Las esposas de los candidatos republicanos pueden ser un activo, pero también un inconveniente...
Callista Bisek era una muchacha de una familia trabajadora del Medio Oeste que llegó a Washington para trabajar para un congresista en el Capitolio. Allí conoció a Newt, un hombre 23 años mayor que ella, casado y, por entonces, la estrella del Partido Republicano. El romance secreto duró seis años –y coincidió con el proceso, respaldado entre otros por Newt Gingrich, para destituir al presidente Bill Clinton por el escándalo Lewinsky– hasta que él se divorció de su esposa y pudieron casarse.
Cuando era una veinteañera, Karen Garver convivió durante seis años con Tom Allen, un médico abortista de Pittsburgh 40 años mayor que ella. La relación se rompió, Karen conoció al joven político católico Rick Santorum, se casaron, tuvieron siete hijos, y Santorum se convirtió en el Congreso en adalid de la lucha contra el aborto, los anticonceptivos y el matrimonio tradicional.
El padre de Ann Davis era un hombre poco religioso, pero su hija se enamoró de un mormón. Se convirtió al mormonismo. Cuando Ann y Mitt se casaron, los padres de ella no pudieron entrar en el templo donde se celebraba la ceremonia. Las normas de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lo prohibían porque no eran mormones.
Karen Santorum, Callista Gingrich y Ann Romney aspiran a ser la primera dama de Estados Unidos. Sus maridos –Rick, Newt, Mitt– son tres de los cuatro candidatos que todavía se disputan la candidatura del Partido Republicano a la nominación para las presidenciales de noviembre. Las tres los acompañan en sus actos de campaña.
Porque en Estados Unidos, los electores no sólo votan a un candidato: eligen a una familia. Y sus esposas los ayudan a suavizar sus ángulos más incómodos, o a apelar a algún tipo de votante, en el año 2008, por ejemplo, Michelle Obama cultivó el voto afroamericano.
Son una presencia necesaria en las campañas, pero a veces esta presencia también puede resultar incómoda.
Callista es un recordatorio permanente de que Newt Gingrich, que aspira a encabezar el ala más conservadora del Partido Republicano, se ha casado tres veces.
A pesar de que en Estados Unidos es habitual que la biografía de un candidato sea uno de sus argumentos de campaña, el moralista Santorum han evitado recordar las veleidades juveniles de su esposa.
Quizá la única que de verdad pueda ayudar a su candidato es Ann Romney. El ex gobernador de Massachusetts Mitt Romney, el mejor situado en la carrera, tiene un problema: su imagen rígida y tecnocrática, la frialdad emocional, las dificultades para conectar con los ciudadanos.
Ann suele hablar al inicio de los mítines de su marido. Y ella es lo contrario que él, espontánea, con sentido del humor. Los asesores de campaña, conscientes de su potencias, cada vez recurren más a ella. ¿El arma secreta de Mitt Romney?