Alianza de civilizaciones v. choque de civilizaciones ¿Es inevitable el enfrentamiento entre Occidente y el mundo árabe y musulmán? ¿Estamos a tiempo de impedir esa colisión y de avanzar, en cambio, hacia un encuentro de culturas? Por José Claudio Escribano Barack Obama, el Kennedy negro en carrera por la Casa BlancaEs una de las grandes promesas del Partido Demócrata para volver al poder en EE.UU., pero su juventud podría resultar un arma de doble filoEl juego democrático y el veredicto de la opiniónAnticipo del libro La política después de los partidos , compilado por Isidoro ChereskyPágina 5Página 6"Sin apoyo político, la mafia desaparece"Entrevista con Enzo Ciconte, experto italiano en la lucha contra la criminalidad organizadaPágina 3 M...XICO El siglo XX pasó por dos guerras mundiales, aparte de muchas otras, pero en ningún caso, salvo en su última década, dio lugar a que se expusiera un conflicto de civilizaciones. Es el legado más temible que ha quedado al siglo XXI de aquella centuria profundamente transformadora de la Humanidad. Hablamos de esto con Tomás Eloy Martínez a raíz del interés que había suscitado el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, en septiembre último. Ese llamado de Ratzinger a conciliar la fe con la razón, núcleo de sus palabras en una universidad del sur de Alemania, había sido una forma de entrar en el capítulo que afloró en la Historia después de la implosión del comunismo en 1989/90. El discurso del Papa tenía sus riesgos. De hecho costó el asesinato de una monja y la quema de templos por el fanatismo musulmán al haberse atrevido el orador a utilizar una cita de Manuel II Paleólogo, emperador bizantino, sobre la legitimación de la espada, por parte de Mahoma, para imponer la fe. Así como la lengua es el primer elemento que define una cultura, la religión ocupa un lugar central en la configuración de civilizaciones. Después del Concilio Vaticano II, de comienzos de los sesenta, el catolicismo avanzó en el diálogo con otras iglesias cristianas y con el judaísmo. Juan Pablo II pidió perdón por crímenes cometidos durante las cruzadas. La fe y la espada en la Historia, también de este lado, y no sólo en el islam o en las antiguas tribus palestinas. Ya de vuelta del discurso en que afirmó que "no actuar según la razón es contrario a la voluntad de Dios" y del viaje reciente a Turquía, Benedicto XVI ha comprobado que es posible el diálogo sincero del catolicismo con el orden del Corán. Expresó su espíritu al inclinarse en Estambul ante los símbolos islámicos y se abrazó, además, con el jefe de la Iglesia Ortodoxa. Tomás Eloy refirió el contenido de nuestra charla a Carlos Fuentes, alma mater del Foro Iberoamérica junto con el empresario argentino Ricardo Esteves, y Fuentes sugirió que el asunto de un choque o de una alianza de civilizaciones estuviera presente en la discusión anual que el grupo iba a realizar en México. Así fue. ¿Es inevitable un choque entre Occidente (o la cristiandad occidental) y ese mundo árabe y musulmán de expansivo crecimiento demográfico, como lo sugirió Samuel Huntington en el libro que ha suscitado los mayores debates sobre estrategia política de los últimos diez años? ¿O, por el contrario, estamos a tiempo de conjurar una colisión entre aquellas civilizaciones y de evitar que se extienda la tragedia diaria del Medio Oriente y aquellas otras que han dejado una impresionante secuela de sangre y devastación en Nueva York (1993 y 2001), Madrid (2004), Londres y la periferia de París (2005)? Dentro del saldo pavoroso figura Buenos Aires con los atentados contra la embajada de Israel (1992) y una de las organizaciones vertebrales de la comunidad judía en la Argentina (AMIA, 1994), de acuerdo con investigaciones de años que Irán descalifica. Con palabras apropiadas para quien predica con el ejemplo de los hechos, el ex presidente chileno Ricardo Lagos enumeró en el Foro no poco de lo fundamental sobre el aporte posible de Occidente a un diálogo de civilizaciones. Propuso: democracia, economía libre y derechos humanos. Por oposición a un choque de civilizaciones, el presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero, introdujo, en la asamblea de las Naciones Unidas de 2004, la iniciativa de una Alianza de Civilizaciones por medios ajenos al uso de las armas. El secretario general, Kofi Annan, la tomó de inmediato y designó una comisión de expertos, que acaba de expedirse. Turquía fue copartícipe de la iniciativa española. Adhirieron varios países, entre ellos, la Argentina. La globalidad supone comunicaciones que homogeneizan culturas con velocidad de vértigo. Es así en cuanto a formas de consumo o a imposición o degradación de lenguas. Pero las comunicaciones también evidencian profundas diferencias en maneras de sentir y pensar y muchas veces exponen, hasta el punto insostenible de la humillación, la brecha entre recursos para sobrevivir que separa a grupos humanos. Este abismo dificulta la comprensión y trabará, en principio, una alianza de Occidente con otras civilizaciones menos desarrolladas si no se introducen mejoras sustanciales de vida en los inmensos bolsones de miseria desde los que se clama por alimentos, por agua y, ni qué decir, por una educación que mitigue la privación de habilidades para encarar formas superiores de subsistencia. Es una deuda del mundo con el mundo, que hipoteca la paz y la seguridad mundiales. Basta leer el informe de la Conferencia sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) de 2004, con esos más de 2500 millones de seres que se alimentan y visten con sólo uno o dos dólares al día, para identificar la ciénaga indecente sobre la que se asienta la Humanidad. Esperanzas postergadas ¿Pero en qué medida gravita, en realidad, tamaña miseria en la propagación de las principales contiendas contemporáneas? ¿Y cuánto anida, como fenómenos disparadores de conflictos, en el enfrentamiento israelí-palestino o en el fundamentalismo dispuesto a recuperar para el islam los territorios perdidos desde el siglo XVII o, en fin, en las razones veladas por las que algunos de los países árabes más prósperos contribuyeron a la fundación de Al-Qaeda en 1988? Europa soporta con mal y poco disimulado humor el desembarco por el aluvión de extraordinarios contingentes migratorios que huyen hacia cualquier confín iluminado por la promesa de que se atiendan esperanzas postergadas. Esa tentación alcanza a espíritus catequizados por una idea fatalista de la existencia. Aunque a esta altura a su pesar, Europa cumple ese papel de meca sucedánea. Casi un millón de inmigrantes musulmanes en Holanda, país de sólo dieciséis millones de habitantes. El ocho por ciento de la población total en Francia, según estimaciones. Más del cuatro por ciento en Austria, Bélgica y Suiza. Casi cinco millones de turcos en Alemania. Aparte de los Balcanes, con mayoría musulmana en Albania, en Bosnia, en Kosovo. O de Rusia, con problemas como el de Chechnia y el de una población eslava decreciente, que derivará, se ha observado, en el aumento consiguiente del porcentaje de musulmanes en su territorio. Aquí y allá ciudadanos que exigen igualdad de oportunidades y derechos, pero sin voluntad de abdicar de signos de identidad ancestral que los países de adopción consideran como provocación o desafío a la ley. Lo más sabido: el enjuiciamiento al uso de burkas en lugares públicos. Dolor de minorías y conmoción de mayorías. Poco después de asumir como jefe del Ejército británico, el general Francis Dannatt pronunció un discurso que repercutió en grandes capitales. En lo que se interpretó como la más osada declaración política de un jefe militar británico desde el fin de la Segunda Guerra, Dannatt dijo que la presencia de las tropas occidentales exacerbaba la guerra interna en Irak. Menos que esas palabras repercutieron otras, que tal vez hayan sido más significativas desde la perspectiva histórica: Dannatt observó que mientras en la guerra fría el núcleo de la contienda concernía al apoderamiento de espacios territoriales, hoy la pugna se ciñe a valores, algunos de carácter milenario, y que el punto por decidir es si se está dispuesto a perderlos. ¿Por qué ha de esperarse, sugirió, que lo haga un británico en su isla? Pensando seguramente en un espacio más amplio que el de la Europa cristiana, el ex presidente Lagos abogó por convivir en la diversidad; si lo logramos, dijo, es porque estamos aceptando la diferencia. La comisión designada por Kofi Annan para pronunciarse sobre la propuesta de Rodríguez Zapatero ha dicho: "Las causas de las presentes tensiones son políticas, no religiosas o culturales". Por eso define el conflicto israelí-palestino como el símbolo de las grietas entre las sociedades occidental y musulmana. Y urge a que ese conflicto se resuelva con un sentido renovado de la urgencia. Pareciera que los grandes actores de la política internacional han madurado como para acercarse a esa resolución. Una paz perdurable es inimaginable, desde la perspectiva iberoamericana, sin los puntos que siguen: 1) reconocimiento de Israel y Palestina como estados libres e independientes; 2) fijación precisa de fronteras; 3) garantías suficientes para la seguridad de Israel; 4) esfuerzo internacional para la reconstrucción palestina. Aun cuando Rodríguez Zapatero hubiera realizado consultas a fin de que su iniciativa para una Alianza de Civilizaciones llevara el sello de Iberoamérica, habría sido improbable consumar nada a causa de los disensos que perturban la relación entre países de nuestro continente. Rodríguez Zapatero actuó en las Naciones Unidas como jefe de Gobierno de un país europeo u occidental. Nadie podría impedir a los iberoamericanos actuar como tales, si bien hay razones que dificultan el intento de definir a Iberoamérica como una civilización en sí misma. Cuando Huntington enumeró las civilizaciones pasó por alto a "Iberoamérica", pero otorgó un lugar a esa "Latinoamérica" trabajada por influencias española y portuguesa, a la que terminó por considerar una subcivilización (sic) dentro de Occidente. Y que es un extremo de Occidente, como señaló en el Foro de México el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso. Huntington percibió dos debilidades de Latinoamérica para ser incluida de pleno derecho en Occidente. La primera, haber tenido un desarrollo económico apartado de los modelos predominantes en el Atlántico norte. La segunda, su tradición cultural corporativa y autoritaria del poder. Otra particularidad latinoamericana proviene del fenómeno indigenista, tan fuerte en México, la América Central y los países andinos, y que se ha fortalecido ahora en la Bolivia inquietante. Felipe González, por dos veces presidente de España, previene que debe distinguirse entre indigenismo e indigencia, que no pocas veces se superponen. Aquel fenómeno llevó en 1992, al cumplirse los cinco siglos del primer viaje de Cristóbal Colón, a que se tomara, entre todos, la precaución de no hablar del Descubrimiento de América sino del encuentro de dos culturas. En 1994 la Argentina dio otro paso. En la reforma constitucional de ese año estipuló, como facultad del Congreso de la Nación, "reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas" y garantizarles, entre otros derechos, el respeto a su identidad y a una educación bilingüe. Hay problemas de identidad cultural en el mundo, preocupaciones que no sólo afectan a Europa o la América latina. ¿Quiénes somos? es el título del último libro de Huntington. El autor podría haberse preguntado por "quiénes vamos a ser" si prosigue el actual ritmo inmigratorio en su país. Entre 1820 y 1924 entraron en los Estados Unidos, como informa, 35 millones de inmigrantes, absorbidos con tal eficacia que el país fue considerado "un cementerio de lenguas extranjeras". Pero la avalancha del último cuarto de siglo de mexicanos, centroamericanos y asiáticos ha llevado a varios Estados de la Unión a sancionar, después de más de doscientos años de la independencia nacional, que el inglés es su idioma oficial y a establecer, además, que es mejor prescindir de la enseñanza bilingüe en escuelas públicas. O sea, del español. Sólo en los últimos quince años han entrado en los Estados Unidos, por medios legales o ilegales, no menos de quince millones de inmigrantes. Y así las contradicciones de la perturbación: por un lado, el tratado de libre comercio; por el otro, el muro de contención en la frontera con México. En el conflicto de Occidente y el mundo árabe y musulmán se debaten dos concepciones. Como heredero de la Ilustración el nuestro es, en muchos sentidos, un mundo de verdades relativas, hasta de escepticismo enfático, si cabe; el otro es un mundo que tiende a las verdades absolutas, al extremo de la inmolación de la propia vida por lo que se cree y defiende. En Occidente es moneda de curso legal que el hombre constituye el fin último de todas las cosas. Nada debería, pues, anteponerse a ese objetivo de beneficiarle en todo sentido la vida, comenzando por lo más simple, la tolerancia de unos con otros, sobre todo con los más próximos. Podría comenzarse con ejercicios prácticos dentro del Estado-nación. Diálogo con los adversarios políticos, deposición de actos y arengas violentas, contención de grupos de veto, que en el siglo XXI ocupan ciudades, se apoderan de calles y rutas y hasta comprometen la política internacional de los países. Mayor seguridad física y jurídica, independencia de los poderes. "Reforzar la convivencia interna", demandó en el Foro el uruguayo Enrique Iglesias. La Argentina es el país latinoamericano más involucrado en el presente conflicto mundial por antecedentes que ha revalidado la decisión judicial de ordenar la captura de ex funcionarios iraníes, entre ellos, el ex presidente Rafsanjani. Pero cuenta con un historial magnífico a propósito de los desencuentros mundiales del presente. El preámbulo de la Constitución de 1853/60 se abre con la promesa de libertades "para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino". Y el artículo 20 dispone, con generosidad inigualable en el derecho constitucional comparado del siglo XIX, que "los extranjeros gozan en el territorio de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano". Entre 1870 y 1930 ingresaron en la Argentina casi seis millones de inmigrantes. Una parte de ellos retornó a sus países de origen y otros encarnaban el precario "trabajo golondrina". Viaje de ida y vuelta por una cosecha y prueba evidente, por un lado, de la miseria por la que atravesaban los europeos de la época, y por el otro, de la calidad de los salarios que se pagaban en el país. De la fragua nacional surgió un melting pot , un admirable crisol de razas. A juzgar por lo que ocurre en el mundo puede hacerse hincapié en la herencia de esa inmigración judía que se asentó en las grandes urbes, como Buenos Aires, y se acriolló en colonias de Córdoba, de Santa Fe, de Entre Ríos. Hoy se expande, en conjunto, en una comunidad de más de 250.000 personas, de número sólo menor, fuera de Israel, que las de Estados Unidos y Rusia. O en esa otra comunidad gestada por quienes vinieron a asentarse en el mismo país de advenimiento: la de los inmigrantes que llegaron con pasaporte del declinante Imperio Otomano y por eso fueron catalogados como turcos -lo que se ha fijado en el habla peculiar de los argentinos-, aunque se trataba de árabes del Líbano y Siria. La cifra de sus descendientes es dos o tres veces superior a la de los judíos. Es una experiencia notable de la sociedad argentina que judíos y árabes sean partes de una convivencia que se reafirma en estos tiempos en diálogos interculturales y manifestaciones religiosas compartidas. Hay razones para señalar este caso como contrafigura de tribulaciones mundiales. Sin duda, los procesos de asimilación inmigratoria progresan con más facilidad en las sociedades en proceso de articulación, como lo era la sociedad argentina inmediatamente posterior a la Organización Nacional, que en conglomerados humanos constituidos desde antiguo, como los de Europa. Aquí mismo, entre 1900 y 1910, comenzó a moldearse cierta noción del "ser nacional", de patria, de culto por los héroes del siglo XIX, con una literatura copiosa y calificada que la fue respaldando. Lugones, "La Restauración Nacionalista", de Ricardo Rojas", por ejemplo, todo lo cual transmitía, observa el historiador Luis Alberto Romero, los temores que anidaban en el país, ya con valores para conservar, ante la gravitación creciente de factores exógenos. Nada impidió, sin embargo, que las inmigraciones se prolongaran más allá de la Segunda Guerra y, desde países vecinos, hasta la actualidad. Hoy mismo, la política exterior argentina se sigue definiendo por pasar por un eje antidiscriminatorio. Diálogo, tolerancia, poesía Alianza o choque de civilizaciones. El debate cruza todos los campos. En Filosofía, el pragmatismo a ultranza dice que poco se puede hacer, en resignación ceñida a preservar el modus vivendi de cada parte. Cierta izquierda radicalizada participa de esa tesis. Otros observan, en cambio, que cabe abrir paso a un racionalismo dispuesto a dejar de lado las teorías omnicomprensivas -religiosas o metafísicas- del mundo, la sociedad y la vida individual. Ese racionalismo invita a defender, en un último bastión, los derechos humanos fundamentales, y a plantarse ante el terrorismo y las nuevas amenazas de proliferación de armas de destrucción masiva. Desde esta perspectiva el problema no serían las burkas; lo sería la ablación compulsiva del clítoris de una mujer. Diálogo, tolerancia, poesía. Más poesía para embellecer el pasado de convivencia de los tres órdenes monoteístas descendientes de Abraham, a pesar de que un puro rigor histórico advierte que en todo tiempo hubo civilizaciones que chocaron, que fue arduo conquistar la paz y se necesitó coraje para preconizar la magnanimidad con el adversario o el derrotado en medio de la embriaguez de triunfos que suelen ser efímeros. Más poesía para hacer presente que la Cuenca del Mediterráneo, tan vinculada con nuestra composición poblacional, fue ámbito de convivencia de esos tres órdenes, en Al Andalus, en Toledo. Y que la mediación, tantas veces referida, de un musulmán -Averroes- entre Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, vale más que por la traducción de un pensamiento filosófico capital para Occidente. Vale como símbolo de que es posible el entendimiento y el servicio entre quienes son distintos. Y, una vez más, Benedicto XVI: "Sólo se superarán los peligros si fe y razón se encuentran de nuevo". Por José Claudio Escribano Fte: El Mundo (España)
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