Este post va dedicado a… Nadie. Porque si se lo dedico a alguien, ese alguien se lo podría tomar personal e iniciaría acciones legales contra mí. Si es que existe una persona o empresa que se llame “Nadie” tiene que saber que yo al hablar de nadie no me refería a usted, sino al término filosófico de “la nada” y el vacío: No hay nada ni nadie. Ahora sí. Espero disfrute la lectura y también espero haberla redactado correctamente (Revisé ciento nueve veces el escrito antes de publicarlo, así que comprobé que es una escritura legible y sin errores ortográficos) Retroceder en el tiempo siempre es bueno; para explicar cosas, para entender la realidad contemporánea y para saber discernir lo bueno de lo malo en esta época donde los dos recién mencionados conceptos se han convertido innecesariamente en subjetividades. (De ahí la importancia ética de la Historia) Digamos, que la paranoia (término ligado más bien a la psicología, pero que hoy adquiere severa importancia en la sociología) antes era menos aceptable, considerando que existía un mundo con menos personas, donde la vida social transcurría sin mayores problemas (demás está decir que excluyo las guerras mundiales, los gobiernos totalitarios y otras cosas extremistas de tinte político; para dar cabida a un análisis más cotidiano del asunto) Volvamos solo quince años al pasado: Plazas como centro de distracción familiar, gran relajo en el transporte público, cines a modo de cultura, televisión abierta con personajes doctos en todos los temas (la idea era educar como medio masivo de comunicación, por lo que dejaba la mayoría de los temas a la propia interpretación del televidente) Ahora la televisión abierta solo muestra peleas. Formula el odio como base de la dignidad humana (es decir, el que odia es más fuerte, y por lo tanto, más valeroso y acorde a la vertiginosa sociedad actual) Ahora no se sabe nada. No se puede estar tranquilo en ningún lugar: Vas al cine y un loco te puede ametrallar. Estás trabajando en un edificio y un avión con un kamikaze se estrella contra ti. El año pasado, en el metro-tren de Santiago, un señor que aparentaba tranquilidad, de pronto comenzó a matar pasajeros al azar; a gente que ni siquiera conocía, solo por el gusto de matar. Y todo el mundo busca pelea. Cualquier cosa que digas será motivo para enojar a otro y cualquier cosa que escuches será un motivo para tu enojo. Amenazas de muerte que se arrojan por cualquier pavada y gente que roba de un sopetón todo el esfuerzo que conseguiste. Entonces, en un mundo cuyos buenos valores están notoriamente alterados y a veces olvidados, es normal tener paranoia. No se sabe. Ahora mismo alguien podría forzar la puerta de mi casa, entrar y matarme por el puro gusto de asesinar. Y en los noticiarios solo le dedicarían dos minutos al asunto para decir: “Hombre entra a hogar y mata a joven de 20 años” Y eso es todo. Una muerte más entre las tantas que ocurren diariamente. Muertes que en el pasado hubiesen sido consideradas absurdas ahora son parte del diario vivir: Un pibe te pide un cigarrillo en la calle/No tienes lo que el pibe pide/El pibe te corta el cuello con una navaja. El último punto que quiero tocar tiene que ver con el mismo medio por el cual estoy publicando este ensayo pedorro: La internet: cueva de locos con doble personalidad. Es difícil saber con quién realmente hablas. Así que tengo Facebook con todas las opciones de privacidad activadas, Taringa sin datos personales de importancia y MSN solo para gente de confianza. Soy paranoico. Es absolutamente normal. El planeta Tierra, donde el Principito tuvo la mala fortuna de caer, está habitado -como decía el propio Antoine de Saint-Exupéry- por “ciento once reyes, siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, y trescientos once millones de vanidosos” El autor de este libro fue cauteloso. Prefirió omitir los otros tantos millones de terroristas, mentirosos, destructores, violadores, asesinos, ladrones y vecinos que tiran la mierda de sus perros al jardín de uno. La paranoia se justifica por la actitud impredecible de nosotros mismos
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