—Hace un tiempo, un crítico alemán me preguntó por qué los latinoamericanos teníamos grandes novelistas pero no grandes filósofos. Porque somos bárbaros, le respondí, porque nos salvamos, por suerte, de la gran escisión racionalista. Como se salvaron los rusos, los escandinavos, los españoles, los periféricos. Si quiere nuestra Weltanschauung, le dije, búsquela en nuestras novelas, no en nuestro pensamiento puro.
Reacomodó las piedritas en forma de cuadrado.
—Me refiero, claro, a las novelas totales, no a las simples narraciones. Desde Europa, por supuesto, nos vienen a decir que en las novelas no tiene que haber ideas. Los objetivistas. Mi Dios! Siendo el hombre el centro de toda ficción (no hay novelas de mesas o gasterópodos) esa objeción es idiota. Ezra Pound dijo que no podemos permitirnos el lujo de ignorar las ideas filosóficas y teológicas de Dante, ni pasar de largo los pasajes de su novela o poema metafísico que las expresan con mayor claridad. Y no sólo son legítimas las ideas encarnadas sino las purísimas ideas platónicas. No son hombres los que llegaron hasta allí? No se podría entonces hacer una novela con Platón de personaje a menos que liquidáramos buena parte de su espíritu. La novela de hoy, al menos en sus más ambiciosas expresiones, debe intentar la descripción total del hombre, desde sus delirios hasta su lógica. Qué ley mosaica lo prohíbe? Quién tiene el Reglamento absoluto de lo que debe ser una novela? Tous les écarts lui appartiennent, dijo Valéry con asco reprobatorio. Creyó que la demolía y lo único que hacía era elogiarla. Pedazo de racionalista! Y te digo novela porque no hay algo más híbrido. En realidad sería necesario inventar un arte que mezclara las ideas puras con el baile, los alaridos con la geometría. Algo que se realizase en un recinto hermético y sagrado, un ritual en que los gestos estuvieran unidos al más puro pensamiento, y un discurso filosófico a danzas de guerreros zulúes. Una combinación de Kant con Jerónimo Bosch, de Picasso con Einstein, de Rilke con Gengis Khan. Mientras no seamos capaces de una expresión tan integradora, defendamos al menos el derecho de hacer novelas monstruosas.
Volvió a reacomodar las piedritas, de nuevo en forma de R.
—Sólo en el arte se revela la realidad, quiero decir toda la realidad. Y nos vienen a decir que esta mitificación del arte es reaccionaria, anticuada, que es del siglo XVIII, de los románticos. Por supuesto. El genio protorromántico de Vico ya vio claro lo que todavía mucho tiempo después otros pensadores no alcanzaron a comprender. Él empieza lo que después harán Jung y, de modo paradójico, porque venían del cientificismo, Lévy-Bruhl y Freud. Las ideas del romanticismo alemán fueron olvidadas o despreciadas por esta cultura pretenciosa. Entonces hay que sacarlas a relucir. Schopenhauer dijo que hay momentos en que la reacción es progreso, así como el progreso es reacción. Hoy, el progreso consiste en reivindicar esa idea vieja. Los filósofos del romanticismo alemán fueron, después de Vico, los primeros que vieron la cosa con claridad. Como también intuyeron la idea de estructura. Idea correcta, que sin embargo los hombres de ciencia habían tirado por la borda. Mirá.
Le mostró una de las piedritas.
—La mentalidad de la ciencia opera así: esta piedra es feldespato, ese feldespato a su vez es descompuesto en moléculas, esas moléculas en átomos tales y cuales. De lo complejo a lo simple, de la totalidad a las partes. Análisis, descomposición. Así nos ha ido.
Silvia lo miró.
—No me refiero al progreso técnico. Claro que cuando se trata de piedras o átomos eso marcha. Te hablo de la calamidad que significó suponer que el mismo método podía servir para el hombre. Un hombre no es una piedra, no se puede descomponer en hígado, ojos, páncreas, metacarpios. Es una totalidad, una estructura, donde cada parte no tiene sentido sin el todo, donde cada órgano influye sobre los otros y los otros sobre él. Te enfermas del hígado y los ojos se te ponen amarillos. Cómo puede haber especialistas en ojos? La ciencia escindió todo. Y lo más grave es que escindió el cuerpo del alma. Antes, si no tenías un flemón o no te habías roto una pierna no estabas enfermo, eras un malade imaginaire.
Colocó de nuevo la piedrita en su lugar.
Se paró y se apoyó en la balaustrada.
—Ahí abajo tenés el mundo que hemos logrado, el producto de la ciencia. Pronto tendremos que vivir en jaulas de vidrio. Dios mío, cómo es posible que esto pueda ser el ideal de nadie.
Silvia meditaba. Luego él volvió a sentarse.
—El mito, como el arte, es un lenguaje. Expresa cierto tipo de realidad del único modo en que esa realidad puede expresarse, y es irreductible a otro lenguaje. Te pongo un ejemplo sencillo: acabas de oír un cuarteto de Béla Bartók, salís y alguien te pide que se lo "expliques". Claro, nadie comete semejante idiotez. Y sin embargo hacemos eso con un mito. O con una obra literaria. A cada momento alguien me pide que le explique eso del Informe sobre Ciegos. Lo mismo pasa con los sueños. La gente quiere que le expliquen la pesadilla. Pero el sueño expresa una realidad de la única manera en que esa realidad puede expresarse.
Se quedó pensando.
—Es curioso —dijo después— que un hombre como Kosik admita ese papel revelador para el arte pero no para el mito. Ahí es donde le aparece ese resto de pensamiento ilustrado. Pero cuando habla del mito dice más o menos que gracias a la razón dialéctica podemos pasar de la simple opinión a la ciencia, del mito a la verdad. Ves? El mito es una especie de mentira, una mistificación. Se "progresa" pasando del pensamiento mágico al pensamiento racional. Lo mismo le pasaba a Freud, con todo su genio. De paso, siempre me llamó la atención una dualidad en Freud. Un genio bifronte: por un lado, su intuición de la inconciencia, de las tinieblas, lo hace pariente de los románticos; por el otro lado, su formación positivista lo hace una especie de Dr. Arrambide.
—Arrambide?
—No, estaba pensando para mí mismo.
Se quedó nuevamente pensativo, y después volvió a hablarle:
—La luz contra las tinieblas. Es inútil, lo tienen muy metido. Siempre han estado convencidos de que las creaciones mitológicas deben tener un sentido inteligible. Y que si lo ocultan con imágenes fantásticas y símbolos, hay que "desenmascararlo". Es curioso lo que pasa con Kosik... Cuando leas su libro verás qué tipo excepcional. Y sin embargo... Por un lado dice que el arte es desmitificador y revolucionario, ya que conduce de las ideas falsas a la realidad misma. Pero no comprende lo del mito. Un sueño, por ejemplo, es siempre una pura verdad. Cómo puede mentir? Lo mismo pasa con el arte, cuando es profundo. Una doctrina de derecho puede ser una mistificación, puede ser el instrumento que usa una clase privilegiada para eternizarse legalmente. Pero cómo puede ser una mistificación el QUIJOTE?
Por primera vez, después de mucho tiempo, en que parecía haberse mantenido vuelta hacia su interior, cavilando, Silvia observó:
—De acuerdo. Pero creo que hay una parte de verdad en el marxismo, cuando considera que el arte no se produce sobre la nada sino sobre un tipo de sociedad. Hay, sea como sea, una relación entre el arte y la sociedad. Una homología.
—Claro. Hay alguna relación entre el arte y la sociedad, como hay alguna relación entre una pesadilla y la vida diurna. Pero esa palabra alguna es la que tenemos que examinar con lupa, porque de allí provienen todos los errores. Porque Proust era un niño bien su literatura es la expresión podrida de una sociedad injusta, te afirman. Comprendés? Hay una relación, pero no tiene por qué ser directa. Puede ser inversa, antagónica, una rebelión. No un reflejo, ese famoso reflejo. Es un acto creativo con que el hombre enriquece la realidad. El propio Marx afirmaba que es el hombre el que produce al hombre. Lo que es tan opuesto a ese célebre reflejo como una patada a un espejo. Y en esto como en tanta otra manifestación del marxismo, hay que sacarle el sombrero a Hegel, y a su idea de la autocreación del hombre. Ese ser que se crea a sí mismo lo hace a través de todo lo que el espíritu subjetivo es capaz de hacer: desde una locomotora hasta un poema. Vení, tomemos un café.
Caminaron hacia Brasil y Defensa.
—En esa reunión absurda no tuve ni calma ni paciencia ni ganas de explicar todo esto. Y, además, no tengo por qué dar examen delante de pedantuelos como Araujo, que acaba de descubrir el marxismo hace 27 minutos en algún manualito. Estos revolucionarios no ven más que intereses de clase enmascarados en cualquier obra de arte que venga de la clase privilegiada. Hacen mucho daño, porque luego hay gente que presume de refutar a Marx refutando a estas caricaturas. Marx admiraba al monárquico Balzac y se reía, en cambio, de un comunista llamado Vallés que había escrito una obra llamada, me parece, L’INSURGÉ. Y habría despreciado esta literatura proletaria que en Rusia meten a sangre y fuego. Entre esos productos y las obras de ese snob del Barrio Sexto que se moría por las duquesas, no cabe duda: el que subsistirá será ese niño bien.
Pasaron de nuevo frente a los leones.
—Es que la creación artística surge de todo el ser humano. Oís? De todo: no sólo de la parte conciente, de las ideas que pueden ser equivocadas, que generalmente lo son (hasta Aristóteles se equivocó fiero) sino de regiones que no alcanzan a ser alteradas por las relaciones económicas. Hoy sigue habiendo edipos, como en la época de Sófocles. Los edipos no tienen nada que ver con las relaciones económicas griegas. Problemas de la vida y de la muerte, de la finitud, de la angustia y la esperanza. Límites de la condición humana, que existen desde que el hombre es hombre. Por eso los trágicos griegos nos siguen emocionando aunque las estructuras sociales en que surgieron no existan más.
Cuando llegaron al café y vio que eran más de las 8, S. le dijo que tenía que irse. Un día, a lo mejor, volverían a hablar.
Cuándo?
No lo sabía.
Pero podía escribirle?
Sí.
Le contestaría?
Sí.