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Somos esclavo del salario

Tú sabes que el trabajo produce la riqueza del mundo y que el mismo capital no es más que la acumulación
del producto del trabajo. Sabes que no puede haber más capital, más riqueza, que la resultante del trabajo. Y así, por derecho, toda la riqueza pertenece al trabajo, a los hombres y mujeres que la crearon y continúan creándola, o sea, a los obreros industriales, agrarios o cualquier tipo de todo el mundo; a la clase trabajadora, en general.

También sabes que el capital que poseen los amos es propiedad robada, producto del trabajo hurtado. La industria capitalista no es más que el proceso continuo de apropiación de los productos del trabajo para beneficio de la clase de los amos. Éstos, dicho de otro modo, existen y se enriquecen reservándose para ellos el producto de tu esfuerzo. ¡Sin embargo, se os pide que os creáis que vosotros, los trabajadores, tenéis los mismos intereses que vuestros explotadores y saqueadores! ¿Puede cualquiera que no sea un completo imbécil aceptar un fraude tan notorio?

Está claro que tus intereses como trabajador son diferentes de los de tus amos capitalistas. Más aún que diferentes, enteramente opuestos. De hecho, antagónicos, contrarios los unos a los otros. Cuanto mejor jornal te pague tu jefe, menos es el provecho que de ti extrae. No hace falta ser filósofo para comprenderlo.

El obrero medio no se detiene a pensar por sí mismo. Confía en que los dirigentes de su organización y los periódicos pensarán por él, y éstos ven así confirmado que el obrero no se esforzará en pensar. Porque si los trabajadores comenzasen a pensar por sí mismos, pronto verían la trama de corrupción, engaño y robo llamada capitalismo y gobierno, y no la apoyarían. Harían, entonces, lo que los pueblos ya han hecho antes. Tan pronto comprendiesen que eran esclavos aniquilarían la esclavitud. Más tarde, cuando dedujesen que eran siervos, acabarían con la servidumbre. Y tan pronto como comprendiesen que eran esclavos de un sueldo, abolirían la esclavitud del salario.



Sabemos quiénes beneficia mantener las cosas como están: a los amos, a los gobiernos, a las iglesias y a las
clases medias, en suma, a todo el que vive del trabajo de las masas. Pero incluso los líderes obreros están interesados en conservar la esclavitud del salario. Muchos de ellos son demasiado ignorantes para percibir el fraude y, en consecuencia, creen que realmente el capitalismo es bueno y que nada podemos hacer sin él. Sin embargo, otros, los más inteligentes, conocen muy bien la verdad, pero como funcionarios bien pagados e influyentes del sindicato, se benefician con la continuidad del sistema capitalista. Saben que si los trabajadores viesen todo el juego, pedirían cuentas a sus líderes por haberlos engañado y embaucado.

Se alzarían contra su esclavitud y contra sus malos pastores y de esto podría derivarse una revolución, como ha sucedido a menudo en el curso de la historia. Pero los líderes de los trabajadores no se preocupan por la revolución, prefieren dejar las cosas como están, porque las cosas están bastante bien para ellos.

En verdad, los falsos líderes no favorecen la revolución, se oponen siempre a las huelgas y tratan de evitarlas siempre que pueden. Cuando estalla una huelga, ellos vigilarán para que los hombres “no vayan demasiado lejos” e intentarán arreglar las diferencias con el patrón mediante el “arbitraje”, en el que el obrero lleva siempre la peor parte. Mantendrán reuniones con los patrones y les suplicarán que hagan algunas concesiones menores, y con demasiada frecuencia harán una huelga con desventaja para el sindicato; pero en cualquier caso exhortarán a
los trabajadores a “mantener la ley y el orden”, a estarse quietos y tener paciencia. Se sentarán a la misma mesa que los explotadores, a comer y beber con ellos y apelar a que el gobierno “interceda” y arregle el “conflicto”, pero tendrán sumo cuidado en no mencionar nunca el origen de todos los conflictos del trabajo ni atacar la esclavitud del salario.

Los líderes sindicales y los políticos –los más inteligentes– saben muy bien el colosal poder que podría ejercer la clase trabajadora como única productora de la riqueza del mundo. Pero no quieren que lo sepas. No quieren que sepas que los trabajadores, convenientemente organizados e ilustrados, podrían acabar con su esclavitud y dependencia. En lugar de eso, te dicen que vuestra unidad es sólo para ayudarte a obtener mejores jornales, aunque saben que no mejorarás tu situación gran cosa en el marco del sistema capitalista, y que permanecerás un esclavo del jornal, cualquiera que sea la paga que te entregue tu jefe. Saben muy bien que cuando consiguieras, por medio de una huelga, una mejora, volverías a perderla al elevarse el costo de la vida. Sin contar con lo que pierdes mientras dura la huelga.

Las estadísticas demuestran que la mayoría de las huelgas se pierden. Pero vamos a suponer que ganaste tu huelga y que estuviste fuera del trabajo unas cuantas semanas solamente.

Has perdido en este tiempo más en jornales que lo que puedes ganar en unos meses volviendo al trabajo con un salario más alto.

Tomemos un sencillo ejemplo. Imagínate que estuvieras ganando cuarenta dólares semanales antes de ir a la huelga. Vamos a imaginar los mejores resultados posibles. Diremos que la huelga duró sólo tres semanas y que conseguiste un aumento de cinco dólares. Durante tus tres semanas de huelga perdiste ciento veinte dólares en jornales. Ahora obtienes cinco dólares más cada semana. Necesitarás 2,4 semanas para recuperar la pérdida de 120 dólares. Después de trabajar seis meses con la nueva paga, estarás, justamente, como antes.

¿Pero qué ocurre mientras tanto con el aumento del costo de la vida? Porque no eres sólo un productor, sino también un consumidor.

Y cuando vas a comprar cosas te encuentras con que están más caras que antes. Jornales más elevados aumentan el costo de la vida. Porque lo que el patrón pierde pagándote mayor salario lo vuelve a recuperar elevando el precio de su producto.

Puedes ver entonces que, en su conjunto, la idea de jornales más elevados es, en realidad, un espejismo.
Hace creer al obrero que está mejor cuando obtiene más paga, pero el hecho es —en todo lo concerniente a la clase trabajadora— que lo que gane el obrero elevando su salario lo pierde como consumidor, y a la larga, la situación permanece igual. Cuando acaba un año de “salarios más elevados” el trabajador no posee más que después de un año de “salarios más bajos”. Incluso algunas veces está peor, pues el costo de la vida crece más rápidamente que los sueldos.

Esto es una regla general. Desde luego que hay factores particulares que afectan tanto a los salarios como al costo de la vida, como escasez de materias primas o de trabajo. Pero no necesitamos recurrir a situaciones especiales, a casos de crisis industrial o financiera, o a tiempos de anormal prosperidad. Lo que nos interesa es una situación corriente, la condición normal del trabajador.

En ésta el obrero permanece siempre como un esclavo asalariado, cobrando lo suficiente para poder vivir y continuar trabajando para su jefe.


Ahora podrías preguntar: “¿Para qué sirve el sindicato? ¿Qué hacen los líderes contra esto?”.
La verdad es que tus líderes no hacen nada contra esto. Al revés, hacen todo lo que pueden por mantenerte esclavizado al salario.

Y lo consiguen, haciéndote creer que el capitalismo marcha bien y que has de soportar el sistema existente con el gobierno y “la ley y el orden”. Te engañan diciéndote que no puede ser de otro modo, curiosamente igual que te dicen el amo, la escuela, la Iglesia y el gobierno. De hecho, tu líder obrero hace para el capitalismo la misma faena que tu líder político hace para el gobierno. Ambos sustentan, y consiguen que sostengas el presente sistema de injusticia y explotación.

“Pero el sindicato –dices tú–, ¿por qué no puede cambiar las cosas?”

El sindicato podría cambiarlas. Pero ¿qué es el sindicato?
La asociación eres tú, otro compañero y muchos más compañeros
–los afiliados y los burócratas–. Deduces, ahora, que los burócratas, los líderes obreros, no están interesados en cambiar las cosas.

Entonces, son los afi liados los que han de hacerlo, ¿no es eso? Así es. Pero si los afi liados –los obreros en general– no ven todo lo que los rodea, entonces, el sindicato no puede hacer nada.

Esto quiere decir que es necesario hacer comprender a los afiliados la situación real.

Éste debería ser el verdadero objetivo de las organizaciones obreras. Asunto del sindicato debería ser ilustrar a sus miembros respecto de su condición, enseñarles cómo y por qué se les roba y se los explota, y hallar medios y formas de acabar con esto.

Hacer esto sería cumplir el verdadero propósito del sindicato, que es proteger los intereses de los trabajadores. La abolición del orden de cosas capitalista, con su gobierno y su ley, sería la única defensa real de los intereses del trabajador. Y mientras el sindicato trabajase en esa dirección, también podría ocuparse de las necesidades inmediatas del trabajador.

El mejoramiento de las presentes condiciones en la medida en que esto es posible dentro del capitalismo.

Pero generalmente los sindicatos conservadores apoyan –como ya hemos visto– al capitalismo y a todo lo relacionado con él. Adopta esta posición admitiendo que eres un trabajador, que vas a permanecer siéndolo y que las cosas están bien como están. Afi rma que todo lo que la organización puede hacer es ayudarte a obtener jornales un poco mejores, a acortar tus horas de trabajo y a mejorar las condiciones generales de tu empleo. Y considera al patrón como a un socio del negocio y, por así decirlo, hace con él contratos. Pero nunca se pregunta por qué uno de los socios –el patrón– se enriquece con esta clase de contrato, mientras que el otro socio –el obrero– permanece siempre pobre, trabaja duramente y muere esclavo del salario.

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