A finales de 2010 la NASA nos presentó una bacteria aislada en el Lago Mono de California, un ambiente extremófilo rico en arsénico. En un trabajo liderado por la doctora Felisa Wolfe-Simon y publicado en Science se aseguraba que la bacteria en cuestión era capaz de vivir usando arsénico en vez de fósforo, lo que rompía una de esas reglas para la que aún no se ha encontrado excepción: todos los seres vivos precisan fósforo. Poco después de publicarse el trabajo aparecieron las primera voces discordantes.
La doctora Redfield en su laboratorio
Una de las que se más se escuchó fue la de la doctora Rosie Redfield de la Universidad British Columbia, en Vancouver. Su magnífica página web sirvió de plataforma para aquellas voces que opinaban que no se habían realizado todos los controles necesarios, y por tanto los datos presentados en Science no pasaban de ser preliminares. La revista Science y la autora del trabajo respondieron permitiendo a quien lo deseara a compartir materiales y repetir los experimentos. La doctora Redfield demostró que lo suyo no es negacionismo sino discrepancia científica al pedir el material y repetir los experimentos en su laboratorio.
Según la doctora Redfield sus resultados refutan los previamente obtenidos por Wolfe-Simon ya que muestra que si bien la bacteria puede crecer en cantidades ínfimas de fósforo, no incorpora el arsénico en macromoléculas como previamente se había postulado. Cuando la revista Nature comunicó estas conclusiones a Wolfe-Simon, ésta afirmó que no se retracta de sus resultados, al menos hasta que no vea los datos de Redfield publicados en una revista de revisión por pares. Así que habrá que esperar al veredicto de la comunidad científica, aunque la idea de que la bacteria del arsénico puede dejar de existir pronto no hace más que crecer.
Fuente: Hayden, E.R. (2011) Study challenges existente of arsenic-based lifed. Nature doi:10.1038/nature.2012.9861.