberalidad, cierta ciencia y plenitud de autoridad apostólica, os damos, concedemos y asignamos a perpetuidad, a si a vosotros como a vuestros sucesores los reyes se Castilla y León, todas y cada una de las tierras e islas sobredichas, antes desconocidas y las descubiertas hasta aquí o que se descubran en lo futuro…”²



Así se inauguraba el comienzo de una guerra santa para expulsar al “oKupa” del indio “Bestial y de naturaleza sin nombre”, legitimizada por Dios y la santa iglesia, y en su lugar crear al buen salvaje, “Siervo de la iglesia sujeto a un principio trascendente de salvación.” El Fraile Bartolomé de las Casas sostendrá, con respecto a las bulas de Alejandro VI, que el papa podrá comisionar a un pueblo a evangelizar en exclusiva, pero no podrá dar las tierras de los indígenas, sus auténticos dueños, aunque fueran paganos.

Una vez conquistado el indio americano, destruidas sus ciudades, violada su religión y profanados sus dioses, vaciado espiritualmente y reducida su vida y su muerte a la importancia de una chinche ¿Qué tormentos les quedaban por sufrir aun?

“Lógica de la colonización”, “conquista espiritual” o la impropia “evangelización” (puesto que los breviarios, catecismos y confesionarios son, en rigor, libros doctrinarios, no libros sagrados, no la Biblia y mucho menos su espíritu.) Todas estas definiciones descansan a los pies de otras que definen, a mi entender, concretamente la etapa que sucedió a los tratados de guerra justa. Políticamente DOMINACIÓN y DEPENDENCIA, teológicamente CULPA y SUMICIÓN.
No puedo no pensar en la frase que dijera el genocida Rafael Videla en un discurso post mundial 78: “hemos ganado la guerra, ahora ganaremos la paz” A lo que Videla se refiere es a ganar la batalla en lo cultural, a que se olviden los muertos y los desaparecidos, a aniquilar la cultura de la memoria y que prevalezca la amnesia mental. España quería “ganar la paz”, ganar la paz porque el indio muerto no le servia en estas instancias. “Los mantenemos en paz” decía Felipe II en 1573 “Para que puedan andar seguros por todos los caminos, andar y contratar y comerciar…” el indio era libre ahora, libre para depender del yugo español que lo sometía a la servidumbre y la miseria, libre para elegir la culpa por la cual seria castigado, como diría Eduardo Galeano “Libre para elegir la salsa con la cual será comido”

Los franciscanos de nueva España fueron bien dados en realizar la tarea de interiorizar la miseria como principio básico de la nueva identidad cristiana del vencido.
“Conciencia negativa, reconocimiento invertido de sus formas de vida como lo sucio y lo oscuro, como culpa y, a continuación, introyección de una deuda originaria por la que se sello un pacto de dependencia indefinida con la identidad del colonizador”³
La sumisión no se consigue por medios violentos, sino mediante el creciente sentimiento de culpa que la acusación vacía e injustificada produce en el acusado. El indio tenia la culpa y debía adoctrinarse a las nuevas reglas. En los Colloqvios y doctrina christiana los filósofos nahuas preguntaban a los frailes cristianos: “Decían nuestros progenitores que ellos, los dioses, son por quien se vive… ellos nos dan nuestro sustento… en verdad ellos nos dieron su norma de vida… ¿Acaso aquí… debemos destruir la antigua regla de vida?” los nahuas se preguntaban de que eran culpables ahora. No le bastaba al español con haber destruido sus vidas y ahora tenían que cargar con una culpa de un mandato divino. Una culpa impuesta por seres que se consideraban a si mismos representación de Dios en la tierra.


En la novela “El proceso” de F. Kafka, al personaje Joseph K. se le acusa de un delito que nunca se le comunica de que se le imputa. Pese a gozar de libertad, el proceso
lo va absorbiendo hasta terminar resignándose al absurdo. Ya al final y sin encontrar quien le diera una respuesta se encuentra con un cura en una iglesia desprovista de fieles, al parecer lo esta esperando para administrarle la extremaunción. El sacerdote le revela que su culpa se considera prácticamente probada:

-Sin embargo, no soy culpable-, dijo K. – ¿Cómo puede ser siquiera culpable el ser humano? Todos somos aquí seres humanos, tanto unos como otros-. –Eso es cierto-, dijo el sacerdote, -Pero así suelen hablar los culpables-.



Fuentes: Subirats, Eduardo. La conquista del nuevo mundo y la conciencia
moderna (1 2,3)
Microsoft® Student 2008. Bulas Alejandrinas

Kafka, Franz. El proceso (4)


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