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Crisis de la tradición liberal y emergencia de nuevas forma

Ciencia Educacion•9/26/2012




El liberalismo surge también arraigado, como explicó Richard Pipes y recoge usted, a la idea de propiedad: es la propiedad lo que confiere derechos, además de ser emblema de la autonomía política.

De hecho la idea de la propiedad nace de la propiedad sobre la conciencia. Es decir, el liberalismo surge ante el fracaso de la tolerancia para salvaguardar la conciencia individual, de tal modo que la libertad de conciencia se transforma en una propiedad, en algo indisponible por parte de aquel que deba respetarla y disponible estrictamente para aquel que es dueño de ella.

En ese sentido, la propiedad tiene unas raíces que desde la conciencia se proyectan sobre la construcción de la identidad y que sugieren que, por ejemplo en el caso de Locke –que es paradigmático–, el hombre empieza siendo propietario de sí mismo, propietario de su conciencia, propietario de su conocimiento y de su dignidad y de su sentido. Asume una reflexión moderna, ilustrada, y a partir de ahí va estableciendo una serie de consecuencias que van proyectándose de lo inmaterial y espiritual hacia lo material y físico. De alguna manera, el pensamiento liberal nace primero como un pensamiento asociado a la libertad de la conciencia, pero acaba convirtiéndose en un pensamiento que defiende la libertad económica, consecuencia marginal de la primera. En ese sentido la propiedad es lo propio, lo de uno mismo. Y empieza desde la conciencia y se va proyectando hasta acciones entre las cuales está la apropiación de bienes, la circulación de estos o el intercambio de servicios.

También el puritanismo es un asunto clave en el nacimiento del liberalismo. ¿Qué es el puritanismo en el siglo xvii?

Cuando se habla de puritanismo nos estamos refiriendo a todos los grupos cuya suma constituía una mayoría dentro de la sociedad inglesa del siglo xvii, y que eran de alguna manera deudores de la ética calvinista, que trata de evidenciar todo un conjunto de normas morales, de valores, que luego Max Weber identificó perfectamente con la ética que fundamentó al capitalismo en su etapa inicial, y que también establece el trasfondo político que se comenta en el libro. Se trata de una reivindicación de la virtud que santifica la ciudadanía –es la reflexión que Walzer plantea en torno a la “rebelión de los santos”– y que explica muy bien todo el fenómeno de la lucha política parlamentaria que consigue construir en Inglaterra muy tempranamente una democracia liberal.

Otro asunto clave es el de los impuestos: el derecho del rey a tasar las propiedades de sus súbditos, en muchos casos para financiar guerras caprichosas.

La visión liberal sobre los impuestos la analiza muy bien Adam Smith en La riqueza de las naciones cuando dice que los impuestos son expresión de la libertad del individuo. Frente a esa imagen que tiende a considerar que un liberal está en contra de los impuestos, Adam Smith defiende que los impuestos son la expresión de un hombre libre, que como ciudadano es consciente de que debe participar del esfuerzo público que hace posible la existencia de un Estado y de una ley que salvaguarda el interés general, que garantiza el marco de neutralidad de un mercado que genera prosperidad.

Adam Smith, que acabó siendo inspector de aduanas, era plenamente consciente de que sin impuestos no hay Estado, ni una ley capaz de salvaguardar el interés general. Ahora, esa capacidad para subvenir al Estado y sus necesidades tiene que estar limitada, acotada, por los ciudadanos libres, que a través de su representación fijan clarísimamente el marco en el que el Estado puede reclamar el pago de esos impuestos.

Así pues, un liberal no está en contra de los impuestos, pero sí lo está de un exceso impositivo que desborde los límites ordenados dentro de los cuales debe desenvolverse el Estado si queremos que este no se transforme en una fuente de opresión y de intervención que acabe impidiendo que el mercado genere prosperidad.

Citaba a Adam Smith. Es curioso hasta qué punto se ha desvirtuado su pensamiento y cómo se le ha convertido casi en un pensador despiadado e hipnotizado por el mercado.


El conjunto de supuestos y principios ideopolíticos que sirven de base para la defensa de un modelo de sociedad liberal se desarrollan en una sociedad sometida a grandes cambios. Tanto es así que las sociedades a que dan lugar el capitalismo industrial imperante hacia mediados del siglo XIX son ya muy diferentes de aquellas en las que nació el liberalismo hacia mediados del siglo XVII. Los cambios que se producen entre tanto pueden resumirse en los siguientes:

Enorme desarrollo de la industria.
Fin del capitalismo individual y creación de gigantescas organizaciones económicas.
Creciente importancia de las instituciones bancarias.
Aparición de grandes sociedades anónimas.
Nuevos métodos de organización del trabajo (taylorismo y mecanización).
Emergencia de nuevos problemas económicos, sanitarios, educativos y laborales.
Creación de diversos sistemas asistenciales y de seguridad social.
Desarrollo del capital monopolista.
Progresiva ampliación de los sujetos de derechos políticos y el consiguiente acceso de la ciudadanía a la política.
Nacimiento de los partidos y sindicatos de masas.
Creaciente racionalización, burocratización y oligarquización de la vida económica y política.
Aumento de la intensidad y conflictividad de la lucha por el poder y la influencia políticas.

Liberales de muy distinto signo fueron capaces de admitir que si, por una parte, el período de poco más de un siglo que había transcurrido desde las guerras napoleónicas hasta la Primera Guerra Mundial había consitituido la era del liberalismo, por otra, en los años posteriores a esta última el rechazo hacia tal tradición política se había vuelto abiertamente explícito.

Estas consideraciones llevaron a muchos liberales a concluir que el liberalismo, si quería mantenerse como una fuerza viva capaz de transformar sus ideas en realidades, tenía que redifinir su teoría y prácticas políticas, tenía que superar las limitaciones impuestas por la tradición y abrir un camino de transición hacia un nuevo liberalismo que habría que dar continuidad a la tradición y ofrecer una respuesta ideológico-política capaz de orientar el quehacer de ciudadanos y de gobiernos en el nuevo escenario social.

En conclusión, la emergencia de nuevos modos de asumir el liberalismo concluyó en la aparición de un “nuevo liberalismo social” caracterizado por:

El interés en distanciarse de buena parte de los presupuestos, instrumentos y objetivos del liberalismo clásico, dado que para ellos estos ya eran abiertamente inservibles.
Una mayor sensibilidad hacia las enormes desigualdades e injusticias que el desarrollo capitalista había generado.

Por otro lado, también resistió un “nuevo liberalismo clásico o conservador”, dispuesto a rechazar la creciente y expansiva regulación económica y asistencia social del Estado cada vez más aceptada por la propia tradición liberal. Sus propuestas se caracterizaban por el empeño en recuperar el individualismo posesivo y los principios básicos de la sociedad de mercado defendidos por gran parte del liberalismo clásico.
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