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Por qué los Pibes Chorros visten ropas deportivas.


[El siguiente texto es un fragmento del libro "La sociología ahora s. XXI", del cual tuve que realizar un trabajo y me pareció interesante para compartir...]


]El libro está constituido por una recopilación de ensayos de varios autores; éste es de Sergio Tonkonoff (capítulo 6), en el cual nos plantea su visión acerca del comportamiento de los "Pibes Chorros" [/quote]


Tres movimientos para explicar por qué
los Pibes Chorros visten ropas deportivas


INTRO – “Porque nosotros la mayoría de las veces: relojes, camperas, oro. Pero
después lo empeñamos. Las cadenas, todo eso, las empeñamos de toque. Una vez tenía un
reloj, loco! ... un Rolex. Ese reloj se lo saqué a un chabón de traje. Un reloj todo de oro,
espectacular!... Me lo agarró la hijita de Javier y : pa!, pa! , me lo rompió todo. Me quedé
dormido, re-borracho. Y al otro día ví que estaba con el reloj: pa! pa!, [golpeando el piso]
con el reloj de oro ...
”


Acaso este relato pueda oficiar como prueba de la pretendida irracionalidad de los
Pibes Chorros. ¿Quién en sus cabales descuidaría un reloj de oro?. Y más: ¿quién lo haría
después de haber arriesgado la libertad o la vida para obtenerlo?. Frente a esto el sentido
común, bien-pensante y bien-habiente, reaccionará encadenando rápida y oscuramente
elementos que, entiende, proceden de la oscuridad: el delito, el alcohol (o la droga) y ¿porque
no? el sueño.
Dando un paso muy corto, este catálogo de monstruosidades emparejadas podrá
incluir, además, juventud y pobreza por lo que ambas tienen de desmesurado. De tal modo,
calibrado con el metro de una razón utilitaria y moralizante, el confuso episodio encuentra
explicación: jóvenes delincuentes, provenientes de las sombras de la ciudad y de las tinieblas
de su propia (in)conciencia, irrumpen en el sosiego de quienes honestamente viven y
consumen. Atacan. Y vuelven a su morada en un paraje asimilable al estado de naturaleza. En
consecuencia: no debería haber mesura en la pena de quienes no conocen la medida o , en todo
caso, debería haber la pena más dura.
Como se ve, si el bien y el mal vuelven a ser los dobles respectivos de la razón y la sin
razón, y si la razón queda del lado de la sociedad de los consumidores legítimos, entonces,
todos los elementos puestos en escena por el relato de un joven-lobo vuelven a ocupar su justo
lugar. Situaciones, objetos y sujetos pueden clasificarse fácilmente según conocidas
polaridades: nosotros y ellos, sensatos e insensatos, desprotegidos y peligrosos. 2
Sólo queda el reloj complicando este despliegue liso. Y esto por que, bien visto, un
reloj de oro es, también él, bastante irracional. Aunque la moral esté de su parte.
Es un reloj, sin dudas, “espectacular”. Las fuerzas que moldearon sus materiales lo
querían definitivo: había sido hecho para durar siempre. Y para establecer una distancia tan
visible como permanente. Un reloj “todo” de oro: notoriamente excesivo respecto de su
modesto valor de uso. Claro que es precisamente allí, en lo evidentemente superfluo de su
constitución, donde manifiesta el status de su portador. Por eso es un modelo. Un arquetipo al
cual deben referirse todos los ejemplares de su especie. No tanto por su perfección mecánica
como por la capacidad de exhibir una diferencia.
Llegado por accidente o dolo a manos de un habitante de la clase media jamás hubiese
sido descuidado. Quizá tampoco hubiese sido vendido. Asegurado con aparente displicencia a
la muñeca nerviosa, militaría, poderoso, aportando a la simulación en la lucha por la vida de
su novel poseedor. Un trabajador adulto y pobre, en cambio, encontraría risible la posibilidad
de despejar sus incertidumbres horarias recurriendo a tan desproporcionado utensilio. Risible,
como el psicoanálisis de diván o las dietas macrobióticas. Entre los pobres sólo el puntero
político y el delincuente profesional podrían vestirlo: dobles bizarros del gobernante y el gran
empresario, no perderían la oportunidad de apuntalar, como aquellos, su estatuto rapaz; su
condición ostensiblemente ajena a toda labor rutinaria, manual y productiva.
Nuestros jóvenes, por su parte, no pueden apropiarse de él sin someterlo a un
tratamiento previo. Puesto que se trata de un objeto demasiado connotado por su procedencia
ha de ser procesado, transfigurado. Perderlo o destruirlo es, después de todo, una forma de
consumirlo; de acercarlo a la configuración cultural que lo ha capturado. También pueden
venderlo. Y es esta alternativa (destrucción o venta para un nuevo consumo) la que permite
dar cuenta de las líneas de fuerza que se anudan en el espacio cultural constituido por los
Pibes Chorros.

UNO – En general los ladrones profesionales y adultos, los “chorros”, asumen como
propia la imposibilidad de sostener un trabajo lícito. Continuidad y monotonía son las
propiedades que encuentran como características, e intolerables, de cualquier faena legal. Otro 3
rasgo típico en ellos parece ser una aguda incapacidad de representarse un futuro personal.
Rasgo que se ve acompañado de una firme renuencia a hablar sobre el tema. Ambas
características nos conducen al centro de la (sub)cultura que les otorga un sentido especifico.
Digamos, pues, que el ladrón profesional trabaja profesionalmente. Y que su tarea
consiste en apropiarse del trabajo de los demás. Más cerca del cazador que del labriego, del
guerrero que del industrial, la naturaleza de su actividad es predatoria: el ladrón cosecha donde
no ha sembrado. Haciéndose de un golpe con lo que otros obtuvieron a través de esfuerzos
sostenidos, y dilapidando lo abruptamente conseguido de manera igualmente abrupta, la
experiencia delictiva se “realiza” en el consumo, no en la producción. Su cifra no es la
acumulación sino el gasto.
Pero a los ojos de quienes han hecho del robo un oficio o una profesión, el trabajo legal
no sólo es tedioso, ajeno a la tensión exaltada de su actividad rapaz y belicosa: también es
indigno. Su bochorno consiste en ser signo de debilidad. Quien es débil debe servir a otros,
debe producir riquezas sin consumirlas, debe utilizar el tiempo presente en favor del porvenir.
Quien es débil debe trabajar. Fuerte es aquel el capaz de manifestar agresivamente su vigor
mediante hazañas. De arriesgarlo todo en una sola jugada. Y de ganar. Violencia y astucia,
prepotencia y fraude, son los vehículos de su proeza. Por eso es el honorable. El digno de
respeto.
Esta “moral del amo” inviste con clara centralidad el mundo del delito profesional,
tiende a redactar sus códigos y a organizar sus estamentos. Que el carterista se encuentre en el
punto inferior de su escala jerárquica, a incontables peldaños del asaltante de bancos, no se
debe a que este mundo valore favorablemente la expropiación a los potentados y la protección
de los menesterosos. Se trata, antes bien, de la vigencia en él de una moral de combate, por la
cual se es más fuerte cuanto más poderoso es el adversario al que se ha derrotado. Aquí la
gloria del vencedor es directamente proporcional a la potencia envilecida del vencido; y cada
victoria cubre al campeón con el mana que cubría a su oponente subyugado. De allí que cada
éxito lo haga más fuerte y la mayor fortaleza le provea nuevas victorias.
No sorprenderá entonces que el botín de un formidable golpe, más que “capitalizar” a
su ejecutor dejándolo de este lado de la ley y del trabajo, lo coloque en posición de perder
irremediablemente lo ganado. No sorprenderá la constante disposición al exceso de los
habitantes de este mundo. “Lo que se gana fácil, se gasta fácil” es la frase preferida por los 4
ladrones profesionales para describir esta disposición. Frase cargada de desprecio e ironía, que
ilustra a su modo la constelación de sentidos (la cultura) que permite proferirla. Es que el
gasto “fácil”, el derroche, es otro signo de potencia. Si se tiene el poder de destruir ingentes
riquezas en consumos superfluos, es porque también se tiene la confianza en ser capaz reeditar
tanto el derroche como la triunfo que lo habilita – o de morir intentándolo. Todo lo que se ha
obtenido “fácilmente” arriesgando la propia vida y la de otros, es dilapidado sin miramientos
porque poniendo en juego aquello que hubiera podido ser seguridad, abismando todo
continente, se prolonga el impulso de la proeza delictiva. Como el acto de robar a mano
armada, este es otro juego de suma cero. Un nuevo todo o nada. Un intento más de subyugar a
la suerte arriesgando la propia caída, y de señorear sobre aquellos que se aferran a la seguridad
obediente de la acumulación y la rutina. Luego, quien de pruebas fehacientes de su capacidad
de exceso, recupera en reputación lo que pierde en festines.
Este mundo del delito (adulto, popular y urbano) es, para decirlo con las precisas
palabras de un ladrón profesional, “ya bondi”. Promueve una existencia conflictiva, nómade y
clandestina, donde los desafíos y las intensidades en juego obligan a subirse a “cualquier
bondi”. O, mas bien, al bondi del ahora absoluto. Sin rumbo y sin plan. Sin ahorro. Sin
prudencia. Un mundo en el que cada acción se agota en si misma: ajena a toda trascendencia
brilla con el fulgor de lo inmediato, y por ese mismo fulgor es devorada. De allí la incapacidad
de sus habitantes para justificar utilitariamente su conducta, y su ausencia de palabras para
nombrar el porvenir.

DOS – Junto con la posibilidad de emular el gasto delictivo con un énfasis que
recuerda a la fe de los conversos, existe, para los Pibes Chorros, la alternativa de que el objeto
robado sea vendido, “empeñado de toque”. En este caso, la traducción a valor de cambio es el
paso previo a un exceso de otra índole. Nadie piensa aquí en acumular dinero. Sin dudas se lo
gastará rápidamente. Pero no es éste un proceder carente de sentido (como no lo es la
destrucción o el despilfarro que busca una identidad con los delincuentes mayores). Este gasto
compulsivo de dinero no es ciertamente la manifestación de un deseo desatado a causa de un
hueco en la socialización o de una malformación psicológica. Antes bien, la satisfacción que el
consumidor, cualquier consumidor, obtiene en el consumo “desatado” es la del deber 5
cumplido. Y esto porque nos encontramos frente a un mandato social que no puede ser
impunemente desoído. Claro que la obediencia proporciona notables recompensas: el juego
del consumo no sólo hace surgir un mundo de valores coactivos, también permite integrarse a
él con la alegría que comunica la pertenencia a una comunidad vigorosa.
Es que la ropa vestida, la música escuchada, los lugares frecuentados, todos ellos
producidos o capturados por la dinámica impenitente del mercado, configuran signos y rituales
de un tipo hegemónico de identidad juvenil. Un modo de ser joven a la medida de nuestro
ethos epocal. Un ser joven apático, acrítico, despolitizado, individualista y bello. Ajeno al
futuro y al pasado. Habitante paradigmático de la dimensión sin espesor del tiempo
posmoderno. Portador de un cuerpo lozano y un presente continuo, su fantasma tiende a
constituirse en el doble deseable de jóvenes y adultos.
Es posible que frente a esta figura todo lo que haya sean desviaciones. Pero, por lo
mismo, su presencia normativa puede establecer gradaciones, operar modulaciones, trazar
límites y producir exclusiones. Integrar, diferenciar y expulsar son los trabajos simultáneos de
lo joven hegemónico. La pobreza constituye, entonces, su última frontera.
Tradicionalmente signados por una fugaz transición de la niñez al trabajo, los jóvenes
pobres nunca fueron muy jóvenes. En ausencia de una prolongada moratoria al modo de los
sectores medios y altos, el paso a la madurez se realizaba aquí con cierta celeridad. La
actividad laboral sostenida y la formación de una familia propia, asumían la centralidad que en
aquellos sectores posee la condición estudiantil para la misma franja etaria. Pero el proceso de
fragmentación y polarización social que tuvo lugar en los años 90s produjo una importante
transformación en estas tradicionales formas de socialización. Ahora, fuera o en los márgenes
del mercado laboral y del sistema de educación formal, muchos de los miembros
biológicamente jóvenes de los sectores populares urbanos, no tienen más remedio que serlo
también socialmente. Sin otro lugar que el del ocio forzado, deben pugnar por construir una
identidad a través de elementos pasibles de significarlos positivamente.
De modo que si, como regularmente sucede, los objetos suntuarios robados no son
vestidos ni destruidos sino cambiados por dinero, y éste por objetos más directamente
significantes, es porque los Pibes Chorros son, ciertamente, más pibes que chorros.
Procurarán, pues, un consumo capaz de asumir las funciones diferenciadoras de aquellos, pero 6
en un contexto diverso. Trabajarán sobre o con estos objetos para incorporarlos a un código
legible por su propio entorno. Entonces, el derroche orgiástico del guerrero cederá frente a un
gasto que transfigure el material inicial en signos de lo joven, y el reloj robado y empeñado se
transformará en zapatillas.
Es que un Rolex es otro tipo de extremidad brillante: marca una diferencia pero
también señala adultez, compromisos, una posición social y vital consolidadas. Un Rolex no
es joven. Joven es lo descomprometido, lo maleable, lo deportivo. Pero además, y
fundamentalmente, joven es una comunidad del consumo y no del trabajo. Joven es quien vive
más de la sociedad que en ella: su estatuto es prefuncional y su carácter, rapaz. Lo rechazado
aquí no es el oro sino el reloj.

TRES – Es sabido que el fútbol ocupa un lugar principal entre las actividades de los
jóvenes varones, populares y urbanos. Y que, a cierta distancia de las lógicas mercantiles,
conserva entre ellos la forma de un juego. Cualquier día es ideal para su ejercicio, y
difícilmente se encuentre una actividad más importante durante el fin de semana. En esa hora
vastos contingentes ocupan los predios que cada barrio ha dispuesto especialmente para su
práctica ritual. Sitios extraños al tiempo y al espacio profanos, todo sucede allí como en un
circulo mágico. Más acá del reino de los fines, este juego agota en sí mismo su sentido. Sin
otro propósito que el de realizar su propio despliegue, se halla fuera de las leyes que rigen al
mundo social ordinario. Por eso constituye una significativa interrupción de la vida cotidiana,
un interludio feliz en el despliegue de su monotonía.
Sobre su territorio el juego es soberano. Allí instituye las reglas que le darán la vida.
Ellas son su espíritu o, si se prefiere, su naturaleza. Y este modo de ser suyo es autónomo
respecto de quienes lo practican: los jugadores no hacen más que encarnarlo, entregándose a
sus requerimientos. En ese abandonarse radica su atractivo. El juego nos descarga del peso de
quienes somos. Está en su esencia, escribió Huizinga, hacernos perder la cabeza. Por eso
siempre se juega a “algo”: al fútbol, al príncipe o al ladrón. Quien quiera jugar será, en
realidad, jugado. Sólo que vivirá como libertad esa tiranía. 7
Por su disposición el fútbol precisa de la fuerza física regulada y de la habilidad de sus
jugadores. Y a esta tensión entre fuerza y maña agrega otra: la que se produce entre el respeto
a las reglas y su transgresión velada. Así, potencia y picardía, honestidad y trampa, se
combinan en el marco del enfrentamiento reglado con un equipo adversario, constituyendo un
ejercicio privilegiado para la autoafirmación periódica de cada uno de los jóvenes en cuestión.
Y, por lo mismo, para la construcción social de su masculinidad.
Es probable que con la retirada de la escuela y el trabajo como mediadores de la
“masculinización” popular-juvenil, esta función haya ido cobrado una relevancia aún mayor
de la que históricamente parece haber tenido. Se suman a aquel reflujo institucional, las
recientes transformaciones en la cultura parental producidas por el rol cada vez más activo que
las mujeres (las madres) han debido asumir frente la precarización del empleo o la
desocupación de los otrora jefes de familia (los padres).
De modo que, en ausencia de instancias alternativas, la esquina y la “canchita”
aparecen como ámbitos centrales en la constitución identitaria de estos jóvenes. Ámbitos cuya
lógica no es asimilable a la de una institución societal. Su estructura sociológica puede
describirse, más bien, como sociabilidad. Esto es, una “forma lúdica de la asociación”, “una
relación que no es nada sino relación” – según la definición de Simmel. La vereda y el potrero
son los territorios de la conversación inconducente y del estar juntos porque sí. Espacios
donde el intercambio, el contacto y el habla son fines y no medios. Donde la sociedad sólo
está presente como fantasma.
En ambos espacios el recurso a la fuerza física posee un valor de primer orden. No
porque encarnen la distopía de la violencia marginal soñada desde el centro. Simplemente
porque un modo tradicional de autodefinición entre, y al interior, de los grupos de varones
adolescentes (pobres y no pobres) es el que tiene lugar a través de los golpes de puño en la
esquina y la manifestación de vigor en la cancha.
Digamos por otra parte que así como cada barrio popular posee un potrero, cada centro
comercial, cercano a estos barrios, posee una relativamente importante “casa de deportes”. Allí
los artículos deportivos son ofrecidos en numerosas cuotas a un elevado precio. Señalamos
esto porque si es evidente que el fútbol es una actividad relevante para los jóvenes pobres,
quizá no lo sea tanto que la ropa deportiva es su lujo. 8
Se trata de atuendos vistosos que no siempre se conforman con los colores del club de
preferencia de sus portadores. Acaso alguno entre ellos pueda invocar la comodidad que
brinda este tipo de vestido como pretexto para su uso. Con eso tal vez intente una justificación
frente a la “moral de la utilidad” que solía caracterizar a sus padres trabajadores. La clave, sin
embargo, parece estar en otro lado. La ropa deportiva es cara y no sirve para trabajar. En
realidad, en los barrios pobres, tampoco se usa para practicar algún deporte. Al fútbol se juega
con prendas ya gastadas, reservándose el brillo de la tela sintética para significar, sin reservas,
lo que verdaderamente representa: ocio.
Es cierto que el deporte, en tanto que opuesto al trabajo, puede pensarse también como
ocio. Pero constituye todavía un espacio signado por el esfuerzo y la disciplina. Un ideal
regulador y edificante tensiona su espíritu: la energía juvenil flotante y siempre pronta a
convertirse en violencia o desviación, piensa el mundo adulto, puede ser canalizada
deportivamente. Afirmación regulada de la masculinidad, normalización saludable del cuerpo
y templanza del alma: el fútbol es, después de todo, un tradicional medio de control social
.

Cuando vuelven del trabajo o de la escuela, cuando salen de sus casas en dirección a la
esquina, antes o después del fútbol, los jóvenes populares lucen sus mejores atuendos
deportivos. A veces van a bailar con ellos los fines de semana. Los Pibes Chorros los usan
todo el día, todos los días.

FINAL – La ropa deportiva que caracteriza a los Pibes Chorros es la más costosa.
Pero lo importante no es que vistan caro, sino que lo hagan con estilo. Pantalones largos y
camperas holgadas, se combinan aquí con una gorrita de visera sobre la frente. Aunque es
probable que la pieza central del conjunto sea el calzado.
Zapatillas confeccionadas por compañías transnacionales con materiales resistentes y
aparatosos; de gruesas suelas de goma filigranada – como una rueda de automóvil – que son
usadas con la lengüeta salida de forma prominente y los cordones desatados. Sobrecargadas de
ribetes de colores fuertes, siempre limpias y cuidadas, los Pibes Chorros las llaman “llantas”.
Zapatillas muy caras y muy vistosas paseándose, con los cordones desatados, por
barrios que supieron ser obreros. Ostentando, como las uñas de los mandarines, un profundo
desprecio por toda labor físico-productiva. Materializando un gasto que no puede ser 9
recuperado ni siquiera por una utilidad deportiva. Su agitación se recorta sobre un fondo
quieto de jóvenes pobres y pasivos, y hace del ocio forzado un valor positivo.
Son zapatillas para jugar a otro juego: zapatillas para “salir de caño”.
Periódicamente, dos o tres jóvenes dejan la esquina que les pertenece en dirección a
otros barrios: "vamos a ganar", dicen. Lo que ellos mismos denominan "meter caño", consiste
en intentar hacerse, a mano armada, del dinero y los bienes de otras personas. Para ello se trata
de disponer un campo de acción y recorrerlo en busca de potenciales presas. Se debe conseguir
neutralizarlas, hacerse con el botín de sus pertenencias, sortear los obstáculos que puedan
presentarse, y salir ileso. Solamente así se habrá ganado.
Se trata, sin dudas, de un deporte extremo. Se sale a “poner” a alguien. No se busca
distraer o engañar. No se permanece quieto a la espera de un descuido. Su práctica comporta
una disposición por completo activa: es una actividad más cercana a la caza que a la pesca.
Sólo que no es sed de sangre sino de objetos, dinero y aventura, lo que agita el corazón de los
cazadores. Rapiña, y no muerte, es el nombre del juego.
Una jugada típica consiste en “ir poniendo”. Esto es, allegarse hasta una localidad
vecina y robar un automóvil. Con ese automóvil robar varios comercios, algún transeúnte, una
casa. Otra jugada, consiste en ingresar en una vivienda a punta de pistola, procurar el dinero
de sus habitantes, atiborrar el vehículo de éstos con la mayor cantidad posible de artefactos
domésticos, y huir con el vehículo, el dinero y los artefactos. La jugada más sencilla: ir
caminando y robando gente de a pie.
Es que los Pibes Chorros son pobres deslocalizados. Solos o “en banda” frente a la
sortilegio abismante del mercado, estaban condenados a no ser, a permanecer tras el umbral
de visibilidad de la ciudad del consumo. La lógica de la polarización social vigente había
querido que deseen en paz y luego desaparezcan en silencio. Ante la imposibilidad de cumplir
acabadamente con tan singular mandato, ellos “salen de caño”. Es decir, recusan el lugar que
se les había asignado y acometen hacia un centro que les está física y simbólicamente negado.
De allí vuelven con algunos objetos y muchas historias. También traen el reconocimiento del
que carecían. Un reconocimiento mayor al que jamás imaginaron: la inseguridad ambiente de
una Argentina de riesgo lleva a veces su nombre. Aptos para concentrar todos los temores y
todas las miserias de una sociedad excluyente, una cruzada estatal y mass-mediática los 10
convierte de vez en cuando en un enemigo temible. Sólo el miedo generalizado al desempleo
es capaz opacar su resplandor.
Pero su orgullo no termina allí. No solamente se han expuesto a la cárcel o a la muerte
que ávidamente se les desea. Han puesto en juego, además, su vínculo con las redes familiares
y vecinales que los sostienen, y que tienden a participar del pánico moral que los condena.
Todavía entonces, cuando la más encrespada ola de recelo, exclusión y violencia punitiva se
eleva frente a ellos como un destino, los Pibes Chorros la toman a contrapelo y, mientras
pueden, barrenan.
La suya es una estrategia centrífuga. Han “salido”. Han arriesgado su seguridad y la de
otros ganándose con ello una identidad definida, negativamente privilegiada. Es decir,
socialmente relevante. Luego han vuelto al barrio a cantar su gesta y a enrostrar con
arrogancia su aristocracia espuria.
Y todo para ser jóvenes como hay que serlo. Para traer o comprar zapatillas. Zapatillas
espectaculares como un reloj de oro. Producidas por la industria globalizada para
consumidores legítimos, ya eran kitch. Ahora en sus pies son monstruosas. El resultado de la
mixtura de tres reinos: un estandarte tejido con retazos delictivos, lujos populares y brillos
hegemónicos. Han devenido llantas, símbolo de una nueva (sub)cultura juvenil, nacida en
conexión con el núcleo central de la cultura dominante en Argentina. Cultura que sabe ser,
también ella, la del gasto espectacular e improductivo.
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