Argentina llegó a Malvinas en 1820 y empezó un desarrollo demográfico y económico. Pero, alertado por los Estados Unidos, Inglaterra se apoderó de las islas en 1833. Ahí comenzó nuestro reclamo que aún perdura.
A lo largo de nuestra historia, y antes de la guerra de 1982, mucha gente opinó sobre aquellas islas situadas a 13 mil kilómetros del Reino Unido, llamadas de San Antonio por los hombres de Magallanes en 1520, Malvinas por los franceses de Saint Maló que las divisaron en el año 1708, y Falklands por los usurpadores, en homenaje a un tesorero del Almirantazgo inglés.
El 27 de octubre de 1820, cumpliendo órdenes del ministro de Guerra y Marina Matías Irigoyen, llegó a Puerto Soledad, al mando de la fragata "Heroína", el ex coronel del ejército norteamericano David Jewett, que desde 1815 estaba al servicio de las Provincias Unidas. El marino le escribía orgulloso al gobierno:
dijo:Tengo el honor de informar a usted de mi llegada a este puerto, comisionado por el superior gobierno de las Provincias Unidas de la América del Sud, para tomar posesión de estas islas en nombre del país al que naturalmente pertenecen por la Ley Natural.
El 10 de junio de 1829, el gobernador delegado Martín Rodríguez creó la Comandancia política y militar de Soledad y designó a su frente al comerciante alemán -nacionalizado argentino- Luis Vernet. El decreto establecía la continuidad histórica y jurídica de los derechos soberanos:
dijo:Habiendo entrado el gobierno de la República en la sucesión de todos los derechos que tenía sobre estas provincias, la antigua metrópoli, y de que gozaban sus virreyes, ha seguido ejerciendo actos de dominio en dichas (…), a pesar de que las circunstancias no han permitido hasta ahora dar a aquella parte del territorio de la República la atención y cuidado que su importancia exige.
Vernet llevó adelante una activa comandancia: construyó viviendas, levantó un relevamiento topográfico, montó un saladero de pescado y carne, una curtiembre y logró construir la goleta Aguila. Apresó a los balleneros norteamericanos Harriet y Superior, que estaban cargando pieles de foca sin permiso, mientras que un tercero que desarrollaba las mismas actividades pudo escapar.
Los norteamericanos no se iban a quedar tranquilos y el 28 de diciembre, Día de los Inocentes de 1831, el capitán Silas Duncan –al mando de la fragata estadounidense Lexington- desembarcó en puerto Soledad atacó sus instalaciones, destrozó la artillería, quemó la pólvora, tomó prisioneros a seis oficiales argentinos, arrió la bandera celeste y blanca y declaro a las Islas “libres de todo gobierno”.
El cónsul Slacum y el encargado de negocios Bayles fueron declarados personas no gratas y expulsados del país. Pero antes de partir, los agentes le “avisaron” al ministro inglés, John Woodbine Parish, que los Estados Unidos sólo pretendían permisos de pesca y que las islas estaban desguarnecidas y muy fáciles de tomar, invitando a los súbditos de Su Graciosa Majestad a invadir las islas, cosa que hicieron en enero de 1833.
Rosas intentó canjear las Islas por la cancelación del empréstito contraído por Rivadavia con la casa Baring en 1824, nuestra primer deuda externa. La misión le fue encomendada al embajador argentino en Londres, Manuel Moreno, hermano de Mariano. La idea era impracticable porque si Inglaterra se sentaba a negociar, estaba reconociendo la soberanía argentina, cosa que no estaba ni está dispuesta a aceptar.
El 25 de julio de 1848 se debatió en el Parlamento el presupuesto del Imperio y William Molesworth dijo en su discurso:
dijo:Ocurren aquí las miserables Islas Malvinas, donde no se da trigo, donde no crecen árboles. Decididamente, soy del parecer que esta inútil posesión se devuelva, desde luego, al gobierno de Buenos Aires que justamente lo reclama. {1}
José Hernández, el autor del Martín Fierro, escribía en su periódico El Río de la Plata en 1869:
dijo:La República Argentina mantuvo siempre sobre las Islas su indisputable derecho de soberanía. Penetrados nuestros primeros gobiernos de la necesidad de afirmar la posesión de ese derecho por la explotación industrial de aquellas Islas, hicieron con ese fin algunos esfuerzos meritorios.
El célebre Paul Groussac escribía en 1910:
dijo:La República Argentina no pretende que Inglaterra le de la causa por ganada; pide que su litigio sea juzgado por jueces, rehusándose a tener por tales a los oficiales y funcionarios ingleses que le han impuesto la ley del más fuerte.
El primer diputado socialista de América, y gran estudioso del tema Malvinas, Alfredo Palacios, dijo en el Parlamento:
dijo:El derecho de nuestra Argentina a la soberanía de las Malvinas es innegable. A pesar de ello, una de las naciones más poderosas del mundo, abusando de la fuerza, las mantiene en su poder. Es imperioso que el pueblo conozca su derecho. (…) El fracaso del usurpador está en nuestro reclamo constante. Ya contestó Groussac. No hay que dejar decir que los esfuerzos fueron nulos porque el detentador conserve la posesión ilegítima sin obstáculos. La resistencia obstinada al hecho cumplido, que persiste siempre, no es estéril. He proporcionado en primer término un modelo y una lección para la enseñanza de la cátedra y el libro y he incorporado al derecho de gentes actual esta idea esencial: que la cuestión de las Malvinas es una cuestión pendiente… ¡Que los jóvenes mantengan encendido su idealismo y no entre en sus corazones ni la claudicación ni la cobardía!
Durante el primer gobierno peronista se produjo una agresión inglesa a una base argentina en la Antártida; las fuerzas argentinas repelieron el ataque. Así se refería Perón al episodio:
dijo:Inglaterra envió una fragata y destruyó uno de nuestros refugios. La guarnición nuestra era pequeña, pero amenazando con las ametralladoras dieron a los ingleses cinco minutos para que abandonaran aquella tierra. Los ingleses se marcharon pero dejaron su bandera izada en el refugio que habían destruido y un cabo nuestro la arrancó y se la arrojó al bote en que los ingleses huían. Vino a verme el embajador británico y tuve con él una conversación amistosa, en la cual me preguntó: ‘¿Cómo van a arreglar ustedes ese asunto de la Antártida?’ Le contesté: ‘¿Qué derecho tienen ustedes en la Antártida?’ y me replicó: ‘La Antártida es una prolongación de Malvinas.’ Y fue entonces cuando le dije: ‘Sí, eso me recuerda a un tipo que me robó un perro y al otro día vino a buscar el collar.’
{1} Morning Chronicle, Londres, 27 de julio de 1848.
-Felipe Pigna, 01-04-12.
La intimación de Onslow
El día de la invasión
Tras la usurpación aconsejada por los norteamericanos, el jefe de la estación naval británica en América del Sur, Sir Thomas Baker, impartió la orden y el 2 de enero de 1833 se presentó en Malvinas la corbeta Onslow. Así intimidaba a la rendición:
dijo:Debo informaros que he recibido órdenes del Comandante en Jefe de las fuerzas navales de S.M.B., para hacer efectivo el derecho de soberanía de S.M.B. sobre las islas Falkland. Siendo mi intención izar mañana el pabellón de la Gran Bretaña, os pido tengáis a bien arriar el vuestro.
-
Primeros reclamos
La defensa de Sarmiento
En sus funciones como embajador de nuestro país en los Estados Unidos (1865-1868), Domingo Faustino Sarmiento reclamó enérgicamente varias veces a ese gobierno por varios motivos, pero principalmente por inducir al Reino Unido a apoderarse de las Islas Malvinas:
dijo:Los ultrajes hechos a la soberanía de la República Argentina por un cónsul y un comandante de buque de los Estados Unidos, cohonestados por un ministro de esta nación, y la negativa final de éste a discutir el asunto y ofrecer reparación del agravio con indemnización de los daños, es el primer hecho de los que a su ejemplo repitieron más tarde las naciones europeas con las nacientes repúblicas, atropellándolas con la fuerza y enajenándoles justicia.
dijo:Pero no sería éste el cargo más grave que habría que hacer a la diplomacia norteamericana, y por el que debiera dar una reparación su gobierno, sino el de la pérdida de las islas Malvinas, poseídas en justo título por España durante cuarenta años, y por la República Argentina durante veinte; puesto que fueron fuerzas norteamericanas las que las despoblaron, y las doctrinas del Ministro Baylles las que indujeron a Inglaterra finalmente a apoderarse de ellas.