InicioApuntes Y MonografiasAbel sanchez de Miguel de Unamuno
Les dejo nuevamente otro de los trabajos que realice. en esta oportunidad es sobre Miguel de Unamuno, gran escritor español. espero que lo disfruten y les sirva. Saludos ¿Por qué nací en tierra de odio? En tierra en el que el precepto parece ser: “Odia a tu prójimo como a ti mismo”. “Porque he vivido odiándome, porque aquí todos vivimos odiándonos” El Caín de Unamuno Introducción Es Unamuno el escritor quizás más controversial en lo que a la representación del ser humano se refiere, encontramos en él siempre una actitud existencial de lucha, de batallar continuo contra las dudas que lo atormentaron. La complejidad de la interioridad de sus personajes provoca siempre reflexión. Quién puede negar la complejidad de San Manuel o la de Augusto Pérez al momento de replantearse su existencia en este mundo de las realidades justificadas. Decimos justificadas por que desde prehistoria el ser humano ha intentado justificar su existencia y en su paso a puesto siempre en crisis sus mayores ideales: Fe y Razón. Miguel de Unamuno es una de las figuras más importantes de la generación del 98. Nacido en Bilbao en 1864, su nombre va unido a la ciudad de Salamanca, donde vivió la mayor parte de su vida y en cuya Universidad regenteó la cátedra de griego. De espíritu intelectual agresivo, su estado de zozobra y angustia ante los problemas intelectuales y ante las agitaciones de su alma le llevaban a estados prolongados de crisis, consecuencias de buscar respuestas a preguntas que él sabia de antemano que nunca serían respondidas. Fe y Razón, en oposición siempre dentro suyo, y siempre intentando justificar su existencia a través de sus personajes; Tula quien la justifica desde la maternidad, Agusto Pérez que la justifica desde su derecho de existir como personaje de ficción, San Manuel desde su implacable deber al prójimo, entre otros tantos personajes creados por el simple deseo de profundizar las inquietudes mas profundas que atormentaban a Miguel de Unamuno. Es nuestro propósito profundizar particularmente en una de las obras más importantes de Miguel de Unamuno: Abel Sánchez. Por ultimo queremos destacar que el siguiente trabajo es resultado de la lectura de un ensayo realizado por José Luis Abellán, catedrático de Historia de la Filosofía y Ciencias de la Educación de la universidad Complutense de Madrid, por lo cual en varios momentos nos veremos en la obligación de citarlo. Desarrollo “Al morir Joaquín Monegro encontrase entre sus papeles una especie de memoria de la sombría pasión que le hubo devorado la vida. Entremezclase en este relato fragmentos de esa confesión – así la rotulo-, y que vienen a ser al modo de comentario que se hacia Joaquín a sí mismo de su propia dolencia. Esos fragmentos van entrecomillados. La “confesión” iba dirigida a su hija” Debemos ante todo hacer referencia a esta especie de nota de autor que encontramos en el prólogo de la segunda edición de Abel Sánchez, ya que su importancia radica en la intención por parte del narrador de crear una atmósfera de realidad y verisimilitud en torno a la historia que nos será contada. Nos advierte que lo que leeremos es una “confesión” y que por lo tanto se nos relatará el crimen cometido por alguien. También se nos informa que la historia que leeremos será una historia de pasión. La literatura siempre estuvo llena de pasión y sabemos que este sentimiento siempre arrastra con él a la tragedia y se la relaciona directamente con el enamoramiento de dos personas, recordemos la historia de amor pasional por excelencia Romeo y Julieta. Abel Sánchez si bien es una historia apasionada no se relaciona con ese tipo de amor, si no mas bien con el la pasión arrasadora de la envidia. Diremos entonces que Abel Sánchez es una historia de pasión y envidias. Una envidia que penetra la sangre de Joaquín Monegro que lo obliga a hundirse en las profundidades de un abismo oscuro y lleno de cólera. Es la envidia que sintió Caín por su hermano y que llevo a matarlo. Al leer esta magnifica obra es probable que nos suene una historia ya narrada. Ya sea porque la hemos oído en las tradiciones religiosas o por haber leído el Caín de lord Byron, pero el propio Unamuno asegura que su historia nivolesca ha sido el resultado de la vivencia social que vivió y sufrió. Es, sin duda alguna, esta obra una natural nivola, dice el propio Unamuno: “las nivolas son relatos dramáticos, acerantes, de realidades intimas, entrañadas, sin bambalinas ni realismos en que suele faltar la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad” . La nivola no es otra cosa que la narración de historias que penetran en lo más intimo y profundo del ser humano, totalmente alejadas de la novela clásica, donde los personajes de carne y hueso ocupan el escenario de la trama narrativa. “En una nivola unamuniana son las pasiones el personaje principal, aunque podríamos decir que es Unamuno mismo como pensador de ideas y creencias el verdadero personaje”, dice José Luis Abellán. Abel Sánchez nació y conoció la luz en 1917, cuando Unamuno se hallaba a los 53 años, en plena madures intelectual, intentando sacar las consecuencias practicas mas importantes de concepción filosófica, que había desarrollado ampliamente pocos años antes en su libro Del sentimiento trágico de la vida (1912). Esas consecuencias practicas de su pensamiento fundamental va a desarrollarlas en una serie de relatos que tienen su primera expresión en Niebla (1914), seguida de Abel Sánchez (1917), y continuada en Tulio Montalbán y Julio Macedo (1920), y la Tía Tula (1921). El argumento central en Abel Sánchez es el tema de la envidia, y como hemos dicho antes planteada como una pasión deboradora. Debemos creer que este tema ha sido de la preocupación de Unamuno y sobre el que había meditado abundantemente. Sentimiento del que seguramente a sido victima como todo humano que se preste a la convivencia social. Unamuno en su prologo platea, entre otras cosas, que la envidia es la culpable de la conflictividad histórica y social que ha vivido España de forma continua y apasionada, aunque no deje de reflejar el fondo universal de la humana convivencia. Es, sin duda, la conflictividad española, que Unamuno ha vivido tan de cerca en sus múltiples aspectos, la que tiene mas presente cuando escribe. Al corregir las primeras de la segunda edición en 1928, estando en Hendaya, dice: “He sentido revivir en mi todas las congojas patrióticas de que quise librarme al escribir esta historia congojosa”; esta envidia es, como decíamos antes, expresión del conflicto exterior e interior que don Miguel vivió intensamente a lo largo de su existencia, conflicto que alcanza su máxima expresión simbólica y paradigmática en la guerra civil. Unamuno vivió entre 1864 y 1936 atravesado por dos guerras civiles preocupado incansablemente por la inmortalidad personal. Fe y razón siempre de la mano, tal como lo vemos en su libro celebre Del sentimiento trágico de la vida, en donde se plantea que si por un lado la razón nos niega que haya un contenido objetivo a dicho anhelo de inmortalidad, la vida no puede renunciar al deseo subjetivo e imperioso de buscarla, para lo que pide colaboración de la razón. Así surge la oposición dialéctica entre razón y fe o razón y vida que darán contenido intelectual a su pensamiento. Se nos aparece entonces su filosofía como la expresión de un conflicto permanente y de una contradicción inevitable entre “ lo que le mundo es según la razón de la ciencia nos muestra” y “ lo que queremos que sea según la fe se nuestra religión nos dice”. Conflicto entre ciencia y religión, entre razón y vida, entre lógica y fe; he aquí la lucha eterna del Unamuno que buscará fama imperecedera con sus escritos, adquiriendo mil formulaciones distintas. Debemos ahora abocarnos al tema central de la obra: la envidia, no podemos olvidar que ésta tienen su origen en el afán de sobresalir frente a lo demás, de buscar el reconocimiento para así satisfacer nuestros deseos de gloria. Diremos que el núcleo de la novela, no es otro, que el relato bíblico que nos narra el enfrentamiento entre Caín y Abel. De hecho toda la novela no es otra cosa que una meditación sui generis sobre dicho mito, y es a esa luz cuando cobra su dimensión y verdadera trascendencia. Una lectura de Abel Sánchez con la perspectiva del mito de Caín y Abel al fondo, nos da las claves precisas para su entendimiento en profundidad. El mismo nombre Abel nos da la primera pista, y eso de que Joaquín Monegro y Abel Sánchez se conociesen “desde antes de la niñez” como si fuesen “hermanos de crianza”, nos sitúa definitivamente en una relación fraternal del tipo de la que tuvieron los primeros hijos de Adán y Eva. Al final, cuando Abel muere en las manos de Joaquín, y a pesar de que evidentemente ni se trata de un asesinato, es imposible evitar la referencia simbólica al pasaje bíblico. Entre uno y otro suceso, transcurre la historia de esa pasión de la envidia que poseyó trágicamente el alma de Joaquín. Es curioso que los mismos oficios de uno y otro encuentren una cierta similitud con los de la pareja bíblica; el Habedle Unamuno no es pastor, sino artista, un oficio que depende básicamente de una inspiración y de una gracia mas allá de si voluntad personal, mientras que Joaquín se hace medico, una profesión esforzada que requiere un trabajo continuo como da del agricultor de Caín. No se trata, sin embargo, solo de profesiones, sino de algo caracterolóligo mas profundo; como dice Monegro en un párrafo de su Confesión: “Ya desde entonces era el simpático, no sabia por que, y antipático yo, sin que se me alcanzara mejor la causa de ello, y me dejaban solo. Desde niño me aislaron mis amigos” es imposible leer esto y no recordar las palabras de la Biblia cuando dice que “el fruto de Abel halló gracia a los ojos de Dios, pero no así el de Caín”. Ambos sin duda aspiraban a lo mismo: perpetuar su nombre a los ojos de Dios, inmortalizarse en su presencia, y cuando Caín no lo consigue se apodera de él la envidia hacia si hermano. Es lo mismo que ocurre a Joaquín Monegro con respecto a su “hermano” Abel, y cuando le niega éste que sea ambicioso de gloria, le replica: “… - Sí, ambicioso de gloria, de fama, de renombre… Lo fuiste siempre, de nacimiento. Solo que solapadamente.” Queda así encarnado ejemplarmente el origen de la historia humana en esos dos personajes, Abel y Joaquín, convirtiendo la novela unamuniana en una profunda meditación sobre los caracteres antropológicos del ser humano en sus orígenes. Abel Sánchez, el pintor-artista, que halla gracia a los ojos de Dios y de los hombres sin proponérselo, y Joaquín que por mas esfuerzos que haga con su trabajo y su voluntad, no logra encontrar esa gracia. El hecho se manifiesta cuando Helena, prima de Joaquín y de la cual él esta profundamente enamorado o encaprichado, se enamora de Abel. Importante son estos detalles respecto al nombre de Helena: en principio esta escrito con H inicial, lo cual os recuerda la cultura clásica pagan y que además Unamuno contrapone en Del sentimiento trágico de la vida a Dulcinea, el símbolo español de la inmortalidad y de la fama. Por eso, si Abel pinta a Helena no podrá evitar reflejarla como es: fría como el mármol de la cultura clásica; de aquí que le diga Joaquín: “Y así la inmortalizarás. Vivirá tanto como tus cuadros vivan. Es decir ¡Vivirá no! Porque Helena no vive; durará. Durará como el mármol, de que es. Porque es de piedra, fría y dura, fría y dura como tu. ¡Montón de carne!...” La boda entre Abel y Helena acabó por desbordar de odio el alma del espiritual Joaquín, pues la envidia inicial se convirtió en odio, haciendo de su vida un infierno. El fondo de ese infierno es – como representación dantesca de La divina comedia - convertirle el alma en un témpano de hielo, incapacitándole para amar. Por eso dice Joaquín en su Confesión: “En los días que siguieron a aquel en que me dijo que se casaban sentí como si el alma tosa se me helase. Y el hielo me apretaba el corazón. Eran como llamas de hielo. Me costaba respirar. El odio a Helena y, sobre todo, a Abel, porque era odio, odio frió cuyas raíces me llenaban el ánimo, se me había empedernido. No era una mala planta, era un témpano que se me había clavado en el alma; era mas bien mi alma congelada en aquel odio. Y un hielo tan cristalino, que lo veía todo a su través con una claridad perfecta.” De allí va a nacer y cobrar fuerza el afán de sobresalir que se apoderara de Joaquín, y así lo dice en su confesión: “ El descubrimiento en mí mismo de que no hay alma, moviéronme a buscar en el estudio, no ya consuelo – consuelo ni lo necesitaba ni lo quería-, sino apoyo para una ambición inmensa. Tenia que aplastar, con la fama de mi nombre, la fama ya incipiente de Abel; mis descubrimientos científicos, obra de arte, de verdadera poesía, tenían que hacer sombra a sus cuadros. Tenia que llegar a comprender un día Helena que era yo, el medico, el antipático, quien habría de darle aureola de gloria, y no él, no el pintor”. Es comprensible que Unamuno se identificase mas con Joaquín que con Abel, y el hecho de haber puesto a éste como título de la novela no puede tomarse sino como un intento de distanciamiento ante el lector; fijémonos, además, que la referencia simbólica al mito bíblico nos viene dada por el pintor - Abel Sánchez – mientras en el nombre de su oponente – Joaquín Monegro – no aparece tal referencia. Al fenómeno del distanciamiento personal se une aquí un intento de acercamiento del mito a la contemporaneidad del autor, hasta el punto de que el propio Unamuno no duda en el prologo a la segunda edición de la novela en declarar la superioridad moral de Joaquín Monegro y cuan superior es moralmente a todos los Abeles. No es Caín lo malo; lo malo son los cainitas. Y los abelitas”. Es evidente que el tema fundamental de la obra es el mito Caín-Abel, pero no podes dejar de notar otros temas típicamente unamunianos. Antes de adentrarnos en ellos debemos decir que esta nivela es sin duda la meditación mas profunda y seria que al tema de la envidia le dedicó, a pesar de que en otras obras encontramos ciertos vapores entorno al mismo. Pero como hemos dicho antes aparecen en ella reflejos de otros temas unamunianos que sitúan dicha creación en el lugar central de su producción, a nuestro entender. Uno de esos temas es el amor maternal tan querido por Unamuno; como es debido, para él el verdadero amor de mujer es siempre amor de madre, y así nos presenta el de Antonia por Joaquín: “Antonia había nacido para madre; era todo ternura, todo compasión. Adivinó en Joaquín, con divino instinto, un enfermo, un inválido de alma, un poseso, y sin saber de que enamoróse de su desgracia. Sentía un misterioso atractivo en palabras frisa y cortantes de aquel médico que no creía en la virtud ajena” (VII. En realidad, todo amor verdadero es compasión, pues solo por ella entramos en comunión caritativa con el prójimo. En ese amor nos hacemos niños, pues el amor maternal aniña; en ese aniñarse encontraba Unamuno la solución a sus problemas. El tema inunda la literatura unamuniana, tomando manifestaciones muy diversas: exaltación del mito a la “niñez eterna” (puer eternus), elaboración de fantasías de claustro materno, aproximación reiterativa al paisaje de la infancia, búsqueda del sentido de la salvación religiosa como una vuelta a “deshacer”. El tema aparece al final de Abel Sánchez cuando Joaquín Monegro, ya en el lecho de muerte, espera el perdón de su nieto. Tras preguntarse angustiado: “¿por qué he sido tan envidioso, tan malo?... ¿Por qué nací en tierra de odio? En tierra en el que el precepto parece ser: “Odia a tu prójimo como a ti mismo”. “Porque he vivido odiándome, porque aquí todos vivimos odiándonos”, exclama: “Pero…traed al niño”, pues solo él- inocente aun- puede perdonar; no tarda en decírselo: “Así solo de ti, solo de ti, que no tienes todavía uso de razón, de ti, que eres inocente, necesito perdón” (XXXVIII). Conclusión Al principio del trabajo nos referimos a que desde la nota de autor se nos intentaba dar una idea de realidad, y al releer este trabajo hemos entendido que al fin de cuentas esta obra, es el reflejo de la interioridad de cada ser humano, ya desde los orígenes, alguien decidió contar la historia de dos hermanos, uno el preferido y el otro el degradado por un tercero, uno contaminado por la envidia y el otro quizás por el ego de ser el preferido. Pero lo mas importante es que todos tenemos un Abel y Joaquín dentro nuestro, peleando por ser vencedores de una batalla interminable. Después de todo el ser humano es pasión, dice el propio Unamuno: “El ser humano no es otra cosa que pasión, dice Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida: El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por que no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea mas el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado”. Queda claro que las historias de Unamuno están tomadas de la vida real, su propia vida. Según nuestra consideración Caín es una victima del ego abelista y de la discriminación. Al considerarlo victima nos posicionamos a su favor, quizás por que en algún momento de nuestras vidas fuimos victima de alguna circunstancia de injusticia o degradación o porque sufrimos de el inevitable mal de la envidia, sentimiento profundo, vergonzoso que se esconde en el corazón de los seres humanos y que emite un veneno contaminante. Dijo Unamuno: “En mi novela Abel Sánchez intente escarbar en ciertos sótanos y escondrijos del corazón, en ciertas catacumbas del alma, adonde no gustan descender los mas de los mortales. Creen que en estas catacumbas hay muertos, a los que mejor es no visitar, y esos muertos, sin embargo, nos gobiernan. Es la herencia de Caín.” Esta novela es un grito desgarrador del corazón, es un relato íntimo, que penetra en lo más hondo de la conciencia. Florencia Cittadini Acosta
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