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Los aztecas, su modo de vida


Todo es controvertido en cuantos a los aztecas. Hasta el propio nombre, pues hay autores que creen más adecuado el de mexica. Por ejemplo, Robert Barlow aduce que los integrantes de la propia comunidad se autodenominan mexicas y no aztecas, y propone que se hable del imperio culhua-mexica, que fue el nombre que durante la conquista habían oído Cortés y Bernal Díaz del Castillo. Y ello sería así por estar emparentada esta cultura con la tolteca.
Pero lo cierto es que el término azteca en sentido estricto se refería a los habitantes de Aztlán, y actualmente es usado de manera genérica, sobre todo en el mundo anglosajón, a pesar de que muchos eruditos sigan prefiriendo el de mexica. Por eso se ha llegado a la conclusión de utilizar el término azteca de manera más genérica para referirnos a todos aquellos pueblos que compartía la misma lengua-el nahualt- las mismas tradiciones y la misma cultura; pues el término mexica es más particular y se refiere solo a un pueblo.
Por lo cual se habla de azteca en el sentido de un imperio completo, con una pluralidad de pueblos. Y hay incluso otros historiadores y estudiosos que pretenden hablar de la cultura nahualt, aunque resulte más práctico hablar de aztecas para referirnos a la cultura prehispánica, y quedarnos con el gentilicio de mexica para hablar exclusivamente de los habitantes de las dos ciudades gemelas, Tenotchtitlán y Tlatelolco.
Los aztecas dominaban una amplia área geográfica y su capital, Tenotchitlán, era de las ciudades más grandes y pobladas del momento. Tenían una sociedad estamental, que se basaba en una agricultura intensiva, sobre todo del maíz. Otra parte de su sustento venía de los tributos que cobraban a los pueblos que habían sido sometidos mediante la conquista. El azteca era un estado de corte expansionista, que usaba la guerra para hacerse con nuevos territorios que le proporcionasen tributos y esclavos para usar en sus rituales religiosos, que exigían sacrificios humanos. En el momento en que llegan los españoles, tanto en imperio azteca como el inca, en el sur del continente, están en pleno apogeo, aunque en el caso del azteca uno de sus principales puntos flacos es el profundo descontento de muchos de los pueblos sometidos. Muchos de ellos prefieren ponerse a las órdenes de los conquistadores españoles para sacudirse el yugo azteca.

En el período clásico (150-750d.C) el gran centro económico, religioso y cultural es la ciudad de Teotihuacán, al norte del valle central de México, y su influencia llegaba a la cultura maya, asentada en lo que hoy es Guatemala. El imperio azteca es deudor en buena medida de esta cultura y cuando entra en decadencia, alrededor del 950, empiezan a destacar otras ciudades como Xochicalco, Cacaxtla y Teotenango. Ahora el panorama es más disperso que cuando Teotihuacán era el centro político, y las ciudades-estado a menudo tienen un carácter más heterogéneo y multiétnico. Será en el período llamado postclásico (950-1520), cuando se desarrolle plenamente la cultura azteca. Al principio hubo una hegemonía tolteca como cultura continuadora de Teotihuacán, y será en todo caso el referente más próximo de la cultura azteca. Puede decirse que el período azteca propiamente dicho se inicia con la caída de Tollán, allá por el año 1175, y llegaría hasta la época prehispánica. La inestabilidad política y una época de malas cosechas influyen en los movimientos de la población, que emigra buscando una vida mejor. A partir del siglo XII las condiciones climáticas mejoran y muchos pueblos agricultores del norte emigran más al sur, especialmente los chichimecas. Surge en zonas como Aztlán o Teoculhuacán una alta cultura mesoamericana con la herencia tolteca. Una de las cosas que nos ayudan a distinguir las dos culturas, tolteca y azteca, es la cerámica, porque en el Altiplano central no se conocía la cerámica anaranjada de los aztecas.
Ya hemos dicho que la sociedad azteca es fundamentalmente estamental y el punto más alto de la pirámide lo ocupa la nobleza, o PIPILTIN, que tenía la mayor parte de los privilegios que le estaba n vedados al pueblo llano o MACEHUALTIN. La nobleza era la poseedora de las tierras, ya por herencia o por conquista, que eran trabajadas por los campesinos, que debían pagar una renta en especie o en trabajo. Los pilpitin controlaban toda la economía, a través de la agricultura, el comercio y los tributos. Pero además los nobles componían también la clase guerrera, y disfrutaban del poder y la fuerza, por lo cual la nobleza podía identificarse con el estado. Dentro de los nobles, empero, había rangos. El principal lo ostentaba el TLATOANI, que venía a ser una especie de rey, con poder de vida y muerte sobre sus súbditos, y autoridad religiosa, militar, civil y política. Estaba al frente del palacio o tecpán. El segundo mandatario era el CIHUACOATL, que a veces sustituía al tlatoani en algunas de sus funciones. De rango menor eran los TETCUTIN, que solían ostentar cargos de menos importancia, aunque también eran nobles.
Los nobles lo eran por nacimiento y tenían reservada una estancia en el tecpán. Era muy difícil en la sociedad azteca cambiar de categoría, pero podía hacerse, bien por méritos en la batalla o por ser buen comerciante. No se puede hablar realmente de una clase media azteca, aunque algunos autores han querido ver de esta forma a aquellos comerciantes muy prósperos o a los artesanos muy hábiles, que serán llamados POCHTECA.


Se llamaba ALTEPETETE a un asentamiento humano, cuyo tamaño podía ser variable, pero que siempre debía tener un centro urbano, con un tecpan, residencia del Tlatoani, un templo y un mercado; así como una población compuesta de artesanos, comerciantes y campesinos. También debía incluir en las afueras una zona rural, con tierras de labor.
El cargo de Tlatoani era vitalicio y para acceder a él había dos maneras fundamentales: por herencia paternofilial, que era la más común, y por herencia colateral. Generalmente era el propio Tlatoani quien designaba a su sucesor, o bien un consejo de nobles. Pero, ¿A quién se elegía? Era normal que el Tlatoani tuviera muchos hijos, y en la elección del futuro gobernante tenía mucho que ver quien era la madre. Por eso en la sociedad azteca tenían tanta importancia las alianzas matrimoniales. Generalmente se buscaba que los esposos perteneciesen a un linaje de parecida o similar importancia, para que los herederos tuviesen más posibilidades en la carrera al cargo de Tlatoani. El matrimonio y las reglas de sucesión estaban siempre al servicio del poder. El matrimonio entre los linajes dominantes de los aztecas fue un instrumento político usado a menudo para concertar importantes alianzas.
Entre las ciudades-estado aliadas se intercambiaban tierras y tributos, y los grandes señores admitían en sus territorios a grupos de inmigrantes, concediéndoles tierras donde asentarse a cambio de vasallaje. Había una política consciente de intrusión étnica, que significaba un freno a rebeliones regionales. Ya se hizo lo mismo cuando algunos toltecas se adentraron en territorio chichimeca, con el fin de lograr una cierta estabilidad política.
En 1428 se desata la guerra Tepaneca, que convierte a Tenochtitlán en la capital del nuevo imperio, que surgirá de la llamada “Triple Alianza” entre los mexicas de Tenochtitlán, los acolhas de Tetzcoco y los tepanecas de Hacopan.
La expansión del imperio tenía como primera finalidad la económica, mediante la apropiación de tierras y el sometimiento de los pueblos vencidos a la entrega de un tributo. Por eso el imperio recurre a dos estrategias: implantar un sistema de provincias tributarias para recaudar tributos en todos los territorios bajo su dominio, y distribuir estratégicamente asentamientos militares para contener a las grandes confederaciones enemigas. Por tributo se entendía tanto la entrega de productos y mercancías como la entrega de personas, bien para realizar trabajos, para ser soldados o como víctimas de los sacrificios rituales. Los CALPIXQUE eran funcionarios encargados de recoger los tributos y que representaban en algunos actos al Tlattoani cuando recorrían las provincias.
El imperio mexica de la Triple Alianza va paulatinamente acercándose a un sistema más centralizado que alcanza su punto culminante en el reinado de Moctezuma. Cada día la capital, Tenochtitlán, se convierte más en el eje central de todo el imperio y ello conlleva la ruptura con la anterior hegemonía multiétnica. La expansión imperial que habían llevado a cabo Ahuitzolt y Moctezuma redunda en un mayor beneficio y preeminencia de la capital. Moctezuma acabó apartando a los nobles que habían llegado a serlo por méritos propios en beneficio de los nobles por sangre y nacimiento, en vías de consolidar su propio poder. Quería a su lado tan solo a sus propios parientes y allegados, en una política endogámica que eleva al poder a la elite dominante.
A pesar de todo hay algunos autores que niegan que a la llegada de los españoles hubiese en realidad un imperio en sentido estricto, sino tan solo una serie de confederaciones de tribus. Para otros muchos estudiosos el nivel de organización como estado era el detonante de ser o no un imperio; y por eso, aunque es indudable que el estado como tal existía, es más dudoso el término imperio. Y hay un tercer grupo, en el que se encuentra Robert Barlow, que habla de imperio como tal, y estaría dividido en 38 provincias tributarias. Una de las cosas que hacía difícil hablar de imperio era que no contaban con un ejército permanente, además de que permitían la existencia de gobiernos locales, aparte del central. De hecho, dentro de sus dominios había numerosas rebeliones. Realmente a los señores locales se les permitía cierta autonomía en todo aquello que no interfiriese en los intereses del imperio.
La sociedad azteca tenía una estructura militar en cuyo vértice estaban los nobles y en la base los reclutados entre el pueblo llano como guerreros. Parece ser que también existían emplazamientos, a menudo fortificados, que se localizaban sobre todo en las zonas fronterizas y donde se colocaba a las tropas; aunque a veces estas labores eran realizadas por los pueblos sometidos como parte del pago de su tributo; con lo cual el trabajo de defensa que realizaban no siempre era el mejor.
Al no haber en la época animales de tiro ni conocerse el uso de la rueda, el transporte se limitaba al que se podía hacer mediante embarcaciones, y de ahí la importancia de la capital, que estaba en una zona lacustre, y que podría explicar también la hegemonía de los mexica.
La religión de los mexica era la misma que se venía practicando en Mesoamérica, aunque trasplantada y reinventada para que sirviese a la ideología del imperio. Lo que empezó como una religión de tintes agrícolas y de cultos relacionados con la tierra, se fue transformando cada vez más en una religión de corte belicista, que servía de acicate para la expansión imperial. La política y la religión estaban estrechamente unidas, y de hecho en la sociedad azteca no hay una clase sacerdotal propiamente dicha, y la mayoría de las veces es el Tlaotani quien ejerce también las funciones religiosas. El dios Huitzilopochtli, después de triunfar sobre sus enemigos, guía a su pueblo hacia donde ha de fundarse la capital, tratando de legitimar la política imperial expansionista. Este dios les enseña el arte de la guerra y necesita de sacrificios humanos para ser alimentado con su sangre y su carne. Viene a suplantar en buena medida al dios tolteca Quetzalcoatl, aunque en muchos lugares todavía se le siga venerando.
En la sociedad azteca los niños acudían a una especie de templo-escuela donde aprendían las normas y el valor de la comunidad. Debían pasar por pruebas físicas de gran dureza, aprender cantos y bailes, además de técnicas de trabajo agrícola. Había dos zonas diferenciadas: donde estudiaban los niños del pueblo llano, lo que se llamaba “Casa de los Jóvenes”, y el CALMECAC, donde solo se entrenaban los hijos de nobles, que también aprendían a escribir y a usar el calendario.
La figura del Tlatoani se identificaba con la del dios del sol y participaba personalmente en ceremonias que exigían sacrificios humanos. Los nobles también participaban, como parte de sus privilegios, en estas ceremonias. El pueblo tenía sus propios rituales, aunque mucho más sencillos.
Los códices pictoglíficos estaban ligados a la educación, a los rituales religiosos y también a usos administrativos, como la contabilidad de los tributos, censos o delimitación de las tierras. Se estudiaban exclusivamente en el calmecac.
Una de las cosas que más ha llamado la atención de la sociedad azteca siempre han sido los sacrificios humanos masivos, aunque no sea algo propio solamente de esta cultura, sino de todo Mesoamérica, al menos desde el período preclásico. Cuando más se extiende el imperio, más sacrificios se realizan, porque también había mayor cantidad de prisioneros de guerra.
¿Por qué se realizaban estos sacrificios? Una explicación simplista contesta que para aplacar a los dioses y que sigan protegiendo al pueblo, con lo cual sería ético que muriesen unos pocos para salvar a la mayoría. Como a veces se practicaba la antropofagia, también se ha intentado explicar como una necesidad extra de proteínas en la dieta. Se ha explicado también como una manera de nivelar la población, o incluso como una base de terror, para inculcar a los enemigos el miedo al poder del estado. Además, el sacrificio humano de prisioneros era una manera más de prolongar la victoria, reduciendo el riesgo de rebelión por medio del terror. Era también una demostración de poderío militar, y por eso los sacrificios se llevaban a cabo en público y alardeando de ello. Era una manera política de hacer visible el poderío de dominación sobre los enemigos.
En la sociedad azteca el individuo tiene poca libertad para la iniciativa propia, al menos en las clases más desfavorecidas, y no es tan sencillo cambiar el estamento en el que se ha nacido. La propaganda del terror no sólo se dirige hacia los enemigos, sino también al pueblo llano. Cuando presenciaban los rituales de sacrificio, tanto los esclavos como los hombres libres de menor rango eran conscientes de que a la menor infracción era posible que les ocurriese otro tanto.
Generalmente los rituales se hacían presentes en los relieves conmemorativos de los templos, y sobre todo en los altares y piedras de sacrificio. Las referencias históricas que los pueblos aztecas buscan se remontan a Tollán y Xoltotl. La dinastía reinante en Tenochtitlán afirma sus raíces toltecas a través de Acauanapichutl, su primer Tlatoani heredero de la tradición tolteca. La búsqueda de la legitimidad de los gobernantes se enfoca sobre la antigüedad del linaje.
Otro elemento de propaganda de la cultura azteca era la GUERRA FLORIDA O XOCHIYAOLTL, un combate ritual en el que se enfrentaban dos nobles de pueblos enemigos, y cada bando intentaba conseguir prisioneros para los sacrificios rituales. En el códice Mendoza hay sobrados relatos de esta costumbre.
La nobleza en su interés de mantener sus privilegios intentaba mantener por medio de alianzas matrimoniales una buena relación con los nobles de poblados vecinos. Incluso cuando había que dar muerte a un Tlaotani se hacía siguiendo unas normas y no de la misma manera que para ejecutar a un plebeyo. Se trataba de hacer diferencias incluso en la manera de morir, como ya las había en la de vivir.
El concepto de deuda en la Filosofía azteca rige las relaciones entre los hombres y los dioses, y entre el Tlatoani y sus vasallos. “El vasallo lo es porque su señor lo ha merecido mediante una penitencia, por lo cual le debe la vida”. Por tanto, el Tlatoani pasa a ser el padre de sus súbditos. Es decir, los hombres le deben la vida a los dioses, que se sacrifican para merecerlos, al igual que los vasallos deben la suya a los señores. Para pagar esta deuda es necesario ofrecer el TEQUITE o tributo, y cuando no se hace así la pena puede ser el destierro o la muerte. Podía haber lo que se llama “pacto tributario” por el cual quienes son sometidos por las armas se obligan a servir a sus conquistadores y entregarles un tributo en forma de mercancías o servicios, y que se basa en el Contrato de Iztcoatl, que tiene su origen en la legitimidad de un sistema político que se basa en la victoria en el campo de batalla. Este mito viene a encajar perfectamente con el concepto de la deuda y también responde a la necesidad de un estado centralizador, para crear una ideología que legitime la posición dominante de una clase privilegiada.
Generalmente cuando los mexica vencen a un enemigo dejan el gobierno a los señores locales a cambio de pagar los correspondientes tributos, pero esta no es la única posibilidad. En otras ocasiones se ejecutaba al Tlatoani vencido y se colocaba en su lugar a un noble mexica, con la consiguiente intervención en el gobierno del territorio conquistado. Y no basta con la muerte del Tlatoani, sino que también se solía ejecutar a sus descendientes para evitar rebeliones. En otras pocas ocasiones se ejecuta al Tlatoani y se coloca en su lugar a uno de sus herederos, pero casi siempre de la línea colateral y no heredero directo.
Las ciudades de Tenochtitlán y Tlatelolco eran al principio simples alteptea los que un tlatoani concedió permiso para entronizar a un rey, y nace así un tlatocayotl, en el que generalmente la madre del heredero será una princesa del tlatocayotl dominante. Después de una conquista se tiende a instaurar una estructura política que permita mantener el control de la zona conquistada, y cuando no se logra de buen grado, se emplea la fuerza. A menudo se hace uso de un interregno militar hasta que las aguas vuelven a su cauce y el territorio queda totalmente pacificado.
La tierra es la base del poder político y por eso cuando se hacía una nueva conquista, se repartían tierras entre los nobles, para mantenerles contentos. Además se servían de campañas de colonización para contener las fronteras ante posibles futuras invasiones. Otro punto importante en la economía eran los mercados. El imperio mexica los reordena de acuerdo al poder que desee otorgar a cada territorio, y los traslada de un lugar a otro en su propio beneficio y en aras de un mayor control político. En todas las fuentes se habla de la importancia del mercado de Tlatelolco.
No sabemos exactamente si cuando se conquistan nuevas tierras se les impone la religión y la cultura azteca, aunque lo más probable es que si, porque además hay que tener en cuenta que las raíces de conquistadores y conquistados son parecidas. De hecho el nahuatl era la lengua franca de toda la zona. Algo que si parece probado es que se importó a todos los lugares del imperio el sacrificio humano de los prisioneros de guerra por medio de la evisceración, si bien es verdad que en algunos lugares ya estaba implantado.
Muchas veces los señores locales eran obligados a fijar su residencia en la capital para que así el tlatoani pudiera mantenerles mejor vigilados, junto con todas sus mujeres y séquito, que pasaban al servicio del rey. Incluso a los hijos de estos señores se les educaba en la capital, y desde su más tierna infancia se les imbuía la idea de que la fidelidad al tlatoani era la razón de su vida. No queda ninguna duda, en todo caso, de que Tenochtitlán era el centro de todo el imperio y que todas las demás provincias tributarias dependían directamente de lo que allí se decidía, aunque no todas ellas eran igual de importantes.
Los aztecas tenían sus propios códices, generalmente hechos con piel de animales. Los principales códices prehispánicos son: el códice Borbónico, el Tonlamatl Aubin y el códice Boturini, que cuenta el viaje del pueblo mexica desde Aztlán a Colhuacán. La gran desgracia es que los españoles destruyeron muchos templos, imágenes y códices por considerarlos obra del demonio, aunque poco a poco empezaron a darse cuenta de su valor e incluso se preocuparon de que perdurasen. El códice Mendoza fue mandado elaborar por el virrey Mendoza de Nueva España, mediante la copia de documentos que ya existían, y a los glifos indígenas se añadieron glosas en castellano para explicar su significado. El problema en alguno de estos códices es separar que elementos son puramente indígenas y cuales se añadieron después.
En los primeros años los franciscanos están muy presentes en la colonización, y se destruyen importantes vestigios de la cultura azteca, e incluso algún señor local acabó en la hoguera por seguir practicando su religión. Pero a medida que pasa el tiempo se dan cuenta de que mientras ellos mismos no conozcan la cultura indígena y sepan llegar hasta ellos, poco avanzará la evangelización. Por eso se preocupan de salvaguardar los vestigios prehispánicos y de aprender ellos mismos la lengua nauhatl. Podemos hablar de los padres Alonso de Molina, Andrés de Olmos o Bernardino de Sahagún, que elaboraron gramáticas en esa lengua, y redactaron historias de gran valor para conocer la cultura azteca. Fueron los religiosos quienes crearon las escuelas de indígenas en las ciudades de Tlatelolco y Teztzcoco. La propia corona se preocupaba de conservar la cultura indígena porque pensaban que era necesario conocer la realidad para un mayor aprovechamiento de las nuevas tierras. El mejor ejemplo de esta preocupación fueron las llamadas Relaciones geográficas. Los propios indígenas, a medida que iban progresando en su alfabetización nos ofrecen obras interesantes sobre su cultura. Ejemplo de ello son Domingo Chimalpahui y Fernando Alvarado Tezozómoc. Algunos de ellos eran mestizos, hijos de padre español y madre azteca, a veces de sangre real. La nobleza indígena también escribe cartas al rey de España en donde se narran episodios de la gloria de sus antepasados y de sus costumbres, y son una importante fuente de conocimiento.
Pero cuando tratamos con fuentes puramente indígenas hay que tener en cuenta, a la hora de la datación, que el calendario azteca era distinto al nuestro. El suyo giraba en torno a ciclos de 52 años, y como dificultada añadida, en los distintos altepetl podía haber diferentes maneras de medir el tiempo. En los relatos de indígenas en la época hispánica encontramos referentes e influencias frecuentes de la Biblia, porque los primeros educadores habían sido religiosos y lo normal era tratar de emular al maestro. La narrativa azteca tiende a fijarse más en lo anecdótico e individual que en lo general, y por eso dificulta el estudio del hecho histórico en si mismo, además de aludir continuamente a episodios mágicos basados en visiones o presagios.
Antes de la hegemonía mexica ya hemos dicho que la etnia dominante era la tepaneca, aunque esta cultura nunca se llegó a conocer demasiado bien, quizá porque los propios mexica se preocuparon de borrar sus huellas. Sabemos que se organizaban políticamente de una manera similar a como lo hacían la mayoría de los pueblos aztecas; con un señor supremo, el Huey tlatoani de Aztcapotzalco, capital del imperio, aunque algunas fuentes cuentan que probablemente existiese una dualidad de señores en el gobierno. Otras fuentes explican que esta dualidad nace precisamente con la dominación mexica, que introdujo a su propio linaje real de tlatoani, pero a la vez permitió sobrevivir al tlatoani de los tepanecas. Parece que la sucesión era por línea paternofilial, como en los demás pueblos aztecas, y el tlatoani del que más se habla en los códices y Anales es Tezozomoc. Entre los aztecas se prohibía generalmente el matrimonio entre hermanos, pero estaba permitido entre hermanastros; y entre los toltecas eran normales las uniones entre tíos y sobrinos.
Parece ser que los mexica se establecen en el siglo XIII en Chapultepec y después de 52 años aproximadamente son dispersados por una coalición de pueblos del altiplano, y les admiten como vasallos en Colhuacán.
Una de las principales fuentes de estudio del imperio tepaneca son una serie de cartas de los nobles indígenas a Felipe II, escritas en latín, donde hacen un breve resumen de la historia del pueblo tepaneca.
Después de la derrota de Chapultepec los mexicas que sobreviven, como hemos dicho, se establecen en Tizaapan, trabajando en la agricultura y sirviendo de guerreros en la guerra entre Colhuacán y Xoxhimilco. Pero poco a poco, aunque se inició como una relación de vasallaje, los mexicas acabarán mezclándose con sus señores, sobre todo porque los hombres reciben esposas Conhuas. Cuentan los códices que para premiar a un valiente líder mexica le entregan como esposa una princesa de sangre real, y él la desolla y entrega su piel a quien se la había dado, para indicarle que las relaciones entre ellos están rotas. A partir de este momento, como es normal, tienen que marcharse de Colhuacán y puede ser entonces cuando empiezan a gestar la ciudad de Tenochtitlán, que era un territorio deshabitado, donde los mexica tienen que partir de cero. La fecha de fundación de la ciudad está entre 1325 y 1345. Al principio serán dos ciudades: Tlatelolco al norte y Tebochtitlán al sur. No se sabe cual de las dos ciudades se fundó primero, pero si que el islote había pertenecido previamente a los tepanecas, y que en un principio los mexicas están sujetos a vasallaje con Azcapotzalco.
Poco a poco los mexicas van escalando puestos en la organización política de Azcapotcalco, y desde su condición de vasallos fueron pasando a ocupar puestos importantes en el gobierno, sobre todo debido a sus buenas condiciones militares. Antes de que se estableciese el gobierno de los señores, había guerreros que ocupaban esos puestos. Dice algún códice que en Tlatelolco el primer tlatoani fue Cuapitzahuac, hijo de Tezozomoc, y en el códice Azcatitlán se muestra una lámina donde se narra la misma historia. A él le sucede su hijo Tlacateotl, que se casa con una princesa de Coatlichan, enlazando así la estirpe mexica, la tepaneca y los antepasados toltecas.
Los destinos de Tenochtitlán y Tlatelolco fueron paralelos hasta que las dos ciudades se enfrentaron en una guerra y Tlatelolco se convirtió en ciudad vasalla y secundaria. Pero en el tiempo de la hegemonía tepaneca hay fuentes que confirman la preeminencia de Tlatelolco sobre Tenochtitlan, y así se refleja, por ejemplo, en el Códice García Granados.
Los Anales de Tlatelolco nos informan de que los mexicas estaban obligados, al principio de su asentamiento, a entregar tributos a Azcapotzalco, y más tarde se entregaba a un recogedor de tributos que se asentaba en Tlatelolco.
Otras fuentes identifican a un personaje llamado Teutlhuac con un alto mandatario de Tenochtitlán, y a decir de algunos códices podría ser hijo del tlaotani Chimalpopoca, y por tanto, descendiente de la estirpe gobernante tepaneca. En los Anales de Tlatelolco encontramos referencias a la caída de Cohuacán, poco antes de la fundación de Tenochtitlán, y se habla de una fecha aproximada al año 1363.
El altepetl de Chalco era importante por su agricultura y la cercanía a las zonas de lagos; y fue una de las muchas conquistas mexicas. Se dice que sus habitantes tenían su propio tlatoani, y ejercían una importante influencia en las zonas cercanas, que les estaban sometidas. Pero se vieron despojados de su poder y sucumbieron a la alianza entre mexicas, tepanecas y la gente de Itztapalapan. Alrededor del año 1407 Chalco quedaría también obligado al pago de un tributo.
El principio del fin de la civilización azteca puede fecharse hacia 1519, el año del Quetzalcoátl, cuando Cortés llega a México. Apenas transcurren dos años hasta que es arrasada Tenochtitlán, según se narra en los Anales de Tlatelolco. Y en este momento hay que hablar de dos personajes que son parientes, primos, en realidad, pero que actuaron de manera muy distinta: Moctezuma II con un miedo reverencial a los conquistadores, ofreciéndoles toda clase de regalos y prebendas, incluso alojándoles en su propio palacio hasta que fue secuestrado, y Cuauhtemoc, que lucha hasta el final contra Cortés y le pide luego, cuando es vencido, que le de muerte. Siguiendo de manera breve la vida de Cuauhtemoc podemos llegar a saber cómo vivían los aztecas y cómo se educaba a un niño cuyo porvenir y destino era la guerra.
Cuando nacía un varón se situaban al lado de su cuna las armas de su padre, y su cordón umbilical era enterrado en el campo de batalla. Luego se llamaba a los augures para que indicasen qué suerte era la que le esperaba, y según lo que ellos dijesen, se elegía un nombre. A los niños de clase alta y que están destinados a ser guerreros se les educa desde su más tierna infancia de una manera severa y espartana, para que se acostumbren desde pequeños al dolor y al sacrificio. Entre los seis y los trece años se alimentan de tortilla y media de maíz al día y poco más, y deben ayudar a sus padres en los quehaceres domésticos. Cualquier desobediencia es duramente castigada, de diversas maneras: clavándoles en los pies espinas de maguey, con latigazos o haciendo que aspiren humo de chile en las brasas. Cuando alcanzan los doce o trece años deben internarse solos en los bosques a recoger leña y pescar en el lago para alimentar a toda la familia. A los quince años ingresan en el templo o Calmecac, que también hace de colegio, y aprenden sobre todo los misterios de la religión, pero también astronomía y ciencias. Se forjan en el ayuno y la abstinencia, y en el ejercicio de mortificar su cuerpo para acostumbrarse a la dureza de la vida militar.
En el calmecac también se enseña a los jóvenes la historia y tradiciones del pueblo mexica desde que abandonó Aztlan, cuando eran chichimecas, hasta la llegada a Colihuacán y se mezclan con los toltecas.
Cuando los aztecas hacían la guerra no era sólo para destruir a los enemigos y conquistar nuevas tierras, sino también para conseguir prisioneros que luego serían inmolados a los dioses en los teocalli o pirámides solares.
Cuando un joven guerrero conseguía su primer prisionero se le entregaba una manta cuadrada tejida con cuatro rosas; y al que conseguía dos se le daba una manta de color naranja con cenefa rojiza; pudiendo también usar el atavío militar de tocado cónico y el escudo. Las ceremonias de iniciación de los jóvenes empezaban con el agujereado de orejas, labios y narices, para poder llevar las joyas de oro, jade y turquesa propios de los guerreros. Empezaban luego cuarenta días de ayuno, durante los cuales no se lavaban, y tenían que soportar toda clase de insultos y vejaciones. Luego se les entregaban públicamente las armas y se les llevaba por las calles de la ciudad con gran pompa y boato.
El culto al dios Quetzacoatl, la Serpiente Emplumada, data de unos mil años antes de la fundación de Tenochtitlán y así consta en grabados de Teotihuacán y Xochichalco. Este dios en un principio se asociaba al viento y se pensaba que había dado forma al hombre robando unos huesos e impregnándolos de su propia sangre para infundirle vida. Disfrazándose luego de hormiga le habría proporcionado un grano de maíz que sirviera de semilla para tener alimento. En Teotihuacán el culto a la Serpiente Emplumada aparece asociado al culto a un dios benévolo, Tlaloc, deidad de las lluvias y de las buenas cosechas.
Pero más tarde, en los templos de Tula nace un personaje al que también se le llama Quetzacoatl, que al parecer fue rey y sacerdote de Tula, y que obedece también al nombre de Topiltzin. Los Anales de Cuahtitlán le retratan como un hombre blanco y con barba, que enseñó diversos oficios a los toltecas, y que no consentía sacrificios humanos, limitándose a sacrificar aves o reptiles. Esto provocó la ira de los demás dioses, que le emborrachan y en medio de las brumas etílicas comete actos depravados. Cuando se da cuenta de que ya no es casto ni puro, huye de Tula y reaparece en lo que sería la actual Tabasco. Pero antes de desaparecer, anuncia que volverá precedido de estrellas y fenómenos atmosféricos.
Por eso, cuando Cortés llega nadie duda de que se trata del mismo Quetzacoatl, y por eso Moctezuma le envía el tocado con plumas de quetzal.
Dos años antes de la llegada de Cortés a México, y desde la isla de Cuba, sale una expedición capitaneada por Francisco Hernández de Córdoba; y uno de sus lugartenientes, Antón de Alaminos, arriba a una isla enfrente de las costas de Yucatán, llamada Isla Mujeres. Ven tal despliegue de riqueza y joyas en los indígenas, que se animan a seguir y Hernández de Córdoba alcanza Campeche, pero los indios le expulsan y se refugia en la Florida, y desde allí llega a Cuba.
Pero Velázquez, el gobernador de Cuba, decide enviar otra expedición, esta vez al mando de Grijalva, que llega hasta Tabasco, donde termina la influencia maya. Llegan luego a Veracruz, pero temiendo el ataque de los peligrosos indios Huasteca, deciden regresar a Cuba. Estas noticias del desembarco de hombres blancos le llegan a Moctezuma, según sabemos por el Códice Ramírez, y se asombrado al oír como le cuentan que enormes moles, que podían ser casas o montañas, se movían por encima del agua. Moctezuma envía emisarios a Cotastla para que le traigan más noticias, pero ya no tiene demasiadas dudas de que está pronta la llegada de Quetzacoatl.
Es este ambiente de dudas y miedo el que se encuentra Corté a su llegada. ¿Y quién era Cortés? Había nacido en Medellín, en tierras extremeñas, al parecer en una familia hidalga, pero de escasa fortuna. Es enviado a estudiar bachillerato y Leyes a la universidad de Salamanca, pero regresa a casa antes de terminar sus estudios. En 1504, cuando tiene 19 años, se embarca a las Indias, llegando primero a La Española, aunque pronto se trasladará a la isla de Cuba. El fracaso de la expedición de Grijalva hace que él se proponga llevarla a cabo con éxito. Bernal Díaz le describe como “de buenas proporciones, aunque con el rostro a menudo ceñudo, gran señor en el comer y en el vestir, travieso con las mujeres y de conversación franca y amable, además de algo poeta”. Pero es sobre todo sagaz y ambicioso. Este es el hombre que el 10 de febrero de 1519 sale de La Habana con once naves rumbo a Cozumel. Allí se entera de que hay algún cristiano en la zona, pero como no tiene más noticias embarca camino de Tabasco. Apenas ha salido tiene que regresar por un problema que hay que reparar en el barco, y no sale de su asombro cuando desde una canoa un hombre vestido a la manera indígena le saluda en español. Es Jerónimo de Aguilar, de Écija, que se libró de ser sacrificado como muchos de sus compañeros y lleva nueve años como prisionero y conviviendo con los indios, lo cual le ha servido para aprender nahualt a la perfección. Cortés le lleva consigo como intérprete. Al remontar el río Grijalva deben librar una batalla con los indios, y les vencen sin problemas. El cacique del lugar obsequia a Cortés con una veintena de mujeres, y entre ellas hay una que le cautiva, y empezará siendo su amante, para ser luego su intérprete y más tarde su mejor consejera y hasta la madre de su hijo Martín. Hablamos de una india, hija de un cacique local que es capturada como esclava, y que obedece al nombre de Malinalli o Malintzin, a la cual los españoles llaman Malinche, y que más tarde será conocida como Doña Marina. Bernal Díaz la describe como “una india de buen ver, entrometida y desenvuelta”.
Cuando llegan emisarios de Moctezuma pidiendo hablar con el Tlatoani, les recibe Cortés en persona y le entregan, en nombre de su Tlatoani los atavíos sacerdotales, tocados, mantos y joyas; a la par que le piden que no siga su viaje. Cortés recibe los regalos, pero luego ordena que se ate a los embajadores y manda que disparen el cañón más grande de los que llevan. Los aztecas se desmayan del susto. Según cuentan los Anales de Tlatelolco, se le ofrece a Cortés un sacrificio humano, y él, horrorizado, mata con sus propias manos al sacerdote oficiante. Es el inevitable choque cultural entre dos mundos completamente distintos.
Cuando vuelven los embajadores y cuentan su experiencia a Moctezuma, éste se queda aterrorizado y teme que ocurrirá lo peor: no podrán detener a los extranjeros. Y todavía se asustaría más si supiera que alguno de los pueblos tributarios de los mexica se ha unido a los españoles. Cortés se siente más fuerte que nunca porque ha podido ya romper los lazos con el gobernador Velázquez, con el que estaba en malas relaciones, al haber conseguido el permiso a su expedición de mano del propio emperador Carlos I.
En ese buen estado de ánimo llega a la ciudad de Cempoala, capital de la tierra de los totonacas, y les reciben con gran jolgorio y alegría. Cuando llegan los calpixques, recaudadores de impuestos mexicas, son hechos prisioneros por orden de Cortés. Si otro cualquiera hubiese apresado a un mexica de alto rango, la venganza no se hubiese hecho esperar; pero en este caso se pasa por alto. Pero los totonacas ya están comprometidos en el acto de haberles apresado y no les queda más remedio que aliarse con los españoles. Salen de Cempoala unos 400 soldados españoles y 1600 totonacas, que llegan a Xicochimalco, la entrada en las tierras de los nahua, cuyo clima frío le recuerda a Cortés a las tierras castellana y extremeña, y bautiza a la región como Nueva España.
Llega Cortés a la región de Tlaxcala y se aposenta en las afueras de la ciudad. Los tlaxcaltecas tenían pensado atacar a los españoles por la noche, pero éstos son avisados por los totonacas y Cortés castiga a duramente a los habitantes de la zona. El cacique de lugar acaba entregándose a las tropas extranjeras. Se decía que en las montañas de Popatepetl moraba el dios Tlaloc, y el volcán imponía respeto a todo el mundo. El español Gonzalo de Ordaz piensa en escalar la montaña y Cortés le proporciona algunos indios y también soldados. Por todo el lugar se extiende el rumor de que los extranjeros han violado la morada de los dioses.
Cortés sale de Tenochtitlán con rumbo a Cholula, donde estaba el santuario de Quetzacoatl; y como los cholultecas eran enemigos de los mexicas, les reciben con alegría y honores. A poco de llegar le dan noticias a Malinche, no se sabe si verdaderas, de que amigos de Moctezuma planean una rebelión y piensan en matar a Cortés. Éste, sin detenerse a investigar más, ordena la muerte del tlatoani, de la nobleza y los sacerdotes. Fray Bartolomé de las Casas critica este acto duramente en sus escritos. Mueren más de seis mil cholultecas y cuando a Moctezuma le llega la noticia todavía se asusta más y se retira a orar al templo.
Llegan los españoles al valle de México siguiendo la ruta de los volcanes y en Chalco Cortés recibe la visita de Cacamatzin, señor de Texoco, que le agasaja con regalos y viandas. Por fin llegan a su meta, Tenoctitlán, que aparece ante sus ojos como una ciudad prodigiosa, una especie de Venecia del Nuevo Mundo, con sus canales, chinampas y trajineras. En el centro de la isla se situaba el templo mayor, donde había diversas pirámides y espacios para el juego de pelota. Bernal Díaz del Castillo nos describe el palacio de Moctezuma como hecho de piedra y madera de cedro, con salas espaciosas y con grandes patios y jardines. La ciudad gemela, Tlatelolco, no desmerece a la primera.
Moctezuma y otros tlatoanis, como Cuauhtémoc reciben a los extranjeros, y cuando Cortés va a estrechar la mano de Moctezuma, se lo impiden, porque no se le puede tocar. Se les aloja en el palacio imperial, y a primera rebelión de los nobles y el resto de la población contra Moctezuma tiene lugar cuando éste ordena que agasajen a los extranjeros con todo lo que pidan. Después de una semana alojados en el palacio y ante la vista de tanta riqueza, Cortés y sus hombres deciden tomar como rehén a Moctezuma y pedir por él un jugoso rescate. Lo apresan aprovechando la presentación de tributos de la ciudad de Nautla, una villa al norte de Veracruz.
El tlatoani mexica solo protesta levemente cuando en el templo mayor de Tenochtitlán los españoles destruyen las imágenes de dioses aztecas y colocan un altar con una imagen de la Virgen y una cruz de madera. El 1 de diciembre de 1519 se dice la primera misa en estas tierras. Los aztecas no veían mal acoger en su seno a otros dioses, porque ya lo habían hecho antes y practicaban el politeísmo; pero sustituir y erradicar a sus dioses lo consideraban como una declaración de guerra.
Mientras mantienen a Moctezuma como rehén nuevas preocupaciones acucian a Cortés, porque Velázquez no de resigna a un segundo plano y manda una expedición cuyo capitán es Pánfilo de Narváez, para arrebatar el mando a Cortés. Desembarcan en San Juan de Ulua y llegan luego a Cempoala, donde intentan atraerse a los totonacas. Deja entonces Cortés la ciudad de Tenochtitlán al mando de Pedro de Alvarado, y con la mitad de los hombres, va a enfrentarse a Narváez, que pierde un ojo en la lucha y acaba por rendirse. Además, Narváez traería consigo otro compañero de viaje, y bastante desagradable: la viruela, que mata a muchos indígenas y a algunos españoles.
Emprende Cortés la vuelta a Tenochtitlán, en donde ha estallado una rebelión mexica que nace a causa de las celebraciones del mes de Txcatl, cuando se sacrifica al dios Tezcatlipoca. Los sacerdotes tenochcas piden permiso a Tonatiuh (Sol), que es así como llaman a Alvarado por su cabello rubio, para celebrar las festividades religiosas, y él pone como condición que no deben celebrarse sacrificios humanos. Los sacerdotes aceptan, pensando que llegado el momento disimularán el sacrificio. El caso es que los españoles abren fuego contra los que están en el templo, no se sabe si porque se dieron cuenta del engaño o porque les cegó la avaricia y querían apoderarse de los tesoros. Se ven obligados a refugiarse en el palacio real y Alvarado intenta negociar la paz usando a Moctezuma como moneda de cambio. Al no ser posible, comete el error de liberar al caudillo Cuitlahuac, que también estaba preso, para que negociase la paz; pero él se pone al frente del ejército mexica y se apresta a la lucha. Esto es lo que Cortés se encuentra cuando llega de Cempoala el 24 de junio de 1520. Decide el caudillo extremeño sacar a Moctezuma a las murallas para que hable a su pueblo, pero las gentes le acusan de cobarde y traidor, y se oyen voces insultándole con el epíteto de “mujer de los españoles” según cuenta Bernal Díaz del Castillo. Acaban matándole a pedradas, aunque las fuentes indígenas sostienen que le matan los españoles. La noche del 30 de junio, que en adelante será conocida como “La Noche Triste”, Cortés emprende la huida, dejando atrás muchos muertos y numerosos heridos. Se refugian en el valle de Otumba, pero a los pocos días llega un enorme ejército de indígenas a los que se tienen que enfrentar en inferioridad de condiciones. Cortés dice a sus capitanes que vayan a por los caudillos, pues su muerte desanima a los guerreros aztecas. Él mismo mata a uno de los jefes principales y cuando levanta en alto su estandarte, los mexicas huyen despavoridos.
Después de la Noche Triste, aquellos heridos españoles e indígenas aliados que se quedaron en Tenochtitlán fueron sacrificados a los dioses. Se les abrió el pecho cuando todavía latía su corazón, que se arrancó de cuajo y fue ofrecido al dios Huitzlopochtli, deidad de la guerra. Sus cráneos fueron colocados en el lugar reservado para ello, el Tzompantli. Había que elegir ahora un nuevo Tlatoani, y fue Cuitlahuac, aquel valiente que había dirigido la lucha. Pero duró poco tiempo en su cargo, ya que muere aproximadamente el 23 de octubre, víctima de la viruela. De nuevo hay que elegir un sucesor, y esta vez recae en Cuauhtemoc, príncipe de Tlatelolco. Bernal Díaz del Castillo dice de él que es un gentilhombre, a pesar de ser indio, de cara alargada y alegre, y facciones correctas, con la tez un poco más clara que la mayoría de los indígenas. La primera tarea que se impone es fortificar la ciudad, ahondando acequias, levantando murallas y cavando fosos. Manda embajadores por todo el territorio ofreciendo la exención de tributos a los pueblos que ayuden a los mexicas en su lucha contra los extranjeros. Pocos se dejan convencer. Para dar mayor legitimidad a su título se casa con una hija de Moctezuma, de la que Bernal Díaz dice que es buena moza, aunque india.
El Malinche, como se llama a Cortés, sigue tomando posiciones para la guerra. Para iniciar la lucha se dispone a conquistar la ciudad de Tepeaca, y la toma a sangre y fuego, valiéndose del pretexto de que los nativos practicaban la antropofagia. Traslada allí sus reales y bautiza a la villa como Segura de la Frontera. Desde allí se propone dominar todo el Anahuac. Envía a su lugarteniente Olid a que siga la ruta de los volcanes hacia Cholula, Atlixco y otras zonas vecinas.
El 28 de diciembre de 1520 Cortés empieza a pensar en el regreso a Tenochtitlán y cuando llegan a la ciudad de Calpulalpan se encuentra con que una partida de españoles ha sido apresada y todos fueron sacrificados a los dioses. Llegan luego a Texcoco y se alojan en el palacio real, pero apenas durante una semana, porque planean llegar a Ixtapalapa, de donde había sido tlatoani el valiente Cuitlahuac, que se puso al frente de los mexicas. Los indígenas rompen diques y Cortés y sus huestes están a punto de perecer ahogados, como él mismo relata en una carta al emperador. Pero esta desventura no les resta prestigio, y Cortés envía a su lugarteniente Gonzalo de Sandoval a la ciudad de Chalco, donde le reciben bien.
Allí hay varios prisioneros mexicas a los que Cortés libera y envía como emisarios de paz a Cuauhtemoc, ofreciéndole olvidar el pasado, siempre que los mexica se sometiesen, porque de no ser así, destruiría la ciudad de Tenochtitlán.
Entretanto, las huestes de Cortés siguen avanzando y se apoderan de la ciudad de Tacuba, en donde le llegan noticias de Cuauhtemoc, quien le contesta que él no es Moctezuma, y que nunca se entregará de buen grado. Los españoles se establecen en Texcoco, preparándose para la lucha. Llegan hasta la actual Cuernavaca, o Tepoztlán, y combaten luego duramente en Xochimilco a quienes no quieren rendirse, y Cortés está a punto de caer prisionero. Es en Cayoacán donde los mexicas apresan a dos soldados españoles: Pedro Gallegos y otro a quien apodan “El Vendabal” por su carácter alocado. Se los entregan a Cuauhtemoc para que puedan ser ofrendados al dios del Sol. Conquistan primero los españoles la ciudad de Tlatelolco, y luego Cortés manda a Sandoval con doce bergantines para que ataquen el cuartel general del jefe mexica. Logran apoderarse del caudillo Cuauhtemoc y lo llevan a la presencia de Cortés, a quien pide el indígena que le mate con su propio puñal. Pero Cortés rehúsa hacerlo y dice que le respeta por su enorme valor. La ciudad se rinde el 13 de agosto de 1521, y lo primero que Cortés ordena es que se limpien las calles y canales de cadáveres.
Pero a pesar de todos los buenos propósitos del comienzo, y al encontrar el esperado tesoro de Moctezuma, pronto se empieza a torturar a Cuauhtemoc para que diga en donde está escondido. El 23 de junio de 1524 doce hombres descalzos y vestidos humildemente llegan a las puertas de Tenochtitlán. Son franciscanos que vienen a predicar el Evangelio entre los indios, y aunque Cortés les da una cordialísima bienvenida, enseguida tiene que marcharse porque le llegan noticias que Cristóbal Olid se ha rebelado en Acallán. Lleva consigo a Cuauhtemoc y llegan a su destino el 25 de febrero de 1525, con un ejército mermado por las fiebres, la disentería, y sobre todo el hambre, que ha hecho que los indios cometan antropofagia con algunos de los cadáveres. Según los Anales de Tlatelolco, el rumor de que en este ejército de extranjeros llega también un caudillo azteca, hace que los indios del lugar, llamados chontales, se congreguen para rendirle pleitesía, pues habían sido vasallos de los mexicas. Él les dirige un discurso propio de un vencido que conserva todo su orgullo, recomendándoles que se sometan si quieren que su pueblo sobreviva; pues él mismo nada puede hacer por ellos, ya que es un prisionero más al que pronto llevarán a tierras castellanas.
A pesar de todo, parece ser que Malintzin denunció ante Cortés que se planeaba una rebelión entre los indígenas, y el extremeño, al borde de sus fuerzas, con un ejército diezmado y cansado, decide que resulta más cómodo creer en la supuesta conjura que proceder a una investigación. Condena a muerte a Cuauhtemoc y a otros caudillos locales. Cuenta Bernal Díaz del Castillo que cuando al jefe mexica se le interrogó, afirmó haber hablado con los indígenas del lugar, pero negó haber tomado parte en conspiración alguna. No se sabe realmente como fue su muerte; en unas crónicas se dice que fue ahorcado, y en otras que se le decapitó y se clavó su cabeza en una pica en los muros de la ciudad. Bernal Díaz se hace eco de las últimas palabras que Cuauhtemoc le dirige a Cortés, cuando está a punto de ser ejecutado: “ Malinche, sabía yo que esta muerte me había de ser dada, yo había conocido ya la falsedad de tus palabras, porque me matas sin justicia. Dios te lo demande, pues yo no te la dí cuando me entregué en mi ciudad”.

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