Imaginemos que dentro de cien mil años la avanzadilla de una civilización extraterrestre llega por primera vez a la Tierra. Los exploradores intergalácticos aterrizan en nuestro planeta buscando indicios de vida inteligente. Tras varios meses rastreando los cinco continentes y tomando muestras, los alienígenas envían un mensaje a sus superiores: “El planeta está deshabitado. No hemos hallado el menor indicio de que aquí haya existido jamás una civilización avanzada. Los rumores sobre esa supuesta raza humana solamente eran leyendas”. ¿Ciencia ficción? Desde luego, pero… Está claro que los humanos somos la especie dominante del planeta. Hemos transformado su superficie e imagen construyendo ciudades, talando bosques, perforándolo para acceder a sus fuentes de recursos subterráneos… Pero ¿realmente es tan profunda la huella que hemos dejado en él? Juguemos por un momento a imaginar que la especie humana se extinguiera de forma repentina y dramática, como consecuencia de un cataclismo o una epidemia desconocida. ¿Qué ocurriría entonces con nuestra querida Tierra?
Las zonas deforestadas de nuestro planeta volverían a estar pobladas por una vegetación frondosa en doscientos años, y en trescientos, los mares se verían limpios de casi toda la contaminación e inmundicia, y repoblados por abundante fauna marina al desaparecer la amenaza de la sobreexplotación pesquera. Al cabo de cincuenta mil años, según explica Ronald Cheeser (biólogo de la Universidad de Texas), los residuos de plástico se terminan de descomponer. Tampoco los residuos radioactivos acumulados en los cementerios atómicos serían eternos, y se calcula que el 95% (los llamados residuos de actividad media) se desintegrarían en tres mil años. El mayor problema lo constituirían los residuos de actividad alta; solo son el 1% del total, pero podrían tardar casi doscientos mil años en desaparecer del todo (aunque hay quien cree que pueden durar dos millones de años).
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