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El hombre que creó a JesucristoVII

Roma en el año 19, tuvo como epílogo, una vez conocido, una investigación por orden de Tiberio César, la destrucción del templo de Anubis, que fue arrasado, el exilio de Mundus Decius, amante de Paulina, sin ella saberlo, naturalmente, y la crucifixión de los sacerdotes y de la liberta Ide, su cómplice. Pero nos cuenta la importancia del ágape ritual. En esta circunstancia, precedía a la comunión carnal entre el dios y la bella Paulina, como una costumbre tan habitual como indispensable. En el mundo antiguo, la noción de comunión con los dioses ingiriendo parcialmente aquello que les era ofrecido en holocausto ígneo era cosa corriente. En el culto al Dionisos tracio, los participantes desgarraban con sus manos y sus dientes el toro que simbolizaba al dios, y devoraban su carne, a fin de convertirse en bacchi y participar a continuación, después de la muerte, en la inmortalidad divina. En otros lugares podía tratarse de un cabrito, un cordero...; la víctima simbólica variaba según el dios. Pero esta noción particular, aun cuando las formas antiguas de ese principio ritual hubieran caído en desuso a principios de nuestra era, y aunque se ofrecieran especies de sustitución en lugar de las antiguas víctimas vivientes (antaño humanas, luego animales), esta noción, decimos, había impregnado todo el paganismo árabe, y Saulo no podía escapar a ello. El mismo la desarrollaría más adelante, y es una prueba más de que no era un judío de raza, ya que dicha noción era totalmente extraña al sacerdocio de Israel. Los sacerdotes tomaban para sí y para su familia ciertas partes de las víctimas ofrecidas, porque debían vivir del altar, simplemente, tanto de los donativos directos como de esos trozos extraídos. Pero jamás se sobrentendió que, al consumir el cordero sacrificado durante la gran Pascua anual, las familias judías devoraran a Yavé, el Dios de Israel, ¡el Eterno! Enunciar semejante hipótesis hubiera sido castigado como el peor de los sacrilegios. Pues bien, Saulo sostiene dicha idea. Y no sólo la sostiene, sino que la enseña, la afirma, la justifica y la pone en práctica: «Os hablo como a hombres inteligentes. Juzgad vosotros mismos lo que os digo. El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso la comunión con la sangre de Cristo? El pan que fraccionamos ¿no es acaso la comunión con el cuerpo de Cristo? 28[...] Mirad a los israelitas según la carne: ¿por ventura los que comen de las víctimas no entran en comunión con el altar?». (Pablo, I Corintios, 10, 15-19.) En este pasaje Saulo nos demuestra que: a) cree en un uso de origen absolutamente pagano: la comunión con los dioses mediante la ingestión parcial de las ofrendas; b) no se considera como un israelita según la carne, se sitúa aparte, con los gentiles a los que se dirige; c) lo que enuncia es una enormidad: la comunión con el altar, es decir con el Dios de Israel, compartiendo las víctimas entre Dios y los sacerdotes. Y semejante ignorancia, semejante herejía son impensables por parte de un hombre que se vanagloria de haber pasado el tiempo de sus estudios a los pies de Gamaliel, nieto del gran Hillel, y célebre doctor (Hechos de los Apóstoles, 22, 9). Más aún, desarrolla su teoría eucarística justificándola mediante esas mismas costumbres paganas que recordábamos antes: «¿Qué digo, pues? ¿Que la carne sacrificada a los ídolos es algo, o que un ídolo es algo? En modo alguno. Yo digo que lo que sacrifican los gentiles, a los demonios y no a Dios lo sacrifican. Pues bien, yo no quiero que vosotros entréis en comunión con los demonios. No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios. No podéis participar en la mesa del Señor y en la mesa de los demonios. ¿O queremos provocar los celos del Señor? ¿Somos acaso más fuertes que él?». (Pablo, I Corintios, 10, 19-22.) Ahora, en apoyo de nuestras conclusiones, citaremos dos autoridades de la exégesis liberal: «Las pretendidas palabras de la institución eucarística sólo tienen sentido en la teología de Pablo, que Jesús no había enseñado, y en la economía del “misterio” cristiano, que Jesús no había instituido». (Cf. Abad Alfred Loisy, L'initiation chrétienne, p. 208. 36 «Pero entonces, ¿de dónde procede ese rito? ¿De dónde proceden esas palabras? No de Israel. Los judíos no ignoraban la comunión de la mesa, y muchos esperaban con firme esperanza el “festín mesiánico”; se habla de ello en los Sinópticos. 37 Sus sectas, por ejemplo los esenios y los terapeutas, practicaban ágapes sagrados que se parecían mucho a los ágapes de sacrificio. Pero por doquier se trataba tan sólo de un signo de fraternidad; en ninguna parte se percibe rastro alguno de teofagia.» 38 (Cf. Charles Guignebert, Le Christ, III.) Todas estas anomalías, todas estas herejías, tanto dogmáticas como rituales, son impensables en un pretendido judío de raza, «hebreo e hijo de hebreo, educado a los pies de Gamaliel». Sin embargo, se comprenden perfectamente en un príncipe herodiano, de origen idumeo por vía masculina y nabateo por vía femenina, y que no es, psíquica y hereditariamente hablando, sino un beduino todavía imbuido de paganismo, inconscientemente o no. Ese «Cristo» que nos presenta por primera vez, de quien nadie ha oído hablar antes en las diversas corrientes del mesianismo político (se hablaba del messiah, del «mesías», lo cual es muy diferente), es desconocido por aquellos que conocieron a Jesús, que vivieron con él el derrumbamiento de las esperanzas en la venida del «Reino». Y en pleno siglo V, las Homilías Clementinas recogerán la doctrina «adopcionista» sostenida por el gran Orígenes a comienzos del siglo ni, a saber, que Jesús no fue jamás sino un subordinado al Padre, en virtud de su adopción: «Nuestro Señor, respondió Pedro, no ha dicho jamás que existieran dioses aparte del Creador de todas las cosas, ni se proclamó jamás a sí mismo como Dios, sino que, con razón, declaró bienaventurado a aquel que le llamó hijo del Dios Ordenador del Universo». (Cf. Homilías Clementinas, XVI, xv.) Ahora bien, ese título de «hijos de Dios» es propio a todas las criaturas, tanto angelicales como humanas. Citaremos simplemente los pasajes en los que no hay equívoco, a fin de no alargar inútilmente este capítulo: «Los hijos de Dios [los ángeles] vieron que las hijas de los hombres eran hermosas...» (Génesis, 6, 2.) «Los hijos de Dios [los ángeles] fueron un día a presentarse ante el Eterno...» (Job, 1, 6.) «Los hijos de Dios lanzaban gritos de alegría...» (Job, 38, 7.) «Aquellos que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios...» (Pablo, Romanos, 8, 14.) «Sois todos hijos de Dios por la fe...» (Pablo, Gálatas, 3, 26.) Es más, la Doctrina de los doce apóstoles —denominada también Didakhé—, citada por Eusebio de Cesárea como un texto a clasificar entre los apócrifos (cf. Historia eclesiástica, III, xxv, 4-5), lo que demuestra que ya era conocida en el siglo IV, hace de Jesús un simple «servidor» de Dios, ebed laweh. «En cuanto a la eucaristía, dad las gracias así. Primero referente al cáliz: Te damos gracias, oh Padre nuestro, por la santa viña de David, tu servidor, que tú nos has hecho conocer por Jesús tu servidor; ¡gloria a Ti en los siglos! »Luego, referente al pan partido: Te damos gracias, oh Padre nuestro, por la vida y la ciencia que Tú nos has hecho conocer por Jesús tu servidor. ¡Gloria a Ti en los siglos!». (Cf. Doctrina de los doce apóstoles 1-3.) Así pues, en este texto a Jesús se le califica de servidor de Dios, el mismo título que a David; no es otra cosa que el ebed laweh. Por otra parte, Saulo-Pablo (o el escriba que efectúa las composiciones bajo su nombre) no ignora que la Ley recibida por Moisés le fue comunicada en el Sinaí, no por el propio Dios, sino por un mediador, el Mátatrón-saar-ha-panim, o «príncipe de 36 El abad Alfred Loisy (1857-1940) fue catedrático de Hebreo en el Institut Catholique de París, y luego catedrático de Sagradas Escrituras, hasta 1889. Se vio obligado a abandonar su cátedra en 1893, y fue nombrado profesor en la École Pratique des Hautes Etudes en 1900, y luego profesor de Historia de las Religiones en el Collége de France de 1909 a 1930. Fue excomulgado en el año 1908, pero eso no alteró para nada sus trabajos. 37 Sobre ese festín véase, en especial: Mateo, 22, 1-14; Marcos, 14, 25; Lucas, 22, 30. Se trata de un banquete de fiesta, entre hermanos, sin más. Allí no se devora la carne ni la sangre de ningún dios. 38 Teofagia: manducación del simulacro de un dios o de una víctima sustitutoria. 29las Faces», a quien también se denomina Saar-ha-Gadol, el «gran príncipe», o Saar-ha-Olam, el «príncipe del Mundo»: «La Ley fue promulgada por los ángeles, por mano de un Mediador». (Pablo, Gálatas, 3, 19.) Y entonces coloca, en su teología personal, un nuevo mediador entre Dios y los hombres, ese «Cristo» que él inserta por primera vez en la nueva teodicea: «Hay un solo mediador entre Dios y los hombres». (Pablo, I Timoteo, 2, 5.) «Jesús es el mediador de una alianza más excelente». (Pablo, Hebreos, 8, 6.) Y lo que es más grave todavía, Saulo ignora que el Mediador es todo Israel, el pueblo entero, no como modelo, sino como «depositario de la palabra y los oráculos de Dios» (Pablo, Romanos, 3, 2), lo que induce a creer que está en contradicción consigo mismo. Porque ha olvidado el mensaje de Isaías, cosa bien extraña para un «judío de raza» que ha hecho sus estudios a los pies de Gamaliel: «Así dice el Señor: En el tiempo favorable os he escuchado, en el día de la salvación os he ayudado, os he conservado y establecido para ser los mediadores del pueblo, renovar la tierra y recuperar las heredades devastadas». (Isaías, 49, 8.) ¿Y qué decir del hecho de que el Padre, tanto si se trata del texto de Mateo (6, 9) como del de Lucas (11, 1-4), no mencione al Hijo, menos aún al Espíritu Santo, y no diga ni una palabra de la Virgen!
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