Se trataba, como es obvio, de un prestidigitador, un ilusionista que intentó renovar, evidentemente con otras técnicas, la
tentativa del personaje mitológico de dicho nombre, hijo de Dédalo, al evadirse del laberinto de Creta. En los juegos
circenses los actores llevaban los nombres de personajes mitológicos a los que momentáneamente encarnaban. Dion
Crisóstomo (Orat., XXI, 9) y Juvenal (Sat., III, 79) nos relatan el mismo hecho que Suetonio.
Las homilías clementinas
Las Homilías Clementinas, atribuidas a Clemente de Roma, están constituidas únicamente por la modificación de un escrito
más antiguo, que los exegetas convinieron en denominar el Escrito Primitivo. Esta obra, que data de los años 220-230, según
unos fue redactada en Oriente (Siria o Transjordania), y según otros en Roma. El autor desconocido del Escrito Primitivo ya
había recopilado otros manuscritos anteriores, como los Cerigmas, predicaciones atribuidas a Simón-Pedro, unos Hechos de
Pedro diferentes y más antiguos que los que se conocen como de Verceil, una obra judía apologética y, por último, una
especie de novela de aventuras en la que entra en juego una familia pagana de la época de los Antoninos.
El más importante de ellos era los Cerigmas, texto judeocristiano extremadamente hostil a Saulo-Pablo, a sus principios
doctrinales, a su cristología revolucionaria, verdadera herejía para el mesianismo inicial. Los Cerigmas han desaparecido,
sólo quedan las Homilías Clementinas, y el interés de esta obra radica precisamente en ponemos en presencia de las
confrontaciones, a menudo en extremo violentas, que opusieron a Simón-Pedro y Saulo-Pablo.
Para hacer desaparecer esa hostilidad y unificar las dos corrientes que poco a poco iban convirtiéndose en el cristianismo,
los escribas anónimos que expurgaron, censuraron e interpolaron los escritos antiguos a partir del reinado de Constantino
imaginaron a Simón el Mago, y sustituyeron con él a Pablo.
Se observará, en primer lugar, que no deja de ser asombroso que una obra como las Homilías Clementinas ignore totalmente
al apóstol Pablo en la época en que fue compuesta y en cambio cite, y además en abundancia, a Simón el Mago.
Por otra parte, en los reproches que hace Pedro a aquel al que llama «el hombre enemigo»,
40
es imposible no reconocer a
Pablo. Juzguese, si no, por los siguientes fragmentos:
Carta de Pedro a Santiago: Conozco, amigo mío, tu ardiente celo por los intereses que nos son comunes a todos. Creo,
pues, que debo rogarte que no comuniques los libros de mis enseñanzas que te envío a ningún hombre originario de la
Gentilidad, ni a ningún hombre de nuestra raza antes de haberlo probado [...] Porque algunos de los que vienen de la
Gentilidad han rechazado mis enseñanzas, conformes a la Ley, para adoptar la enseñanza, contraria a la Ley, del hombre
enemigo y sus frívolas charlas. E incluso en vida mía algunos han intentado, mediante interpretaciones artificiosas,
desnaturalizar el sentido de mis palabras a fin de conseguir la abolición de la Ley. ¡De prestarles oídos, se creería que se
trata de una doctrina personal mía que yo no oso predicar abiertamente! ¡Lejos de mí semejante conducta! Porque sería
actuar contra la Ley de Dios, promulgada por el ministerio de Moisés, y cuya duración eterna predicó Nuestro Señor cuando
dijo:
«El cielo y la tierra pasarán, pero ni una jota ni una tilde de la Ley pasarán». (Marcos, 13, 31, y Mateo, 5, 18.)
Según las Homilías Clementinas (II, xvi-xvii), hay siempre dos mensajeros; el que llega primero es el hombre de las tinieblas,
el segundo es el hombre de la luz, ya que las tinieblas precedieron a la luz, según el Génesis (1, 1-3), y para respetar ese
simbolismo, en el antiguo Israel empezaba el día cuando se ponía el sol, al iniciarse la noche. Y para las Homilías esta regla
aparece autentificada por el hecho de que Caín llegó antes que Abel, Ismael antes que Isaac, Esaú antes que Jacob. De ahí
procede el primitivo sacrificio de los primogénitos. Y entonces se comprenderá mejor lo que sigue. Habla Pedro: «Guiándose
por este orden de sucesión, podría comprenderse de quién procede Simón el Mago, que llegó antes que yo a las naciones, y
a quien yo relevo, que llegué después que él y que le sucedí como la luz a las tinieblas, la ciencia a la ignorancia, la curación
a la enfermedad. Así pues, tal como dijo el profeta verídico, tiene que aparecer siempre primero un falso evangelio, predicado
por un impostor...». (Homilías Clementinas, II, xvii.)
Pues bien, como hemos visto, Saulo-Pablo insinúa que su evangelio es el primero y condena los otros. Eso está muy claro.
Hay todavía una especie de controversia en la que el lector reconocerá fácilmente a Pablo y sus teorías gnósticas, de cara a
Pedro, estricto reflejo de la ortodoxia testamentaria. Véannosla: «Por ejemplo. Simón el Mago debe mantener mañana con
nosotros una discusión pública en la que osará atacar la soberanía del Dios Único. Tiene la osadía de aportar un gran
número de citas extraídas de las propias Escrituras y afirmar que hay varios dioses, uno de los cuales es diferente del Creador del Universo y superior a él». (Homilías Clementinas, III, x.)
Pablo, por su parte, sostiene los mismos principios: «Puesto que, si bien hay quienes son llamados dioses, sea en el cielo,
sea en la tierra, del mismo modo que existen muchos dioses y muchos señores...» (Pablo, I Corintios, 8, 5.)
40
El cardenal Jean Daniélou recuerda en su obra Théologie du Judéo-Christianisme que en los Kerygmas de Pedro, «el
hombre enemigo» designa a Pablo, «considerado como responsable del rechazo de las observancias. Les recordamos
que Ireneo y Epífano consideraban ese rechazo de Pablo como uno de los caracteres del ebionismo». (Cf. R. P. Jean
Daniélou, op. cit., p. 72.) Estamos, pues, autorizados a concluir que durante un tiempo unos estrechos contactos
unieron a Pablo y a la secta de los ebionitas. Sus miembros estaban, por lo tanto, en condiciones de saber perfectamente
los orígenes de éste. Y Epífano, recordémoslo, cuenta que ellos afirmaban que Pablo tenía como progenitores a unos
gentiles, es decir paganos, y no a judíos. Está perfectamente claro (supra, p. 33).
33En otro momento Pedro y Pablo polemizaron violentamente sobre el valor revelador de una visión. Es evidente que se
trataba de la manera en que Pablo pretendía haber recibido su evangelio —es decir, del propio Jesús—, durante su
ascensión al tercer cielo, y de su recepción en el paraíso: «Si es menester gloriarse, aunque no es bueno, vendré a las
visiones y revelaciones [que yo obtuve] del Señor. Sé de un hombre en Cristo que, hace catorce años —si en el cuerpo, no lo
sé; si fuera del cuerpo, tampoco lo sé, sólo Dios lo sabe— fue arrebatado hasta el tercer cielo, Y sé que este hombre fue
arrebatado hasta el paraíso y oyó palabras inefables que un hombre no debe repetir». (Pablo, II Corintios, 12, 1-6.)
41
Veamos ahora el texto de las Homilías Clementinas a este respecto:
«Al oír estas palabras, Simón, interrumpiendo a Pedro, le dijo: “Sé a quién va dirigido eso que tú dices. Pero no quiero repetir
las mismas cosas para refutarte y perder el tiempo en discursos que no están en mis intenciones. Te has vanagloriado de
haber comprendido muy bien las enseñanzas de tu Maestro, por haberlo visto claramente con tus propios ojos y oído con tus
propios oídos, y has declarado que le era imposible a ningún otro llegar a un resultado semejante mediante visiones o
apariciones». (Op. cit., XVII, xiii.)
Sigue una larga discusión sobre el valor de las visiones y de los sueños, y sobre la calidad del que los recibe, la cual le
ahorraremos al lector. Pero luego vienen unos pasajes que debemos citar, porque no permiten ya dudar de que se trata de la
presencia de Pablo, bajo el nombre de Simón el Mago. Júzguese. Sigue hablando Pedro: «Así pues, si nuestro Jesús se ha
dado a conocer también a ti, y si ha conversado contigo en una visión, ¡es por cólera contra ti, que eres su adversario! Por
eso es por lo que te ha hablado mediante visiones, sueños o incluso revelaciones exteriores. Por otra parte, ¿puede uno
volverse capaz de enseñar, sólo por una aparición? Tú dirás, quizás:
“Es posible”. Pero entonces, ¿por qué el Maestro permaneció un año entero conversando con gentes despiertas? ¿Y cómo
daremos crédito a lo que tú dices, eso de que se te ha aparecido? ¿Y cómo es que se te ha aparecido, si tus sentimientos
están en contra de sus enseñanzas? ¡Y si por haber gozado durante una hora de su presencia y de sus lecciones te has
vuelto apóstol, entonces publica bien alto sus palabras, explica su doctrina, ama a sus apóstoles, y deja de combatirme a mí,
que he vivido con él! Porque es contra mí, la roca firme, el fundamento de la Iglesia, contra quien tú te has erigido en
adversario. Si no fueras mi enemigo, no buscarías con tus calumnias despreciar mis enseñanzas para impedir que se crea en
mi palabra, cuando yo lo que hago es repetir lo que he oído de la propia boca del Señor, y no me representarías como un
hombre condenado y desconsiderado». (Homilías Clementinas, XVII, xix.)
Esta última frase hace alusión, evidentemente, a su pasado de bandolero, fuera de la ley, que constituyó durante mucho
tiempo la existencia cotidiana de Simón-Pedro. Que el lector se tome la molestia de leer o releer, en nuestro anterior
volumen, el capítulo titulado «El diezmo mesianista», y entonces comprenderá que Pablo no ignora dicho pasado, y que de él
saca argumentos contra Pedro entre los gentiles.
42
Pero ¿cómo aplicar esta controversia a Simón el Mago? ¡Porque en ninguna parte se nos dice que Jesús se le hubiera
aparecido! Y de esta discusión se desprende, inconfundiblemente, que es a Pablo a quien van dirigidas las diatribas de
Pedro.
Entre las Homilías Clementinas y los Hechos de los Apóstoles hay, además, una seria contradicción en la hostilidad que se
nos pinta, al oponer a Simón el Mago y Pedro, y la resignación que el primero nos muestra en los citados Hechos: «Cuando
Simón vio que por la imposición de las manos de los apóstoles se comunicaba el Espíritu Santo, les ofreció dinero diciendo:
Dadme también a mí ese poder de imponer las manos, de modo que se reciba el Espíritu Santo. Pero Pedro le dijo:
Que tu dinero perezca contigo, pues has creído que con dinero podía comprarse el don de Dios. No tienes en esto parte ni
heredad, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega al Señor que te
perdone si es posible este mal pensamiento de tu corazón, porque veo que has incurrido en hiel de amargura y en lazo de
iniquidad. Simón respondió: Rogad vosotros por mí al Señor, para que no me sobrevenga nada de lo que habéis dicho».
(Hechos, 8, 18-24.)
Este fragmento de los Hechos es, sin lugar a dudas, uno de los más importantes de entre todos los que se relacionan, de
cerca o de lejos, con nuestro estudio, ya que incorpora una explicación a ese antagonismo de Pablo y de Pedro, que ningún
exégeta de buena fe sabría negar. Porque sólo a los ingenuos y a los ignorantes hay que dejarles la leyenda de los
«bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo», unidos en Roma por un martirio, si no semejante, al menos cronológicamente
asociado. Hay que ignorar la frase dubitativa de Eugenio de Cesárea sobre la supuesta muerte de Simón-Pedro en Roma:
«Se cuenta que bajo su reinado [Nerón César], a Pablo le cortaron la cabeza en Roma mismo, y que parece ser que a Pedro
le crucificaron allí. Y esto lo confirma el hecho de que hasta ahora [año 340] llevan el nombre de Pedro y de Pablo los dos
cementerios de esta ciudad». (Cf. Eusebio de Cesárea, Historia eclesiástica, II, xxv, 5.)
41
Las pretensiones de Pablo de haber escalado el mundo invisible hasta el tercer «cielo» (mucho más tarde Mahoma
sostendrá la misma afirmación) quedan violentamente contradichas por el evangelio de Juan: «Y nadie ha subido jamás
al cielo», si no es el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo» (Juan, 3, 13). Es más, el propio
Pablo se contradirá a sí mismo en su Epístola a los Romanos, al declarar: «No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al
cielo? Esto es, para hacer bajar a Cristo», (cf. Epístola a los Romanos, 10, 6). Dicho de otro modo, según ese texto
Pablo reconoce que únicamente su «Cristo» metafísico es capaz de subir al cielo, porque ya ha descendido de él.
42
Cf. Jesús o el secreto mortal de los templarios, pp. 162-183.
34Las pruebas de la muerte en Jerusalén, en el año 47, de Simón-Pedro y de su hermano Jacobo (alias Santiago) las hemos
dado en el primer volumen,
43
de manera que no volveremos a ello.
Pero sigue habiendo unas analogías muy curiosas entre las actividades de Pablo y el ofrecimiento «simoniaco» de Simón el
Mago. Ese producto de las colectas efectuadas por Pablo en Siria, en Macedonia, en Acaya, en provecho únicamente de la
comunidad de Jerusalén, que está dirigida por Pedro (cf. Hechos, 4, 32-35; 6, 1; 5, 1-11), colectas innegables, porque
aparecen enumeradas en las Epístolas de Pablo (I Corintios, 16, 1-2; II Corintios, 8, 20; Romanos, 15, 26), todos esos
movimientos y ofrecimientos de dinero ¿no evocan curiosamente la oferta de compra del poder iniciático por parte de Simón
el Mago?
tentativa del personaje mitológico de dicho nombre, hijo de Dédalo, al evadirse del laberinto de Creta. En los juegos
circenses los actores llevaban los nombres de personajes mitológicos a los que momentáneamente encarnaban. Dion
Crisóstomo (Orat., XXI, 9) y Juvenal (Sat., III, 79) nos relatan el mismo hecho que Suetonio.
Las homilías clementinas
Las Homilías Clementinas, atribuidas a Clemente de Roma, están constituidas únicamente por la modificación de un escrito
más antiguo, que los exegetas convinieron en denominar el Escrito Primitivo. Esta obra, que data de los años 220-230, según
unos fue redactada en Oriente (Siria o Transjordania), y según otros en Roma. El autor desconocido del Escrito Primitivo ya
había recopilado otros manuscritos anteriores, como los Cerigmas, predicaciones atribuidas a Simón-Pedro, unos Hechos de
Pedro diferentes y más antiguos que los que se conocen como de Verceil, una obra judía apologética y, por último, una
especie de novela de aventuras en la que entra en juego una familia pagana de la época de los Antoninos.
El más importante de ellos era los Cerigmas, texto judeocristiano extremadamente hostil a Saulo-Pablo, a sus principios
doctrinales, a su cristología revolucionaria, verdadera herejía para el mesianismo inicial. Los Cerigmas han desaparecido,
sólo quedan las Homilías Clementinas, y el interés de esta obra radica precisamente en ponemos en presencia de las
confrontaciones, a menudo en extremo violentas, que opusieron a Simón-Pedro y Saulo-Pablo.
Para hacer desaparecer esa hostilidad y unificar las dos corrientes que poco a poco iban convirtiéndose en el cristianismo,
los escribas anónimos que expurgaron, censuraron e interpolaron los escritos antiguos a partir del reinado de Constantino
imaginaron a Simón el Mago, y sustituyeron con él a Pablo.
Se observará, en primer lugar, que no deja de ser asombroso que una obra como las Homilías Clementinas ignore totalmente
al apóstol Pablo en la época en que fue compuesta y en cambio cite, y además en abundancia, a Simón el Mago.
Por otra parte, en los reproches que hace Pedro a aquel al que llama «el hombre enemigo»,
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es imposible no reconocer a
Pablo. Juzguese, si no, por los siguientes fragmentos:
Carta de Pedro a Santiago: Conozco, amigo mío, tu ardiente celo por los intereses que nos son comunes a todos. Creo,
pues, que debo rogarte que no comuniques los libros de mis enseñanzas que te envío a ningún hombre originario de la
Gentilidad, ni a ningún hombre de nuestra raza antes de haberlo probado [...] Porque algunos de los que vienen de la
Gentilidad han rechazado mis enseñanzas, conformes a la Ley, para adoptar la enseñanza, contraria a la Ley, del hombre
enemigo y sus frívolas charlas. E incluso en vida mía algunos han intentado, mediante interpretaciones artificiosas,
desnaturalizar el sentido de mis palabras a fin de conseguir la abolición de la Ley. ¡De prestarles oídos, se creería que se
trata de una doctrina personal mía que yo no oso predicar abiertamente! ¡Lejos de mí semejante conducta! Porque sería
actuar contra la Ley de Dios, promulgada por el ministerio de Moisés, y cuya duración eterna predicó Nuestro Señor cuando
dijo:
«El cielo y la tierra pasarán, pero ni una jota ni una tilde de la Ley pasarán». (Marcos, 13, 31, y Mateo, 5, 18.)
Según las Homilías Clementinas (II, xvi-xvii), hay siempre dos mensajeros; el que llega primero es el hombre de las tinieblas,
el segundo es el hombre de la luz, ya que las tinieblas precedieron a la luz, según el Génesis (1, 1-3), y para respetar ese
simbolismo, en el antiguo Israel empezaba el día cuando se ponía el sol, al iniciarse la noche. Y para las Homilías esta regla
aparece autentificada por el hecho de que Caín llegó antes que Abel, Ismael antes que Isaac, Esaú antes que Jacob. De ahí
procede el primitivo sacrificio de los primogénitos. Y entonces se comprenderá mejor lo que sigue. Habla Pedro: «Guiándose
por este orden de sucesión, podría comprenderse de quién procede Simón el Mago, que llegó antes que yo a las naciones, y
a quien yo relevo, que llegué después que él y que le sucedí como la luz a las tinieblas, la ciencia a la ignorancia, la curación
a la enfermedad. Así pues, tal como dijo el profeta verídico, tiene que aparecer siempre primero un falso evangelio, predicado
por un impostor...». (Homilías Clementinas, II, xvii.)
Pues bien, como hemos visto, Saulo-Pablo insinúa que su evangelio es el primero y condena los otros. Eso está muy claro.
Hay todavía una especie de controversia en la que el lector reconocerá fácilmente a Pablo y sus teorías gnósticas, de cara a
Pedro, estricto reflejo de la ortodoxia testamentaria. Véannosla: «Por ejemplo. Simón el Mago debe mantener mañana con
nosotros una discusión pública en la que osará atacar la soberanía del Dios Único. Tiene la osadía de aportar un gran
número de citas extraídas de las propias Escrituras y afirmar que hay varios dioses, uno de los cuales es diferente del Creador del Universo y superior a él». (Homilías Clementinas, III, x.)
Pablo, por su parte, sostiene los mismos principios: «Puesto que, si bien hay quienes son llamados dioses, sea en el cielo,
sea en la tierra, del mismo modo que existen muchos dioses y muchos señores...» (Pablo, I Corintios, 8, 5.)
40
El cardenal Jean Daniélou recuerda en su obra Théologie du Judéo-Christianisme que en los Kerygmas de Pedro, «el
hombre enemigo» designa a Pablo, «considerado como responsable del rechazo de las observancias. Les recordamos
que Ireneo y Epífano consideraban ese rechazo de Pablo como uno de los caracteres del ebionismo». (Cf. R. P. Jean
Daniélou, op. cit., p. 72.) Estamos, pues, autorizados a concluir que durante un tiempo unos estrechos contactos
unieron a Pablo y a la secta de los ebionitas. Sus miembros estaban, por lo tanto, en condiciones de saber perfectamente
los orígenes de éste. Y Epífano, recordémoslo, cuenta que ellos afirmaban que Pablo tenía como progenitores a unos
gentiles, es decir paganos, y no a judíos. Está perfectamente claro (supra, p. 33).
33En otro momento Pedro y Pablo polemizaron violentamente sobre el valor revelador de una visión. Es evidente que se
trataba de la manera en que Pablo pretendía haber recibido su evangelio —es decir, del propio Jesús—, durante su
ascensión al tercer cielo, y de su recepción en el paraíso: «Si es menester gloriarse, aunque no es bueno, vendré a las
visiones y revelaciones [que yo obtuve] del Señor. Sé de un hombre en Cristo que, hace catorce años —si en el cuerpo, no lo
sé; si fuera del cuerpo, tampoco lo sé, sólo Dios lo sabe— fue arrebatado hasta el tercer cielo, Y sé que este hombre fue
arrebatado hasta el paraíso y oyó palabras inefables que un hombre no debe repetir». (Pablo, II Corintios, 12, 1-6.)
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Veamos ahora el texto de las Homilías Clementinas a este respecto:
«Al oír estas palabras, Simón, interrumpiendo a Pedro, le dijo: “Sé a quién va dirigido eso que tú dices. Pero no quiero repetir
las mismas cosas para refutarte y perder el tiempo en discursos que no están en mis intenciones. Te has vanagloriado de
haber comprendido muy bien las enseñanzas de tu Maestro, por haberlo visto claramente con tus propios ojos y oído con tus
propios oídos, y has declarado que le era imposible a ningún otro llegar a un resultado semejante mediante visiones o
apariciones». (Op. cit., XVII, xiii.)
Sigue una larga discusión sobre el valor de las visiones y de los sueños, y sobre la calidad del que los recibe, la cual le
ahorraremos al lector. Pero luego vienen unos pasajes que debemos citar, porque no permiten ya dudar de que se trata de la
presencia de Pablo, bajo el nombre de Simón el Mago. Júzguese. Sigue hablando Pedro: «Así pues, si nuestro Jesús se ha
dado a conocer también a ti, y si ha conversado contigo en una visión, ¡es por cólera contra ti, que eres su adversario! Por
eso es por lo que te ha hablado mediante visiones, sueños o incluso revelaciones exteriores. Por otra parte, ¿puede uno
volverse capaz de enseñar, sólo por una aparición? Tú dirás, quizás:
“Es posible”. Pero entonces, ¿por qué el Maestro permaneció un año entero conversando con gentes despiertas? ¿Y cómo
daremos crédito a lo que tú dices, eso de que se te ha aparecido? ¿Y cómo es que se te ha aparecido, si tus sentimientos
están en contra de sus enseñanzas? ¡Y si por haber gozado durante una hora de su presencia y de sus lecciones te has
vuelto apóstol, entonces publica bien alto sus palabras, explica su doctrina, ama a sus apóstoles, y deja de combatirme a mí,
que he vivido con él! Porque es contra mí, la roca firme, el fundamento de la Iglesia, contra quien tú te has erigido en
adversario. Si no fueras mi enemigo, no buscarías con tus calumnias despreciar mis enseñanzas para impedir que se crea en
mi palabra, cuando yo lo que hago es repetir lo que he oído de la propia boca del Señor, y no me representarías como un
hombre condenado y desconsiderado». (Homilías Clementinas, XVII, xix.)
Esta última frase hace alusión, evidentemente, a su pasado de bandolero, fuera de la ley, que constituyó durante mucho
tiempo la existencia cotidiana de Simón-Pedro. Que el lector se tome la molestia de leer o releer, en nuestro anterior
volumen, el capítulo titulado «El diezmo mesianista», y entonces comprenderá que Pablo no ignora dicho pasado, y que de él
saca argumentos contra Pedro entre los gentiles.
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Pero ¿cómo aplicar esta controversia a Simón el Mago? ¡Porque en ninguna parte se nos dice que Jesús se le hubiera
aparecido! Y de esta discusión se desprende, inconfundiblemente, que es a Pablo a quien van dirigidas las diatribas de
Pedro.
Entre las Homilías Clementinas y los Hechos de los Apóstoles hay, además, una seria contradicción en la hostilidad que se
nos pinta, al oponer a Simón el Mago y Pedro, y la resignación que el primero nos muestra en los citados Hechos: «Cuando
Simón vio que por la imposición de las manos de los apóstoles se comunicaba el Espíritu Santo, les ofreció dinero diciendo:
Dadme también a mí ese poder de imponer las manos, de modo que se reciba el Espíritu Santo. Pero Pedro le dijo:
Que tu dinero perezca contigo, pues has creído que con dinero podía comprarse el don de Dios. No tienes en esto parte ni
heredad, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega al Señor que te
perdone si es posible este mal pensamiento de tu corazón, porque veo que has incurrido en hiel de amargura y en lazo de
iniquidad. Simón respondió: Rogad vosotros por mí al Señor, para que no me sobrevenga nada de lo que habéis dicho».
(Hechos, 8, 18-24.)
Este fragmento de los Hechos es, sin lugar a dudas, uno de los más importantes de entre todos los que se relacionan, de
cerca o de lejos, con nuestro estudio, ya que incorpora una explicación a ese antagonismo de Pablo y de Pedro, que ningún
exégeta de buena fe sabría negar. Porque sólo a los ingenuos y a los ignorantes hay que dejarles la leyenda de los
«bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo», unidos en Roma por un martirio, si no semejante, al menos cronológicamente
asociado. Hay que ignorar la frase dubitativa de Eugenio de Cesárea sobre la supuesta muerte de Simón-Pedro en Roma:
«Se cuenta que bajo su reinado [Nerón César], a Pablo le cortaron la cabeza en Roma mismo, y que parece ser que a Pedro
le crucificaron allí. Y esto lo confirma el hecho de que hasta ahora [año 340] llevan el nombre de Pedro y de Pablo los dos
cementerios de esta ciudad». (Cf. Eusebio de Cesárea, Historia eclesiástica, II, xxv, 5.)
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Las pretensiones de Pablo de haber escalado el mundo invisible hasta el tercer «cielo» (mucho más tarde Mahoma
sostendrá la misma afirmación) quedan violentamente contradichas por el evangelio de Juan: «Y nadie ha subido jamás
al cielo», si no es el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo» (Juan, 3, 13). Es más, el propio
Pablo se contradirá a sí mismo en su Epístola a los Romanos, al declarar: «No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al
cielo? Esto es, para hacer bajar a Cristo», (cf. Epístola a los Romanos, 10, 6). Dicho de otro modo, según ese texto
Pablo reconoce que únicamente su «Cristo» metafísico es capaz de subir al cielo, porque ya ha descendido de él.
42
Cf. Jesús o el secreto mortal de los templarios, pp. 162-183.
34Las pruebas de la muerte en Jerusalén, en el año 47, de Simón-Pedro y de su hermano Jacobo (alias Santiago) las hemos
dado en el primer volumen,
43
de manera que no volveremos a ello.
Pero sigue habiendo unas analogías muy curiosas entre las actividades de Pablo y el ofrecimiento «simoniaco» de Simón el
Mago. Ese producto de las colectas efectuadas por Pablo en Siria, en Macedonia, en Acaya, en provecho únicamente de la
comunidad de Jerusalén, que está dirigida por Pedro (cf. Hechos, 4, 32-35; 6, 1; 5, 1-11), colectas innegables, porque
aparecen enumeradas en las Epístolas de Pablo (I Corintios, 16, 1-2; II Corintios, 8, 20; Romanos, 15, 26), todos esos
movimientos y ofrecimientos de dinero ¿no evocan curiosamente la oferta de compra del poder iniciático por parte de Simón
el Mago?