InicioApuntes Y MonografiasMarvin Harris: Los enigmas de la cultura.
¡Compañeros de Taringa!...Otra vez a la carrera.

Quiero compartir con ustedes un original análisis antropológico de Marvin Harris

titulado “Vacas, cerdos, guerras y brujas”. Una investigación realizada para abordar de

una manera particular las diversas interpretaciones sobre la cultura. En esta primera

parte: El amor a las vacas.

Espero que les resulte interesante. Muchas gracias.




VACAS,

CERDOS,

GUERRAS

Y

BRUJAS

Los enigmas de la cultura

Marvin Harris



La madre vaca


Siempre que hablo acerca de la influencia de los factores prácticos y
mundanos en los estilos de vida, estoy seguro de que alguien dirá: “¿Pero,
qué opina de todas esas vacas que los campesinos hambrientos de la India
rehúsan comer?”. La imagen de un agricultor harapiento que se muere de
hambre junto a una gran vaca gorda transmite un tranquilizador sentido de
misterio a los observadores occidentales. Innumerables alusiones eruditas y
populares confirman nuestra convicción más profunda sobre cómo la gente
con mentalidad oriental actúa siempre de forma inescrutable y misteriosa.
Es alentador saber ―algo así como “siempre habrá una Inglaterra”― que en
la India los valores espirituales son más apreciados que la vida misma. Y al
mismo tiempo nos produce tristeza. ¿Cómo podemos esperar comprender
alguna vez a gente tan diferente de nosotros mismos? La idea de que pudiera
haber una explicación práctica del amor hindú a las vacas resulta más
desconcertante para los occidentales que para los propios hindúes. La vaca
sagrada ―¿de qué otra manera puedo expresarlo?― es una de nuestras vacas
sagradas favoritas.
Los hindúes veneran a las vacas porque son el símbolo de todo lo que
está vivo. Al igual que María es para los cristianos la madre de Dios, la vaca
es para los hindúes la madre de la vida. Así, no hay mayor sacrilegio para un
hindú que matar una vaca. Ni siquiera el homicidio tiene ese significado
simbólico de profanación indecible que evoca el sacrificio de las vacas.
Según muchos expertos, el culto a las vacas es la causa número uno de la
pobreza y el hambre en la India. Algunos agrónomos formados en Occidente
dicen que el tabú contra el sacrificio de las vacas permite que vivan
cien millones de animales “inútiles”. Afirman que el culto a las vacas merma
la eficiencia de la agricultura, porque los animales inútiles no aportan ni
leche ni carne, a la vez que compiten por las tierras cultivadas y los artículos
alimenticios con animales útiles y seres humanos hambrientos. Un estudio
patrocinado por la Fundación Ford concluía que se podía estimar que
posiblemente sobraba la mitad del ganado vacuno en relación con el aprovisionamiento
de alimentos. Y un economista de la Universidad de Pensilvania
declaraba en 1971 que la India tenía treinta millones de vacas improductivas.
Parece que sobran enormes cantidades de animales inútiles y antieconómicos,
y que esta situación es una consecuencia directa de las irracionales
doctrinas hindúes. Los turistas en su recorrido por Delhi, Calcuta,
Madras, Bombay y otras ciudades de la India se asombran de las libertades
de que goza el ganado vacuno extraviado. Los animales deambulan por las
calles, comen fuera de los establos en el mercado, irrumpen en los jardines
públicos, defecan en las aceras, y provocan atascos de tráfico al detenerse a
rumiar en medio de cruces concurridos. En el campo, el ganado vacuno se
congrega en los arcenes de cualquier carretera y pasa la mayor parte de su
tiempo deambulando despacio a lo largo de las vías del ferrocarril.
El amor a las vacas afecta a la vida de muchas maneras. Los funcionarios
del gobierno mantienen asilos para vacas en los que los propietarios
pueden alojar sus animales secos y decrépitos sin gasto alguno. En Madras,
la policía reúne el ganado extraviado que está enfermo y lo cuida hasta que
recupera la salud, permitiéndole pastar en pequeños campos adyacentes a la
estación de ferrocarril. Los agricultores consideran a sus vacas como miembros
de la familia, las adornan con guirnaldas y borlas, rezan por ellas cuando
se ponen enfermas y llaman a sus vecinos y a un sacerdote para celebrar
el nacimiento de un nuevo becerro. En toda la India los hindúes cuelgan en
sus paredes calendarios que representan a mujeres jóvenes, hermosas y
enjoyadas, que tienen cuerpos de grandes vacas blancas y gordas. La leche
mana de las ubres de estas diosas, mitad mujeres, mitad cebúes.
Empezando por sus hermosos rostros humanos, estas vacas de calendario
tienen poca semejanza con la típica vaca que vemos en carne y hueso.
Durante la mayor parte del año, sus huesos son su rasgo más acusado. La
realidad es que muy poca leche mana de sus ubres; estos flacos animales
apenas logran amamantar un solo becerro hasta la madurez. La producción
media de leche sin desnatar de la típica raza gibosa de vaca cebú en la India
no sobrepasa las 200 litros al año. Las vacas lecheras ordinarias americanas
producen más de 2.000 litros y no es raro que las campeonas produzcan
más de 9.000. Pero esta comparación no esclarece toda la situación. En
cualquier año, cerca de la mitad de las vacas cebú de la India no dan nada
de leche, ni siquiera una gota.
Para agravar la cuestión, el amor a las vacas no estimula el amor al hombre.
Puesto que los musulmanes desprecian la carne de cerdo pero comen la
carne de vaca, muchos hindúes les consideran asesinos de vacas. Antes de
la división del subcontinente indio entre la India y el Pakistán, estallaban
anualmente disturbios sangrientos entre las dos comunidades para impedir
que los musulmanes mataran vacas. Recuerdos de disturbios provocados
por vacas, como por ejemplo el de Bihar en 1917, en el que murieron treinta
personas y fueron saqueadas ciento setenta aldeas musulmanas hasta la
última jamba de la puerta, continúan envenenando las relaciones entra la
India y el Pakistán.
Aunque deploró los disturbios, Mohandas K. Gandhi era un defensor
ardiente del amor a las vacas y deseaba una prohibición total del sacrificio
de las mismas. Cuando se redactó la Constitución india, ésta incluía un
código de los derechos de las vacas tan ridículo que poco le faltó para
prohibir cualquier modalidad de matar vacas. Desde entonces, algunos
estados han prohibido totalmente el sacrificio de las vacas, pero otros
todavía admiten excepciones. La cuestión de las vacas sigue siendo causa
importante de disturbios y desórdenes no sólo entre los hindúes y las restantes
comunidades musulmanas, sino también entre el Partido del Congreso
en el poder y las facciones hindúes extremistas de los amantes de las
vacas. El 7 de noviembre de 1966, una muchedumbre de ciento veinte mil
personas, encabezada por un grupo de santones desnudos, que cantaban e
iban adornados con guirnaldas de caléndulas y se habían untado con ceniza
blanca de boñiga de vaca, hizo una manifestación contra el sacrificio de
vacas ante la sede del Parlamento indio. Murieron ocho personas y cuarenta
y ocho resultaron heridas durante los disturbios que se produjeron a continuación.
A estos acontecimientos siguió en todo el país una ola de ayunos
entre los santones, encabezados por Muni Shustril Kumarr, presidente del
Comité Interpartidista para la Campaña de Protección de las Vacas.
El amor a las vacas parece absurdo, incluso suicida, a los observadores
occidentales familiarizados con las modernas técnicas industriales de la
agricultura y la ganadería. El experto en eficiencia anhela coger a todos
estos animales inútiles y darles un destino adecuado. Y, sin embargo, descubrimos
ciertas incoherencias en la condena del amor a las vacas. Cuando
empecé a pensar si podría existir una explicación práctica para la vaca sagrada,
me encontré con un curioso informe del gobierno. Decía que la
India tenía demasiadas vacas, pero muy pocos bueyes. Con tantas vacas en
derredor, ¿cómo podía haber escasez de bueyes? Los bueyes y el macho del
búfalo de agua son la fuente principal de tracción para arar los campos en la
India. Por cada granja de diez acres o menos, se considera adecuado un par
de bueyes o de búfalos de agua. Un poco de aritmética muestra que, en lo
que atañe a la arada, hay en realidad escasez más que exceso de animales. La
India tiene sesenta millones de granjas, pero sólo ochenta millones de
animales de tracción. Si cada granja tuviera su cupo de dos bueyes o dos
búfalos de agua, debería haber 120 millones de animales de tracción, es
decir, 40 millones más de los que realmente hay.
Puede que este déficit no sea tan grave puesto que algunos agricultores
alquilan o piden prestados bueyes a sus vecinos. Pero compartir animales de
tiro resulta a menudo poco práctico. La tarea de arar debe coordinarse con
las lluvias monzónicas, y cuando ya se ha arado una granja, tal vez haya
pasado el momento óptimo para arar otra. Además, una vez finalizada la
arada, el agricultor necesita todavía su propio par de bueyes para tirar de su
carreta, que es la base principal del transporte de bultos en toda la India
rural. Es muy posible que la propiedad privada de granjas, ganado vacuno,
arados y carretas de bueyes reduzca la eficiencia de la agricultura india, pero
pronto me percaté de que esto no era provocado por el amor a las vacas.
El déficit de animales de tiro constituye una amenaza terrible que se
cierne sobre la mayor parte de las familias campesinas de la India. Cuando
un buey cae enfermo, el campesino pobre se halla en peligro de perder su
granja. Si no posee ningún sustituto, tendrá que pedir prestado dinero con
unos intereses usurarios. Millones de familias rurales han perdido de hecho
la totalidad o parte de sus bienes y se han convertido en aparceros o jornaleros
como consecuencia de estas deudas. Todos los años cientos de miles
de agricultores desvalidos acaban emigrando a las ciudades, que ya rebosan
de personas sin empleo y sin hogar.
El agricultor indio que no puede reemplazar su buey enfermo o muerto
se encuentra poco más o menos en la misma situación que un agricultor
americano que no pueda sustituir ni reparar su tractor averiado. Pero hay
una diferencia importante: los tractores se fabrican en factorías, pero los
bueyes nacen de las vacas. Un agricultor que posee una vaca posee una
factoría para producir bueyes. Con o sin amor a las vacas, ésta es una buena
razón para tener poco interés en vender su vaca al matadero. También
empezamos a vislumbrar por qué los agricultores indios podrían estar
dispuestos a tolerar vacas que sólo producen 200 litros de leche al año. Si la
principal función económica de la vaca cebú es criar animales de tracción,
entonces no hay ninguna razón para compararla con los especializados
animales americanos cuya función primordial es producir leche. Sin embargo,
la leche que producen las vacas cebú cumple un cometido importante
en la satisfacción de las necesidades nutritivas de muchas familias pobres.
Incluso pequeñas cantidades de productos lácteos pueden mejorar la salud
de personas que se ven obligadas a subsistir al borde de la inanición.
Cuando los agricultores indios quieren un animal principalmente para
obtener leche recurren a la hembra del búfalo de agua, que tiene períodos
de secreción de leche más largos y una producción de grasa de mantequilla
mayor que la del ganado cebú. El búfalo de agua es también un animal
superior para arar en arrozales anegados. Pero los bueyes tienen más variedad
de usos y los agricultores los prefieren para la agricultura en tierras de
secano y para el transporte por carretera. Sobre todo, las razas cebú son
extraordinariamente resistentes y pueden sobrevivir a las largas sequías que
periódicamente asolan diferentes partes de la India.
La agricultura forma parte de un inmenso sistema de relaciones humanas
y naturales. Juzgar partes aisladas de este “ecosistema” en términos que
son pertinentes para el comportamiento del complejo agrícola americano
produce impresiones muy extrañas. El ganado vacuno desempeña en el
“ecosistema” indio cometidos que fácilmente pasan por alto o minimizan
los observadores de sociedades industrializadas con alto consumo de energía.
En Estados Unidos los productos químicos han sustituido casi por
completo al estiércol animal como fuente principal de abonos agrícolas. Los
agricultores americanos dejaron de usar estiércol cuando empezaron a arar
con tractores en vez de con mulas o caballos. Puesto que los tractores
excretan veneno en vez de fertilizantes, la utilización de una agricultura
mecanizada a gran escala implica casi necesariamente el empleo de fertilizantes
químicos. Y hoy en día se ha desarrollado de hecho en todo el mundo
un enorme complejo industrial integrado de petroquímicas-tractorescamiones,
que produce maquinaria agrícola, transporte motorizado, gasoil y
gasolina, fertilizantes químicos y pesticidas de los que dependen las nuevas
técnicas de producción de altos rendimientos.
Para bien o para mal, la mayor parte de los agricultores de la India no
pueden participar en este complejo, no porque veneren a sus vacas, sino
porque no pueden permitirse el lujo de comprar tractores. Al igual que
otros países subdesarrollados, la India no puede construir factorías que
compitan con las instalaciones de los países industrializados, ni pagar grandes
cantidades de productos industriales importados. La transformación de
los animales y el estiércol en tractores y petroquímica requeriría la inversión
de sumas increíbles de capital. Además, el efecto inevitable de sustituir
animales baratos por maquinas costosas es reducir el número de personas
que pueden ganarse la vida mediante la agricultura y obligar al correspondiente
aumento en las dimensiones de la granja ordinaria. Sabemos que el
desarrollo de la economía agrícola en gran escala en Estados Unidos ha
significado la destrucción virtual de la pequeña granja familiar. Menos del 5
por 100 de las familias de Estados Unidos viven en la actualidad en granjas,
en comparación con el 60 por 100 de hace aproximadamente cien años. Si
la economía agrícola tuviera que desarrollarse de forma similar en la India,
habría que encontrar en poco tiempo trabajo y alojamiento para 250 millones
de campesinos desplazados.
Puesto que el sufrimiento provocado por el desempleo y la falta de alojamiento
en las ciudades de la India es ya intolerable, un incremento masivo
adicional de la población urbana sólo podría acarrear agitaciones y catástrofes
sin precedentes.
Si tenemos en cuenta esta alternativa, resulta más fácil comprender sistemas
basados en animales, de escala pequeña y con bajo consumo de
energía. Como ya he indicado, las vacas y los bueyes proporcionan sustitutos,
con bajo consumo de energía, de los tractores y las fábricas de tractores.
También debemos reconocer que cumplen las funciones de una industria
petroquímica. El ganado vacuno de la India excreta anualmente cerca
de 700 millones de toneladas de estiércol recuperable. Aproximadamente la
mitad de este total se utiliza como fertilizante, mientras que la mayor parte
del resto se emplea como combustible para cocinar. La cantidad anual de
calor liberado por esta boñiga, el principal combustible con el que cocina el
ama de casa india, es el equivalente térmico de 27 millones de toneladas de
queroseno, 35 millones de toneladas de carbón ó 68 millones de toneladas
de madera. Puesto que la India sólo dispone de pequeñas reservas de petróleo
y carbón y ya es víctima de una extensa deforestación, estos combustibles
no pueden considerarse sustitutos prácticos de la boñiga de vaca.
Puede que el pensamiento de la boñiga en la cocina no atraiga al occidental,
pero las mujeres indias lo consideran un combustible superior para cocinar
porque se adapta de un modo excelente a sus rutinas domésticas. La mayor
parte de los platos indios se preparan con una mantequilla refinada llamada
ghee para la cual la boñiga de vaca es la fuente preferida de calor, ya que
arde con una llama limpia, lenta, de larga duración, que no socarra la comida.
Esto permite al ama de casa india despreocuparse de la cocina mientras
cuida de los niños, presta ayuda en las faenas del campo, o realiza otras
tareas. Las amas de casa occidentales alcanzan un resultado similar mediante
el complejo conjunto de controles electrónicos que suelen incluir como
opciones costosas las cocinas “último modelo”.
La boñiga de vaca cumple por lo menos otra función importante. Mezclada
con agua, se convierte en una pasta utilizada como material para
recubrir el suelo del hogar. Untada sobre el suelo de tierra y dejándola
endurecer hasta que se convierte en una superficie lisa, impide la formación
de polvo y puede limpiarse con una escoba.
Dado que los excrementos del ganado vacuno tienen tantas propiedades
útiles, se recoge con cuidado hasta el último residuo de boñiga. En las
aldeas, la gente poco importante se encarga de la tarea de seguir por todas
partes a la vaca familiar y de llevar a casa su producto petroquímico diario.
En las ciudades, las castas de los barrenderos monopolizan la boñiga depositada
por animales extraviados y se ganan la vida vendiéndola a las amas de
casa.
Desde el punto de vista de la agricultura mecanizada, una vaca seca y
estéril es una abominación económica. Desde el punto de vista del agricultor
campesino, la misma vaca seca y estéril puede constituir la última y
desesperada defensa contra los prestamistas. Siempre existe la posibilidad
de que un monzón favorable restablezca el vigor del ejemplar más decrépito
y de que engordará, parirá y volverá a dar leche. Por esto es que reza el
agricultor; y a veces sus oraciones son escuchadas. Entretanto continúa la
producción de boñiga. Así empezamos a vislumbrar poco a poco por qué
una vaca vieja y flaca parece hermosa a los ojos del propietario.
El ganado cebú tiene el cuerpo pequeño, gibas que almacenan la energía
en sus lomos y gran capacidad de recuperación. Estos rasgos están adaptados
a las condiciones específicas de la agricultura india. Las razas nativas
pueden sobrevivir durante largos períodos de tiempo con poco alimento o
agua y son muy resistentes a las enfermedades que afligen a otras razas en
los climas tropicales. Se explota a los bueyes cebú mientras continúan
respirando. El veterinario Stuart Odend´hal, antes vinculado a la Universidad
de Johns Hopkins, realizó autopsias de campo sobre ganado vacuno
indio que normalmente había seguido trabajando hasta unas horas antes de
morir, pero cuyos órganos vitales estaban dañados por lesiones masivas.
Dada su enorme capacidad de recuperación, nunca es fácil desechar a estas
bestias como totalmente “inútiles” mientras están vivas.
Pero más pronto o más tarde, llega un momento en que se pierde toda
esperanza de recuperación de un animal, e incluso cesa la producción de
boñiga. Con todo, el campesino hindú rehúsa matarle para obtener alimento
o venderla al matadero. ¿No es esto evidencia incontrovertible de una
práctica económica perjudicial que no tiene ninguna explicación salvo los
tabúes religiosos sobre el sacrificio de las vacas y el consumo de su carne?
Nadie puede negar que el amor a las vacas moviliza a la gente para oponerse
al sacrificio de las vacas y al consumo de su carne. Pero no estoy de
acuerdo en que los tabúes que prohíben sacrificar y comer la carne de vaca
tengan necesariamente un efecto adverso en la supervivencia y bienestar del
hombre. Un agricultor que sacrifica o vende sus animales viejos o decrépitos,
podría ganarse unas rupias de más o mejorar temporalmente la dieta de
su familia. Pero a largo plazo, esta negativa a vender al matadero o sacrificar
para su propia mesa puede tener consecuencias benéficas. Un principio
establecido del análisis ecológico afirma que las comunidades de organismos
no se adaptan a condiciones ordinarias extremas. La situación perti18
nente en la India es la ausencia periódica de las lluvias monzónicas. Para
evaluar el significado económico de los tabúes que prohíbes sacrificar vacas
y comer su carne, debemos considerar lo que significa estos tabúes en el
contexto de sequías y escaseces periódicas.
El tabú que prohíbe sacrificar y comer carne de vaca puede ser un producto
de la selección natural al igual que el pequeño tamaño corporal y la
fabulosa capacidad de recuperación de las razas cebú. En épocas de sequía y
escasez, los agricultores están muy tentados a matar o vender su ganado
vacuno. Los que sucumben a esta tentación firman su propia sentencia de
muerte, aun cuando sobrevivan a la sequía, puesto que cuando vengan las
lluvias no podrán arar sus campos. Incluso voy a ser más categórico: el
sacrifico masivo del ganado vacuno bajo presión del hambre constituye una
amenaza mucho mayor al bienestar colectivo que cualquier posible error de
cálculo de agricultores particulares respecto a la utilidad de sus animales en
tiempos normales. Parece probable que el sentido de sacrilegio indecible
que comporta el sacrificio de vacas, esté arraigado en la contradicción
intolerable entre necesidades inmediatas y condiciones de supervivencia a
largo plazo. El amor a las vacas con sus símbolos y doctrinas sagradas
protege al agricultor contra cálculos que sólo son “racionales” a corto
plazo. A los expertos occidentales les parece que “el agricultor indio prefiere
morirse de hambre antes que comerse su vaca”. A esta misma clase de
expertos les gusta hablar de la “mentalidad oriental inescrutable” y piensan
que las “masas asiáticas no aman tanto la vida”. No comprenden que el
agricultor preferiría comer su vaca antes de morir, pero que moriría de
hambre si lo hace.
Pese a la presencia de leyes sagradas y del amor a las vacas, la tentación
de comer carne de vaca bajo la presión del hambre resulta a veces irresistible.
Durante la Segunda Guerra Mundial las sequías y la ocupación japonesa
de Birmania provocaron una gran escasez en Bengala. El sacrificio de las
vacas y de animales de tiro alcanzó niveles tan alarmantes en el verano de
1944 que los británicos tuvieron que utilizar tropas para hacer cumplir las
leyes que protegían a las vacas. Y en 1967 el New York Times relataba:
Los hindúes que afrontan la inanición en la región de Bihar, asolada por la sequía,
están sacrificando las vacas y se comen la carne aun cuando los animales son sagrados
según la religión hindú.
Los observadores señalaban que la “miseria de la gente era inimaginable”.
La supervivencia hasta la vejez de cierto número de animales totalmente
inútiles en una época buena forma parte del precio que se ha de pagar por
proteger animales útiles contra su sacrificio en épocas malas. Pero me
pregunto qué se pierde en realidad con la prohibición del sacrificio y el tabú
sobre la carne de vaca. Desde el punto de vista de la economía agrícola de
Occidente, parece irracional que la India no disponga de una industria de
envasar carne. Pero la potencia real de esta industria en un país como la
India es muy limitada. Un incremento sustancial en la producción de carne
de vaca forzaría el ecosistema entero, no por el amor a las vacas, sino por
las leyes de la termodinámica. En cualquier cadena alimentaría la interposición
de eslabones animales adicionales provoca un fuerte descenso en la
eficiencia de la producción de alimentos. El valor calórico de lo que ha
comido un animal siempre es mucho mayor que el valor calórico de su
cuerpo. Esto significa que hay más calorías disponibles per cápita cuando la
población humana consume directamente el alimento de las plantas que
cuando lo utiliza para alimentar a animales domesticados.
Debido al alto nivel de consumo de carne de vaca en Estados Unidos,
las tres cuartas partes de todas nuestras tierras cultivadas se destinan a
alimentar al ganado en vez de a la gente. Puesto que la ingestión de calorías
per cápita en la India ya está por debajo de los requisitos mínimos diarios, la
orientación de las tierras cultivadas hacia la producción de carne sólo provocaría
una elevación en los precios de los artículos alimenticios y un nuevo
deterioro en el nivel de las familias pobres. Dudo si más del 10 por 100 de
la población india podría incluso hacer de la carne de vaca un artículo
importante de su dieta, prescindiendo de si creen o no en el amor a las
vacas.
También dudo de que el envío de los animales más viejos y decrépitos a
los mataderos existentes produzca mejorías en la nutrición de la gente más
necesitada. De todas formas, la mayor parte de estos animales no se desperdicia
aun cuando no se envíe al matadero, ya que en la India existen
castas de rango inferior cuyos miembros tienen derecho a disponer de los
cuerpos del ganado vacuno muerto. Veinte millones de cabezas de ganado
vacuno perecen anualmente de una forma u otra, y una gran parte de su
carne se la comen estos “intocables” devoradores de carroña.
Mi amiga la doctora Joan Mencher, antropóloga que ha trabajado en la
India durante muchos años, indica que los mataderos existentes abastecen
de carne a la clase media urbana no hindú. Observa que los “intocables
obtienen su alimento de otra forma. Pueden disponer de la carne si una
vaca muere de inanición en una aldea, pero no si se envía a un matadero
para venderla a musulmanes o cristianos”. Los informadores de la doctora
Mencher negaron al principio que un hindú comiera carne de vaca, pero
cuando se enteraron de que los americanos de “casta superior” les gustaban
los filetes, confesaron rápidamente que les agradaba la carne de vaca al
curry.
Al igual que todo lo discutido hasta aquí, el hecho de que los intocables
coman carne se ajusta perfectamente a las condiciones prácticas. Las castas
que comen carne suelen ser también las que trabajan el cuero, puesto que
tienen derecho a disponer de la piel de las vacas muertas. Así, pese al amor
a las vacas, la India ha logrado desarrollar una enorme industria artesanal
del cuero. De este modo, se sigue explotando con fines humanos a animales
aparentemente inútiles, incluso después de muertos.
Podría tener razón en que el ganado vacuno es útil como tracción, combustible,
fertilizante, leche, recubrimiento del suelo, carne y cuero, y, sin
embargo, interpretar erróneamente el significado ecológico y económico de
todo el complejo. Todo depende de lo que cuesta esto en recursos naturales
y mano de obra en relación con formas alternativas de satisfacer las necesidades
de la inmensa población india. Estos costos están determinados en
gran medida por lo que el ganado vacuno come. Muchos expertos suponen
que el hombre y la vaca se encuentran enzarzados en una competición
mortal por la tierra y los cultivos alimenticios. Esto podría ser verdad si los
agricultores indios adoptaran el modelo agrícola americano y dieran de
comer a sus animales alimentos cultivados. Pero la verdad cruda sobre la
vaca sagrada consiste en que es un infatigable devorador de desperdicios.
Sólo una parte insignificante del alimento consumido por la vaca corriente
proviene de pastos y cultivos reservados para su uso.
Esto debería desprenderse de todos esos informes que nos relatan cómo
las vacas deambulan por doquier provocando embotellamientos de tráfico.
¿Qué hacen estos animales en los mercados, en los prados, a lo largo de las
carreteras y de las vías de ferrocarril y en las laderas estériles? Pero, ¡qué
hacen si no es comer cualquier brizna de hierba, rastrojos y desperdicios,
que no pueden ser consumidos directamente por los seres humanos, y
convertirlos en leche y otros productos útiles! El doctor Odend´hal ha
descubierto en su estudio sobre el ganado vacuno en Bengala Occidental
que la dieta principal de éste está integrada por derivados de desecho de los
cultivos alimenticios destinados al ser humano, principalmente paja de
arroz, salvado de trigo y cáscaras de arroz. Cuando la Fundación Ford
estimaba que sobraba la mitad del ganado vacuno en relación con el aprovisionamiento
de alimentos, daba a entender que la mitad del ganado lograba
sobrevivir aun sin disponer de cultivos forrajeros. Pero este cálculo subestima
la realidad. Probablemente menos del 20 por 100 de lo que consume el
ganado vacuno consiste en sustancias comestibles por el hombre; y la mayor
parte de este porcentaje se destina a alimentar a bueyes y búfalos de
agua que trabajan en el campo, en vez de a las vacas viejas y estériles.
Odend¨hal descubrió que en el área por él estudiada no había competencia
entre el ganado vacuno y el ser humano por la tierra o el aprovisionamiento
de víveres: “Esencialmente, el ganado vacuno convierte artículos con poco
valor humano directo en productos de utilidad inmediata.”
Una razón por la que muy a menudo se comprende mal este amor a las
vacas es que tiene consecuencias diferentes para el rico y el pobre. Los
agricultores pobres se sirven de él como permiso para recoger todos los
desperdicios, mientras que los agricultores ricos se oponen a esto por considerarlo
un expolio. Para el agricultor pobre la vaca es un mendigo sagrado;
para el agricultor rico un ladrón. A veces las vacas invaden los pastos o
tierras cultivadas de alguien. Los terratenientes se quejan, pero los campesinos
pobres alegan ignorancia y dependen del amor a las vacas para recuperar
a sus animales. Si hay competencia, ésta se produce entre hombres o
entre castas, pero no entre hombres y bestias.
También las vacas de la ciudad tienen propietarios que las dejan buscar
el alimento durante el día y las recogen por la noche para ordeñarlas. La
doctora Mencher cuenta que durante su estancia en un barrio de clase
media en Madras, sus vecinos se quejaban constantemente de que las vacas
“extraviadas” irrumpían en los patios de las casas. Los animales extraviados
pertenecían en realidad a gente que vivía en una habitación situada encima
de una tienda y que vendía la leche de puerta en puerta en el barrio. Por lo
que respecta a los asilos y campos de la policía reservados para las vacas,
cumplen la función de reducir el riesgo de mantener vacas en un medio
urbano. Si una vaca cesa de producir leche, el propietario puede optar por
dejarla que deambule en derredor hasta que la policía la recoja y la conduzca
al lugar reservado para ellas. Cuando la vaca se ha recuperado, el propietario
paga una pequeña multa y la conduce a su refugio habitual. Los asilos
funcionan según un principio similar, proporcionando pastos baratos,
subvencionados por el gobierno, que, de lo contrario, no serían asequibles a
las vacas de la ciudad.
Digamos de paso que la forma preferida de comprar leche en las ciudades
es conducir la vaca hasta casa y ordeñarla allí mismo. A menudo ésta es
la única manera de poder cerciorarse el cabeza de familia de que compra
leche pura en vez de leche mezclada con agua u orina.
Lo que resulta más increíble en estas disposiciones es su interpretación
como evidencia de prácticas hindúes despilfarradoras y antieconómicas,
cuando en realidad reflejan un grado de economización que supera las
pautas de ahorro y economía occidentales cristianas. El amor a las vacas es
perfectamente compatible con una determinación despiadada de sacar hasta
la última gota de leche de la vaca. El hombre que lleva la vaca de puerta en
puerta lleva consigo un becerro simulado, confeccionado con piel de becerro
rellena, que coloca en el suelo junto a la vaca para conseguir con engaños
el resultado deseado. Cuando esto no sirve, puede recurrir al phooka,
que consiste en inyectar aire en el útero de la vaca mediante un tubo hueco,
o al domm dev, que consiste en introducir su rabo en el orificio vaginal.
Gandhi creía que se trataba a las vacas con más crueldad en la India que en
cualquier otra parte del mundo. Se lamentaba de que “¡cómo las desangramos
hasta sacarles la última gota de leche! ¡Cómo las privamos de alimentos
hasta su emaciación, cómo maltratamos a los becerros, cómo le privamos
de su parte de leche, con qué crueldad tratamos a los bueyes, como les
castramos, como les pegamos, como les sobrecargamos!”
Nadie comprendió mejor que Gandhi que el amor a las vacas tenía consecuencias
diferentes para el rico y el pobre. Para Gandhi la vaca era uno de
los puntos focales de la lucha por convertir a la India en una auténtica
nación. El amor a las vacas iba aparejado a la agricultura de pequeña escala,
la confección de hilo de algodón con rueca, el sentarse con las piernas
cruzadas en el suelo, el vestirse con taparrabos, el vegetarianismo, el respeto
por la vida y el más riguroso pacifismo. La enorme popularidad de Gandhi
entre las masas campesinas, los pobres urbanos y los intocables tenía su
origen en estos temas. Era su manera de protegerlos contra los estragos de
la industrialización.
Los economistas que quieren sacrificar los animales “excedentes” para
hacer más eficiente la agricultura india ignoran las repercusiones asimétricas
de la ahimsa (no violencia) para el rico y el pobre. Por ejemplo, el profesor
Alan Heston admite el hecho de que el ganado vacuno cumple funciones
vitales para las que no hay sustitutos fácilmente disponibles. Pero propone
que estas mismas funciones se podrían realizar con mayor eficacia si hubiera
30 millones menos de vacas. Esta cifra se basa en el supuesto de que con
cuidados adecuados sólo se necesitarían 40 vacas por cada cien animales
machos para sustituir el número actual de bueyes. Puesto que hay 72 millones
de machos adultos, según esta fórmula bastaría con 24 millones de
hembras de cría. En realidad hay 54 millones de vacas. Heston estima, así,
en 30 millones de animales inútiles que deben ser sacrificados, restando 24
de los 54 millones. El forraje y los alimentos que estos animales inútiles les
han venido consumiendo deben distribuirse entre el resto de los animales,
que estarán más sanos y, por consiguiente, podrán mantener la producción
total de leche y de boñiga en o por encima de los niveles anteriores. Pero,
¿qué vacas se van a sacrificar? Cerca del 43 por 100 de la población total de
ganado vacuno se encuentra en el 62 por 100 de las granjas más pobres.
Estas granjas de 5 acres o menos sólo disponen del 5 por 100 de los pastizales.
En otras palabras, la mayor parte de los animales temporalmente
secos, estériles y débiles pertenecen a la gente que vive en las granjas más
pequeñas y más pobres. De modo que cuando los economistas hablan de
deshacerse de 30 millones de vacas, en realidad hablan de librarse de 30
millones de vacas pertenecientes a familias pobres, no a ricas. Pero la mayor
parte de las familias pobres sólo poseen una vaca; por consiguiente, esta
economización no se reduce tanto a eliminar 30 millones de vacas como a
librarse de 150 millones de personas, obligándolas a abandonar el campo y
emigrar a las ciudades.
Los partidarios del sacrificio de las vacas basan su recomendación en un
error comprensible. Razonan que si los agricultores rehúsan matar sus
animales y hay un tabú religioso que prohíbe hacer esto, el tabú es el principal
responsable de la alta proporción de vacas con respecto a bueyes. Su
error se oculta en la misma proporción observada: 70 vacas por cada 100
bueyes. Si el amor a las vacas impide a los agricultores matar vacas inútiles
desde el punto de vista económico, ¿cómo es que hay un 30 por 100 menos
de vacas que de bueyes? Si nacen aproximadamente tantos animales hembras
como machos debe haber algo que provoque la muerte de más hembras
que machos. La solución a este enigma consiste en que un cuando
ningún campesino hindú sacrifica deliberadamente una becerra o una vaca
decrépita a palos o con un cuchillo puede deshacerse, y de hecho se deshace
de ellas, cundo se vuelven inútiles desde su punto de vista. Se emplean
diferentes métodos, a excepción del sacrificio directo. Por ejemplo, para
“matar” becerras indeseadas se coloca su cuello de modo que, al tratar de
mamar, pinchan las ubres de las vacas y mueren como consecuencia de las
coces que reciben de éstas. A los animales viejos simplemente se los ata con
cuerdas cortas, dejándoles así hasta que mueran de hambre, un proceso que
no dura mucho tiempo si el animal ya está débil y enfermo. Finalmente
cantidades desconocidas de vacas decrépitas se venden subrepticiamente
mediante una cadena de intermediarios musulmanes y cristianos, yendo a
parar a los mataderos urbanos.
Si queremos explicar la proporción observada entre vacas y bueyes, debemos
estudiar las lluvias, el viento, el agua y las pautas de tenencia de la
tierra, no el amor a las vacas. La prueba de esto se encuentra en que la
proporción entre vacas y bueyes varía según la importancia relativa de los
diferentes componentes del sistema agrícola en las diversas regiones de la
India. La variable más importante es la cantidad de agua de regadío disponible
para el cultivo del arroz. Siempre que hay extensos arrozales de regadío,
el búfalo de agua tiende a ser el animal de tracción preferido y la hembra
del búfalo de agua sustituye entonces a la vaca cebú como productora de
leche. Por esta razón, la proporción entre vacas y bueyes se reduce al 47 por
100 en las enormes llanuras del norte de la India, donde las nieves fundidas
del Himalaya y los monzones crean el Río Sagrado del Ganges. Como ha
señalado el eminente economista indio K. N. Raj, los distritos del valle del
Ganges, en los que se cultivan sin interrupción, durante todo el año, los
arrozales, tienen proporciones entre vacas y bueyes que se acercan al óptimo
teórico. Esto llama mucho la atención por cuanto que la región en
cuestión ―la llanura del Ganges― es el corazón de la religión hindú y encierra
sus santuarios más sagrados.
Una comparación entre la India hindú y el Pakistán occidental musulmán
refuta también la teoría que afirma que la religión es el responsable
principal de la alta proporción de vacas sobre bueyes. Pese al rechazo del
amor a las vacas y de los tabúes que prohíben sacrificar vacas y comer su
carne, el Pakistán occidental dispone en total de 60 vacas por cada 100
machos, cifra considerablemente superior a la media del estado indio, profundamente
hindú, de Uttar Pradesh. Cuando se seleccionan los distritos de
Uttar Pradesh que destacan por la importancia del búfalo de agua y el regadío
mediante canales y se comparan con distritos ecológicamente similares
del Pakistán occidental, las proporciones entre vacas y bueyes resultan
prácticamente las mismas.
¿Quiere decir esto que el amor a las vacas no tiene ningún efecto sobre
la proporción sexual del ganado vacuno o sobre otros aspectos del sistema
agrícola? No. Lo que afirmo es que el amor a las vacas es un elemento
activo en un orden material y cultural complejo y bien articulado. El amor a
las vacas activa la capacidad latente de los seres humanos para mantenerse
en un ecosistema con bajo consumo de energía, en el que hay poco margen
para el despilfarro o la indolencia. El amor a las vacas contribuye a la resistencia
adaptativa de la población humana conservando temporalmente a los
animales secos o estériles, pero todavía útiles; desalentando el desarrollo de
una industria cárnica costosa desde un punto de vista energético; protegiendo
un ganado vacuno que engorda a costa del sector público o de los
terratenientes; y conservando la capacidad de recuperación de la población
vacuna durante sequías y períodos de escasez. Como sucede en cualquier
sistema natural o artificial, siempre se produce alguna fuga, fricción o
pérdida vinculados a estas interacciones complejas, en las que intervienen
500 millones de personas, ganado, tierra, trabajo, economía política, abono
y clima. Los partidarios del sacrifico afirman que la práctica de dejar criar
indiscriminadamente a las vacas y después reducir su número por descuido
e inanición es despilfarradora e ineficiente. No dudo de que esto es correcto,
pero sólo en un sentido restringido y relativamente insignificante. El
ahorro que un ingeniero agrícola podría conseguir eliminando un número
desconocido de animales totalmente inútiles debe compararse con las
pérdidas catastróficas para los campesinos marginales, en especial durante
las sequías y épocas de escasez, si el amor a las vacas cesa de ser una obligación
sagrada.
Puesto que la movilización eficaz de toda acción humana depende de al
aceptación de credos y doctrinas psicológicamente compulsivas, habrá que
esperar que los sistemas económicos oscilen siempre por debajo y por
encima de sus puntos de eficiencia óptima. Pero el supuesto de que podemos
lograr que funcione mejor todo el sistema atacando simplemente su
conciencia es ingenuo y peligroso. Cabe alcanzar mejoras sustanciales en el
sistema actual estabilizando la población humana de la India y permitiendo
a mayor número de gente disponer de más tierra, agua, bueyes y búfalos de
agua sobre una base más equitativa. La alternativa es destruir el sistema
actual y reemplazarlo por un conjunto de relaciones demográficas, tecnológicas,
político-económicas e ideológicas totalmente nuevas; esto, por un
ecosistema completamente nuevo. No cabe duda que el hinduismo es una
fuerza conservadora, que hace más difícil la tarea de los expertos en “desarrollo”
y los agentes “modernizadores” empeñados en destruir el viejo
sistema y sustituirlo por un sistema agrícola e industrial con alto consumo
de energía. Pero si se opina que un sistema agrícola e industrial con alto
consumo de energía ha de ser necesariamente más “racional” o “eficiente”
que el sistema actualmente existente, mejor es dejar las cosas como están.
Los estudios de costos y de rendimientos energéticos muestran, en contra
de nuestras expectativas, que la India utiliza su ganado vacuno con
mayor eficiencia que Estados Unidos. El doctor Oden´hal descubrió en el
distrito de Singur, en Bengala Occidental, que la eficiencia energética bruta
del ganado vacuno, definida como el total de calorías útiles producidas en
un año dividido por el total de calorías consumidas durante el mismo período,
era del 17 por 100 (Marvin Harris ha desarrollado en su obra, Culture,
People, Nature, una ecuación que establece una relación entre aspectos de
la producción y el “output” energético:
E=M x T x R x e
Donde:
E es la energía alimenticia o el número de calorías que un sistema produce
anualmente;
M es el número de productores de alimento;
T el número de horas de trabajo por cada productor de alimento;
R el número de calorías gastadas por hora, por el productor de alimentos;
“e” la cantidad media de calorías de alimento por cada caloría gastada en
la producción de alimentos.
El factor “e” refleja el inventario tecnológico de la producción de alimentos
y la aplicación de esta tecnología a la tarea de la producción. Por
tanto “e” revela la productividad del trabajo o el nivel de eficiencia tecno26
ambiental del que gozan los productores de alimentos de un sistema cultural
en su intento de obtener energía alimenticia de su medio ambiente. Es
decir, como dice M. Harris, “cuanto mayor es “e”, mayor es el número de
calorías producidas por cada caloría gastada en la producción de alimentos”.
Consultar sobre este concepto de energía y ecosistema el capítulo 12,
págs. 229-255, de la obra de Marvin Harris, Culture People, Nature, Thomas
Y. Crowell, Nueva York.) Esta cifra contrasta con la eficiencia energética
bruta inferior al 4 por 100 del ganado de carne criado en los pastizales
de Occidente. Como dice Oden´hal, la eficiencia relativamente alta de
complejo ganadero indio no obedece a que los animales sean especialmente
productivos, sino a que los hombres aprovechan con sumo cuidado sus
productos. “Los aldeanos son muy utilitaristas y nada se desperdicia.”
El despilfarro es más bien una característica de la moderna agricultura
mecanizada que de las economías campesinas tradicionales. Por ejemplo,
mediante el nuevo sistema de producción automatizada de carne de vaca en
Estados Unidos no sólo se desperdicia el estiércol del ganado, sino que se
deja que contamine las aguas freáticas en extensas áreas y contribuya a la
polución de ríos y lagos cercanos.
El nivel de vida superior que poseen las naciones industrializadas no es
consecuencia de una mayor eficiencia productiva, sino de un aumento muy
fuerte en la cantidad de energía disponible por persona. En 1970 Estados
Unidos consumió el equivalente energético a 12 toneladas de carbón por
habitante, mientras que la cifra correspondiente a la India era la quinta parte
de una tonelada por habitante. La forma en que se consumió esta energía
implica que cada persona despilfarra mucha más energía en Estados Unidos
que en la India. Los automóviles y los aviones son más veloces que las
carretas de bueyes, pero no utilizan la energía con mayor eficiencia. De
hecho el calor y el humo inútiles provocados durante un sólo día de embotellamientos
de tráfico en Estados Unidos despilfarran mucha más energía
que todas las vacas de la India durante todo el año. La comparación es
incluso menos favorable si consideramos el hecho de que los automóviles
parados están quemando reservas insustituibles de petróleo para cuya acumulación
la Tierra ha requerido decenas de millones de años. Si desean ver
una verdadera vaca sagrada, salgan a la calle y observen el automóvil de la
familia.

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