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La industria del calzado en la Edad Media

Apuntes Y MonografiasFecha desconocida
El calzado, una industria floreciente


Aunque despreciada y poco considerada por “sucia”, la de los curtidores y zapateros era una floreciente y lucrativa actividad, fuente de riqueza para muchas ciudades medievales.




Una actividad artesanal muy difundida en la Edad Media, tanto en las grandes ciudades como en los pequeños centros, era la del tratamiento del cuero y de las pieles. Se trataba, en realidad, de un sector productivo muy diverso, que agrupaba en su seno diferentes categorías de trabajadores: los piliparii o pelliparii, que confeccionaban ropa forrada en piel; los curtidores, dedicados a la transformación de la materia prima; o los caligarii, fabricantes de zapatos (en latín llamados caligae).

No faltaban los maestros artesanos especializados en manufacturas muy preciadas, como sillas, correajes, bridas o protecciones para armaduras. También había quien confeccionaba bolsas o talegas, y quien preparaba el soporte material para escribir más utilizado en la Edad Media, el pergamino.


Pieles de importación
Los artesanos vinculados al cuero y las pieles constituían un grupo humano muy vasto y variado. Para no extendernos en demasía, nos centraremos en el sector dedicado a la transformación del cuero y a la fabricación del calzado, siguiendo de este modo el recorrido de las pieles desde la curtiduría hasta el taller del zapatero.
El trabajo de los curtidores estaba relacionado con otros sectores del sistema productivo medieval: pastores y ganaderos proporcionaban la materia prima a las curtidurías, mientras que los carniceros sacrificaban los animales y los despellejaban. En Italia, a pesar de la amplia difusión de la ganadería, la producción local era insuficiente para satisfacer las crecientes exigencias del mercado. De este modo, a partir del siglo XI fue incrementándose la importación de pieles procedentes de toda Europa, principalmente a través de los mayores puertos del Mediterráneo.

Algunos manuales mercantiles del siglo XIV refieren que el cuero y la piel eran importados en bruto o semielaborados de todas partes: los corderos (entre ellos los apreciados corderos de leche) procedían de los grandes mercados españoles de Mallorca, BarcelonaoValencia, aunque también de Inglaterra; los castores, de Europa oriental; los zorros, de Escandinavia, y los gamos, de Flandes.

Las naves cargadas de pieles ovinas zarpaban de las costas de la Berbería, es decir, el norte de África, hacia los puertos tirrenos, mientras que los barcos que transportaban pieles de los países balcánicos seguían la ruta de Ragusa (Dubrovnik) hasta Ancona. Además, numerosos cargamentos de cuero oriental llegaban a Venecia desde El Cairo o Constantinopla.

Particularmente apreciado era el cuero de Córdoba —así llamado porque se elaboraba según un tratamiento habitual en la ciudad andaluza— y también las pieles de Bulgaria, empleadas para confeccionar prendas de gran valor. Hacia finales de la Edad Media comenzaron a participar en este comercio también países atlánticos: naves cargadas de pieles partían de Irlanda hacia Portugal y desde allí hacia Italia.


Tiempos de inmersión

El lugar en el que se llevaban a cabo los laboriosos procesos de transformación de las pieles era la curtiduría: aquí estaban centralizadas todas las operaciones del ciclo productivo.

Primero, las pieles eran lavadas durante largo tiempo y, después de rasparlas con cuidado, se las disponía durante alguna semana en baños de cal y alumbre, componentes diluidos según las necesidades de cada piel.

Finalmente, el material estaba listo para el curtido propiamente dicho, que consistía en la inmersión de las pieles durante varios meses en pilas que contenían sustancias fijadoras. El tiempo de inmersión era escrupulosamente respetado: en Florencia, en la Baja Edad Media, oficiales nombrados por el Gremio estaban encargados de registrar las fechas de inmersión de las pieles, puesto que una disposición establecía que para producir cuero de buena calidad era necesario dejarlo reposar en las pilas durante ocho meses.

Una vez sacado de las pilas, el material era secado y posteriormente engrasado con sebo bovino o sustancias vegetales, como aceite obálsamo. Llegados a este punto, el cuero estaba preparado para ser confeccionado. Para el curtido, las sustancias fijadoras podían ser de origen animal o vegetal, y su uso variaba de una región a otra. Así, en el Piamonte se utilizaba preferentemente el alumbre obtenido de los posos del vino; en Génova y en Toscana se prefería la murta o mortella, una mezcla de hojas y corteza de mirto, rica en tanino, y en las Marcas se utilizaba el zumaque, una especie vegetal que crecía en terrenos estériles y pedregosos.


A frío o a calor

Dos eran las técnicas empleadas para el curtido: a frío o a calor. El primer procedimiento, el más antiguo, consistía en sacar periódicamente fuera las pieles de las pilas y batirlas; en el segundo, que se difundió a finales del siglo XIII, la solución química era calentada y se vertía, aún caliente, en las pilas de curtido. El tiempo de producción difería en ambos casos: la elaboración a frío requería mayor tiempo, pero aseguraba mejores resultados, mientras que la realizada mediante el calor era menos fiable, aunque ahorraba tiempo, ajustándose más a las necesidades del mercado.


Curtidores y zapateros

La curtiduría era una estructura productiva que comportaba una inversión económica bastante relevante y el empleo de un capital que no se recuperaba —debido al largo tiempo de elaboración— hasta mucho tiempo después.

Debido a esto, solamente los empresarios acaudalados o las corporaciones gremiales del oficio podían permitirse la adquisición y la gestión de una curtiduría. Por el contrario, para abrir un taller de zapatero, era necesario poco dinero y casi cada artesano conseguía ser propietario de su propio taller, en el que se requerían tan sólo unas pocas herramientas esenciales. Durante el trabajo, el maestro se ocupaba del corte del cuero y confiaba a los aprendices y a los asalariados otras operaciones, como el ablandamiento de las pieles o el cosido.

De nuevo en la Florencia tardomedieval,los zapateros se organizaron en dos categorías basadas en una subdivisión de su trabajo: unos confeccionaban las suelas, mientras que otros cortaban el cuero por la parte superior del zapato, la empella. Ésta debía confeccionarse con una única piel, para evitar posibles descosidos y que se utilizara piel de deshecho. En el taller del zapatero los trabajos más humildes y cansados estaban reservados a los aprendices, quienes, cada vez en mayor número, aceptaban mudarse del campo a la ciudad para aprender un oficio a cambio de comida y alojamiento. Para un adolescente, no obstante, tenía que resultar bastante cansado transportar dentro y fuera del taller toda el agua necesaria para el curtido o ablandamiento del cuero, trabajos que figuraban, por ejemplo, entre los asignados a los aprendices en algunos contratos de aprendizaje del siglo XV.




Botas y chinelas

¿Qué clase de zapatos se fabricaban en el taller de un zapatero medieval? Naturalmente, los modelos variaban según la condición social de quien los encargaba. Se sabe, además, que la gente más pobre llevaba simples sandalias de madera, como los franciscanos, que mostraban así el desprecio por el lujo mundano. Hasta mediados del siglo XIII, el interés por el calzado como accesorio fue escaso, debido a que las clases pudientes preferían hacer ostentación de su riqueza a través de los vestidos: pocos son, de hecho, los textos medievales que hacen referencia al calzado, de modo que las únicas fuentes útiles para los historiadores son las iconográficas.

En Italia, en la Baja Edad Media, se llevaban sencillos zapatos cerrados con bordes vueltos de forma semejante a los de una pantufla moderna. En cambio, era propio de los caballeros el uso de botas que llegaban a la mitad del muslo; entre las acusaciones lanzadas contra Juana de Arco estaba también la de haber llevado este calzado, exclusivamente masculino. Las mujeres llevaban chinelas bajas, que en el siglo XIV podían estar revestidas de tisú o terciopelo escarlata, haciéndolas así más elegantes.


Psicosis colectiva

Los intelectuales medievales despreciaban a los curtidores, obligados a estar cotidianamente en estrecho contacto con materia orgánica y a desarrollar su trabajo en medio del hedor de las pieles. Un aspecto, este último, que no sólo desagradaba a los ricos, sino que creaba un problema grave para la higiene y el ambiente urbano. Debido a esto, en muchas ciudades de Italia los estatutos impusieron la prohibición de transformar las pieles en el interior del área urbana, amenazando con multas elevadas a quien osara transgredirla: el trabajo de los curtidores se confinaba así a los márgenes de la vida comunitaria, es decir, fuera de las murallas, donde se ubicaban los burdeles y las leproserías. Además, en algunos estatutos del siglo XIV se establecía que todas las operaciones propias de una curtiduría debían ser realizadas en el interior.

A las molestias ambientales se unía la contaminación acústica: en Florencia, por ejemplo, el cuero, antes de ser sumergido en las pilas, era batido en la ribera del Arno, acción que producía mucho ruido.
En algunos centros piamonteses, además, las autoridades se preocupaban incluso de que los peatones no fueran heridos durante esta operación. A todo ello hay que añadir que comenzó a difundirse una especie de psicosis colectiva, y los curtidores pasaron a ser etiquetados como envenenadores de aguas, al igual que los judíos, siendo acusados ambos grupos de favorecer el contagio y la propagación de las epidemias.


Ricos y poderosos

Frente a la escasa consideración de que gozaban los trabajadores de cuero y de pieles, las corporaciones de este sector eran muy prósperas económicamente.

En unas ordenanzas de justicia dictadas en la Florencia de 1292, el gremio de los zapateros se encontraba entre los gremios mayores y contaba con casi 3.000 inscritos, la mitad de los cuales trabajaba en la ciudad, cerca del Ponte Vecchio; en Pisa, a principios del siglo XIV, los trabajadores del cuero eran el grupo de artesanos más numeroso, y el curtidor Iacopo di Corbino (1428-1429) era el segundo contribuyente más rico. En Milán, formaban parte de las clases medias y medio altas, y concentraban sus instalaciones en el área de Porta Ticinesa, mientras que en Venecia esta actividad se desarrollaba en la Judería. En las Marcas meridionales no había centro urbano en el que el gremio de los zapateros no figurara entre los más ricos y poderosos. En todas las ciudades italianas los trabajadores del cuero se organizaban en asociaciones acaudaladas y a menudo poderosas en el seno de la comunidad local.
Despreciados, alejados de la ciudad y a veces incluso demonizados, los curtidores y los zapateros contribuyeron significativamente a la prosperidad del artesanado de la BajaEdad Media.

Francesco Pirani, medievalista

Extraído de: Revista El Mundo Medieval, Nº 16, Octubre 2003
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