ROLAND BARTHES:
ICONOGRAFÍA DEL ABATE PIERRE.
de MYTHOLOGIES, 1957.
El corte de pelo, por ejemplo, casi raso, sin fijador y sobre todo sin forma, pretende lograr un peinado totalmente ajeno al arte e inclusive a la técnica, una suerte de estado cero del corte; por supuesto que hace falta cortarse el pelo, pero que esa operación necesaria no implique ningún modo particular de existencia: que exista, aunque sin ser algo. El corte del abate Pierre, claramente concebido para alcanzar un equilibrio neutro entre el pelo corto (convención indispensable para no hacerse notar) y el pelo descuidado (estado apropiado para manifestar el desprecio por las otras convenciones), incorpora el arquetipo capilar de la santidad: el santo es, ante todo, un ser sin contexto formal; la idea de moda es antipática a la idea de santidad.
El corte cero muestra nada menos que el franciscanismo; concebido primero negativamente para no contrariar la apariencia de la santidad, bien pronto pasa a un modo superlativo de significación, el corte disfraza de San Francisco al abate. De allí surge la desbordante fortuna iconográfica de este corte en las revistas ilustradas y en el cine (bastará al actor Reybaz llevarlo, para confundirse totalmente con el abate).
Evidentemente, el problema no está en saber cómo esta selva de signos ha podido cubrir al abate Pierre (aunque, a decir verdad, resulta bastante sorprendente que los atributos de la bondad sean especies de piezas transportables, objetos de intercambio fácil entre la realidad —el abate Pierre de Match— y la ficción —el abate Pierre del film— y que, para ser breves, el apostolado se presente desde el primer minuto totalmente listo, totalmente equipado para el gran viaje de las reconstituciones y de las leyendas). Me interrogo únicamente sobre el enorme consumo que el público hace de esos signos. Lo veo tranquilizado por la identidad espectacular de una morfología y una vocación. Veo que no duda de una porque conoce a la otra; que sólo tiene acceso a la experiencia del apostolado a través del bullicio que produce y que se habitúa a darse buena conciencia con sólo estar frente a la santidad; y me inquieto por una sociedad que al consumir tan ávidamente el alarde de la caridad, olvida interrogarse sobre sus consecuencias, sus usos y sus límites. Entonces me pregunto si la hermosa y conmovedora iconografía del abate Pierre no es la coartada que utiliza buena parte de la nación para sustituir impunemente, una vez más, la realidad de la justicia con los signos de la caridad.
ICONOGRAFÍA DEL ABATE PIERRE.
de MYTHOLOGIES, 1957.
El mito del abate Pierre dispone de una carta de triunfo preciosa: la cabeza del abate. Es una cabeza hermosa, que presenta claramente todos los signos del apostolado: la mirada buena, el corte franciscano, la barba misionera y todo, completado por el gabán del cura-obrero y la vara del peregrino. De esta manera se encuentran juntas las cifras de la leyenda y las de la modernidad.
El corte de pelo, por ejemplo, casi raso, sin fijador y sobre todo sin forma, pretende lograr un peinado totalmente ajeno al arte e inclusive a la técnica, una suerte de estado cero del corte; por supuesto que hace falta cortarse el pelo, pero que esa operación necesaria no implique ningún modo particular de existencia: que exista, aunque sin ser algo. El corte del abate Pierre, claramente concebido para alcanzar un equilibrio neutro entre el pelo corto (convención indispensable para no hacerse notar) y el pelo descuidado (estado apropiado para manifestar el desprecio por las otras convenciones), incorpora el arquetipo capilar de la santidad: el santo es, ante todo, un ser sin contexto formal; la idea de moda es antipática a la idea de santidad.
Pero las cosas se complican —sin que el abate lo sepa, deseamos— porque aquí como en cualquier parte ]a neutralidad acaba por funcionar como signo de la neutralidad y si verdaderamente se quisiese pasar inadvertido, habría que comenzar de nuevo.
El corte cero muestra nada menos que el franciscanismo; concebido primero negativamente para no contrariar la apariencia de la santidad, bien pronto pasa a un modo superlativo de significación, el corte disfraza de San Francisco al abate. De allí surge la desbordante fortuna iconográfica de este corte en las revistas ilustradas y en el cine (bastará al actor Reybaz llevarlo, para confundirse totalmente con el abate).
Igual circuito mitológico en el caso de la barba. Sin duda, ésta puede ser simplemente el atributo de un hombre libre, desprendido de las convenciones cotidianas de nuestro mundo y a quien repugna perder el tiempo en afeitarse: la fascinación de la caridad puede tener razonablemente este tipo de desprecio; pero es preciso verificar que la barba eclesiástica también posee su pequeña mitología. Entre los sacerdotes no se es barbudo por azar; para ellos la barba es, sobre todo, atributo misionero o capuchino, no puede dejar de significar apostolado y pobreza; aleja un poco a su portador del clero secular. Los sacerdotes lampiños son considerados más temporales, los barbudos más evangélicos: el horrible Frolo tenía el rostro afeitado, el buen Padre de Foucauld era barbudo; detrás de la barba, se pertenece un poco menos al obispo, a la jerarquía, a la iglesia política; se parece más libre, casi un francotirador, en una palabra, más primitivo, beneficiado con el prestigio de los primeros solitarios, disponiendo de la ruda franqueza de los fundadores del monacato, depositarios del espíritu contra la letra: llevar barba es explorar con el mismo corazón los tugurios, la Britania o el Nyasaland.
Evidentemente, el problema no está en saber cómo esta selva de signos ha podido cubrir al abate Pierre (aunque, a decir verdad, resulta bastante sorprendente que los atributos de la bondad sean especies de piezas transportables, objetos de intercambio fácil entre la realidad —el abate Pierre de Match— y la ficción —el abate Pierre del film— y que, para ser breves, el apostolado se presente desde el primer minuto totalmente listo, totalmente equipado para el gran viaje de las reconstituciones y de las leyendas). Me interrogo únicamente sobre el enorme consumo que el público hace de esos signos. Lo veo tranquilizado por la identidad espectacular de una morfología y una vocación. Veo que no duda de una porque conoce a la otra; que sólo tiene acceso a la experiencia del apostolado a través del bullicio que produce y que se habitúa a darse buena conciencia con sólo estar frente a la santidad; y me inquieto por una sociedad que al consumir tan ávidamente el alarde de la caridad, olvida interrogarse sobre sus consecuencias, sus usos y sus límites. Entonces me pregunto si la hermosa y conmovedora iconografía del abate Pierre no es la coartada que utiliza buena parte de la nación para sustituir impunemente, una vez más, la realidad de la justicia con los signos de la caridad.
