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Juramento de un amor para siempre?


Fidelidad, compromiso, juramento de un amor para siempre?

Cuando dos jóvenes se casaban, le parecía lo más natural del mundo jurarse fidelidad hasta la muerte. Llevados por el entusiasmo y el aliento del primer amor, este propósito de fidelidad les parecía tanto a ellos como a sus allegados la cosa más natural del mundo. Por lo demás, este propósito guardaba cierta coherencia con una sociedad caracterizada por la estabilidad. Las empresas y el comercio pasaban de padres a hijos, la herencia funcionaba perfectamente y la familia también. Los oficios y las técnicas se transmitían de generación en generación. Si hubiera habido necesidad, se hubiera podido justificar este juramente de fidelidad diciendo: cuando se quiere crear cualquier cosa, es importante no desmentir mañana lo que hacemos hoy. Así se legitimaba el juramente de fidelidad conyugal, lo que representaba una garantía contra la erosión del tiempo.
Todo esto está muy bien, piensan muchos todavía. Sin embargo, aquí o allá aparecen algunas grietas en esta bella construcción. Nos hemos encontrado con no pocas parejas jóvenes que sienten un malestar cuando se evoca delante de ellos este “juramento de fidelidad” que tradicionalmente se asocia al compromiso matrimonial. Se les dice : “Si no apostáis a fondo por este aspecto de vuestro compromiso, ¿de qué seguridades gozarán vuestros hijos?” A lo que ellos responden: “Es decir, según vosotros, las parejas consideradas ‘fieles’ han aportado efectivamente a sus hijos toda la seguridad que necesitaban para alcanzar su plenitud, ¿no? ¿Dónde habéis visto eso?”


Se les dice: “¿Qué clase de compromiso es el que no asume el porvenir?”

Y responden: “¿Cómo puedo comprometer el porvenir? ¡Cambiamos con tanta rapidez! ¿Cómo vamos a pronunciar un juramento para mañana, cuando ni el uno ni el otro seremos mañana los mismos? ¡No pensaremos de la misma manera, no sentiremos las cosas como hoy! Es un engaño pensar que podemos comprometernos respecto de un porvenir todavía lejano. ¿Creéis que podríamos jurar ser fieles al oficio que tenemos hoy? Dentro de diez años, ¿no habrá incluso desaparecido de la lista de profesiones?”.

- “Razón de más -les decimos-. Si el porvenir es hasta tal punto imprevisible, tanto más necesario será prevenirse contra él apoyándose a fondo sobre este juramento de fidelidad. Sí, hay que comprometerse, ligarse a sí mismo, obligarse respecto del otro y mantener esta apuesta, respetar el contrato.”

-”¿Pero qué estáis pensando? -nos responden-. ¡No hay mejor medio para matar el amor que obligarle desde el exterior de sí mismo! ¿No es una hipocresía continuar viviendo juntos cuando ambos nos hemos vuelto tan diferentes que ya no podemos reconocernos? La realidad es completamente diferente. De hecho, hoy nos amamos y nos elegimos mutuamente. Podemos hacerlo perfectamente. Hoy. Pero mañana, ¿quién será cada uno de nosotros? ¿En qué se habrá convertido nuestra mutua elección? Hoy, naturalmente, deseamos con toda el alma que nuestro amor subsista. Pero, ¿qué desearemos mañana? ¿No es acaso más honesto decir que apenas hay dominio sobre el porvenir a través del juramento de fidelidad?”.

Esta manera de pensar puede parecerles a muchos extraña e incluso poco reconfortante. Sin embargo, se sostiene diariamente y plantea la cuestión de la integridad del tiempo en el amor. Evocando este problema, el filósofo francés Gabriel Marcel se servía antaño de un ejemplo. Supongamos -venía a decir en sustancia- que he empeñado mi palabra con un enfermo. Le he prometido ir a visitarle al hospital los domingos después de comer. No es pura compasión, con lo que comporta esta actitud de piedad y paternalismo. Se trata de verdadera amistad y para mí es motivo de alegría visitar a este hombre cada semana. Después, sobreviene un hecho nuevo que no había previsto. Se organiza un grupo de amigos, con los que estoy muy vinculado, y me invitan a reunirme con ellos esta misma tarde de domingo. Toda mi aspiración se dirige hacia los amigos y me presiona hasta poner en jaque mi primer compromiso.

La voz de mi conciencia me llama a la fidelidad: “no faltes a la palabra dada”. Ciertamente. Ahora bien, ¿quién podrá procurarme esta fidelidad voluntarista? ¿Quién será el que mantenga la palabra dada? El hombre que entre al hospital, en la sala donde está el enfermo, ¿seré yo mismo? ¿No habré dejado tres partes de mí mismo en otro sitio en este mismo momento? ¿Acaso puedo actuar de otro modo después de haber sido modificado por este pequeño acontecimiento como es la invitación de mi grupo, con la imaginación de las alegrías que ciertamente hubiera encontrado al estar con ellos? Uno ha dado su palabra pero es otro el que la mantiene. Y la mantiene bastante mal. ¿Qué vale esta palabra dada, esta fidelidad que pretende comprometer a uno hoy cuando mañana será distinto?


Estas consideraciones hacen reflexionar y cada cual puede aplicárselas a sí mismo. Por otro lado, es francamente difícil silenciar esta exigencia de duración que se inscribe en el corazón mismo del amor. Sería humillante verse obligados a confesar que, en el momento mismo en que hemos sido alcanzados tan profundamente por un amor, ¡no tenemos ningún medio para asegurar su porvenir…! “¿Te querré todavía mañana? No me planteo esta pregunta porque no puedo responderla”. ¿Es esto todo lo que somos capaces de hacer?

El “juramento de fidelidad” ¿es tan sólo una exhibición ridícula incapaz de ocultarnos esta impotencia para disponer el tiempo a nuestro favor?


Todo juramento es la pretensión de obligar al tiempo a jugar en servicio del amor y no contra él. Si experimentamos la necesidad de “poner el amor bajo juramento” es sin duda porque tememos para él la prueba del tiempo. Espontáneamente, pensamos que el tiempo aporta más fácilmente el desgaste que la consolidación. Viendo vivir a los humanos y especialmente a los enamorados, uno no puede menos de constatar que el “juramento de fidelidad” les viene a los labios como la cosa más natural del mundo y que parece debido a la naturaleza misma del amor. Sin embargo, pueden darse muchas maneras de entenderlo y muchas maneras de emplearlo.

Una cosa es decir:

“- Vamos a unir nuestras vidas, prometo amarte siempre, prometo ser para ti siempre el mismo, te prometo ser siempre como soy hoy…”,

y otra cosa es decir:

“- Vamos a unir nuestras vidas, prometo amarte siempre, prometo ser para ti un poco diferente cada día, ser incluso “otro”, hasta mi muerte (es decir, precisamente hasta que ya no pueda ser otro, todavía un poco más…)“.

En el primer caso -”prometo ser para ti siempre el mismo”- el juramento se ofrece como un una garantía sobre la que uno podrá apoyarse ulteriormente, si por casualidad las cosas llegaran a cambiar. “Recuerda que has dado tu palabra, estamos casados para lo bueno y para lo malo”. Ahora bien, ¿qué vale ya un matrimonio que ha llegado a este punto? Un amor está muerto cuando tiene tanta necesidad de acordarse del juramento, que hace de él un deber.

El recurso a este juramento es un recurso inútil y los actos de hoy tienen otro poder muy diferente. La fidelidad no consiste en acordarse del juramento pasado para detener la amenaza de una evolución, de una novedad; la fidelidad consiste en hacer que venga cada día esta evolución y esta novedad que así están amenazadas. “Poner el amor bajo juramento” no es conjugar esta amenaza sino, al contrario, hacerla entrar con todo derecho en el proyecto de vivir juntos. Porque la amenaza existe de todos modos y querer mantenerla fuera del juramento es condenarse a verla llegar por la fuerza y lanzarse contra el amor.


Henos aquí ahora delante de la segunda expresión: “Prometo ser para ti un poco diferente cada día…”


El juramento es entonces el proyecto de un “amor por hacer” y no la promesa de perpetuar un “amor ya hecho”. Pero si hay que hacerlo, este amor-por-hacer ha de comenzar a vivir sin que de ninguna manera se le pueda tener al abrigo de las incógnitas que trae consigo el porvenir.


http://juanmago.com/2008/06/13/las-tres-funciones-del-sexo/
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