InicioApuntes Y MonografiasJusticia para Kristine



Para ganarse el sustento, Kristine tenía que trabajar muchas horas como cocinera y sirvienta, y atender a los odiosos huéspedes de su tía. "Tráeme una toalla del cuarto de tu tía”, le pidió Marlon Abrigo, un novio esporádico de Joanne, de veintitantos años, hijo de un policía. Se había refugiado en la casa de Joanne ya que sus padres, hartos de que bebiera tanto, lo habían echado. Desde la entrada del baño, Abrigo vio cómo Kristine subía las escaleras hasta la habitación de su tía. No quería una toalla. Lo que tenía en mente era otra cosa...

Abrigo irrumpió de repente, empujando la puerta del baño con tanta fuerza que golpeó a la nena en la cara. Ella se movió hacia atrás, aturdida y tambaleándose. Luego, a pesar de sus esfuerzos desesperados por defenderse, Abrigo la agarró y la tiró sobre la cama. Sujetándole las muñecas detrás de la espalda con una mano, le rasgó la ropa interior con la otra, y entonces la violó salvajemente.

Una vez que terminó, le dijo que, si se lo decía a alguien, la mataría. Esto ocurrió en abril de 1999. Kristine tenía apenas 13 años. Pasaron algunas semanas, y Abrigo finalmente se fue de la casa. Joanne había observado que su sobrina, normalmente optimista y llena de energía, estaba deprimida y desganada. Le preguntó si le pasaba algo malo. Sollozando, Kristine le contó la brutal violación de la que había sido víctima.

Consternada, Joanne la llevó a la policía, donde la interrogaron y le hicieron exámenes. Un fiscal concluyó que había pruebas suficientes para someter a juicio al violador, y un juez emitió una orden para detenerlo; sin embargo, la orden nunca fue cumplida: Marlon Abrigo desapareció.

Por razones de seguridad, las autoridades enviaron a Kristine a un albergue para menores violadas. Allí, le proporcionaban a Kristine tres comidas por día y un lugar donde dormir, pero también educación. Todas las semanas, en la escuela dominical a la que asistía, rezaba pidiendo venganza y justicia.

En septiembre de 2000, un joven abogado de 33 años llamado Sean Litton decidía trasladarse a la capital filipina. Conmovido por un discurso de Gary Haugen —un abogado egresado de la Universidad Harvard— donde hablaba sobre Misión Internacional de Justicia (MIJ), una organización no gubernamental evangélica que había fundado en 1997, decidió unirse a MIJ y poner sus habilidades de abogado al servicio de una causa humanitaria. Su primera misión: establecer una filial de MIJ en Filipinas. Este país estaba plagado por el turismo sexual y el tráfico de personas.

En una de sus visitas llegó al albergue donde estaba viviendo Kristine. El abogado les explicó al director y a la trabajadora social a cargo por qué se encontraba allí. —Quiero ser defensor legal de alguien que haya sufrido una injusticia terrible —les dijo—. Entre los expedientes con casos de niñas abusadas sexualmente estaba el de Kristine. Empezó a leerlo rápidamente y descubrió un dato perturbador: la brigada policial encargada de cumplir la orden de detención trabajaba en la misma estación que el padre de Abrigo.

Luego pidió hablar con Kristine y acordaron luchar juntos para condenar al agresor. Litton sabía que el caso no llevaría a ninguna parte hasta que Marlon Abrigo fuera localizado. No cabía esperar ninguna ayuda de la policía filipina. Él tendría que hacerlo solo. Alguien le sugirió que intentara poner una trampa. Pensó en utilizar un premio como anzuelo, y como sabía que a muchos filipinos les gustaba la música pop sentimental, fue a un local de discos y compró un CD de los grandes éxitos de Air Supply. Un amigo lo ayudó a reclutar a un adolescente filipino dispuesto a hacerse pasar como el mensajero del sorteo y entregar el premio, y luego se dirigieron a la última dirección conocida de Marlon Abrigo.

La madre de este abrió la puerta, y el adolescente, que había ensayado bien las respuestas, logró conseguir la dirección de Marlon. Cuando el muchacho caminó hacia la puerta de Abrigo, Litton se escondió detrás de un auto estacionado. Finalmente apareció el escurridizo Marlon Abrigo. Ahora, el caso de Kristine contra su violador se podría abrir nuevamente. Varias semanas después, Abrigo estaba en la cárcel.

El caso no contaba con ningún testigo ni pruebas de ADN. El resultado iba a depender en gran medida del testimonio que la chica rindiera ante un juez. A finales de marzo de 2001, Kristine subió al estrado en un tribunal. Luego llegó el turno del abogado defensor de Abrigo. Empezó con un implacable ataque a la credibilidad de Kristine, insinuando que su tía Joanne, en venganza porque Abrigo había terminado con ella, le había pedido que inventara la historia de la violación. El abogado además alegó que el violador no había sido Abrigo, sino otro hombre: un tío de Kristine.

La muchacha no se dejó amedrentar. Hubo testigos falsos que podían suscitar dudas suficientes para que exculparan a Abrigo de los cargos. Había que que localizar al tío, rápidamente, y convencerlo para que fuera a testificar. Litton habló con él durante horas, pero el tío, un hombre mayor, no pudo recordar dónde había estado el día en que violaron a Kristine. Frustrado, Litton decidió volver a Manila, pero antes le ofreció al hombre llevarlo en su auto a su casa. El destino quiso que en el camino, el tío encontrara un papel que tenía que mostrar a los agentes de inmigración en los Estados Unidos para que me den permiso de bajar a tierra. Litton revisó los sellos y las fechas del documento. El día en que Kristine fue violada, su tío desembarcó en Portland, Oregon. ¡Era nada menos que la prueba que necesitaba!

El 28 de agosto de 2001, Marlon Abrigo fue declarado culpable de violación, y lo sentenciaron a 30 años de cárcel sin posibilidad de obtener libertad condicional. Cuando fue a buscarla al albergue la chica se quedó muda: no podía creerlo.

En los diez años que han transcurrido desde la condena de Marlon Abrigo, MIJ Filipinas ha ayudado a las autoridades locales a rescatar a más de 500 niñas y mujeres obligadas a prostituirse; a detener a más de 300 sospechosos de explotación sexual; a encarcelar a 22 hombres acusados de violar a niños, y a aprehender a otros 38.

Un programa contra el tráfico de personas emprendido por MIJ Filipinas en Cebú, con la ayuda de una subvención de cinco millones de dólares de la Fundación Bill & Melinda Gates, ha reducido en casi el 80 por ciento el número de víctimas de explotación sexual entre la población infantil.

Ese es el legado de la lucha de Sean Litton y Kristine. Hoy día Kristine tiene 25 años, está casada y es madre de un nene de tres años. En 2008 cumplió la promesa que les hizo a sus padres: obtuvo un título universitario en Trabajo Social.

En cuanto a Sean Litton, nuevamente reside en Washington, D.C., y ahora es vicepresidente de operaciones de campo de MIJ.

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