Todo se basa en: “No sé esto, luego… tuvo que ser obra de un señor gigante”
Dios es la respuesta comodín ante la desinformación. Se denomina Dios de los agujeros a aquel que hace todas aquellas cosas de las que aún desconocemos su explicación, aquel que surge allí donde hay un desconocimiento científico.
“No sé por qué llueve, luego es Dios el que hace llover”
La ciencia siempre ha ido resolviendo estos misterios supuestamente divinos y cuando la ciencia ya sabe ese algo, Dios queda descartado. Usando la ciencia descubrimos a cada paso las explicaciones naturales que antaño fueron obra de la mano directa de los dioses, desde el trueno hasta la formación natural de la Tierra, nuestro sistema solar y evolución biológica. No hay indicio de una mano mágica, tan solo huecos en el conocimiento que poco a poco se van tapando.
En ese sentido cada avance científico desmiente o resta atributos al dios, atributos que eran la mejor explicación lógica. Y Dios siempre ha ido retrocediendo más y más y más y más hasta arrinconarse en los profundos enigmas que la ciencia aun no ha podido solucionar.
El Dios de la Biblia en su primer debut era un señor barbón que se paseaba por el Jardín del Edén para espiar a Adán tras los matorrales. Ese Dios tenía días buenos y días malos, pasaba del buen humor a la cólera con facilidad y sentía favoritismo por un pueblo sobre el resto. Llegó a dominar el rayo, las lluvias y la fertilidad de las reces. Hacía cosas de las que se arrepentía y mandaba diluvios para arrasarlo todo, luego veía el resultado y prometía no volver a hacerlo. Se convertía en arbusto parlante, hacía llover fuego y un sinfín de trucos divertidos más. Antes ese Dios hablaba con su voz, dejaba mensajes, y de repente dejó de hacerlo.
Pero el Dios de la Biblia está sobradamente refutado. El hombre no se creó del barro ni las mujeres fueron creadas a partir de una costilla, ni las especies surgieron inmutables, ni la Torre de Babel es el origen de las diferentes lenguas, ni el agua se transforma en vino, ni los códigos de convivencia fueron dictados por Dios en tablas de piedra, ni una pareja de cada especie se metió en un barco gigante para sobrevivir un diluvio… Todo eso es prueba más que suficiente para conocer el carácter fantástico de la Biblia y para no tenerla en cuenta como explicación racional del origen del universo ni los seres vivos.
Aun así Dios todavía es una respuesta rápida, fácil y cómoda para aquellos que no tienen ni idea (por ejemplo de geología). Como no saben el proceso de formación de las piedras y los minerales se imaginan que Dios las colocó en la Tierra. Otros un poco más informados conocen la formación natural de los planetas y galaxias pero atribuyen a Dios la creación del Universo, es decir, Dios habita actualmente en el abismo de la incertidumbre, escondido en el primer instante del Big Bang, a partir del cual todo tiene una explicación natural, aunque una explicación con posibles cabos sueltos. De ahí que el origen del universo sea el tema más popular en los debates sobre la existencia de Dios y no la formación del feto o los terremotos.
Así es como se ha visto rebajado con el tiempo el iracundo y antropomorfo Dios bíblico que habitaba en el cielo sobre el círculo de la Tierra, viendo a sus criaturas como saltamontes, que luego se convirtió en un bondadoso ancianito que nos ama a todos desde su nube de algodón, y ahora lo pintan como una super-energía imaginaria, invisible, difusa e indetectable, incorpórea, infinitamente bondadosa, perfecta e indemostrable. Una cosa indefinida en una retahíla de conceptos esquivos y ambiguos que se esconde en las lagunas del conocimiento y retrocede ante cada avance científico hasta verse arrinconado detrás de una singularidad espaciotemporal.
El Dios de la Biblia ha muerto, la mayor prueba son las adaptaciones y cambios que han hecho de él quienes se hacen llamar sus creyentes. Debemos agradecer a la religión moderna el haber despedazado de esa manera la Biblia y convertirla en una parodia.
Han matado a su propio Dios, lo han evolucionado.
Que Dios los perdone.