Antigona Velez: Leopoldo Marechal
Las Antígonas iberoamericanas (II): nuevas aproximaciones al análisis de Antígona Vélez, de Leopoldo Marechal; Pedreira das almas, de Jorge Andrade; La pasión según Antígona Pérez, de Luis Rafael Sánchez, y Antígona furiosa, de Griselda Gambaro. *
“Y lo repetirán, sin duda, frente a cualquier terror y cualesquiera sean los rasgos que adopte -ya que el terror tiene muchas caras-, lo que justifica una vez más la elección de no nombrar al mal para poder reaccionar mejor ante él.”
Albert Camus en la carta dirigida a Roland Barthes el 11-1-55, defendiendo el carácter alusivo de La peste, en Radar, Suplemento dominical de Página 12, Buenos Aires, 1, 24, 2-2-97, p.7. “...quienquiera que crea mínimamente en Dios
comprende que el alma de un hombre no ente-
rrado no puede hallar la paz...”
Anatoli Sobchak, alcalde de San Petersburgo, abogando “por enésima vez para que se entierre Lenin en el cementerio de Volkovo.” En Página 12, 12-1-95.
I
El título de un texto, escribía hace tiempo Gerard Genette, es el espacio paratextual en el que se instaura un contrato con el lector, cuya finalidad es orientar su “horizonte de la expectativa”. Ahora bien, aunque el título que encabeza esta exposición es bastante explícito, a fin de evitar que esas expectativas superen mi capacidad para satisfacerlas y aún a riesgo de resultar redundante, creo conveniente señalar que este trabajo apunta, especialmente, a algunos objetivos cuyos límites quiero precisar: en primer lugar, intento llamar la atención sobre la reiterada omisión fácilmente constatable en que incurren autores que estudian la pervivencia de la tradición clásica grecolatina en las literaturas modernas de occidente (incluyendo, como es ya tradicional, y aunque sea tema a discutir, la producción dramática), y raramente se ocupan de textos iberoamericanos, fenómeno del cual es una nueva manifestación el estudio, espléndido pese a ello, que George Steiner dedicó a las Antígonas 1 y cuya riqueza lo erigió en guía fundamental de estas reflexiones. En segundo lugar, quiero subrayar también que se trata de “aproximaciones”, prudente denominación por la que opté para destacar el carácter provisional de estas primeras conclusiones, ya que aunque, como reza el título, son “nuevas”, su novedad sólo supera a las primeras en lo que se refiere, sobre todo, al número de obras que constituyen el corpus estudiado (como podrán apreciar, además, quizás resulte excesivo de mi parte hablar de conclusiones, ya que en verdad lo que ofreceré es una especie de “ruta de viaje” más o menos apropiada para realizar esta incursión en el tema).
Me parece oportuno también señalar que se trata de una segunda incursión en el estudio de las relaciones entre la producción narrativa y dramática iberoamericanas y la tradición clásica grecolatina, tras la que tuvo como objetivo analizar la presencia y la funcionalidad del motivo del “Viaje al Averno”en tres novelas de autores de esas latitudes (Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y Cubagua de Enrique Bernardo Núñez). En ambas incursiones, por fin, apelé a la orientación teórica propuesta por Gerard Genette en sus Palimpsestes de 1982 que, como es sabido, reconoce como eje fundamental la noción de transtextualidad.
El estudio de lo que en principio consideraré transposiciones iberoamericanas de la Antígona de Sófocles supone varios problemas de distinta importancia, entre los cuales sobresalen dos: uno es el de la “naturaleza” de lo que Aristóteles denominaba fábula (traducción del término que él en verdad emplea, mito, esto es, historia) y que estaría en el origen de la tragedia sofóclea; sería, pues, su hipotexto probable. Pero, ¿ es en verdad un mito, es decir, una historia sagrada, lo que encontramos en Sófocles? ¿ Es un “tema”, o un “motivo”? El otro problema de importancia no menor es el de la determinación del tipo de relación existente entre las Antígonas iberoamericanas y el texto sofócleo (dejando de lado ahora la relación entre ese texto trágico y aquel relato primigenio al que hice referencia antes). No parece posible pensar en una relación directa entre las transposiciones iberoamericanas y el texto de Sófocles. Lo más atinado resulta, a mi juicio, pensar en una relación mediata sin que, empero, pueda ahora establecerse fácilmente con una precisión siquiera aproximada la serie de mediaciones existente en cada caso.
Dentro del corpus de piezas teatrales del clacisismo grecolatino cuya transformación dió origen a otras aparecidas a lo largo de dos milenios y medio en el marco de la cultura occidental, sobresale sin duda la tragedia de Sófocles a la que me estoy refiriendo, que exhibe una abundantísima progenie, tal como últimamente lo ha mostrado George Steiner a quien, no obstante, cabe reclamarle respetuosa, amablemente, la total omisión de las Antígonas mencionadas en el título de esta exposición, en la que, sin embargo, no es el primero, ni el único, ni será seguramente el último en incurrir, aunque es justo recordar que nunca en el curso de sus análisis Steiner pretende ninguna exhaustividad. Se trata sí de incluir legítimamente en el amplio registro que efectuó el citado crítico las obras de Leopoldo Marechal, Jorge Andrade, Luis Rafael Sánchez y Griselda Gambaro.
II
En la anterior incursión en el tema me preguntaba, igual que Steiner, sobre las causas que podrían explicar las innúmeras (y al parecer interminables) metamorfosis de la Antígona griega. No parece posible dudar que, especialmente en este siglo, la recurrencia de temas y motivos clásicos grecolatinos ha sido constante y ha asumido diversas configuraciones (filosóficas, antropológicas, psicológicas, literarias). Del mismo modo que para el psicoanálisis y la antropología cultural, como cree Steiner, debemos considerarnos los “hijos de Edipo”, la dramaturgia moderna “de la conciencia y de las identificaciones ‘simbólicas’ nos enfrenta con nuestros hermanos”, nuestros “semejantes”, con Edipo, Narciso, Prometeo, Ulises. En dicho período se ha puesto de manifiesto una búsqueda de “fuentes”, una sed de “comienzos”, un retorno a lo arcaico, especialmente griego, que explicaría el fenómeno de la recurrencia, en particular en lo que se refiere a las culturas del norte, ya que en el continente iberoamericano habría que subrayar la preocupación existente por no limitar esas fuentes o principios a los clásicos grecolatinos y tener en cuenta a los autóctonos (sobre todo en el caso de los países mesoamericanos, México y Perú, que fueron escenario de espléndidos procesos culturales, sin referencia a los cuales muchos textos posteriores serían inexplicables).
III
Aunque parezca una salida y no una solución al problema de la prolífica “descendencia” de Antígona, sobre el cual reflexionaron filósofos y poetas como Hegel, Goethe, Hölderlin, Brecht, parece apropiado acudir a la explicación que propone Steiner: “creo que solamente a un texto literario le ha sido dado expresar todas las constantes principales de conflicto propias de la condición de hombre”. Dichas constantes son cinco dicotomías o antinomias así integradas: “1) Hombre-Mujer; 2) Senectud-Juventud; 3)Individuo-Sociedad; 4) Vivos-Muertos; y 5) Hombre-Dios (o dioses)”, enfrentamientos todos en que no existe posibilidad de negociación y por ello generan el insoluble conflicto absolutamente trágico que distingue Lesky (y a los cuales podrían agregarse otros, implícitos o aludidos en los anteriores: Pasado-Presente, por ej.; Tradición- Innovación, etc) Cada una de esas oposiciones es puesta en acción por Sófocles en su Antígona: “Que yo sepa -agrega Steiner- ningún otro momento en las creaciones sagradas o seculares de la imaginación alcanza esa totalidad”.2 De allí proviene sin duda su riqueza significativa y la aparentemente inagotable posibilidad de actualizarla, de “llamar a la vida” lo que Hölderlin consideraba verdades ocultas, latentes, sin que para ello existan condicionamientos ni de tiempo ni de lugar, aunque como puede comprobarse, hay tiempos y lugares más propicios para el alumbramiento de nuevos vástagos del linaje. Hölderlin veía a Sófocles y se veía “a sí mismo como poetas en tiempos de crisis, de revolución y de dislocación temporal”.3 En esos tiempos de crisis, precisamente (y en el siglo **, el más “clásico”de todos y el más rico en cataclismos históricos), es que el tema (o motivo, o mito...) de Antígona torna a servir más eficazmente que ningún otro para plasmar poética, narrativa o, de preferencia, dramáticamente, los más hondos y dolorosos avatares de la existencia del hombre. Su afincamiento en las más profundas capas de la condición humana, así sea a partir de un mito, o de un motivo, o de una historia, localizados en el tiempo y en el espacio hace que, como diría Bajtin, la obra de Sófocles sobre ella construída supere toda acotación y entre en el “gran tiempo”de las más trascendentales manifestaciones dramáticas, lo que explicaría su vigencia a través de numerosas e inagotables transformaciones.
IV
Es casi obvio aclarar que estas aproximaciones son producto del análisis de los textos, es decir, del componente “literario” del fenómeno teatral que no tiene en cuenta salvo escasas excepciones las precisas indicaciones o didascalias que los dramaturgos consignan para la puesta en escena, así como prescinde también de las posibles iluminaciones que la visión de la misma en cada caso podría aportar.
Uno de los momentos iniciales del análisis es el que corresponde a la determinación de las relaciones que los textos de Marechal, Andrade, Sanchez y Gambaro, mantienen con el de Sófocles. En principio, no es aventurado afirmar que se trat