CREADOS PARA CREAR “Por tanto pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas; para que sean vuestros días y los días de vuestros hijos, tan numerosos sobre la tierra que Jehová juró a vuestros padres que les había de dar, como los días de los cielos sobre la tierra” Deuteronomio 11:18-21 Hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios y eso significa que poseemos muchas de las capacidades que Dios posee. Por ejemplo: ¿cómo creó Dios los cielos y la tierra? Si vamos al relato del Génesis vemos que Dios no movió un dedo para crear nada sino que todo lo hizo cómodamente sentado en su trono mediante su voz. Él dijo: “Sea la luz”, y apareció la luz. Él dijo: “la tierra produzca árboles” y la tierra produjo árboles. Hemos sido creados con la misma capacidad que Dios tiene: crear con la voz. Al igual que Dios, nosotros podemos crear con nuestra voz. Nuestra voz tiene el poder de producir resultados positivos y negativos. Jesús nos enseñó con su vida y con sus enseñanzas que tenemos ese poder. La mayoría de los milagros que Jesús realizó los realizó con la voz. Calmó la tempestad ordenándole que se calle, secó la higuera maldiciéndola en voz alta, limpió leprosos, sanó al siervo de un centurión a distancia. Y además de esto nos enseñó: “Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: quítate y échate al mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho”. Marcos 11:23 El verbo “decir” se encuentra tres veces conjugado en este versículo. “Si creyere que será hecho lo que DICE, lo que DIGA le será hecho”. Es imprescindible hablar, pronunciar un sonido. “La muerte y la vida están en el poder de la lengua y el que la ama comerá de sus frutos” Proverbios 18:21 “Del fruto de su boca el hombre comerá el bien” Proverbios 13:2 Estos dos versículos dan cuenta de esta capacidad que tenemos de crear con la palabra emitida por nuestra boca. Es por eso que debemos hablar palabras de vida y no de muerte, de salud y no de enfermedad, de riqueza y no de pobreza, de éxito y no de fracaso porque Dios puso el milagro en nuestra boca. Con las declaraciones de nuestra boca creamos nuestro futuro. Una persona que constantemente declara que le irá mal, que fracasará, que se enfermará, lo único que está haciendo es provocar eso mismo en su futuro, lo está profetizando. Con la palabras que pronunciamos generamos una atmósfera a nuestro alrededor, si las palabras que decimos son palabras de bien, de paz, optimistas, entonces viviremos en un ambiente bueno. Es cómo cuando cocinamos pescado. Todo el mundo en casa se entera de que se está cocinando pescado porque el olor se extiende por toda la casa. De la misma manera cuando nuestras palabras son de derrota, negativas, el ambiente en el que estamos es pesado e incómodo. Nuestras palabras provocan un resultado en nuestras vidas. Y nuestras palabras no son más que el reflejo de nuestra actitud. Al hablar estamos mostrando lo que llevamos dentro. “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno y el hombre malo, del mal tesoro del corazón saca lo malo, porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Lucas 6:45. Es por eso que en el versículo que leímos al principio (Dt. 11:18) Dios nos manda a guardar sus palabras en nuestro corazón y en nuestra alma, para que abunde en nuestro corazón palabras buenas, de paz y esperanza, para que de ellas hable nuestra boca. Actitud: probabilidad de tener un cierto comportamiento. Debemos tener actitud positiva y victoriosa en la vida frente a cualquier suceso. Hoy en día se valora mucho más la buena actitud que la formación a la hora de seleccionar personal para un puesto de trabajo. Es mucho mejor una persona que tiene ánimo, ganas de crecer, que tiene empuje y buena disposición que una persona sumamente inteligente y formada trabajando a desgano. Se valora más al que luego de varios intentos y fracasos se ha recuperado que al inmaculado que nunca cometió errores. Por ejemplo: se valora más a una persona que en su escolaridad tiene un par de exámenes perdidos antes de haberlos salvado porque demuestra que la persona no abandona la guerra ante la primer batalla perdida. Por el otro lado si se tiene una persona con una escolaridad inmaculada no sabemos como reaccionaría cuando le toque perder. Una empresa sabe que si llegan a pasar por crisis el inmaculado no sabe como reponerse de la misma y salir adelante simplemente porque nunca le ocurrió. Se valora la actitud. Talvez tengas un trabajo que no te gusta o que está perjudicando tu salud. Talvez son demasiadas las cuentas que tienes que pagar y ves que no puedes ahorrar y que no alcanzas tus planes y tus metas. Pero es imprescindible que dejes de pronunciar palabras de desanimo, de desesperanza, de derrota. Aunque no lo sientas, inclusive aunque no te salga naturalmente, debes pronunciar palabras buenas, de victoria, de esperanza, de fe, positivas, de ánimo y aliento, porque Dios obra cuando hay un sonido. Repasemos una vez más la historia del inicio de la iglesia en aquel recordado día de la fiesta de Pentecostés: “Cuando llegó el día de Pentecostés estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados…” Hechos 2:1-2 El día más importante del cristianismo, el día en que el poder del Espíritu Santo desciende sobre sus escogidos para dar inicio a la iglesia ocurrió con un sonido, un estruendo como de un viento recio. Cada vez que Dios obra lo hace a través de un sonido. En esos momentos en los cuales estamos abatidos, tristes, desanimados por acontecimientos de la vida necesitamos que Dios haga algo a nivel de nuestras emociones. Todos pasamos por momentos en la vida en los cuales nos acontecen cosas o recibimos noticias malas o lo que sea. En esos momentos nos sentimos mal y necesitamos un toque de Dios. Pero nada vamos a lograr en silencio. Todas las veces que, estando preocupado o triste, intenté orar en silencio, “para adentro” como solemos decir, con el pensamiento (porque Dios escucha nuestro pensamiento) mi mente divaga y pierdo concentración y pierdo el hilo de lo que le estaba diciendo a Dios. Nuestra mente es muy sensible y cambia de dirección fácilmente cuando piensa si no tenemos un punto fijo dónde ver. Por ejemplo, cuando estudiamos lo hacemos leyendo un libro o tomando apuntes pero lo importante es que tenemos la vista en algo fijo y eso nos permite concentrarnos. A cuantos nos ha pasado que, estando en el salón de clases y estando el profesor exponiendo la clase, en realidad estamos como ausentes, mirando al techo, y pensando en otra cosa o en nada, y no aprendemos nada de la clase. Eso es porque si bien estamos presentes en la clase, y estamos escuchando al profesor, al no tener la vista puesta en el profesor y en lo que el profesor anota en el pizarrón, lo que sucede es que nuestra mente es muy sensible de perder la referencia y divagar. Cuando intentamos orar a solas y en silencio no tenemos nada que mirar y donde poner nuestra vista. No lo tenemos a Dios de manera visible para concentrar nuestra mirada en algo. Por eso es fácil divagar el pensamiento cuando intentamos orar “para adentro”. Y el resultado es que nuestro estado de ánimo no cambia, no logramos que Dios obre nada en nuestra vida. Pero cuando comenzamos a pronunciar palabras como: “Dios, gracias por tu amor, por tu gracia y misericordia, por tu protección, por que me has dado la vida una día más. Gracias por haberme rescatado del reino de las tinieblas y haberme traido a tu reino de luz. Gracias porque cada día me bendices. Gracias por mi familia, por mi esposa por mis hijos. Gracias por mi madre, mi padre, mis hermanos (hasta mi suegra). Señor, tu has sido tan fiel conmigo. Recuerdo la vez que tu me respondiste a tal y cual plegaria. Señor yo te amo tanto…” en ese momento Dios comienza a obrar en nuestra vida. Es nuestra voz invocando al Espíritu Santo, invitándolo a hacerse una realidad en nuestro corazón. Es la voz nuestra la que crea el milagro de tener a Dios atento a nuestra situación y cambiar nuestro ánimo. Por el contrario si las palabras que comenzamos a mencionar de desanimo por la situación, si empezamos a expresar nuestra amargura y a profetizar derrota, lo único que hacemos es empeorar la situación. Nuestras palabras deben de ser palabras de fe. Con palabras de fe somos indestructibles. A ver si me explico. Dios es el Padre y la palabra padre significa fuente. Los hijos de Dios tenemos al Padre en nuestros corazones, por lo tanto tenemos La Fuente en nosotros. De esa fuente no pueden salir si no palabras buenas. Dios es el padre de la creación y el mundo salió de él, y como ya vimos el mundo salió de su voz. El Espíritu Santo es el espíritu de Dios, que es Dios. Dios Padre dijo: “Sea la luz…” y el Espíritu hizo la Luz. El Espíritu Santo obedece la palabra que sale del Padre y le ordena moverse. Cuando decimos palabras negativas como: “Señor, mira mi pobreza, que desgraciado soy, no soy nada, nada me sale bien”, Dios escucha eso y dice: “Yo no dije eso”, y como Dios no dijo eso entonces el Espíritu no se mueve. En cambio cuando decimos: “Estoy pobre pero prosperaré, porque tu Señor has dicho que me daría mucho más abundantemente de lo que espero. Porque soy un hijo tuyo se que no fracasaré y si lo hago es porque en realidad tu tienes cosas más grandes para mi”, Dios escucha eso y dice: “Yo sí dije eso”, y el Espíritu Santo obedece a la palabra de Dios y se mueve y comienza a trabajar. Nuestras palabras deben ser de fe para que Dios Padre y el Hijo escuchen nuestras declaraciones y digan: “Yo lo dije” y entonces el Espíritu Santo diga: “Si lo dijeron entonces será hecho”. Que tus palabras sean las palabras de Dios, pronunciá las promesas de Dios (“todo lo puedo en Cristo que me fortalece”; “nada me separará del amor de Dios”). Al orar, conviene hacerlo usando las mismas palabras que se encuentran escritas en la Biblia, porque Dios dijo esas palabras. Orar bíblicamente es gozar de una seguridad creciente de que estamos orando de acuerdo a la voluntad de Dios. Al pronunciar palabras y frases que están en la Biblia somos libres de oraciones superficiales. Obviamente que esto no se trata de repetir rezos, sino que nuestra comunicación con Dios debe ser natural y espontanea, pero sin perder la naturalidad y la espontaneidad, nos aseguramos de decir las palabras correctas si usamos las expresiones bíblicas. Quiero transcribir una parte de un libro que cuando la leí marcó mi vida y mi forma de orar en momentos difíciles. “Una noche la Sra. Silence, una amiga de Dorothy y mía de mucho tiempo, fue muy cuando en oración y obediencia encaró una crisis familiar desde una perspectiva celestial. Ella fue despertada a las dos de la madrugada por una llamada telefónica: -“¿Sabe Ud. quien estuvo manejando su auto esta noche?”, preguntó un oficial de la policía. -“Sí, mis dos hijos están viniendo a casa de una Conferencia Bíblica para jóvenes”, aprensivamente respondió. -“Bien, tengo malas noticias para usted. El conductor se durmió y su auto quedó arrollado contra un árbol al costado de la ruta. El conductor está muerto y parece que el otro joven no tiene esperanza de vida”. Esta chocante noticia dejó estupefacta y aturdida a la madre, cuyo corazón siempre había estado lleno de tierno amor por sus hijos. Dejando a un lado el teléfono, la señora Silence gritó a su Padre Celestial: “Oh Dios, ¿Qué debe hacer una madre en un momento así?”. Afortunadamente, ella había aprendido a orar y pensar bíblicamente. Ella me contó más tarde que todo lo que pudo hacer fue pensar en un versículo de la Biblia que ordenaba: “Dad gracias en todo” (1º Tesalonicenses 5:18). -“Pero Señor – la Sra. Silence continuó – tu sabes que mi corazón no está agradecido. Está frío, shockeado y vacío, pero en esta terrible noche yo obedeceré Tu Palabra. Y mientras lo hago, por favor, realiza un milagro en mi corazón. Mientras yo te obedezco y te digo gracias, tu deberás hacerlo real en mi, porque en esta trágica hora, yo no siento ningún agradecimiento”. En esta manera, la Sra Silence, ejerció su fe y comenzó a orar. Esta tierna madre descorazonada me dijo que cuando ella primero dijo “Gracias, Padre, por quien tu eres”, su shockeado corazón permanecía frío y vacío. Pero mientras ella fiel mientras repetía su agradecimiento, el Espíritu Santo ejecutó Su propio maravilloso milagro. Llenó su corzón de consuelo y genuino agradecimiento. Sí, durante aquellas largas horas de la noche, el Consolador de Dios, el Espíritu Santo , respondió a la fe y obediencia de la Sra. Silence. Le confirmó el invariable Amor de Dios para ella y su familia. Cuando amaneció, sin duda, había todavía lágrimas en sus ojos, pero al mismo tiempo experimentó el indescriptible consuelo de la paz de Dios gobernando su corazón (…)” Alimentando la fe. Dr. Richard A. Bennet. Pág. 63 a 65 ¿Qué fue lo que ocurrió en la vida de la Sra. Silence? Fueron sus palabras, pronunciadas en voz alta, las que invitaron al Espíritu Santo de Dios a obrar, a intervenir en la situación. Palabras de queja y dolor solo hubieran empeorado la situación anímica de esta madre. “Bendice alma mía a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre (…). El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila” Salmos 103:1 y 5. ¿Quieres tener fuerzas y juventud como un águila? Pues bien, pídele a Dios que sacie de bien tu boca, porque cada palabra negativa, de derrota que pronuncies te envejece y te saca las fuerzas. “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!” Salmos 119:103 “Señor. Abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza” Salmos 51:15 “Porque mejor es tu misericordia que la vida, mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos. Como de meollo y de grosura será saciada mi alma. Y con labios de júbilo te alabará mi boca. “ Salmos 63:3-4 Esto es lo que debe haber siempre en la boca de un hijo de Dios, palabras buenas, victoriosas, que honran a Dios, llenar el trono de Dios con palabras que lo exalten. Como dice hebreos 13:15, ofrezcamos a Dios el fruto de nuestros labios que confiesan su nombre. Dios sigue haciendo milagros con su voz y con la palabra que nos dejó escrita. Solo necesita alguien que confiese su palabra que la diga en voz alta, que profetice. “Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos. De generación en generacion es tu fidelidad. Tu afirmaste la tierra y subsiste. “ Salmos 119:89-90 “¡Cuan eficaces son las palabras rectas!” Job 6:25 “Su alma aborreció todo alimento, y llegaron hasta las puertas de la muerte. Pero clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones. Envió su palabra y los sanó, y los libró de su ruina. Alaben la misericordia de Jehová y sus maravillas para con los hijos de los hombres; ofrezcan sacrificios de alabanza y publiquen sus obras con júbilo”. Salmos 107:18-22 “Acuerdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar. Ella es mi consuelo en mi aflicción porque tu dicho me ha vivificado” Salmos 119:49-50 Dios no se olvida de ti ni de las promsas que te ha hecho, pero necesita que lo confieses, que declares SU PALABRA, que actúes como él actúa porque para eso fuiste creado a imagn y semejanza de Dios. Reboza mi corazón palabra buena; dirijo al rey mi canto…Eres el más hermoso de los hijos de los hombres. Salmos 45:1-2. Tu voz creó la luz que aun podemos contemplar. Tu voz creó las nubes bajo el cielo, sobre el mar. Oh habla otra vez, voz de Jehová. Repite en mi el milagro y que te pueda escuchar. Desata el poderío de tu voz una vez más. Rugido de león de la tribu de Judá Marcos Vidal. Emanuel Seropián [email protected] Diciembre, 2008. Es un auspicio de:
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