InicioApuntes Y MonografiasEl hombre que creó a JesucristoIV

El hombre que creó a JesucristoIV

13Así pues, el tribuno de las cohortes, tan dócil como su centurión ante Pablo y su sobrino, adopta todas las medidas
necesarias para proteger la preciosa vida de un oscuro judío, y para ello no vacila en proporcionarle el equivalente de una
escolta casi real: 200 veteranos de las cohortes, 200 arqueros y 70 legionarios a caballo, es decir 470 soldados, a fin de
ponerlo bajo la máxima protección de la autoridad ocupante, la de Antonius Félix, procurador romano de Judea.
16
Este hombre es el afortunado esposo de Drusila, princesa idumea, bisnieta de Herodes el Grande, hermana del rey Agripa y,
con su hermana Berenice, una de las más hermosas mujeres de la aristocracia de aquella época. Y a fin de asegurarle a
Pablo un viaje sin tropiezos, toma la precaución de llevar para él varios caballos. ¡Afortunado judío oscuro! Y no seguirá a la
columna según es habitual: a pie, con las manos atadas a la cola de un caballo...
Aquí vuelve a plantearse un enigma. Porque, para ir de Jerusalén a Cesárea Marítima, los 70 legionarios a caballo no
disponen sino de una montura cada uno, su caballo de siempre. Entonces ¿por qué el tribuno Lisias manda preparar para
Pablo varios caballos? Volvamos al texto de los Hechos de los Apóstoles: «Al cabo de estos días, hechos nuestros
preparativos de viaje, subimos a Jerusalén. Nos acompañaron algunos discípulos de Cesárea, que nos condujeron a casa de
un tal Mnasón, cierto chipriota antiguo discípulo, en donde nos alojamos» (Hechos, 21, 15-16).
Primera constatación, Saulo-Pablo, que se dice que pasó su juventud «a los pies de Gamaliel», el sumo sacerdote, y en
Jerusalén no conoce a nadie allí. Y tienen que ser unos discípulos de Cesárea quienes se ocupen de hospedarlo, a él y a su
séquito.
Segunda constatación, los manuscritos griegos originales nos dicen literalmente: «un antiguo discípulo». ¿Antiguo? Pero ¿de
qué escuela y de qué corriente? Probablemente un helenista que antaño se encontraba en Antioquía y que había
abandonado Jerusalén a causa de las persecuciones producidas después de la muerte de Esteban (cf. Hechos, 11, 19-20).
Tercera constatación, los caballos previstos exclusivamente para Pablo ¡están destinados a llevar su impedimenta
17
. Se les
colocarán albardas, con un cesto en cada flanco; y los famosos libros y pergaminos, sin omitir el misterioso manto sobre el
que volveremos a hablar, citados en la Segunda Epístola a Timoteo (4, 13), con todo lo que suele llevar consigo un viajero,
todo eso seguirá a Pablo hasta su nueva residencia. ¡Cuánta solicitud por parte de un tribuno de las cohortes para con un
judío cualquiera, hay que ver! Ni aunque fuera ciudadano romano, pues de éstos ya había en aquella época millones,
dispersados por todo el Imperio. Resulta difícil imaginar al tribuno de las cohortes, magistrado con categoría de cónsul,
prodigándose de esta guisa con cada uno de ellos... A fin de cuentas la Antonia no era una agencia de viajes, abierta a todo
individuo del Imperio que arguyera su calidad de civis romanus.
A menos que, teniendo en cuenta lo que el lector sin duda empieza a sospechar, Claudio Lisias aplicara allí ya,
anticipadamente, el famoso refrán de la Restauración: «¿Dónde puede uno encontrarse mejor que en el seno de su propia
familia?». (Cf. Marmontel, Lucilo.)
El pequeño ejército que escolta a Pablo saldrá, pues, de noche, a la tercera hora (o sea, a las nueve de la noche), de la
Ciudad Santa, y emprenderá ordenadamente el camino hasta Antipatrix, ciudad fundada antaño por Herodes el Grande,
situada a unos sesenta kilómetros de Jerusalén, y a unos cuarenta y seis de Cesárea. Allí hará alto, y

El pequeño ejército que escolta a Pablo saldrá, pues, de noche, a la tercera hora (o sea, a las nueve de la noche), de la
Ciudad Santa, y emprenderá ordenadamente el camino hasta Antipatrix, ciudad fundada antaño por Herodes el Grande,
situada a unos sesenta kilómetros de Jerusalén, y a unos cuarenta y seis de Cesárea. Allí hará alto, y a la mañana siguiente
la tropa de a pie regresará a Jerusalén, dejando que los setenta legionarios de a caballo escolten a Pablo hasta Cesárea
Marítima.
Aquí tenemos, pues, a nuestro Pablo en lugar seguro, junto al procurador Antonio Félix. Éste era un liberto, hermano de otro
liberto célebre, Palante, favorito de Agripina y ministro de Nerón César. Este Félix, codicioso, brutal y disoluto, gozaba, según
nos dice Tácito, «de un poder casi principesco con un alma de esclavo». Era de hecho, con todo su horror, el prototipo del
advenedizo.
En Cesárea no encierran a Pablo en un calabozo, claro está, sino que le alojan «en el pretorio de Herodes», bajo la
protección de una guardia. (El palacio construido antaño por Herodes el Grande se había convertido, según era costumbre
entre los romanos, en la residencia oficial del procurador; por eso recibía el nombre de pretorio, lugar donde se impartía la
justicia.)
Cinco días más tarde, el sumo sacerdote Ananías acudió con algunos sanedritas y un abogado romano, un tal Tértulo, a
Cesárea, y compareció ante Félix. Éste mandó llamar con toda cortesía a Pablo, y le cedió la palabra, después de las
acusaciones que formulara contra él Tértulo. Este último tampoco se andaba por las ramas, pues según él:
«¡Hemos hallado que este hombre es una peste, que excita a sedición a todos los judíos del mundo entero, que es además
jefe principal de la secta de los nazarenos!» (Hechos, 24, 5).
Como vemos, en el año 58 no se hablaba ya de Simón-Pedro o de Jacobo-Santiago como de jefes del mesianismo. Y con
razón, ya que Tiberio Alejandro, procurador de Roma, los había hecho crucificar en el año 47 en Jerusalén, «como hijos de
Judas de Gamala».
18
Pablo respondió durante largo rato a la acusación de Tértulo, y Félix, hábilmente, aplazó su decisión a una fecha posterior,
sin determinarla concretamente. Luego: «Mandó al centurión que le custodiase, aunque dejándole cierta libertad y
ppermitiendo que los suyos le asistiesen». (Hechos, 24, 22-23.)
Pero ¿quiénes eran los suyos?
16
La presencia de 70 legionarios a caballo implica que el tribuno de las cohortes precisó todavía del permiso del
tribuno de caballería, que estaba al mando del ala legionaria, la cual no se hallaba acuartelada en la Antonia, ni en
Jerusalén, sino fuera de las murallas. ¡Cuántas molestias por ese judío desconocido!
17
Quizá se tratara de la misteriosa compañera que volveremos a encontrar más adelante.
18
Cf. FLAVIO JOSEFO, Antigüedades judaicas, XX, v, 2.
14Algunos días más tarde, Félix va a visitar a Pablo, acompañado de su esposa Drusila, y allí Pablo tendrá todo el margen que
apetezca para discutir, de manera muy mundana, tanto con ella como con su esposo, sobre los temas que le interesaban. Y
ese procurador, escandalosamente enriquecido, tanto por las exacciones cometidas en el uso de sus funciones como por su
rico y halagador matrimonio, ese procurador codicioso halagará a Pablo durante dos años, conservándolo bajo su protección,
ya que: «Esperaba que Pablo le diera dinero. Por eso le mandaba llamar muchas veces para conversar con él» (Hechos, 24,
26.) ¡De manera que ese «oscuro judío» es lo bastante rico por sí mismo, por sus secretos o por su familia para hacer
concebir esperanzas en un tímido procurador! Cosa que resulta simplemente increíble cuando uno piensa en las costumbres
de la época y en los métodos de los procuradores romanos. Si se hubiera tratado de un rescate, la permanencia en el fondo
de un tenebroso calabozo, encadenado a los muros, con pan y agua reducidos al más estricto mínimo, habría sido una
medida más que suficiente para ablandar al detenido más avaro. Pero no se produce nada de eso. Antonio Félix, que tiene el
derecho de vida o muerte más total por mor de sus funciones, está rebosante de consideraciones para con ese misterioso
agitador.
19
Pasarán dos años, que cubrirán el fin de la procura de Félix, y éste es reemplazado por Porcio Festo, en el año 60.
Esperando entonces que desapareciera la protección de que gozaba Pablo, y confiando en embaucar fácilmente al nuevo
procurador, los judíos de Jerusalén piden a éste que haga llegar a Pablo a esa ciudad para que sea al fin juzgado. Como se
ve, los meses han pasado, pero el Sanedrín no ha olvidado la importancia del asunto. Y según nos dicen los Hechos (25, 3),
«preparaban una emboscada para matarle en el camino».
Por lo visto Porcio Festo ha sido puesto al corriente por su predecesor, antes de la partida de éste, ya que sospecha lo que
preparan los judíos, y les declara que Pablo permanecerá en Cesárea, y que sólo escuchará a algunos de los principales de
entre ellos si tienen algo que decir sobre el particular. Y así se hace. Es entonces cuando Pablo, que evidentemente no
ignora que van a soltarlo sin dificultades pero que de ese modo volverá a estar sometido a la amenaza de una emboscada
imprevisible, idea la treta de conseguir que le autoricen a ir a Roma, a expensas de Roma y bajo la protección de Roma.
Para eso le basta con el «cesare apello», es decir con solicitar que le envíen «ante César». Aquí la victoria es doble.
En efecto, al declinar Porcio Festo su competencia, Pablo ya no podía escapar al proceso ante el Sanedrín si no era
reclamando el privilegio, reservado exclusivamente a los ciudadanos romanos, de poder hacerse juzgar, en causa criminal,
por el tribunal imperial con sede en Roma.
Y esto nos demuestra dos hechos notables:
a) nuestro «oscuro judío» es realmente ciudadano romano, lo cual subraya todo lo que hemos establecido anteriormente
contra la deportación a Tarso y su nacimiento de padres judíos, originarios de Giscala, ya que declarar todo eesto en falso
implicaba la muerte por decapitación;
20
b) se trata, efectivamente, de un caso de agitación política, oculta bajo un aspecto externamente religioso, como subrayaban
los miembros del Sanedrín, ya que la ley Julia calificaba de «crimen majestatis» todo lo que constituyera, de cerca o de lejos,
«un atentado contra el pueblo romano o el orden público», y declaraba culpable de este crimen a «quienquiera que, con la
ayuda de hombres armados, conspire contra la república, o por el cual nazcan sediciones».
Por otra parte, si Pablo era de hecho un «no judío» de origen (y lo demostraremos pronto), si fue circuncidado de adulto,
podía ser perseguido según los términos de las leyes romanas en caso de que esta circuncisión hubiera sido efectuada a
petición suya, después de haber sido admitido a la ciudadanía romana.
Las leyes del Imperio no prohibían a un ciudadano romano su conversión al judaísmo, pero no aceptaban todas sus
consecuencias. Si un prosélito se hallaba frente a una de las obligaciones de las que los judíos de raza estaban dispensados
(como el servicio militar, por ejemplo), no estaba cubierto por el privilegio judaico. Tampoco podía rehusar participar en el
culto a los dioses del Imperio sin correr el riesgo de ser acusado de ateísmo. Y por este motivo una mujer podía siempre
sufrir la acusación de impiedad hacia las divinidades de su casa original. Bajo Tiberio César, una tal Fulvia fue juzgada de
este delito por su esposo Saturnino (cf. Jean Juster, Les Juifs dans l'Empire romain, leur condition juridique, économique et
socíale). Bajo Nerón, Pomponia Graecina fue también sometida a un tribunal doméstico, acusada de superstitio externa,
superstición extranjera (cf. Tácito, Anales, XIII, 32). Por último, una severa ley, la Lex Cornelia de sicariis et veneficis,
castigaba la castración, y siempre se podía identificar la circuncisión con una variedad de castración, teniendo en cuenta sus
repercusiones fisiológicas en el campo sexual. Y así se hizo bajo el reinado de Adriano (cf. Espartiano, Historia del
emperador Adriano, XIV, 2).
21
Sin lugar a dudas. Pablo no ignoraba nada de todo esto, y en caso necesario siempre podía haber alguien que le delatara
ante la autoridad ocupante. Ahora bien, en Roma, ante el tribunal imperial, Pablo sabe que gozará de la influyente protección
19
Es muy posible que Félix, que conocería a Saulo-Pablo como mago (como pronto veremos), supusiera que era
también alquimista. ¡Era lo normal! Y la capital de la alquimia antigua, Alejandría de Egipto, estaba muy cerca de
Judea.
20
La lex papia, del año 65 antes de nuestra era, decretaba la pena de muerte contra quienquiera que usurpara la
categoría de ciudadano romano. Y Claudio César había lanzado un edicto según el cual la ejecución se efectuaría por
decapitación con hacha (los Helores), en la llanura del Esquilino, en Roma, y que luego el cuerpo sería arrojado
directamente a la fosa de infamia.
21
La circuncisión, al apagar poco a poco la sensibilidad glandular, incita a menudo a los individuos que han sido
sometidos a ella a buscar preferentemente el coito anal y la sodomía, ya sea homosexual o heterosexual. En el Imperio
romano se castigaba está basándose en la ley Scantinia, que se remontaba al año 149 antes de nuestra era.
15de Séneca, hermano del procónsul Galión, quien tan misteriosamente lo ha protegido en Corinto. Y pone todo su interés en
ser conducido a la capital del Imperio

. ¿Quién, en aquella época, no acariciaría semejante sueño?
Sin duda Pablo dispone de los medios materiales. Si el procurador Antonio Félix esperó largo tiempo a que dicho Pablo le
recompensara económicamente por sus favores, es que sabía que nuestro hombre estaba en condiciones de poder hacerlo.
Pero oficialmente, desde su circuncisión (y pronto veremos en qué ocasión tuvo lugar). Pablo es judío. Y eso no puede
negarlo, ya que desde aquel momento lleva impresa la marca en su carne.
Ahora bien, en el año 19 de nuestra era Tiberio había expulsado a los judíos de Italia, exceptuando tan sólo a aquellos que
abjuraran en un plazo de tiempo determinado. (Cf. Flavio Josefo, Antigüedades judaicas, XVIII, iii, 5. Tácito, Anales, II, 85.
Suetonio, Vida de los doce Césares: Tiberio, 36.)
Después el emperador Claudio había reiterado, a su vez, la misma orden de expulsión en el año 50. Paulo Orosio, historiador
eclesiástico del siglo IV, nos dice lo siguiente: «En ese mismo año, noveno de Claudio, Flavio Josefo cuenta que los judíos
fueron expulsados de Roma, por inspiración del ministro Sejuán». (Paulo Orosio, Historia adversus paganos, Claudius
Cesar.) No obstante, aconsejamos al lector que no busque este episodio del noveno año de reinado de Claudio en Flavio
Josefo, ya que toda una parte de sus Antigüedades judaicas referente al reinado de dicho emperador fue censurada por los
monjes copistas. Este hecho lo encontrará únicamente en Suetonio, Vida de los doce Césares: Claudio, XXV, aunque sin
señalar la época exacta: «Como los judíos se sublevaban continuamente, instigados por un tal Chrestos, los expulsó de
Roma».
Se trata, con toda evidencia, de judíos mesianistas que se han pasado al cristianismo, y ese Chrestos es, de hecho, el
Christos, a quien Suetonio cree todavía vivo, confundiendo resurrección y vida normal. Y es que, efectivamente, los
escritores profanos de los dos primeros siglos de nuestra era escribían con regularidad Chrestus y Chrestiani, como observa
acertadamente Henri Ailloud en su traducción de Suetonio, en lugar de Christus y Christiani.
Por consiguiente, en Italia, y más concretamente en Roma, los únicos judíos que pueden residir son los que se hallan en
estado de esclavitud. La elección del «cesare apello» es, por consiguiente, un golpe de mano magistral por parte de SauloPablo.
Por último, y como coronación a esas relaciones y esas halagadoras protecciones, resulta que después de Félix y Drusila,
acuden a Cesárea Marítima el rey Herodes Agripa II y la princesa Berenice, su hermana, quien, tras haber enviudado de
Herodes de Caléis, vive incestuosamente con él. Ambos son hermanos de Drusila y, por lo tanto, cuñados del procurador
Félix. Las dos mujeres son célebres por su belleza. La familia está, pues, completa, y podemos suponer que fue Pablo el
motivo de esta reunión. ¿Curiosidad? Indudablemente, pero también hay otro motivo, que pronto conoceremos. El tono de
las conversaciones es bastante amistoso, y la llegada de la pareja real debió de causar sensación: «Así que al día siguiente
llegaron Agripa y Berenice con gran pompa, y entraron en la sala de la audiencia, rodeados de los tribunos y de los
personajes de más relieve de la ciudad». (Hechos, 25, 23.)
Esos tribunos eran cinco, y cada uno de ellos estaba al mando de una de las cinco cohortes de veteranos acantonados en
Cesárea. ¡Cuánto interés y cuánta preocupación por ese supuesto «tarsiota», antiguo deportado, antiguo esclavo del Imperio!
nota: Sobre la importancia del número de ciudadanos romanos en el Imperio, señalemos que los veteranos legionarios, que
habían abandonado su cohorte para retirarse, recibían un título con el reconocimiento del pueblo romano, título que recibía el
nombre de honesta missio. Implicaba un cierto número de privilegios diversos, entre los cuales se hallaba el de la ciudadanía
romana, si el veterano no la poseía ya con anterioridad, adquirida por algún acto de guerra. Es decir, que la calidad de civis
romanus, con la que se arma tanta alharaca en tomo a Saulo-Pablo, no era en sí nada extraordinario.
3 - El viaje a Roma
Roma [...] Lugar donde confluye y encuentra numerosa clientela todo cuanto de espantoso y vergonzoso hay en el mundo.
TÁCITO, Anales, XV, XLIV
El viaje de Pablo a Roma se efectuó bajo los mejores auspicios, como todo lo anterior. Fue confiado al centurión Julio, de la
cohorte de la 7.a Augusta, legión compuesta por mercenarios sirios y a la que, por ese motivo, se denominaba Legión siria.
Con ellos se embarcó Aristarco, un macedonio nacido en Tesalóalónica que debía de ser ya un colaborador de Pablo, dado que
más tarde será su compañero de cautiverio. Y también había otros prisioneros, éstos auténticos, que eran o bien guerrilleros
zelotes, o bien criminales de derecho común, destinados a los crueles juegos circenses o a sus fieras.
Así pues, la Navem Adramyttium levó anclas y abandonó Cesárea a principios del otoño del año 60, para hacer escala a la
mañana siguiente en Sidón, Fenicia. El centurión Julio, evidentemente cumpliendo órdenes recibidas antes, dejó a Pablo en
libertad para que fuera a visitar a «sus amigos y recibir sus buenos oficios». Como vemos, los favores continúan.
Ahorraremos al lector las peripecias que acompañaron al viaje de Pablo, habida cuenta de que la navegación marítima no
era cosa fácil en aquella época. Podrá encontrarlas en los Hechos de los Apóstoles, de 27, 1, a 28, 16.
Por fin tenemos a Pablo desembarcado en Pozzuoli, en el golfo de Nápoles. Y las bufonadas de los escribas anónimos de los
siglos IV y V van a continuar. Júzguese: «Donde encontramos hermanos, que nos rogaron que permaneciéramos con ellos
siete días. Y así fue como llegamos a Roma. Los hermanos de esta ciudad, informados de nuestra llegada, vinieron a
nosotros hasta el Foro del Apio y las Tres Tabernas. Pablo, al verlos, dio gracias a Dios y cobró ánimo. Cuando entramos en
Roma, permitieron a Pablo morar en casa propia, con el soldado que le custodiaba». (Hechos, 28, 13-16.)
16Estamos, pues, obligados a admitir que en Pozzuoli el centurión Julio fue invitado por los hermanos, y que él, oficial romano
encargado de una misión, aceptó permanecer una semana entera en un lugar plagado de judíos mesianistas, y por
consiguiente sospechosos. ¿Y por qué prodigio se encontraban en Italia? Los decretos de Tiberio y de Claudio no fueron
derogados en ningún momento. De manera que se trataba de judíos esclavos. ¿Y están ellos en condiciones de ofrecer
invitaciones para una semana? ¿Y puede un legionario romano arriesgarse en semejante ambiente? ¡Increíble!
A continuación otros judíos, esta vez romanos, vienen al encuentro de Pablo, y nada menos que hasta el Foro de Apio, en la
vía Apia, es decir a 64 kilómetros de Roma. Otros van sólo hasta Tres Tabernas, que está a 49 kilómetros de la capital. Ida y
vuelta representan cerca de 134 kilómetros para los primeros, y cerca de 100 kilómetros para los segundos. Un gran honor
para un oscuro judío. Además, esos judíos esclavos disponen de mucha libertad. Continuemos formulando una pregunta:
¿cómo pueden existir ya «hermanos», es decir cristianos, en Roma, si algunos versículos más tarde los Hechos de los
Apóstoles nos dicen lo contrario?: «Al cabo de tres días convocó a los judíos principales.
22
Cuando estuvieron reunidos les
dijo: Hermanos, sin haber hecho nada contra nuestro pueblo ni contra las costumbres de nuestros padres, fui preso en
Jerusalén y entregado a los romanos.
23
Después de haberme interrogado, éstos quisieron ponerme en libertad porque no había nada contra mí que mereciera la muerte. Mas como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César, aunque sin
querer acusar de nada a mi nación. Por eso he querido veros y hablaros, pues sólo por la esperanza de Israel llevo estas
cadenas. Ellos le respondieron: Nosotros no hemos recibido de Judea ninguna carta acerca de ti, ni ninguno de los
hermanos que hayan llegado aquí nos ha comunicado o hablado de ti nada malo. Pero querríamos oír de tu boca lo que tú
piensas, pues acerca de esa secta nos es conocido que en todas partes se la contradice». (Hechos, 28, 17-22.)
Planteemos ya un cierto número de observaciones, muy embarazosas para nuestros anónimos redactores de los Hechos:
a) Pablo, prisionero, tiene la posibilidad y la autoridad suficiente para permitirse convocar a los judíos más notables. Es
sorprendente;
b) los llama hermanos, al igual que a aquellos que han acudido a su encuentro en Tres Tabernas y en el Foro de Apio; por lo
tanto no establece diferencias entre ellos, lo que prueba que son los mismos;
c) no habla de una religión nueva a esos notables, sino de una esperanza, propia de Israel. ¿Y qué esperanza, si no es la del
fin del yugo romano? Esta esperanza es el inamovible mesianismo;
d) Pablo no lleva ningún tipo de cadenas, está simplemente obligado, cuando se desplaza a la ciudad, a llevar una cadena
corta, que une su muñeca derecha a la muñeca izquierda del legionario que le custodia, mientras dura dicho desplazamiento.
En su casa, en su residencia romana, está libre de ataduras. Ésa es la costumbre en la «custodia militaris», especie de
cautiverio bajo palabra y honorífico;
e) los hermanos «llegados» a Roma y de los que hablan los judíos notables no son los cristianos, ya que inmediatamente
después los citados notables declaran no saber nada del nuevo partido al que pertenece Pablo, y sólo saben que en todas
partes encuentra oposición. Y esos hermanos son forzosamente judíos, ya que están en contacto inmediato con los otros.
Por lo tanto no hay cristianos en Roma en ese momento, al menos en el sentido que damos ahora a dicho término, aparte los
que encontraremos en el palacio de Salomé II, reina de Armenia;
f) por último, no se trata de una religión nueva, sino de un partido. San Jerónimo, en su Vulgata latina, utiliza el término
secta, que significa tanto una facción política como un partido o una secta religiosa. Los manuscritos griegos más antiguos
utilizan la palabra airesis, que significa asimismo secta, partido, facción, con el sentido de herejía (que se desprende de ella),
y eso en todos los campos, tanto político como religioso. Por consiguiente no es muy fácil precisar lo que en ese debate se
sobreentiende por dicho término.
Al llegar de Pozzuoli, por Tres Tabernas, Pablo debió de pasar por Velletri y atravesar los montes Albanos, desde lo alto de
los cuales contempló por primera vez Roma, capital del Imperio romano.
Al descender de los montes Albanos por la vía Apia, penetró en la ciudad por la Puerta Capena, situada entonces
aproximadamente en el emplazamiento de la actual Puerta de San Sebastián. Según un pequeño número de manuscritos, el
centurión Julio entregó a Pablo y a los otros prisioneros al oficial que debía recibirlos. Este hombre debía de ser el praefectus
castrorum, que probablemente estaba al mando del campamamento de los milites peregrini o castra peregrinorum, lo que
nosotros llamaríamos «campamento de las tropas de paso» en lenguaje militar moderno.
Inmediatamente después fue transferido al castro pretorio, campamento principal de los pretorianos, no lejos de la Vía
Nomentana, y por último fue entregado al oficial que representaba al prefecto del pretorio. Y allí vamos a encontrarnos
todavía con una nueva sorpresa.
Este cargo lo ocupaba por entonces Afranio Burro, y, ¡oh azar!, casualmente era gran amigo de Lucio Anneo Séneca y, con
éste, consejero de Nerón César, después de haber sido ambos sus preceptores. El lector convendrá con nosotros que el
«azar» hace bien las cosas. Afranio Burro era estoico, y por lo tanto admirador del sistema filosófico fundado por Zenón de
Citium, a finales del siglo IV antes de nuestra era. Y Séneca era también estoico.
Pues bien, el elogium, es decir el informe de Porcio Festo sobre ese civis romanus que era Pablo, no podía sino ser
favorable; el comportamiento del procurador, del rey Agripa y de la princesa Berenice para con nuestro hombre lo hacían
prever. Las conclusiones verbales de estos personajes también. Festo, interrumpiendo a Pablo, le dice amistosamente: «¡Tú
22
¡Cuánta autoridad!
23
Releyendo lo que los Hechos nos dicen sobre el particular (véase el capítulo anterior), se podrá juzgar sobre la
veracidad de este relato.
17deliras, Pablo! Las muchas letras te han vuelto loco», y el rey Agripa bromea con él, y le declara: «Poco más, y me
persuades de que me haga cristiano» (Hechos, 26, 24-2.
Ambos lamentan sinceramente que Pablo haya hecho el «cesare apello», ya que, según declara el rey Agripa a Festo:
«Podría habérsele puesto en libertad, si no hubiera apelado al César». (Hechos, 26, 32.) No sospechan que Pablo tiene su
plan, bien establecido, largo tiempo madurado, y que apunta en realidad a lograr llegar a la capital del Imperio, si
consideramos lo que sabe de los proyectos de Menahem, desde que tuvieron lugar sus conciliábulos en Antioquía, y que no
ignora que se ha fijado ya una fecha para su realización. Cosa que pronto constataremos, al resplandor de las llamas de
Roma...
Volviendo al elogium de Porcio Festo, dicho informe se perdió en el naufragio que sufrieron durante la travesía, mar adentro,
frente a las costas de Malta. Pero es un detalle que carece de importancia, ya que el centurión Julio, al verse privado de tan
capital documento, lo reemplazaría fácilmente por la exposición detallada de las instrucciones recibidas de boca del
procurador Festo antes de su partida; y la benevolencia que estaba encargado de manifestar para con su prisionero en todas
las circunstancias abogaba inequívocamente en favor de este último. Tanto más cuanto que Pablo, en su Epístola a los
Romanos, ya había tomado por su cuenta la delantera. ¡Júzguese!
Cuando estaba en Corinto, donde como se ha visto recibió protección —y con cuánta prontitud— del procónsul Galión
durante el invierno de 51-53, varios años antes de esta fecha ya había redactado y expedido la famosa carta a los
«hermanos» de Roma (lo que prueba que ya tenía dispuesto su plan, bien madurado). Ahora ya sabe a qué puerta llamar,
sabe de antemano qué protecciones eventuales le esperan allí. Basta con leer atentamente las salutaciones finales:
«Saludad a los de la casa de Aristóbulo, saludad a Herodiano, mi pariente. Saludad a los de la casa de Narciso, que están en
el Señor.» (Cf. Pablo, Epístola a los Romanos, 16, 10-12.)
¿Quiénes son los de la «casa de Aristóbulo»? ¿Quién es «Herodiano, mi pariente»? ¿Quiénes son los de «la casa de
Narciso»? En definitiva, protectores tan poderosos como los que ya había encontrado en Jerusalén y en Cesárea. Y es
evidente que en Corinto, Galión, hermano de Séneca, le había orientado sobre el interés que tenía para él que fuera a Roma;
y al llega y al llegar allí, Pablo es recibido, siempre por mediación de Galión, por Afranio Burro, prefecto del pretorio, amigo de Séneca
y, como hemos dicho, consejero y ex preceptor de Nerón César, como aquél. Es obvio que los creyentes verán en ello un
milagro más, la mano de la Providencia, pero el historiador lúcido lo que ve es simplemente un plan bien organizado.
En efecto, «los de la casa de Aristóbulo» son los servidores de Aristóbulo III, favorito de Nerón, que en el año 54 recibió de
éste el reino de la Pequeña Armenia; luego, en el año 60, una parte de la Gran Armenia, y por último, en el 70, recibirá el
reino de Caléis. Es el segundo marido de Salomé II, nieta de Herodes el Grande y amiga de Jesús, a quien ayudó con sus
denarios en la campaña antirromana, y de quien el Evangelio según Tomás relata estas asombrosas palabras: «Salomé dijo:
“¿Y tú quién eres, hombre? ¿De quién has salido para haberte metido en mi cama y haber comido en mi mesa?” Y Jesús le
dijo: “Yo soy aquél que se ha producido de Aquél que es su igual. Me han dado lo que es de mi Padre”. Y Salomé respondió:
“¡Soy tu discípula!”.». (Evangelio de Tomás, LXV, manuscrito copto del siglo IV, descubierto en Khenoboskion, en el Alto
Egipto, en 1947, traducción de Jean Doresse, Pión, París, 1959.)
24
De ese nuevo matrimonio, Salomé II y Aristóbulo III tuvieron tres hijos, tres varones: Herodes, Agripa y Aristóbulo. Herodiano
(el «pequeño Herodes») es su hijo mayor. Y si Pablo (todavía Saulo) se declara pariente suyo, es que lo es asimismo de
Aristóbulo III y de Salomé II. Y efectivamente, como pronto veremos, ¡eran primos! De manera que estamos muy lejos del
«oscuro judío», el lector tendrá que reconocerlo.
Los de la «casa de Narciso» son aquellos que, ganados para la nueva ideología, son libertos o esclavos en la mansión
principal de uno de los favoritos de Claudio César. Ese Narciso, Claudii Narcissus libertas en su nombre latino, es decir
«Claudio Narciso, el liberto» (se tomaba el nombre del antiguo amo que los había manumitido), a la muerte de Claudio César
y al advenimiento de Nerón, en el año 54, cayó en total desgracia, cosa que le fue fatal: «Sin más demoras. Narciso, liberto
de Claudio, cuyas querellas con Agripina ya he relatado, es empujado a la muerte en un encarcelamiento riguroso y sujeto a
violencia, con gran pesar de Nerón, cuyos vicios, aún secretos, se acomodaban maravillosamente a su avaricia y su
prodigalidad». (Tácito, Anales, XIII, 1.)
Con gran rapidez Pablo contará con afiliados en el propio palacio de Nerón, y éstos se hallarán en el año 64, durante el
incendio de Roma, en situación de sostener la fábula de que Nerón componía un poema sobre el incendio de Troya mientras
contemplaba las llamas que devoraban su capital. Porque esta fábula será la única explicación dada por los verdaderos
incendiarios, como pronto veremos. En realidad Nerón se encontraba en Antium, su ciudad natal, cuando se produjo el
incendio, y la noticia no le llegó hasta el cuarto día; entonces cubrió en pocas horas los 50 Km que separan esa ciudad de
Roma, quemando etapas. Inmediatamente adoptó todas las medidas para ayudar a los siniestrados, haciendo distribuir
víveres y abriéndoles las puertas de todas sus mansiones y jardines.
Volviendo a los afiliados (íbamos a decir a los cómplices) que rápidamente tendrá Pablo en el palacio de Nerón César,
citaremos simplemente la Epístola a los Filipenses, redactada en el año 63, el que precedió al incendio de Roma: «Os
saludan los hermanos que están conmigo. Os saludan todos los santos, y principalmente los de la casa del César». (Pablo,
Filipenses, 4, 22.)
Pero no se piense que nuestro hombre sólo tenía contactos con esclavos o libertos de rango inferior. Ya hemos visto que en
Corinto se había beneficiado instantáneamente, sin haber abierto la boca siquiera, de la protección de los pretorianos del
gobernador de la Acaya, Galión. Hemos visto cómo lo acogía en Roma Afranio Burro, prefecto del pretorio, amigo de Séneca,
24
Cf. Jesús o el secreto mortal de los templarios, p. 295.
18de quien era hermano Galión. No dudaremos en afirmar que, en Roma, estaría efectivamente en contacto con el propio
Séneca. Sigue siendo una prueba bastante válida de estas relaciones la correspondencia apócrifa que se les atribuye. Se
conservan catorce cartas, ocho de ellas de Séneca a Pablo, y seis de Pablo a Séneca. Son apócrifas, lo cual se constata por
su composición, su trivialidad, y también por el hecho de que el falsificador imaginó que las cartas de los dos corresponsales
se hallaban milagrosamente, reunidas. Pues bien, en la realidad cotidiana las dos partes de una correspondencia, envíos y
respuestas, están siempre separadas, o incluso dispersas, a causa del propio alejamiento de sus recíprocos destinatarios.
De todos modos, la existencia de una correspondencia apócrifa da por sentado que existía una correspondencia auténtica.
Que esta última se perdiera o fuera destruida, que las cartas de Pablo a Séneca fueran confiscadas durante el proceso de
este último, involucrado en la conspiración de Pisón en el año 66 (Cayo Calpurnio Pisón, quien conspiró contra Nerón y murió
en el año 65), es un hecho plausible, o incluso probable. Asimismo, que las de Séneca a Pablo fueron confiscadas cuando
éste fue detenido en Troas, a la entrada de los Dardanelos, en el año 66, o que resultaran destruidas durante el incendio de
Roma, en el 64, es también otro hecho plausible.
De cualquier manera, no puede olvidarse que san Jerónimo hace alusión a una correspondencia entre esos dos hombres, y
que la considera auténtica. Si se trataba o no del mismo lote de cartas es un misterio que no podemos aclarar en el estado
actual de nuestra documentación.
Veamos lo que dice san Jerónimo en el año 362: «Lucius Annaeus Séneca [...] Yo no lo situaría en la lista de los autores
cristianos si no me incitaran a ello esas cartas, leídas por tan gran número de gente, de Pablo a Séneca, y recíprocamente.
En esas cartas, dicho maestro de Nerón, el hombre más poderoso de su tiempo, declara que desearía ocupar entre los suyos
el rango que ocupa Pablo entre los cristianos. Fue condenado a muerte por Nerón dos años antes de que Pedro y Pablo
recibieran la corona del martirio». (Cf. Jerónimo, De viris illustribus XII...)
Lo mismo tenemos en san Agustín. En una carta escrita en el año 414, es decir veinte años después de san Jerónimo, a
Macedonius, declara: «Con razón Séneca, que vivió en tiempos de los apóstoles, y de quien incluso se leen las cartas que
dirigió a san Pablo, exclama: Ese, que odia a todo el mundo, que odia a los malvados...».
Lipsius, cuando cita al pseudo-Linus, confirma a su vez la existencia de una correspondencia entre Pablo y Séneca: «El
propio preceptor del emperador, al ver en Pablo una ciencia divina, trabo con él una amistad tan fuerte que apenas podía
pasar sin su conversación. De manera que, cuando no tenía la posibilidad de conversar con él cara a cara, le enviaba y
recibía frecuentes cartas». (Cf. Lipsius, Acta apostolorum apocrypha, tomo I.)
Concluyamos, pues, que existió una correspondencia entre Pablo y Séneca, pero que no ha llegado hasta nosotros. Y si
Pablo contaba con afiliados dentro de la «casa del César», debió de ir allí con frecuencia, a fin de conversar con ellos, y la
protección de Galión, así como la de Afranio Burro, implican la de Séneca, es evidente. Lipsius no inventa nada.
Y ahora podemos abordar la última cuestión: ¿Quién era Pablo en realidad? La respuesta no es sencilla, aunque ssí de lo más
sorprendente.
Al comienzo de este estudio sobre «el hombre de Tarso», le hemos aplicado el calificativo de «tricéfalo». Y en efecto, los
escribas de los siglos IV y V amalgamaron palabras, hechos y acontecimientos correspondientes a tres existencias distintas,
a tres personajes completamente extraños unos a otros.
Si el «príncipe de los Apóstoles», Simón-Pedro, no puso jamás los pies en Roma, si no murió allí con Pablo durante la
primera persecución contra el cristianismo, no obstante es innegable que existió. Y su crucifixión en Jerusalén en el año 47,
junto con su hermano Jacobo-Santiago, en su calidad de «hijos de Judas de Gamala», por orden de Tiberio Alejandro,
procurador de Judea, lo prueba sobradamente.
25
No puede decirse lo mismo de Pablo, salvo si se busca, en lo referente a su fin terrestre, el de los tres personajes que lo
componen. Y no es fácil, reconozcámoslo. Es bastante sencillo demostrar esta «composición» última, al menos en lo que
respecta a dos de sus «componentes». Y para el tercero, ahí está la Historia.
4 - Un príncipe herodiano llamado Shaul
Afortunado aquel que no les conoce apenas, ¡y más afortunado aquel que no tiene nada que ver! VOITURE, Poésies, los
príncipes
Ya lo hemos visto, estamos forzados a rechazar la ciudad de Tarso, por no haber desempeñado ningún papel en la vida de
nuestro personaje. Sabemos que debió de huir de Damasco de noche, en un cesto grande (Hechos, 9, 25). Pero Pablo no
hace responsables de ello a los judíos, él mismo los descarta: «En Damasco, el gobernador del rey Aretas puso guardias en
la ciudad de los damascenos para prenderme. Pero fui descolgado por una ventana, en una espuerta, a lo largo del muro, y
así escapé de sus manos». (Pablo, II Corintios, 11, 32.)
En esa época Damasco pertenecía, en efecto, a Aretas IV, rey de la Arabia nabatea. En el año 36 de nuestra era Tiberio
César había emprendido inútilmente una campaña contra ese soberano. Al año siguiente, por consiguiente en el 37, Calígula
sucedió a Tiberio, y según buen número de historiadores serios, cedió Damasco al rey Aretas, en testimonio de una paz
libremente consentida. Esta hipótesis viene confirmada por el hecho de que, a pesar de que existen monedas damascenas
con la efigie grabada de Tiberio, no hay ninguna con la imagen de Calígula o de su sucesor Claudio.
Sobre el motivo de dicha tentativa de apresamiento de Pablo por los guardias del etnarca de Aretas IV tendremos ocasión de
volver.
25
Cf. Jesús o el secreto mortal de los templarios, pp. 88-89.
19Sea como fuere, el sobrenombre de tarsiota dado a Pablo tiene su origen simplemente en el medio que utilizó para su huida.
Porque en griego tarsos significa «nasa, cesto, espuerta». Saulo de Tarso significa, en realidad, «Saulo del cesto», apodo
humorístico. Cosa que ya hacían presagiar las afirmaciones contradictorias sobre su nacimiento en Giscala, en la alta
Galilea.
Pero entonces ¿quién es Pablo? Volvamos a los Hechos de los Apóstoles:
«Ellos, gritando a grandes voces, se taparon los oídos y se arrojaron a una sobre Esteban, lo arrastraron fuera de la ciudad y
lo apedrearon. Los testigos depositaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo. Y mientras le apedreaban, Esteban
oraba, y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu...» (Hechos, 7, 57-59.)
«Saulo había aprobado la muerte de Esteban...» (Hechos, 7, 60.)
«A Esteban algunos hombres piadosos lo llevaron a enterrar e hicieron sobre él gran luto. Por el contrario, Saulo devastaba
la Iglesia, y entrando en las casas, arrastraba a hombres y mujeres y los hacía encarcelar..

.» (Hechos, 8, 2-3.)
«Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se llegó al sumo sacerdote pidiéndole
cartas de recomendación para las sinagogas de Damasco, a fin de que, si allí hallaba quienes siguiesen ese camino,
hombres o mujeres, los llevase atados a Jerusalén...» (Hechos, 9, 1-2.)
Esos cuatro extractos de los Hechos de los Apóstoles no constituyen, como se ve, y en buena lógica, sino una amalgama de
contradicciones.
Veamos algunos detalles sobre la lapidación judicial en Israel: A cuatro codos del lugar del suplicio se le retiraban al
condenado sus vestiduras, a excepción de una sola, que lo tapara por delante, si era un hombre, y por delante y por detrás si
era una mujer. Ésta es la opinión del rabino Judá, pero los rabinos declaran que tanto al hombre como a la mujer se les debía
lapidar desnudos. La altura del emplazamiento era la de dos alturas de hombre. Uno de los testigos (acusador) tumbaba al
condenado, de manera que quedara sobre los ríñones; si se daba la vuelta, el testigo lo devolvía a la posición deseada. Si a
causa de esta caída moría, la Ley se consideraba satisfecha. Si no, el segundo testigo (acusador), cogía la piedra y se la
lanzaba apuntando al corazón. Esta «primera piedra» (véase Juan, 8, 7) debía ser lo suficientemente pesada como para que
fueran necesarios dos hombres (los dos testigos requeridos por la acusación) para levantarla: «Dos de ellos la levantan en el
aire, pero uno solo la lanza, de manera que golpee más fuerte». (Sanedrín, -45, b.) Si el golpe resultaba mortal, se había
hecho justicia. Si no, la lapidación incumbía colectivamente a todos los israelitas. Porque está escrito: «La primera mano que
se levantará contra él para matarlo será la mano de los testigos; a continuación será la mano de todo el pueblo».
(Deuteronomio, 17, 7.)
Lo que damos aquí es un resumen de las reglas judiciales de la lapidación tal como están prescritas por el Talmud, y mucho
antes por el Pentateuco en su Deuteronomio.
Pues bien, si un «joven llamado Saulo» se limita a montar guardia delante de las vestiduras de los testigos, es que no
participa en la lapidación. Para esta anomalía sólo hay dos posibles explicaciones.
La primera es que el joven es un chiquillo de menos de doce años, y por consiguiente todavía carece de la mayoría de edad
legal para estar sujeto a todas las obligaciones de la Ley judía. Sobre este particular remitimos al lector al capítulo 12 de
nuestro anterior volumen, capítulo titulado «Jesús entre los doctores».
26
Pero en ese caso, ¿cómo podía tener voz en el
capítulo, y aprobar la condena de Esteban? ¿Y cómo puede, poco después, «devastar la Iglesia, y entrando en las casas»,
con una inevitable escolta de gente armada (necesariamente levitas del Templo, puestos a su disposición por el estratega de
éste), arrastrar a las gentes y hacerlas encarcelar? ¿Y cómo se atreve este chiquillo a presentarse frente al pontífice de Israel
y pedirle cartas de recomendación para operar en Damasco, ciudad que pertenece a otro reino?
Para todas estas inverosimilitudes (y esta palabra es todavía demasiado débil para calificar semejantes estupideces), queda
otra explicación. La encontraremos en Flavio Josefo. Pero antes recordemos que la Confesión de san Cipriano daba por
sentado que las cartas de recomendación de que disponía Saulo-Pablo para actuar en Damasco le habían sido entregadas
por el gobernador, término sinónimo al de procurador en los textos neotestamentarios, y no por el sumo sacerdote. De modo
que Saulo estaba a las órdenes de las autoridades romanas de ocupación, y no de las autoridades religiosas judías. Y ahora
veamos lo que dice Flavio Josefo, o al menos lo que los monjes copistas han tenido a bien dejarnos: «Una vez muerto Festo,
Nerón dio el gobierno de Judea a Albino y al rey Agripa [...] Costobaro y Saulo tenían también consigo gran número de
guerreros, y el hecho de que fueran de sangre real y parientes del rey les hacía gozar de una gran consideración. Pero eran
violentos y siempre estaban dispuestos a oprimir a los más débiles. Fue principalmente entonces cuando comenzó la ruina
de nuestra nación, pues las cosas iban de mal en peor». (Flavio Josefo, Antigüedades judaicas, XX, 8.)
¿No le recuerda esto nada al lector? ¿Tendremos que volver a consultar los pasajes, antes citados, de los Hechos (8, 3, y 9,
, donde vemos a Saulo y a sus hombres armados penetrando en las casas, tanto en Jerusalén como en Damasco, y
arrancando de ellas a las gentes para meterlas en prisión? ¿Ese Saulo de los Hechos no será el mismo que el de las
Antigüedades judaicas?
Pues bien, ahora nos encontramos en el año 63 de nuestra era, noveno año del reinado de Nerón, dato precisado
indiscutiblemente por la muerte del procurador Porcio Festo y la llegada de su sustituto: Albino Lucayo, más tarde puesto por
Nerón al frente de la Mauritania Cesárea, y que, al haberse sospechado que pretendía proclamarse rey bajo el nombre de
Juba, fue degollado cuando desembarcó, por orden de Vitelo. (Cf. Tácito, Historias, II, 78-79.)
Así pues, en el año 63 Saulo todavía no se habría convertido, mientras que los exegetas de la Iglesia aseguran que su
conversión dataría de aproximadamente el momento de la lapidación de Esteban, ¡o sea en el año 36! Pero continuemos
26
Cf. Jesús o el secreto mortal de los templarios, pp. 123-125.
20escrutando a Flavio Josefo: «Los grandes, viendo que la sedición había llegado a tales extremos que su autoridad ya no era
capaz de reprimirla, y que l

os males que cabía temer de la parte de los romanos recaerían principalmente sobre ellos,
decidieron, a fin de no olvidar nada para intentar disuadirlos, enviar diputados a Floro, de los cuales Simón, hijo de Ananías,
era el jefe, y otros al rey Agripa, los principales de los cuales eran Saulo, Antipas y Costobaro, parientes de este príncipe,
para rogar al uno y al otro que acudieran con tropas a Jerusalén, a fin de apagar las sediciones antes de que cobraran
todavía más fuerza». (Cf. Flavio Josefo, Guerra de los judíos, II, 31.)
Según ese pasaje nos encontramos en el año 66, «antes del 15 de agosto», y Gessio Floro es procurador desde el año 63.
Menahem, nieto de Judas de Gamala, quien fue criado «con Herodes el Tetrarca y Saulo» (Hechos, 13, 1), aparecerá en la
escena política y unificará a los sediciosos al apoderarse de la plaza fuerte de Massada, y los judíos la conservarán hasta el
año 73, fecha de la toma de esta plaza y del célebre suicidio colectivo de sus defensores.
Pero prosigamos: «Tras un hecho tan infortunado acaecido a Cestio, varios de los principales de los judíos salieron de
Jerusalén, como habrían salido de una nave a punto de naufragar
27
Costobaro y Saulo, que eran hermanos, y Felipe, hijo de
Joaquín, que había sido general del ejército del rey Agripa, se retiraron con Cestio. Y en otro lugar diré cómo Antipas, que
había sido asediado con ellos en el palacio real, al no querer huir, murió en manos de esos sediciosos. Cestio envió
entonces a Saulo y a los otros [Costobaro y Felipe, hijo de Joaquín] junto a Nerón, que entonces se hallaba en Acaya, para
informarle de su derrota y hacer recaer las culpas sobre Floro, a fin de calmar su cólera contra él, haciéndola recaer sobre
otro». (Cf. Flavio Josefo, Guerra de los judíos, II, 41.)
Ese Cestio Galo es entonces gobernador de Siria, mientras que Gessio Floro es tan sólo procurador de Judea, sometido a la
autoridad del primero, desde el año 63. Nos hallamos «después del 8.° día de noviembre, año 12 del reinado de Nerón
César», es decir en el año 66, ya que Josefo es todavía gobernador de Galilea, y Juan, de Giscala, pronto entrará en escena.
Ahora nos encontramos frente al doble callejón sin salida en el que se extraviaron imprudentemente los escribas anónimos
de los siglos IV y V, al censurar, interpolar y extrapolar a diestra y siniestra, con el único fin de asentar una impostura que en
aquella época podía esperar durar (dado el analfabetismo de las masas), pero que no resiste a la crítica racional de nuestra
época. Recapitulemos, pues:
1) Es indiscutible que el Saulo de los Hechos y de las Epístolas, que fue criado con Menahem y Herodes el Tetrarca, que
oprime y apresa a los cristianos, que es pariente de Herodiano, hijo primogénito de Aristóbulo III, rey de Armenia, y de
Salomé II, su esposa, y que por lo tanto es primo de estos últimos, que tiene relaciones entre «los de la casa del César» y
«los de la casa de Narciso», que es protegido por Gallón, «amigo del César» y procónsul de Acaya, hermano de Séneca, el
Saulo a quien el tribuno Lisias da una escolta de 470 soldados, y que a continuación es protegido por el procurador Félix, que
discute amigablemente con el rey Agripa y las princesas Drusila y Berenice, que es acogido por el prefecto del pretorio.
Burro, en persona, consejero de Nerón junto a Séneca, que conversa y mantiene correspondencia con este último, es
indiscutible, decíamos, que ese Saulo es el mismo que el Saulo hermano de Costobaro, ambos «príncipes de sangre real»,
porque son nietos de Salomé I, hermana de Herodes el Grande (cf. Flavio Josefo, Antigüedades judaicas, passim), y que
oprimen a determinados elementos de la población.
Y obtuvo fácilmente la calidad de ciudadano romano, si releemos con atención a Flavio Josefo: «Salomé, hermana de
Herodes el Grande, legó por testamento a la emperatriz Livia, esposa de César Augusto, su toparquía, con Jamnia y los
palmerales que había hecho plantar en Faraélida». (Flavio Josefo, Guerra de los judíos, II, xiii.)
Salomé I, abuela de Saulo y de Costobaro, murió en el año 14 de nuestra era. Sus lazos de amistad con la domina augusta
eran normales, y eran fruto de los que los emperadores romanos manifestaron siempre para con su hermano Herodes el
Grande. Así pudo obtener probablemente la ciudadanía romana para su esposo Costobaro I.
El Saulo de los Hechos y el Saulo de Flavio Josefo no son pues, inicialmente, sino una misma y única persona. Y si las
fechas no coinciden con exactitud, es porque se ha censurado, interpolado y extrapolado a troche y moche, como veremos
pronto al analizar los Hechos de los Apóstoles.
2) El Saulo del Nuevo Testamento, efectivamente, no es un judío de raza, por las razones siguientes:
a) ignoramos totalmente su nombre de circuncisión, «Saulo-bar-X...», igual que el de su padre. Ahora bien, las familias judías
conservaban cuidadosamente su genealogía. Es obvio que se nos oculta alguna cosa;
b) todo judío tenía que poseer un oficio manual, y los rabinos igual que los demás. Esta costumbre era ley, y un viejo
proverbio judío decía que un hombre sin oficio era considerado como un bandido en potencia. Pues bien , se nos dice que
Saulo, para vivir, tejía lonas para tiendas: «...y como era del mismo oficio que ellos, se quedó en su casa y trabajaron juntos,
pues eran ambos fabricantes de lonas». (Hechos, 18, 3.) El hombre que tiene el mismo oficio que Pablo es Aquilas, originario
del Ponto, reino del Asia Menor del Nordeste. De modo que no es sino un judío de la Diáspora, procedente de una región
donde se vive en tiendas. Su propio nombre no es hebreo. Ahora bien. Pablo, según se nos dice, viene de Jerusalén, donde
ha realizado todos sus estudios rabínicos a los pies del gran doctor Gamaliel (Hechos, 22, 3), lo que representa toda su
adolescencia y su edad madura hasta su conversión. Y hace más de un milenio que los judíos se han vuelto sedentarios en
Palestina. Al haber dejado de ser un pueblo nómada, ya no viven bajo tiendas, sino en aldeas y ciudades. Numerosos
27
Según Eusebio de Cesárea, los miembros de la Iglesia de Jerusalén abandonaron la ciudad antes de la guerra que iba
a estallar, y se retiraron a una ciudad de Perea llamada Pella. (Cf. Eusebio de Cesárea, Historia eclesiástica, III, v, 3.)
Se trata, evidentemente, del mismo episodio, pero bajo la pluma de Eusebio los «principales de los judíos» se
convierten en «cristianos». De hecho, confiesa que la noticia había sido transmitida «por profecía, a los notables del
lugar», por lo tanto a los judíos, y no a los cristianos.
21rabinos son carpinteros y canteros. Pero tejer tiendas con pelo de cabra, destinadas a nómadas paganos, sería indigno de un
judío legalista. Se trata de un oficio y una necesidad propios de aquellos que han salido de pueblos en gran parte dedicados
al pastoreo, es decir de árabes, idumeos y nabateos.
Pues bien, el Saulo hermano de Costobaro es idumeo por parte de padre y por la filiación idumea paterna de éste, pero por
parte de su madre y su bisabuela Cypros, es de filiación nabatea. Esta última, según nos dice Flavio Josefo, pertenecía a una
de las más ilustres familias de Arabia (cf. Flavio Josefo, Guerra de los judíos. I, vi), familias a las que todavía hoy se conoce
como las de los «señores de las grandes tiendas».
De todos modos, es difícil admitir que Saulo, príncipe herodiano de sangre real, se hubiera hallado jamás en la necesidad de
aprender otro oficio que no fuera el de las armas, y no son los aristócratas ni los hombres en general quienes tejen las
tiendas de pelo de cabra entre los árabes, pues esta tarea está reservada a las mujeres del pueblo o a los esclavos.
Por otra parte, cuando Saulo-Pablo conoce a Aquilas y Priscila, éstos acaban de llegar a Corinto, expulsados de Roma por el
edicto de Claudio César (cf. Suetonio, Vida de los doce Césares: Claudio, XXV). Nuestro hombre se asocia a ellos en la
fabricación y comercialización de tiendas, según se nos dice (Hechos, 18, 3).
Veamos ahora dos preguntas embarazosas:
I. ¿Qué plausibilidad tiene el hecho de que Aquilas y Priscila vivieran jamás en Roma, fabricando y vendiendo tiendas,
cuando Italia no tenía ya ninguna población nómada? Los campesinos vivían en chamizos o en granjas importantes, y los
ciudadanos habitaban en casas de varios pisos, hechas de madera o de piedra. El populacho vivía en las catacumbas.
II. ¿Qué plausibilidad hay en el hecho de que Aquilas, Priscila y Pablo vivieran en Corinto, ciudad griega, capital de la
provincia romana de Acaya, célebre por su urbanismo, y que se mantuvieran a base de una fabricación y un comercio
semejantes? En la Grecia antigua sucede lo mismo que en la Roma imperial: no existe el nomadismo. E imaginar que esas
tiendas eran exportadas supone ignorar que los pueblos itinerantes de Asia Menor, de un tipo particular, viven desde siempre
en una autarquía latente. Además, los importantes rebaños de cabras que acompañan a sus regulares migraciones cíclicas
subvienen a las necesidades de sus artesanos. Cada clan familiar en el seno de cada tribu posee su «oficio» rudimentario,
efectuado por las mujeres. Y por otro lado, ¿con qué moneda, con qué dinero hubieran saldado semejantes adquisiciones
esas arcaicas etnias? Es indudable que los embutidos arvernos se vendían en Roma, y que los vinos de Grecia se
exportaban, pero los únicos capaces de aprovecharlo eran la rica aristocracia romana y algunos plebeyos enriquecidos.
Nos vemos, pues, forzados a deducir que, una vez más, el escriba anónimo que redactó este pasaje de los Hechos de los
Apóstoles dio rienda suelta a su imaginación también aquí, y que Saulo-Pablo jamás fabricó tiendas. Disponía de otros
recursos, y aquí tenemos la prueba: «No he codiciado plata, oro o vestidos de nadie. Vosotros sabéis que a mis necesidades
y a las de los que me acompañan han proveído estas manos». (Hechos de los Apóstoles, 20, 33-34.)
Resulta difícil imaginar a Saulo-Pablo trabajando interminables horas en un oficio como el de tejer para asegurar la cama y la
mesa a unos colaboradores que se arrellanan mirándolo. Además, no era cohén (sacerdote) ni doctor de la Ley, al no ser
judío. Por lo tanto no podía subsistir del diezmo sacerdotal en las comunidades que visitaba. Concluyamos pues que era rico,
o que poseía unos recursos misteriosos.
28
Cosa que viene justificada por el hecho de que viviera en Roma durante dos años
sin hacer ninguna otra cosa que lo que dicen los Hechos: «Pablo permaneció dos años enteros en la casa que había
alquilado, donde recibía a todos los que acudían a él, predicando el reino de Dios y enseñando con toda libertad y sin
obstáculos lo tocante al Señor Jesucristo». (Hechos de los Apóstoles, 28, 30.)
3) Al proceder de una familia de incircuncisos (es el reproche esencial que los judíos hacen a la dinastía idumea de los
Heredes), el Saulo-Pablo del Nuevo Testamento es de entrada adversario de la circuncisión y de los tabúes judaicos, cosa
que un judío de raza, presa tanto de un subconsciente hereditario como de la educación recibida en su primera infancia,
jamás se atrevería a infringir, y menos aún a combatir.
Volvamos a leer las Escrituras:
Hechos (15, 1-35) – (21, 21);
Romanos (4, 9) – Gálatas (5, 2; 6, 12);
Filemón (3, 3) – Colosenses (3, 11);
Gálatas (6, 15) – I Corintios (7, 19)
Podrá constatarse que esos textos son categóricos: Pablo es enemigo de los ritos judaicos esenciales. Y en su libro Saint
Paúl, apotre (imprimatur del 12 de mayo de 1952), Giuseppe Ricciotti saca la conclusión: «El evangelio particular de Pablo no
imponía esos ritos; es más, incluso los excluía». Por consiguiente, si «su evangelio» había sido aprobado, los ritos en
cuestión se hallaban excluidos, al menos para aquellos que provenían del paganismo al que Pablo dirigía su mensaje.
Y ahora abordaremos un nuevo problema: ¿Qué hombre era ese Saulo idumeo, hermano de Costobaro, nieto de la hermana
de Herodes el Grande (amiga de la emperatriz Livia), «príncipe de sangre real», jefe de la policía política judeo-idumea, y
cómo y por qué acabó fundando ese mesianismo místico, después de haber sido el artífice de la muerte del mesianismo
político de los zelotes? También aquí, según el viejo proverbio judicial, nos bastará con «buscar a la mujer». Pronto lo
veremos. De todos modos, volviendo a la calidad de civis romanas que los falsificadores anónimos de los Hechos de los
Apóstoles le atribuyen con vanidosa ostentación, en una época en que el cristianismo se ha convertido en la religión del
Estado, veremos quizás aparecer todavía algunas briznas de verdad. Y con ello, algunas nuevas sorpresas para el lector...
28
Por eso el procurador Félix esperaba de él una recompensa (Hechos, 24, 26).
ROBERT AMBELAIN
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
387visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
3visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

i
ingeneratus🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts232
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.