La última vez que ingresé al Hospedaje Robert, fue entre el año 86 u 87, yo tenía 16 o 17 años. No entré solo, éramos tres, Javier, Claudio y yo, los tres teníamos mas o menos la misma edad, los tres tenemos un parentesco de primos segundos o algo así. No sé qué razón nos llevó a hacer esa expedición en aquella noche sampedrina. No recuerdo la hora, seguramente era mas de las 12. Lo que sí recuerdo es que no entramos por la puerta principal, entramos por un baldío que estaba lindero al hospedaje; la verdad que tenía mucho miedo, yo siempre fui el más cagón del trío. Pero la cuestión es que entramos saltando un tapial que dividía el lugar con el baldío, más que un tapial era una especie de reja. Mi cagazo era terrible, sin embargo seguí a mis primos; fue muy loco, porque anduvimos por todos los lugares del hospedaje que cuando estaba en pleno funcionamiento me daba miedo, así que era realmente de terror para mi entrar en esas condiciones; debo aclarar que el hospedaje estaba abandonado desde hacía ya un tiempo.

Lo que acabo de contar fue mi última vez entrando al Hospedaje Robert, de la primera vez no tengo registro, los recuerdos iniciales que tengo son cuando una tía de mi papá -la tía Negra, quien también era mi madrina- me enseñaba a hacer con mis deditos de niño la V y la P, que tiempo después me enteraría que eso quería decir, ¡Viva Perón! Sí, se ve que la tía pretendía adoctrinarme en el Justicialismo desde mi más tierna infancia, pero no lo logró.

Me parece que es tiempo de explicar lo que era el Hospedaje Robert, este antecesor de lo que hoy sería un hostel, era ni más ni menos que ¨La casa de la abuela Tomasa¨ ¿Quién era la abuela Tomasa? Era mi bisabuela, la mujer más buena del mundo, quien sin saber leer ni escribir regenteaba ese albergue de antaño; era increíble esa mujer, como dije en otra de mis crónicas, fue una fuente inagotable de amor, me daba la sensación que era la madre de todos nosotros, mas allá de mi propia familia, también la conocieron mis amigos, quienes como yo, la llamaban abuela. La adorábamos, la respetábamos, la entendíamos y hoy la extrañamos.

La casa de la abuela quedaba en la calle 25 de Mayo y Quiroga de la ciudad de San Pedro, tenía una puerta grande de madera en la entrada al zaguán que si mal no recuerdo era de color verde oscuro. Una vez que pasábamos en zaguán, estaba la verdadera puerta, la que se cerraba con llave, la puerta cancel. Atravesada la puerta cancel, si seguíamos derecho, pasábamos por el patio central, el que tenía un aljibe en el medio; sentíamos mucha curiosidad cuando niños por el aljibe, en mi caso me encantaba escuchar el eco que emitía cuando mirando en su interior gritábamos: ¨¡culo! ¡puto!¨ entre otros epítetos de la misma o peor calaña, nos causaba mucha gracia lo que repetía el agujero negro que escondería quien sabe que secreto. Mi primo Claudio -que era de inventar historias- alguna vez contó que habían matado una chica y la tiraron en el aljibe, y ante nuestra incredulidad, se besaba en forma vertical y horizontal el dedo índice de su mano derecha haciendo la señal de la cruz seguido de la frase: ¡te lo juro!

Pasando el patio estaba la cocina, gran espacio, tengo la sensación que siempre hacia frio, no sé porque pero la recuerdo en invierno. Más de una vez he visto a mi abuela o a mi tía manipular una especie de inflador de bicicletas; ese artefacto era una bomba que al generarle alguna presión con el símil inflador, hacia funcionar a la cocina a kerosene, en la cual siempre había una pava gigante de loza color verde con cachaduras negras, llena de agua, calentándose para quien sabe que menesteres.

El espacio de la cocina era el bunker de aquel trió que conformábamos mis primos y yo, ahí pergeñábamos alguna que otra travesura de aquellos adolescente que estábamos tan al pedo. A veces le pedíamos el Winco a la abuela, y escuchábamos discos durante toda la tarde de sábado, ahí podíamos escuchar a Roberto Carlos, pasando por Leonardo Favio -teníamos el hit ¨Fuiste mía un verano¨- también mi primo traía sus vinilos de la época, como por ejemplo Thriller, de Michael Jackson o Llena tu cabeza de rock `84; pero el hit de hits era Rockollection, tema cantado en castellano por una voz afrancesada que hacía una recorrida por distintos éxitos del pasado; 11 minutos duraba esa porquería, pero nosotros la escuchábamos estoicamente, nos sabíamos hasta el salto de la púa, sobre todo en la parte que aparece ¨Satisfaction¨ de los Rollings. Era la tecnología de la época, y cuando un disco estaba rayado era un bajón, pero bueno, nos acostumbrábamos a escucharlo así, o en algunos casos le poníamos una moneda sobre la cápsula para que no saltara la púa.

También estaba el ¨combinado¨; dios querido, era intocable para nosotros, solo lo podían usar ¨los grandes¨, para mí era como si a un nene hambriento le pongan frente a sus ojos un banquete y no se lo dejaran tocar; no lo podía creer, me moría por poner un disco ahí, sonaba divinamente, aparte de ser todo automático y tener radio AM y FM. A veces me daban la posibilidad de ¨dar vuelta el disco¨ y para mí era como tocar el cielo con las manos.

Mi viejo siempre decía: ¨En lo de la abuela solo falta que hagan una pelicula¨; bueno, hicieron una película. En el año `84 la casa de la abuela fue locación de una película que se llamó: Cuarteles de invierno, basada en una novela de Osvaldo Soriano, la peli contaba la historia de un cantante de tangos -prohibido por la dictadura militar- que iba a ganarse el mango a un pueblo llamado Puerto Obligado. Este cantante se alojaba justamente en el Hospedaje Robert, o sea ¨lo de la abuela¨. Yo no podía creer lo que pasaba, me quedaba horas mirando como filmaban, era una máquina de hacer preguntas, sobre todo al camarógrafo, quien mientras manipulaba dentro de una bolsa negra un rollo que recién había filmado, me contaba los pormenores de lo que era una filmación. Tal vez haya sido esa la primera vez que estaba cerca de ese mundo que tanto me gustaba y que pude luego tener como profesión.

Un clásico de la casa de la abuela era ¨el APA¨, un aparatejo colgado en la pared, con una perilla de volumen y nada más, quienes son de San Pedro saben de lo que hablo, pero debo explicar que ¨el APA¨, era una radio por circuito cerrado, así como ahora vemos Tv por cable, en esa época escuchábamos la radio del pueblo por cable.

El asunto era cuando daban las necrológicas; -¨subí, subí¨, me pedía mi abuela, refiriéndose al volumen del aparato- se solía escuchar: Falleció: Roberto Ricardo Muñoz ¨tito¨, a los 58 años de edad, servicio Benincasa y Secchi, se ruega no enviar flores; ¨que jooooven¨, se consustanciaba mi abuela cada vez que decían la edad del desafortunado señor.

Pero bueno, llegó el año `86 y mi abuela tuvo que entregar el edificio que la había albergado durante un par de décadas, no tengo registro de cómo fue ese proceso, tal vez no lo quiera recordar, porque fue muy doloroso para todos, y ni hablar para los que nos cobijábamos bajo la gran falda de la abuela, porque ella y su caserón eran el refugio que teníamos aquellos adolescentes que nos peleábamos con nuestros padres -porque así debe ser cuando se es adolescente- y nos quedábamos un par de días hasta que nos desenojábamos -típico de adolescente también- y volvíamos a nuestros respectivos hogares para ponernos bajo la ¨dictadura¨ ejercida por nuestros progenitores.

Tal vez fue nostalgia el sentimiento que empujó a mis primos y a mí a ingresar aquella noche al hospedaje; quien sabe, a lo mejor quisimos despedirnos de ¨lo de la abuela¨ y no teníamos más opción que entrar de esa manera tan irregular y arriesgada. Pero bueno, era una de las últimas oportunidades, porque después se demolió el edificio, pasando por alto la ordenanza que supuestamente protege el patrimonio cultural.

Hoy, donde estaba el aljibe, hay una especie de playa de estacionamiento de una remisería, no quedó ni un solo rastro de ¨lo de la abuela¨ ni siquiera el cartel oxidado en el que a duras penas se podía leer: Hospedaje Robert. Por suerte los humanos tenemos la capacidad de guardar recuerdos en la memoria y así poder añorar lo que fue -al menos para mí- un lugar donde uno se podía proveer de amor; si, creo que por eso convocaba tanto la abuela, porque no paraba de dar amor.
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