Flores: LAS MUERTES DE LA DESESPERANZA
Sociedad
Año 4. Edición número 174. Domingo 18 de septiembre de 2011
Por
Jorge Mendonça
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Un aire de “nada sirve para nada” nos envuelve a los argentinos desde hace medio siglo. Es una pérdida de esperanza y, ante ello,
un ladrillo puede ir más o menos torcido en una pared, sea en Libertad o en Puerto Madero.
Así, un mecanismo eléctrico
de una barrera ferroviaria de 1970, puede tener sus contactos esmerilados una y otra vez a mano “pá que aguante”, o un colectivero es perdonado toda vez que no cumple conductas que, en la Escuela de Transporte de Buenos Aires de 1960 hubieran sido causa de expulsión para siempre.
Así un túnel Liniers-Caballito y Haedo-Castelar (15 km), se transformó en un faraónico túnel de papel de 35 kilómetros de doble túnel un día, otro de túnel simple y, hace unos meses, otra vez de túnel doble. Son 50 técnicos que aportan desde el Estado a ese y a mil proyectos más, todos a la vez.
La Gran Aldea inundó de vías para que su abanico le proveyera de las vacas y las mieses que comerciaba. Así creció primero por los negocios inmobiliarios montados alrededor de cada estación planificada por los ferrocarriles extranjeros.
Buenos Aires fue mal ejemplo para todos. El ferrocarril modeló la “pre-metrópoli”, y luego la metrópoli creció sola y aislada de la soberbia ferroviaria. “Los intendentes no pueden decirnos nada porque nosotros somos la Nación”, vociferaban funcionarios del riel.
El espíritu retrógrado del ferrocarril perduraba mientras los barrios se convertían en mero vuelco de desesperaciones sobre terrenos inundables vendidos a pobres y a ricos con aprobación estatal.
Catorce millones de almas heredan esa simiente. Otros 24, fuera de la Ruta 6, pagan por ello a lo largo del país.
El lápiz del urbanista debe desentenderse de las instrucciones inmobiliarias, pensar políticamente y, aliado a geógrafos e ingenieros, soñar la metrópolis. El político debe leer mucho más que una hoja para ser, apenas, estadista de barrio. Churchil, Perón y Lenin sabían de técnica. El porqué del tren , del dique o del teléfono y la escuela debe ser materia básica del político, concejal o presidente.
Cuando no importó hacer el túnel hace décadas y se aniquiló la carrera de chofer de colectivo, comenzó a no importar si hacía falta una barrera en Soldati y docenas de chicos muertos al chocar un escolar con el tren lograron que automatizaran señales y barreras en el Belgrano Sur.
Un banderillero que no lo debe ser se pone a dirigir el tránsito porque nadie le dice que eso no le corresponde, y porque el que no se lo dice está haciendo un trabajo de alguien que lo contrató y no lo obligó a cumplir procedimientos, porque ese que no lo controló tampoco es controlado.
La primera piedra no corresponde a los políticos ni a esos jefes burócratas que ya no tienen remedio, sino a cada argentino que tenga ganas de seguir viviendo.
El técnico de trenes y colectivos, debe sentirse importante y que sirve para algo, lo mismo que el chofer que está por cruzar un paso
a nivel ferroviario o el banderillero que tiene ganas de ser muy útil.
¿Esperanza con los trenes? Para ellos necesitamos 3.000 nuevos profesionales jóvenes a entrenar trabajando en el extranjero. Con ellos podremos tener esperanzas.