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Fundamentos psicológicos de los festejos taurinos (collage)

"El pensamiento arcaico no funciona utilizando exclusivamente conceptos o elementos conceptuales, sino que utiliza, además y sobre todo, símbolos" (1), y "la fuerza creadora de símbolos no ha desaparecido aún en nuestros días" (2).



Los orígenes

En la mitología griega, un bello toro blanco enviado por Poseidón fue el padre del Minotauro cretense al poseer a Pasifae, la que sería reina de Creta, que enamorada de él se disfrazó de vaca para seducirle. Recordemos además, que "fue en forma de toro como Zeus raptó a Europa (epifanía de la madre), como se unió a Antíope e intentó violar a su hermana Demeter" (1).
Pueden ser estas las más famosas menciones taurinas dentro de la mitología euro-asiática, pero no son ni las únicas, ni las más antiguas, es más, la de toro parece ser la forma primordial de representación de todos los dioses celestes -que podríamos denominar como los padres de los demás- ya desde el principio de la "Época de los Dioses" (3) nacida, quizás, en Mesopotamia, la cuna de la civilización, pues cuando el hombre descubre la agricultura y se hace sedentario, "el aprovechamiento de animales domésticos y los progresos de la ganadería parecen haber traído consigo en todas partes, el fin del totemismo puro de los tiempos primitivos" (4) para iniciar una nueva era religiosa, así, "las primeras imágenes del toro consideradas como cúlticas aparecen en el Neolítico Anatolio, en el templo subterráneo de Catal Hüyük, hace diez mil años" (5).
"Los dioses celestes de las religiones indo-mediterráneas, se identifican, en una u otra forma con el toro. El Rig Veda llama a Dyaus 'toro', y (...) la mayoría de los dioses celestes egeo-orientales gozan del mismo atributo" (1). Pero al mismo tiempo, estos dioses son además descendientes de los tótem de la época anterior, "parecería, pues, natural admitir que el dios no es sino el animal totémico mismo, del cual habría nacido en una fase ulterior del sentimiento religioso" (4). Esta es posiblemente la razón del respeto en la cultura hindú por la vida de las vacas y los toros; la prohibición (el tabú), de la época totémica de matar y comer la carne del animal tótem, considerado como el padre de la estirpe. "Solo se prohíbe aquello que de alguna forma se desea o se está tentado a hacer" (6) pues, lógicamente, "lo que ningún alma humana desea no hace falta prohibirlo" (7).
Con la prohibición de comer cerdo de los semitas, debió de ocurrir algo similar, pues, "en general puede decirse que todos los animales considerados como impuros fueron originalmente sagrados; la razón de no comerlos estaba en su divinidad" (8). E incluso "en el pan y el vino de la comunión late el recuerdo de la más sublime ofrenda humana que la tradición religiosa registra" (9), cuando "a pesar del temor que protegía la vida del animal sagrado, como si fuese un miembro de la tribu, se imponía de cuando en cuando la necesidad de sacrificarlo solemnemente en presencia de toda la comunidad, y distribuir su carne y su sangre entre los miembros de la tribu" (4). Era la "Comida Totémica" (10).
Así, el termino sumerio que designaba a lo divino, dingir, y que significaba divinidad, cielo y brillante, podría ser el origen etimológico de las palabras Dios, Dieu, Deus, Dio, God, a través de "Diêus, el dios hipotético del cielo luminoso, común a todas las tribus arias. (...) Lo indiscutible es que el indio Dyaus, el itálico Jupiter y el heleno Zeus, así como el dios germánico Tyrzio, son formas históricas, evolucionadas, de aquella divinidad celeste primordial" (1).
Y "esas creencias en seres celestes supremos representaron en otro tiempo el núcleo central de la vida religiosa (1).
Vemos entonces cómo "la divinidad uránica, la misma divinidad que, en otro tiempo, hizo el universo, creó al hombre y bajó a la tierra para instaurar la cultura y los ritos de iniciación" (1), se reproduce por todas partes en la cultura indo-aria, y cómo, los distintos dioses celestes, descendientes de aquellos primigenios toros, mantienen su genealogía taurina. Nacen entonces Anú, que "es calificado en un texto invocatorio de 'diostoro misericordioso'" (11), Rudra, que "en su forma taurina se unió a una vaca de proporciones cósmicas" (12), Indra, "el de los mil testículos" (12), el "toro de la tierra" (13), su réplica irania, Verethhragna, que "se aparece a Zaratustra bajo la forma de un toro" (1), Nannar, el "poderoso toro joven de robustos cuernos" (1), "Min, que los egipcios asimilan a su deidad nacional Amón, siendo calificada de 'toro de su madre' y 'gran toro'" (11), T'ien, Varuna, Parjanya, Enlil, Bel, Arinna, "Ba´al, Hadad, Teshup y otros dioses taurinos del rayo, esposos de la gran diosa" (1). En fin, que "ese conjunto cielo lluvioso-toro-gran diosa constituía uno de los elementos de unidad de todas las religiones protohistóricas del área euro-afro-asiática" (1).
"Por tanto, parece que un toro salvaje, en un principio, fue considerado como símbolo o potencia apta para fecundar perennemente a la Gran Madre, dando lugar a un mito taurino que ha llegado en jirones hasta nosotros" (11).
Todos estos datos, junto con los toros rupestres -posiblemente aún tótem, y no dioses-, la abundancia de toros de piedra y bronce, y los aún presentes festejos taurinos en este extremo de Europa "hacen suponer un arcaico culto paleomediterráneo, prolongado desde la Península Ibérica hasta el subcontinente indio" (11), que llega -al menos en nuestro inconsciente- hasta nuestros días, "y es que cuando los autores clásicos relacionaron el trazado de España con la piel de toro, se refirieron tanto a las tierras como al alma" (14).
Y su influencia no quedó solo en esta franja, pues incluso "las crónicas chinas declaran que cuando la tierra se solidificó, Fu Hsi, el emperador celeste gobernó sobre ellos, su cuerpo era de serpiente, con brazos humanos y cabeza de buey y, Shen Nung, su sucesor, el gigantesco emperador terrestre tenía cuerpo humano, pero con cabeza de toro" (15).

La paternidad


El toro es el símbolo masculino y paterno por excelencia, así "en cartas y contratos datados en la primera dinastía babilónica, y estudiados por Thureau-Dangin, encontramos que un toro es calificado 'Poder divino sarur y Padre mío'" (11) (sarur = relámpago, brillante, luminoso).
O como el heleno Zeus, que "es soberano, naturalmente; pero ha conservado con más pureza que otros dioses celestes su carácter de 'padre'. Es Zeus pater, arquetipo del jefe de la familia patriarcal (...) regula las fuentes de la fertilidad, es el dueño de la lluvia. Es 'creador', puesto que es 'fecundador'" (1). Aunque al final, como todos estos dioses taurinos acabará por caer, por eso es por lo qué "en Creta se leía este extraño epitafio: 'Aquí yace el gran bovino que se llama Zeus'" (1).
Esta paternidad del toro, le fue atribuida, posiblemente, por ser el animal al que más podía temer entonces el hombre en aquellas zonas. Recordemos por ejemplo que sus parientes "los búfalos tienen fama de ser los animales más peligrosos de África" (16). Y su fuerza debió impresionar tanto a nuestros antepasados, que les hizo sentirse tan indefensos como niños en comparación con su poder, y "el hombre no transforma sencillamente las fuerzas de la Naturaleza en seres humanos, a los que puede tratar de igual a igual -cosa que no correspondería a la impresión de superioridad que tales fuerzas le producen- sino que las reviste de un carácter paternal y las convierte en dioses, conforme a un prototipo infantil (...), a los que, sin embargo de temerlos, encargará de su protección" (17).
También debió jugar un importante papel en su masculinización, la forma y capacidad de penetración de sus astas, pues "el pene halla en primer lugar sus sustituciones simbólicas en objetos que se le asemejan por su forma, (...) y después en objetos que tienen, como él, la facultad de poder penetrar en el interior de un cuerpo y causar heridas" (18).
Y, sobre todo, porque fue el animal al que pusimos el arado para que penetrara a la Madre Tierra y que esta diera sus frutos, lo que se conseguiría por medio de su castración.
La función paterna de los dioses está muy clara en la mitología griega, por ejemplo a través del mito del dios Uranos y del titán Cronos (Saturno): "La tierra (Gea) engendró primero un ser igual a ella, que pudiera cubrirla entera, el cielo (Uranos) estrellado" (19), así, "Uranos fue el primer soberano del universo" (20).
"Fuera de este mito, no nos ha llegado nada de Uranos, ni siquiera una imagen" (1), pero es más que probable que su fisonomía fuera, al menos en parte, o de tiempo en tiempo, taurina, como la del resto de dioses celestes del neolítico indo-mediterráneo.
"Uranos era el principio masculino y fecundador por excelencia, como lo eran todos los dioses del cielo, (...) la lluvia -'semen' del dios de la tormenta-" (1) fertiliza la tierra. "Pero a diferencia de los demás dioses celestes, Uranos tenía una fecundidad peligrosa. Sus criaturas no se parecen a las que hoy pueblan la tierra: son monstruos (con cien brazos, con cincuenta ojos, estatura gigantesca, etc.). Uranos los 'odió desde el primer día' (Hesíodo), y por eso los escondía en el cuerpo de la tierra (Gea), que sufría y gemía" (1). Pero, un día, "alentado por Gea, Cronos, el último de sus hijos, espera a que su padre se acerque a la tierra al anochecer, como los demás días, le corta el órgano generador y lo tira al mar" (1). El titán Cronos "castró a su padre con una hoz y lo levantó por los aires" (21), así "la mutilación de Uranos puso fin a sus creaciones y a la vez a su soberanía" (1), que es ocupada entonces por "Cronos, que le sucede en la soberanía universal" (1).
"En la iconografía egipcia, esta posición de la pareja cósmica está invertida: el cielo es la madre, el padre es la vitalidad de la tierra; pero el patrón del mito permanece: ellos fueron separados por su hijo, el dios del aire Shu" (21). Y, también en la religión de Mitra -que en un tiempo compitió con el cristianismo-, "las imágenes que nos lo muestran sacrificando bueyes nos autorizan, quizá, a deducir que representaba al hijo que llevó a cabo, por sí solo, el sacrificio del padre" (4).
En el mito de Uranos se mezclan varios sentimientos infantiles, y la realización de sus deseos, lo que nos viene a confirmar que "el simbolismo de la mitología tiene un significado psicológico" (21) y que "los mitos son una proyección de los sentimientos humanos" (22).
En primer lugar, la perspectiva que aquí se tiene es la del sentimiento del niño en una familia, tristemente aún, más habitual en nuestra sociedad de lo que pudiera desearse, donde el padre dominante solamente regresa a casa al final del día, para poseer brutalmente a la madre, que es quien cuida sola de la prole -o así es como lo ve el niño-. Aunque aquí nos vamos a centrar en "un drama de tres personajes cuyos protagonistas son la madre, el padre y el niño [y donde] van a alternar constantemente movimientos donde dos de ellos se aproximan en un movimiento de deseo y de amor que excluye al tercero, considerado así como el rival a eliminar" (23). Así, Cronos, el hijo mayor -pues, "en el mito se percibe fácilmente la fantasía de la novela familiar, con una audaz inversión de las condiciones autenticas" (24), para ocultar un poco la realidad- debe de luchar -aparte de con los sentimientos de celos hacia los hermanos menores (con cien brazos, cincuenta ojos)-, por una parte, con sus deseos libidinosos hacia la madre y los hostiles hacia el padre -pues, quizás nos está "reservado a todos dirigir hacia nuestra madre nuestro primer impulso sexual y hacia nuestro padre el primer sentimiento de odio y el primer deseo destructor" (24)- y, por otro lado, con el miedo a éste y sus lógicos sentimientos de culpa por tales emociones, que le hacen verse a sí mismo como malo, feo, un monstruo. Y lo intenta proyectando sus propios sentimientos inconscientes hacia su padre, pues, "la proyección sobre el padre justifica la actitud hostil por parte del hijo" (24), que es quien en realidad odia al padre, y no al revés.
Todos estos sentimientos están presentes en este mito, además el deseo inconsciente de matar al padre y quedarse con la madre -también presente en el mito de Edipo y, seguramente, si los estudiásemos en profundidad, en una gran cantidad de mitos y cuentos clásicos-, conlleva la insalvable angustia de castración o miedo al castigo paterno. Así, Cronos se venga de su padre haciéndole lo mismo que tanto temió que éste le hiciera a él por su pecadora aspiración hacia su madre, una madre que es quien, desde esta fantasía infantil, hace ver que le prefiere a él antes que a su pareja -e hijo a un tiempo, no lo olvidemos-, pues, amén de alentarle, "Gea proporciona la guadaña a Cronos con la cual le mutila" (25).
Luego, su hijo Zeus (Júpiter), le destronaría a él.
Vemos pues cómo son todos estos sentimientos que nos revela la mitología, los que negados primero e interiorizados luego, hallan a través de estos cuentos fantasticos, la vía de escape que ha de servir para rebajar la tensión psíquica -como mecanismo de defensa-, a que nos tienen sometidos, pues "todavía puede alcanzarse, hasta cierto punto, la paz psicológica, mediante una rehabilitación tal, a través de la proyección hacia objetos externos y remotos" (24).
Y es que "a través de los cuentos fantásticos -que pretenden describir las vidas de los héroes legendarios, las fuerzas de las divinidades de la naturaleza, los espíritus de los muertos y los ancestros totémicos del grupo- se da expresión simbólica a los deseos, temores y tensiones inconscientes que están por debajo de los patrones conscientes de la conducta humana. La mitología, en otras palabras, es psicología mal leída como biografía, historia y cosmología. (...) Aquí, como en un fluoroscopio, están revelados los escondidos procesos del enigma del homo sapiens, occidental y oriental, primitivo y civilizado, contemporáneo y arcaico. El espectáculo completo está ante nuestros ojos. Solo debemos leerlo" (21).

La lucha

En la antigua Creta mitológica, el feroz Minotauro debe de ser vencido por el joven Teseo. El bello adolescente con la estrategia del engaño -el hilo de lino en la fábula que tanto se asemeja a la capa en el ruedo-, debe de manejarse dentro de laberinto para no perderse y así poder escapar después de vencer a la bestia, pero "no todo el mundo podía pretender entrar en el laberinto y salir de él indemne; la entrada tenía el valor de una iniciación. (...) Penetrar en un laberinto y conseguir salir de él es el rito iniciático por excelencia" (1).
Dédalo, en este mito representa la inteligencia como atributo al servicio de la humanidad. Él fue el autor del disfraz de vaca para que Pasifae, la esposa de Minos y madre a la postre del Minotauro, pudiera seducir al bello toro blanco que Poseidón había hecho salir de las aguas y que Minos debió sacrificar, pero no lo hizo. Dédalo es luego el encargado de la confección del laberinto por mandato del ya rey Minos, y quien, por ruego de la princesa Ariadna, idea la estrategia del hilo, para que Teseo, su amado, después de matar al Minotauro con una espada mágica, pudiera escapar del laberinto.
El laberinto -que además nos recuerda, por su forma, a la estructura fisiológica del cerebro humano- es la representación de nuestro mundo interior, y el Minotauro es el monstruo que habita dentro de nosotros, que, como un autócrata cruel domina nuestras pasiones y sentimientos y con el que debemos librar una dura batalla -la batalla de nuestra vida-, en la que somos, o nosotros, o él. Y no es otra cosa el coso taurino, donde la única diferencia es que el público no vive el drama solo con la imaginación, sino con la viva presencia, lo que le da, evidentemente, mucho más realismo al acto, y le ayudan, además, a identificarse con el héroe, que será el encargado de ejecutar sus ocultos deseos. Se está comprando de esta manera a un mercenario para que haga lo que el espectador desea, pero no se atreve a hacer.
El hilo, la tela, la capa (el engaño), pretenden representar el poder de la imaginación, de la astucia; la supremacía del intelecto humano sobre el mundo animal, y ser la ayuda para salir indemne, para vencer en este laberinto interior.
Así, la lucha de Teseo y el Minotauro, como la del torero y el toro, representan la lucha interior que debe pasar toda persona para hacerse adulta, matando los restos de animalidad que quedan dentro de él y que están representados por su yo infantil, pues, recordemos que "debemos recorrer en las primeras etapas de nuestra vida, incluyendo la intrauterina, toda nuestra historia evolutiva" (26).
Además, y dado el carácter polisémico de los símbolos y los mitos, no existe contradicción alguna aquí con la interpretación freudiana, en la que, y según la perspectiva infantil de la natalidad, cuando aún no se adivina el verdadero alcance de ésta, "la leyenda del laberinto revela ser la representación de un parto anal; los caminos intrincados son los intestinos y el hilo de Ariadna el cordón umbilical" (27), convirtiéndose así este mito en la máxima expresión del rito iniciático; el empiece de una nueva vida.
Y, bajo estos conceptos simbólicos es como "el toro divino, considerado recipiente o símbolo del poder sagrado que reina sobre la talasocracia, es elegido como protagonista de rituales que preludian quizá corridas y juegos circenses en el mundo antiguo" (11).
Así, "los juegos taurinos que aún hoy se conservan en el Dekkan y en el sur de la India existían ya en la India prevédica, hace cinco mil años" (28) y "en Irán eran frecuentes los sacrificios del toro, que Zaratustra combatió incansablemente" (29), pues "en todas las culturas paleo-orientales el 'poder' estaba simbolizado sobre todo por el toro (…) y el toro era su animal sagrado" (1).
Todo este juego de pruebas iniciáticas y luchas de poder ya se practicaba en todo el mundo mucho antes incluso, así, una "importante forma cultural de la época totemística, asociada también a un transcendental acontecimiento de la existencia, es la correspondiente a la fiesta de la virilidad de los jóvenes en la llamada consagración viril. La entrada del joven en la compañía de los varones" (9), donde los adolescentes debían superar difíciles pruebas, ya sean de valentía, dolor, constancia, etc. "como medio demostrativo" (9) de sus cualidades adultas.
Pero no es solo con relación al toro o en la más lejana antigüedad, también en nuestros días existen pruebas de este tipo, herederas de las de antaño, que aunque las que quizás tengan una mayor similitud sean las de ingreso en una pandilla, callejera o mafiosa; las novatadas, los exámenes o las pruebas de acceso, también son ritos iniciáticos, con los que, si se consiguen superar con éxito, se accede a un nuevo status social.
Como el rito que debía pasar, hasta hace bien poco, todo joven masái para ser considerado guerrero: el de matar a un león con su lanza -que nos recuerda (salvando las distancias) al de matar al toro con la espada (objetos que se le asemejan por su forma y tienen, como el pene, la facultad de poder penetrar en el interior de un cuerpo y causar heridas)-. Así, a pesar del peligro que conlleva, penetrar al león o al toro tiene el carácter de posesión sexual, para que se cumplan de esta manera los profundos y reprimidos deseos homosexuales hacia el padre, pues "las personas antes consideradas como rivales se convirtieron en los primeros objetos eróticos homosexuales" (30).

"Aparece, aparece, cualquiera que sea tu forma y tu nombre, ¡Oh, Toro de la Montaña, Serpiente de las Cien Cabezas, León de la Llama Ardiente! ¡Oh, Dios, Bestia, Misterio! ¡Ven!" (31)

Así es como Eurípides nos desvela los anhelos ocultos de la mente humana, donde reina Dios padre como una Bestia; es el Misterio de nuestros sentimientos ocultos lo que se ambiciona desvelar. Lo que se pretende es la comprensión de lo más profundo de Nuestro Ser.

Conclusión

¡Hay que matar a la Bestia! Pues -al menos en nuestra mente-, "el dios que es el creador, se convierte al fin en destructor. Desde este punto de vista el ogro tirano no es menos representativo del padre que el anterior emperador del mundo cuya posición usurpó, o que el héroe Brillante (el hijo) que ha de suplantarlo. (...) Para decirlo en términos directos: El trabajo del héroe es exterminar el aspecto tenaz del padre (el dragón, el que pone las pruebas, el rey ogro)" (21).
Y, teniendo en cuenta que "la herencia arcaica del hombre constituye el nódulo de lo inconsciente anímico" (32), llegamos a la conclusión de que el mito de Uranos, la leyenda del Minotauro, el rito masái o la "fiesta nacional", representan lo mismo, el deseo inconsciente de alcanzar la edad adulta, de hacernos hombres y, "como la mayoría de los actos que el hombre de las culturas arcaicas ejecuta no son, en su mente, sino la repetición de un gesto primordial ejecutado al principio de los tiempos por un ser divino o por una figura mítica" (1), hacemos que se cumpla el "mito del Eterno Retorno" (33) al infantilismo, no solo del individuo, sino de la humanidad en su conjunto, cuando se establecía una lucha animal por el rango social, por el poder, por el dominio, por desbancar al Macho Dominante de su trono... y ocuparlo.
El público, en el circo simbólico de la plaza, no es más que el grupo de adultos -la compañía de los varones- al que el matador aspira a pertenecer, si éstos le dan su aprobación. El espectador se identifica con el torero y ve así también él cumplido su deseo inconsciente de matar al padre, al tiempo que los también inconscientes sentimientos de culpa le hacen esperar ser castigado por éste. En el fondo, el espectador, que ya no es otra cosa que el torero mismo, desea que éste sea cogido por el toro; castigado por su ambición. Sí, el respetable teme, tanto como desea, además de la del toro, la muerte del matador. Y el toreo no sería nada sin esta posibilidad.
La simbología en estos actos está clara: el toro es la representación del padre y el torero la del adolescente que quiere hacerse hombre, independiente de esa autoridad opresora. Pero no lo será hasta que no consiga matar al padre, real o simbólicamente, como en el drama de Sófocles (Edipo Rey). La diferencia está en el propósito, aquí es acostarse con la madre (deseo infantil) y allí hacerse hombre (deseo juvenil); como en el caso del joven Teseo, cuyo anhelo es llevarse a la princesa Ariadna, de Creta, su casa, y hacerla su esposa.
Aunque tal vez no haya tanta diferencia, pues los sentimientos y "las vivencias de los primeros cinco años de la infancia ejercen una influencia determinante sobre la vida" (34) adulta. "Lo que hoy somos descansa en lo que ayer pensamos, y nuestros actuales pensamientos forjan nuestra vida futura" (35) y, como "el primer objeto amoroso del niño es la madre; sigue siéndolo en la formación del complejo de Edipo y, en el fondo, durante toda la vida" (36), Ariadna no pasaría a representar otra cosa que a la madre misma. Lo que ratificaría también la interpretación freudiana del mito, cuando el hilo de lino conllevaría la unión entre los dos enamorados, como lo hace el cordón umbilical entre la madre y el hijo.
O, dicho técnicamente: Después de un periodo de latencia, en "la pubertad y la adolescencia (...) el yo se siente invadido por una angustia pulsional frente a la cual deberá defenderse. Se describe entonces una reactivación de la problemática edípica con desplazamiento sobre sustitutos parentales idealizados (...). La adolescencia representa en alguna medida la última oportunidad espontánea para el sujeto de reparar los fracasos del periodo edípico" (37). (Estamos ahora en la característica etapa rebelde del adolescente).
Así, quizás todos somos, o quisiéramos ser, un poco Cronos, Shu, Teseo, guerrero masái o torero.
El simbolismo en la fiesta de los toros está más presente de lo que a primera vista podría parecer, así por ejemplo el traje de luces representa la juventud, aunque el torero haya pasado ya hace mucho tiempo esa edad. El número tres, que tres veces se repite; en los tres tercios de la lidia, en los tres pares de banderillas y en los tres matadores, que matan dos toros cada uno: ¿Uno su padre y otro el padre del público? ¿O uno el padre del hombre y otro el padre del niño? -seguramente las dos posibilidades son ciertas simultáneamente, pues "en nuestro psiquismo (...) pueden muy bien convivir las más radicales antinomias" (18)-, representa la masculinidad simbólica del acto, pues "el número tres es un comprobado símbolo de los genitales masculinos" (2). ¡Aquí están mis cojones! parece que se le pretende decir al pobre toro, que no entiende nada de esto... aunque, de alguna manera, también el torero puede ver como los cojones de la autoridad se le pueden imponer a él; con el toque de los tres avisos.
Y el hecho de cortarle las orejas y el rabo, cuando la faena ha sido buena, cuando se ha dominado al animal, es la representación simbólica de la castración de éste, como en el mito de Uranos. No se le cortan orejas y rabo, sino testículos y pene; tanto como venganza por la opresión sufrida, como para determinar la supremacía del más hombre, del más macho, del único que a partir de entonces tiene la potestad de usar esos atributos.
Y todas las demás tradiciones crueles que se dan en España con los toros (Toro ensogado, Toro de fuego, Toro de la Vega, Toro de San Juan...), no tienen otro significado que el de descargar con saña sádica nuestros reprimidos impulsos hostiles hacia el padre.
Hasta el hecho de que en un ritual, que tenía lugar durante la primavera en Mesopotamia, donde "una adolescente, maravillosamente entrenada, torea acrobáticamente a un 'toro de Minos', tomando contacto con los cuernos, con el fin de que éstos por sus puntas le infundieran el vigor y la fertilidad en beneficio de la comunidad entera" (11), ratifica, además del carácter fálico de las astas, el paterno del toro a través de la muchacha, cuando "su complejo de Edipo culmina en el deseo, retenido durante mucho tiempo, de recibir del padre, como regalo, un niño, tener de él un hijo" (38), y nos enseña además el carácter no solo erótico, sino también sádico e infantil de estas fiestas, pues "dicho rito, al igual que los juegos taurinos cretenses, terminaría con la muerte cruenta del animal" (11) y, para el niño, "la crueldad es algo que forma parte del carácter infantil, dado que aún no se ha formado en él el obstáculo que detiene la pulsión de aprehensión ante el dolor de los demás; esto es, la capacidad de compadecer" (39).
El toro es, en suma, el representante paterno fuera y dentro de nosotros mismos. Así estos ritos, vienen a representar la emancipación emocional de nuestro padre, el representante de la autoridad familiar y a quien queremos reemplazar, como se reemplazaba al viejo buey en el arado, como se reemplazaba a los efímeros dioses celestes al lado de la diosa madre que, sin embargo, permanecía. Es el toro pater el que lleva -o queremos que lleve-, los cuernos; unos atributos que en un tiempo fueron símbolos masculinos y de poder, y que se convierten ahora en la divisa del suplantado. Así pretendemos que se repita "una vez más ese destino de las divinidades celestes supremas de verse gradualmente excluidas de la actualidad religiosa y soportar usurpaciones, sustituciones y fusiones sin cuento hasta que acaban por caer en el olvido" (1), como no podía ser de otra manera, pues este es el designio de nuestros deseos.
Estas son las razones por las que el torero además de desear la muerte del toro, lo ama, a pesar de que pueda destriparle. Podría decirse que, como en "la relación del niño con el padre entraña una singular ambivalencia" (17), cuando, bajo nuestra perspectiva, "el padre constituía un peligro y, en consecuencia, inspiraba tanto temor como cariño y admiración" (17).
De esta manera se van transmitiendo a través de la historia toda una serie de leyendas, mitos, cuentos y costumbres de los que al final llegamos a desconocer su significado, pero que si indagamos un poco, se nos desvela claramente. Y el patrón de todos estos ritos taurinos es siempre el mismo: le hemos atribuido a un ser de la naturaleza, a un ser que nos impresionaba, una personalidad que no le es propia, pero al que hacemos que acarree con las consecuencias de nuestros reprimidos impulsos hacia ella. En una palabra, estamos descargando sobre él nuestras frustraciones infantiles.
Así, todas estas tradiciones nos llevan a descubrir -como por otra parte, siempre supimos desde lo más profundo de nuestro ser- que "en realidad, el matador y el dragón, el sacrificador y su víctima, son solamente una mente detrás de bambalinas, donde no hay polaridad de contrarios, pero mortales enemigos en la escena donde se presenta la eterna guerra entre los dioses y los titanes" (21).Y que "para suavizar el terrible parricidio, la leyenda representa al padre como un tío cruel o un Nemrod usurpador. Sin embargo, permanece el hecho escondido a medias. Una vez entrevisto, surge el espectáculo completo; el hijo mata al padre, pero el hijo y el padre son uno mismo" (21).

Félix Casado

Notas:
1.- Mircea Eliade (Tratado de Historia de las Religiones).
2.- Sigmund Freud (La interpretación de los sueños).
3.- Giambattista Vico (Principios de Ciencia Nueva).
4.- Sigmund Freud (Totem y tabú).
5.- J. Mellaart (Earliest Civilisations of the Near East).
6.- Ángel B. Espina Barrio (Manual de Antropología Cultural).
7.- Sigmund Freud (Consideraciones sobre la guerra y la muerte).
8.- J. G. Frazer (La rama dorada).
9.- Wilhelm Wundt (Elementos de Psicología de los Pueblos).
10.- Robertson Smith (Religión of the semites).
11.- J. M. Gomez-Tabanera (Enciclopedia GER).
12.- Rig Veda.
13.- Atharva Veda.
14.- José Carlos Fernández (revista Esfinge).
15.- Giles (Rev. J. Mac Gowan, La Historia Imperial de China).
16.- Peter Bassett (Doc. BBC Lion Battlefield).
17.- Sigmund Freud (El porvenir de una ilusión).
18.- Sigmund Freud (Introducción al Psicoanálisis).
19.- Hesíodo (Teogonía).
20.- Apolodoro (Biblioth).
21.- Joseph Campbell (El Héroe de las Mil Caras).
22.- Mª Jesús García Polo (Antropología).
23.- R. Perron.
24.- Otto Rank (El mito del Nacimiento del Héroe).
25.- Mª Pilar Zapatero Lacalle (Kafka o el vínculo con el padre -El Complejo de Cronos).
26.- Ley Biogenética (Ernst Haeckel).
27.- Sigmund Freud (Nuevas aportaciones al Psicoanálisis).
28.- Autran (Prehistoria del Cristianismo).
29.- Yasna.
30.- Sigmund Freud (Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad).
31.- Euripides (Las Bacantes).
32.- Sigmund Freud (Pegan a un niño).
33.- Mircea Eliade (El mito del Eterno Retorno).
34.- Sigmund Freud (Moisés y la Religión Monoteísta).
35.- Buda (Dhammapada).
36.- Sigmund Freud (La feminidad).
37.- Alain y Sophie de Mijoya (Fundamentos del Psicoanálisis).
38.- Sigmund Freud (El final del Complejo de Edipo).
39.- Sigmund Freud (Tres ensayos para una Teoría Sexual).
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