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Experimentos filosóficos para un día de ocio

Ciencia Educacion•5/16/2012



Experimentos filosóficos para un día de ocio


Empesemos....


Ver las estrellas abajo



Andamos siempre por el mundo caminando tan plácidamente como lo hacían antes que Newton y Galileo, siempre con el cielo arriba y la tierra abajo. Pero recostarse al aire libre en una noche estrellada (o de día, con un poco más de imaginación) y contemplar ese abismo que hay sobre nosotros puede desatar pensamientos como para rellenar la Historia de la Filosofía.

Hace falta para este experimento bastante tiempo de ocio, quizá hasta una hora libre de distracciones y pre-ocupaciones. Tu tarea en ese momento será mucho más importante que cualquier otra cosa que ya hayas hecho incontables veces: vas a darte cuenta de tu lugar en el universo.

Estás acostado, pero, ¿qué significa eso? Estás pegado a la Tierra. No hay arriba ni abajo, sólo una piedra inimaginablemente gigantesca que te atrapa. Te atrapa, esa es la palabra; te retiene por la fuerza, encadena tus brazos y piernas a sus paredes. Y ante tus ojos -no arriba, sino exactamente delante de tu cuerpo- hay miles de estrellas, miles de millones, infinitas. Y tu cuerpo sometido al planeta.

No basta con leer esto e imaginarlo. Hay que hacerlo porque, de pronto, realmente percibirás que la Tierra está boca abajo. Que la Tierra, en cualquier punto de su superficie, nos está salvando de caer en ese abismo estelar, tan pero tan grande que las probabilidades de tocar una estrella en el camino son casi nulas. Caerías y caerías durante toda la vida por una distancia tan grande que, aunque estuvieras mil años cayendo, el paisaje no cambiaría; las estrellas seguirían pareciendo fijas a lo lejos.

Vas a querer aferrarte aún más a la Tierra, o vas a querer dejarte caer. En cualquier caso, las estrellas nunca más estarán arriba. La Tierra será a partir de ese momento una inmensa y hermosa nave espacial surcando el abismo con nosotros a bordo.


Contar hasta mil





Puede parecer simple y hasta ridículo, pero hay que intentarlo, porque resulta ser difícil y revelador. Mil es un número muy grande. Este experimento nos da una noción de lo alejados que estamos de un concepto tan cotidiano; siempre lo vemos sólido, sin desglosarlo en lo que realmente es.

Empezar es fácil. Pero, quizás rozando la centena, tu mente comienza a darse cuenta de la magnitud de la empresa y es posible que trate de sabotearla. Con sólo pensar lo que aún falta, puede aparecer un fuerte rechazo a seguir contando, manifestándose incluso como náuseas o mareos.

En ciertos momentos pasarás por números clave, como 365, y verás fugazmente lo que significa esa cantidad. Nunca habías contado 365 cosas, y ya vas por 366.

Finalmente, con suerte, llegarás a mil. Te habrá tomado alrededor de unos mil segundos. Quizá habrás notado que la palabra que más dijiste es "y", aunque no le dieras importancia. Sabrás entonces que cada vez que pensaste en 1 kilogramo, sumabas la asombrosa cantidad de mil gramos y que, del mismo modo, la increíble pequeñez de 1 miligramo es el resultado de dividir 1 gramo en mil partes iguales. Eso no se piensa todos los días.

Nosotros separamos los números grandes con un punto cada tres cifras: 1.000, 10.000, 100.000; agrupamos de a mil. Así de importante es este número en nuestra sociedad, y ni siquiera sabemos bien cuánto significa. Los antiguos griegos, en comparación, separaban las mismas cantidades de a cuatro: 1000, 1.0000, 10.0000; agrupaban de a diez mil o miríadas; pensaban a lo grande. Algunos idiomas orientales siguen usando este último sistema. Para nosotros y nuestra pobre capacidad de abstracción quizá fuera más realista poner el punto cada dos números...


Escuchar tu propia voz grabada




Las grabaciones, por buenas que sean, parecen grabar bien sólo a los demás, nunca a nosotros. A nosotros nos deforman, nos hacen parecer extraños a nosotros mismos. Y no es raro, teniendo en cuenta que durante toda la vida escuchamos nuestra voz alejándose, nunca dirigiéndose a nosotros. Por eso este experimento tiene tanto potencial filosófico: no es sólo para tomar conciencia de "lo rara que es mi voz grabada"; es para conocerse uno mismo, para conocer esa parte tuya que te representa ante los otros tal vez más que cualquier otra cosa.

Podemos reconocer a casi cualquier persona conocida sólo por su voz, pero probablemente nunca adivinaríamos cuál es la nuestra entre un montón de otras voces desconocidas. Porque es así: no conocemos nuestra propia voz. Y esto nos dice algo muy interesante no sólo acerca de la voz, sino especialmente acerca de la naturaleza del conocimiento y, más específicamente, del auto-conocimiento.

Antes de la invención del fonógrafo, nadie conocía su propia voz, así como antes del espejo pocos conocían su propia imagen. Es nuestro estado natural desconocernos, ser auto-invisibles. ¿Cuánto hay de nosotros aún desconocido para nosotros mismos? Nuestra voz, nuestra apariencia, nuestra personalidad, nuestras intenciones, nuestras acciones, nuestras ideas, nuestras emociones... todo aquello con lo que fabricamos nuestra imagen de nosotros mismos, nuestro "yo"... ¿Cuál es el verdadero aspecto de todo eso: lo que ven los demás o lo que vemos desde adentro?

Por supuesto que es más importante la autocrítica que "el qué dirán", pero... esa voz tan extraña, ¿soy yo?


Manifestar solo




Las reglas de este experimento son muy precisas, pero el resultado es imprevisible y generalmente caótico. Consiste en deambular por una zona concurrida, pasando desapercibido entre la multitud, pero alzando una tremenda protesta entre las paredes de nuestras mentes.

Contra el gobierno, contra una expareja, contra Dios, contra la gravedad, contra los mosquitos, contra lo que sea... pero con pasión, con gritos y pancartas y bombos y bombas mentales. Pero, cuidado: por fuera se te debe ver calmo y despreocupado, sin identidad, sin que nadie sepa lo que verdaderamente está ocurriendo. Esta parte es esencial para que la filosofía surja...

Tras protestar mentalmente unos minutos, notarás que a nadie le importa tu causa, que nadie se da cuenta de tu manifestación. Y lo más importante: notarás que tampoco te diste cuenta de las múltiples manifestaciones de cada una de las otras personas que pasaron a tu lado. Porque cada mente es una furiosa manifestación silenciosa. Todo el mundo tiene algo para decir en contra (o a favor) de algo.

Este ejercicio, o el sólo hecho de pensarlo, quita el polvo que cubre la palabra "manifestación". Manifestar es dar a conocer, demostrar lo naturalmente oculto en esas cajas negras que llevamos por cabezas, expresarnos. Y expresar es liberar, soltar lo aprisionado, presionar lo interior hacia afuera, ex-primir.

Este acto tan asociado a la política puede ser cualquier cosa menos político, porque la política es el arte de gobernar (con perdón del arte), mientras que la manifestación lo es de expresarse, y de expresarse generalmente en contra de ser gobernado.

Hay ahí afuera una increíble manifestación no manifiesta. Gente que es por dentro pero no por fuera. Te dejo pensarlo...


Llamarse uno mismo





Así de simple como suena, esta es una experiencia filosófica garantizada. Nace de sentarse cómodamente, quizás en la oscuridad y definitivamente en soledad, y comenzar a murmurar tu propio nombre, con diferentes tonos e intensidades. Y, al no recibir respuestas, llamarte con más fuerza, con urgencia.

En algún momento impredecible debería tenderse un pensamiento entre tus neuronas: "me están llamando".

Pero, ¿quién o qué te está llamando? Hay una parte de tu mente que se oye llamar. Otra que llama. Y ambas se aglutinan bajo tu nombre, bajo la etiqueta de "yo". ¿Es posible no conocer ninguna de las dos partes, llamarse y no saber qué significa ese llamado, quién debe responder a ese nombre pronunciado por la propia lengua; ser requerido desde adentro sin saber por quién ni desde dónde?

De una ociosa experiencia similar terminé escribiendo un cuento, hace unos cinco años, que describe este encuentro con uno mismo, con mi desdoblada unidad. Y, aunque es ficción, mi otro yo sigue estando presente mientras escribo esto. Me llama, lo llamo, nos buscamos en cada palabra.

Tu experiencia puede ser muy distinta, así que te animo a que la intentes (y compartas el resultado, si ambas partes están de acuerdo).


Ponerle un título a tu vida





Dice mucha gente que no conozco que en ciertas ocasiones extremas se ve pasar la propia vida como una película. Honestamente, nunca me pasó, y dudo que sea algo que pueda producirse involuntariamente, pero debe ser una experiencia espeluznante maravillosa. Entonces, ¿por qué esperar a estar colgando con dos dedos de la rama de un árbol en llamas bajo el cual se agita un remolino de zombies en ayunas? Propongo una tarea difícil pero satisfactoria: visualizar hoy nuestra película y además elegirle un título (hay una razón importante para esto último).

Deberemos resistirnos a inventar un título en base a nuestras expectativas, como "Las increíbles fantasías pornográficas de Conchita de Pilada" o una que no le diga nada al espectador, como "Memorias de un olvidadizo"; en cambio, habrá que apelar a la retrospectiva para construir una síntesis realista, sin por ello renunciar a la poética. Y tomando como punto de partida el experimento de titular nuestra existencia, recorreremos la memoria como verdaderos críticos de cine.

Puede llevar un buen tiempo recapitular las escenas clave de una vida, sin olvidar incluir aquellas que no queremos recordar, y especialmente esas largas y aburridas que empobrecen la trama y que jamás pondríamos en el tráiler de nuestra vida pero que sin embargo nos llevaron a este instante, que tomaremos como final abierto de la primera parte de una saga.

El género autobiográfico, a diferencia total del autorretrato -que paradójicamente siempre es una imitación de cómo nos ven los otros-, es un arte que requiere ante todo sinceridad: ¿Cuál es el elemento más representativo de tu vida? ¿Predomina en ella la comedia o la tragedia? La diferencia fundamental entre ambas es la forma en que uno las ve: la comedia está compuesta de tragedias sin importancia, de las cuales nos podemos reír, y la tragedia es poco más que una mala comedia, llena de chistes malos de la vida. Ambas pertenecen al género dramático. "Drama" significa "acto" o "hecho". ¿Cómo vas a ver lo hecho, qué importancia le vas a dar?

Propongo que escribas dos títulos: uno trágico y tres cómicos, y que elijas el que quieras teniendo en cuenta que mañana empezarás a rodar la segunda parte de tu vida y que algún día, sin importar que sea cómica o trágica, podría ser un éxito... o lo último de la industria del aburrimiento.

Grillos.


Hacer un árbol de personas





¿Cuántas personas conociste a lo largo de tu vida (o debería decir "a lo corto de tu vida", porque la vida es corta)? Sin contar esos miles de rostros que se cruzan casualmente y que apenas son extras en Inserta aquí el título de tu película, ni aquellos conocidos que no tienen una verdadera importancia protagónica, seguramente siguen siendo miles.

Un buen método para limpiar la lista de extras y personajes superfluos es crear un árbol causal de conocidos, es decir: tomar las pocas personas que actualmente tienen cierta importancia en tu vida y escribir sus nombres lado a lado en un papel; luego, por cada uno, hacer memoria y escribir debajo el nombre de la persona gracias a la cual conociste a la de arriba... y agregarle a los costados otras personas a las que te haya conducido.

Repitiendo el proceso por cada nuevo nombre, que se irá haciendo más difícil para la memoria, dibujarás un extraño árbol sociológico: con pocos frutos en su cima, ensanchado cerca del centro por la savia de personajes que creías olvidados pero con roles insospechadamente decisivos en la trama que vas tejiendo: con complejas ramificaciones entrecruzadas, hojas fugaces cuyos nombres son ya un signo de interrogación, espinas perennes e imborrables figuras talladas en la corteza... hasta terminar en una débil raíz que lo sostiene todo en la historia de tu vida.

Este ejercicio filosófico tiene dos efectos, o tres si se lo realiza mientras se aspira pegamento: uno inmediatamente histórico y factual, que recupera un sentido personal extraviado en el anonimato del tiempo, y otro más lejano y abstracto, que nos revela que no estamos en ese dibujo, pero que somos parte de otros árboles, tal vez partes importantes en su crecimiento, tal vez vástagos de una impensada historia universal sin los cuales el presente y el futuro serían completamente diferentes, o quizá imposibles.


Llamar por teléfono al pasado





Y, para terminar con este recorrido dramatúrgico-filosófico, haremos otro experimento -asumiendo que hayas hecho los anteriores y no me hayas hecho perder el tiempo de ocio porque la idea es sólo y nada menos que semilla para la práctica-. Vas a necesitar, además de dejar el pegamento, el papel donde ejercitaste la idea precedente, porque la primera parte de esta experiencia exige que juguemos al detective, y nunca se ha visto un detective drogado, aparte de Sherlock Holmes, House y todos los demás.

Esto puede parecer cobrar el tono tedioso de "tarea para el hogar", pero no olvides que al final habrá una impagable revelación filosófica. El procedimiento consiste en elegir bajo criterios que dejo en tus manos un puñado de esas personas recordadas, rastrear por el método que más te satisfaga su número de teléfono y llamarlas, así porque sí, sin ningún motivo pensado de antemano. Es importante no preparar siquiera un discurso inaugural y dejarlo ser como un encuentro inesperado en la calle, un simple cuadro azaroso con anchas pinceladas de desconcierto y sorpresa mutua.

¿No se te ocurre nada que decirle? Sugiero apelar a una de las mejores tácticas del detective: mentir descaradamente. Decirle a un viejo amigo (que probablemente no volverás a ver) que te convertiste en astronauta, en actor o actriz porno o en detective o filósofo -que después de todo sería momentáneamente cierto (lo del porno)-. O simplemente decir la verdad: "Te llamé porque estoy jugando al detective; lo leí en Cibermitanios. Este es el título de mi película..."

Como sea que resulte la charla bizarra, aunque sea corta como el encuentro casual de los transeúntes, resulte letra capital de un nuevo capítulo o punto final de amarillentas páginas inconclusas, te aseguro que, si al final del día de ocio te atreviste a llamar al menos a una persona del pasado, no sólo te experimentarás más completo y sentirás que fue uno de los días mejor invertidos de tu vida (por original), que realmente hiciste un viaje por el tiempo y que flotas entre dos dimensiones invisibles para el resto como quien ha pisado la Luna y ahora compra el pan, sino que también querrás volver a hacerlo, y hasta incluso quizá llamar a un desconocido o (sólo para valientes) hacerlo cara a cara, como si no supieras lo que es la rutina y la mediocridad no se hubiera apoderado nunca de la infinitud de posibilidades que significa estar vivo y tener pensamientos propios, ¡únicos en el universo!, y no pensar con la razón de los otros, que es la razón que te demora.



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