Hace unos años me vi una película de suspenso llamada “Los Otros”. Tenía un tinte medio entre antiguo y terrorífico y trataba un tema del que hoy quiero que hablemos: “Los otros” como una amenaza. Y no hablo de algún tipo de fobia social, ni nada por el estilo. Pero sí de la idea de entender a los otros (los demás, el resto, “la gente”) como una amenaza en momentos determinados. O mejor dicho: ver la amenaza en nosotros mismos a partir de los demás.
Y como no se entiende nada, me explico en partes:
Primero: En “los otros” entran las personas con las que nos relacionamos. No tienen por qué ser buenas o malas, sino tener contacto con nosotros en nuestra vida diaria. Compañeros de colegio, facultad o trabajo, familiares, amigos, conocidos, jefes, vecinos, etc. Son los demás.
En la interacción con gente se arman las relaciones, las amistades, las diferentes opiniones, las comunidades, se desarrolla el amor, la paciencia, y demás. Así que el problema no es en sí con “la gente”, sino más bien con el papel que le damos a la gente en nuestras vidas.
Son muchos los estudios que salieron en los últimos años diciendo que Facebook nos hace infelices. Algunos son una burrada y simplemente se paran en contra de lo nuevo, pero hay otros que tienen cierto punto a considerar. Y el asunto es: En Facebook uno (en general) muestra los momentos remarcables de su vida. Muestra los viajes, las vacaciones, las nuevas relaciones, los parciales aprobados, las escapadas, las actividades que lo desconectan y le dan placer, y demás. Así como no se sacan fotos de momentos tristes (eso también lo vi en alguna película), casi que tampoco se actualizan estados contando que uno tiene una vida miserable.
Nadie comenta semanalmente las horas extra que termina haciendo hasta horas incontables de la noche en un trabajo que no satisface sus necesidades existenciales. Pocos son los que hablan de sueños no alcanzados, objetivos no cumplidos, que muestran sus kilos de más, o cuentan que últimamente tienen una rutina que simplemente es un embole.
Al ser pocos los que sí comparten esas cosas negativas, nuestro timeline de Facebook se ve todo el tiempo actualizándose con cientas de personas que están pasando un gran momento de su vida. Porque con 300, 500, o 1000 amigos SIEMPRE vamos a tener a uno que hoy está teniendo un buen día. Y casi siempre vamos a tener a alguno que por algún motivo u otro está teniendo un día mejor que el nuestro.
Entonces, para la mayoría de éstos estudios, Facebook está entre las cosas que más infelices nos ponen. Al nivel de tener muchas tareas domésticas que hacer en casa, y demás cosas que sufrimos o nos hacen mal. Y sin embargo, como si Facebook también fuera una necesidad, volvemos todos los días a ver esas cosas. A navegar por el inicio y ver a la gente aparentemente viviendo un gran momento de su vida.
Entonces: hay un peligro en cómo vemos y nos comparamos con los demás. Hay un llamado de atención en el hecho de estar siempre conectado con la (al menos aparente) gran vida del resto.
Por un lado empezamos a creer que no estamos cumpliendo con ciertas cosas que se esperan de nosotros en nuestro momento de la vida. Si tengo cierta edad se espera que esté en pareja (o casado, o con hijos, o con casa grande, o con auto, o con cierto título, o con cierto cargo, etc), si soy hombre se espera que me gusten ciertas cosas, si soy mujer se espera que tenga tal cuerpo, sea de cierta manera, viva de tal forma, o cumpla con ciertos objetivos que por ahí no los puse yo, pero se esperan de mi como parte de la sociedad.
Entonces por un lado nos empezamos a decepcionar de nosotros mismos o sentirnos menos por no “cumplir” con ciertas cosas, a compararnos con el resto y notar que no estamos tan felices, no tenemos tantas cosas, no “vivimos tan a pleno”, y demás.
Por otro lado, empezamos a tener todos los mismos gustos que todos. Las mismas necesidades, los mismos problemas, las mismas quejas, etc. Antes usabamos internet para ver con quiénes compartíamos ciertos problemas o maneras de pensar, y ahora a veces la usamos más que nada para saber qué tendríamos que estar pensando en determinada situación.
Por otro lado más, empezamos nosotros también a vivir de esas apariencias que se respiran en Facebook. Si todos están felices, la próxima vez que esté feliz lo tengo que compartir. La próxima que haga algo cool, tengo que sacarle una foto y compartirlo con todos. La próxima vez que ayude a un pobre o a una viejita, lo tengo que contar así los demás se enteran. La próxima vez que… y así. Volvemos nosotros a alimentar ese festival de caretas y lo hacemos crecer más todavía.
Pero mi idea no es hoy atacar a ese asunto de vivir de (y para) las apariencias. Este post va más por el lado de liberarnos un poco de la maldición de los otros. Hacernos literalmente libres de las expectativas de los demás, de la sociedad, de lo que se espera que cumplas en determinado tiempo y forma con tu cuerpo o con las decisiones de tu vida. Que no sea la presión social la que tome la próxima decisión de tu vida. Que no te pierdas de disfrutar el momento por sacarle una foto para Facebook. Que dejes de compararte con el resto y empieces a disfrutar de esas cosas que te hacen único.
Y sobre todo que volvamos a recuperar esa naturalidad, esa originalidad, esa espontaneidad fuera de la “pose para Facebook”, que nos hacía disfrutar mejor la vida y formar un mundo un poquito más copado. Esa es la invitación entonces para la semana: Salgamos a liberarnos un poco de “la maldición de los otros” y a disfrutar la vida bajando un poco el volúmen de toda esa careteada.

