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Brigadas Rojas 2° Parte




En los años 1960‑1980 hubo diversas experiencias, desde Cuba a Nicaragua, que hicieron pensar a muchos en que con la “guerra de la pulga” también se podía hacer la revolución, que no hacía falta una guerra tan prolongada y encarnizada como en China. Un liberal lo explicó:

«Mucho más singular que lo realizado por los chinos, es lo hecho por los cubanos no comunistas, quienes nos han proporcionado el ejemplo más contundente de acciones militares con efectos políticos, en una guerra en la cual muy pocas de sus batallas merecen de los expertos militares otro nombre que el de escaramuza». «Las guerrillas de Fidel Castro, peleando en una isla cuya población era de cerca de siete millones de habitantes, en ningún momento pasaron de los quinientos hombres armados…». «Cuba es el prototipo. Es el país dependiente y semicolonial típico donde la revolución triunfó sin necesidad de una guerra sangrienta en gran escala.» (Robert Taber)



R. Taber publica su libro en 1965, en Nueva York. Escribe con la preocupación de que

«América Central podría convertirse mañana en un Vietnam americano. Brasil podría llegar a ser un Congo americano. Venezuela, con su gran riqueza de petróleo, podría devenir una Argelia americana. Y los Andes, para citar a Fidel Castro, una Sierra Maestra más grande. ¿Cómo puede detenerse todo esto? Dado el completo atraso del área y el rápido aumento de su población, los planes económicos del tipo de la Alianza para el Progreso sólo pueden ser paliativos, no remedios duraderos o curas definitivas. El primer paso importante que debe darse es, sin duda, una reforma agraria. El paso siguiente es la industrialización, imposible sin mercados, eliminación del analfabetismo e inversión de capital en una escala sin precedentes. Pero, ni siquiera puede pensarse en dar estos gigantescos pasos hacia el progreso, si no se realizan antes radicales cambios políticos.»



R. Taber quería salvar a su imperialismo ofreciéndole «un enfoque a largo plazo y enteramente nuevo del problema de las relaciones de EEUU con América Latina.» Propone abandonar la llamada ayuda militar a «las oligarquías militares», «proclamar un Nuevo Trato (New Deal) económico para América Latina: este Nuevo Trato implicaría terminar con las relaciones comerciales injustas, los tratados unilaterales de comercio, la extorsión económica…» y, por último, el paso «más radical y el más difícil, sería... abrazar la revolución».

«La revolución no puede ser suprimida. Puede ser canalizada. ¿No parece acertado tratar de canalizarla en la dirección menos perjudicial y más prometedora? ...los movimientos populares puedan ser desviados hacia canales burgueses liberales; en otras palabras, las oligarquías y dictaduras militares podrían ser reemplazadas por democracias liberales basadas en el limitado socialismo que entraña el que nosotros llamamos Estado Benefactor o Estado de bienestar general, y las presiones revolucionarias, eliminadas por medio de ciertas reformas radicales, de las cuales la reforma agraria sería la más obvia e inmediata.»

“En 1957 y durante todo el año 1958, Washington hubiera podidoahogar con crema la Revolución Cubana rechazando abiertamente a Batista y dando la bienvenida o ayudando de hecho al movimiento acaudillado por Fidel Castro, movimiento que entonces era democrático, liberal‑burgués y reformista.»



Es decir, R. Taber propone desviar los movimientos revolucionarios hacia “canales burgueses liberales”, ahogarlos “con crema”, reemplazando en los viejos estados terrateniente‑burocráticos “las oligarquías y dictaduras militares” por “democracias liberales basadas en el limitado socialismo que entraña el que nosotros llamamos Estado Benefactor o Estado de bienestar”:

«Proclamar abiertamente que EEUU es un campeón de la revolución,arrebatando así a Moscú y Pekín la bandera revolucionaria y ofreciendo al surgiente tercer mundo un camino viable que no sea el totalitarismo marxista leninista ni el imperialismo occidental "llamado liderato del Mundo Libre"

Este conveniente método podría, incluso a estas fechas tan tardías, aplicarse a Cuba. Si se ayuda a Tito, ¿por qué no ayudar a Castro?...»



R. Taber es consciente que ese política iba a suponer, a corto plazo, un sacrifico económico para su imperialismo, pero, a largo plazo, le augura más beneficios que pérdidas.

«Lo que hoy se desea es la mano de obra y lo que ésta produce. Las materias primas de las áreas no desarrolladas ‑el cobre de Chile y el petróleo de Venezuela, por ejemplo‑ no tienen utilidad para una potencia industrial, como EEUU, sin el esfuerzo humano que hace que estén disponibles; las bases estratégicas requieren los servicios y la buena voluntad de grandes poblaciones; la industria exige grandes concentraciones de trabajadores y mercados de consumo en continua expansión.»

«Llegar a un compromiso con la revolución puede muy bien significar la entrega o abandono de gran parte de los veinte mil millones de dólares (en números redondos) invertidos en América Latina: esta es, en realidad, la perspectiva. Implicará, además, sacrificar muchas de las ventajas económicas de los tratados de comercio injustos y del trabajo de coolíes, en que se basa una parte substancial de nuestra prosperidad.

Por otra parte, la probable o segura pérdida futura podría ser como otra clase de inversión. Aunque la pérdida inmediata de dólares sería grande, no superaría a los veinte mil millones que han sido asignados ya ala Alianza para el Progreso. Y los dividendos a largo plazo serían mucho mayores que cualquier cantidad de dólares. Consistirían, ante todo, en el acceso seguro y continuo a las vastas existencias de materias primas vitales, de las que de depende por completo la industria de EEUU. Quedaría garantizado un continuo comercio exterior, sobre una base más equitativa que la que tiene ahora, y con la promesa de mercados cada vez más extensos para los productos manufacturados y agrícolas de EEUU, extensión basada en el aumento de los salarios y el consumo de millones de personas liberadas del trabajo de peón y elevadas al nivel del siglo veinte.»



R. Taber defiende a su imperialismo como lo defendería un Keynes. Cuidando por sus intereses a largo plazo y pidiendo, para ello, sacrificios en el corto plazo. Se da cuenta que la guerra contrarrevolucionaria lo hunde en un mar de contradicciones. Por tanto, le aconseja una solución política: las reformas económicas y políticas que permitan asentar “democracias liberales” en América Latina y ampliar esos mercados para las exportaciones de EEUU.

Quizás el ejemplo más claro del enfoque que propugna Taber fue el gobierno de la Unidad Popular en Chile, bajo la presidencia de Allende (1970-1973), continuación y desarrollo del gobierno democratacristiano de Frei (1964-1970), avanzado aplicador que había sido de la política de “Alianza para el Progreso”. Pero no olvidemos que con otro sistema de gobierno (fascista), Velasco Alvarado (1968-1975) intentó más o menos lo mismo: congregar al revisionismo y oportunismo en la profundización el capitalismo burocrático para ofrecer al imperialismo “mercados cada vez más extensos” y un “acceso más seguro y continuo” a las riquezas del país.



Habiendo expuesto el enfoque político de R. Taber, veamos su enfoque sobre la guerra revolucionaria. Establece tres categorías de guerras revolucionarias en aquella situación en la que escribe en 1964:

1º Las que libraban en las semicolonias como Cuba: «el país dependiente y semicolonial típico donde la revolución triunfó sin necesidad de una guerra sangrienta en gran escala. En países de esta naturaleza será suficiente, salvo una intervención de la potencia colonial dominante, con que la guerra de guerrillas cree las condiciones que permitan la caída del gobierno desacreditado (…) Todas las repúblicas de Centroamérica, dependientes de los Estados Unidos, como la mayoría de las de América del Sur, satélites económicos y políticos de los Estados Unidos, pertenecen a la misma categoría de Cuba.»

2º Las que se libraban en «las colonias que permanecen bajo el dominio europeo… También aquí, una solución política puede obviar la necesidad de un descalabro militar. En efecto, en el caso de las colonias actuales no es un asunto de descrédito para el poder colonial o para su gobierno, sino sólo la posibilidad de obtener provecho y prestigio poniéndole fin al colonialismo. Chipre es un buen ejemplo…»

3º «En una tercera categoría están esas guerras revolucionarias que deben ser ganadas, finalmente, en el campo de batalla. China es el ejemplo clásico, el laboratorio en el cual se establecieron los principios que se siguen confirmando en todas las regiones atrasadas del mundo. Las fuerzas revolucionarias populares pueden vencer a los ejércitos regulares; ésta es la lección fundamental de China. Las fuerzas populares, para decirlo más exactamente, pueden transformarse en ejércitos, pasando de la actividad guerrillera a la guerra de movimientos en que se supera en su propio terreno a las tropas regulares equipadas con todas las armas pesadas que produce la industria moderna.»



Lógicamente Taber está preocupado por una guerra como la de China en América Latina.

«Si las fuerzas armadas norteamericanas no pueden suprimir la insurrección en Vietnam del Sur, que sólo tiene unos 16 millones de habitantes, ¿cómo podrán imponerse en otros países, como, por ejemplo, Brasil, con una población de 75 millones de almas y una extensión territorial de más de 8 millones y medio de km2…?». «Si EEUU no puede disponer de tropas suficientes para establecer guarniciones en Asia sudoriental… ¿cómo podrá establecer guarniciones en los Andes, que se extienden miles y miles de kilómetros a través de América meridional? Sin embargo, esta es la perspectiva si el criterio con que hoy se actúa en Asia sudoriental se aplica también en un área mucho más próxima a EEUU y mucho más vital para este país que aquélla.»



Taber es consciente de que de un Fidel Castro podía hacerse un Tito, pero del Presidente Mao, no. Es consciente que los partidos revisionistas prosoviéticos «de los que podía haberse esperado que proporcionaran dirección o jefatura a los movimientos proletarios o campesinos, se han hundido o atascado por su propio conservadurismo, ineptitud, dogmatismo y oportunismo; en muchos casos, han llegado a una componenda con los respectivos gobiernos y están contentos de no hacer nada y engordar». Es consciente que «el séquito revolucionario de que gozaron, por breve tiempo, los fidelistas latinoamericanos, se ha desvanecido en proporción con el fracaso de la Revolución Cubana en la realización de las brillantes perspectivas [continentales] que ofrecía en sus comienzos». Es consciente que «sin embargo, la base y el fermento revolucionarios de América Latina son potentes realidades… Y aunque la revolución en gran escala no sea quizá inminente… América Central podría convertirse mañana en un Vietnam americano… Y los Andes… una Sierra Maestra más grande». Es consciente de que ni siquiera los EEUU “son inmunes”: en octubre de 1964, «un periodista negro, William Worthy, había publicado en la revista Esquire un artículo titulado "El negro norteamericano partidario del comunismo chino"…».

Por tanto, R. Taber necesita subrayar que el camino chino «no es el único modelo o camino que puede seguir la guerra revolucionaria». El objetivo de Taber es desviar por “canales burgueses liberales” los movimientos revolucionarios y transformar a los futuros Fidel Castro en Titos. Es consciente de que eso no se puede lograr con China. Veamos.

«Cuando la política llega a cierta etapa de su desarrollo, más allá de la cual no puede proseguir por los medios habituales, estalla la guerra para barrer el obstáculo del camino… Cuando se haya eliminado el obstáculo y conseguido el objetivo político, terminará la guerra. Mientras no se elimine por completo el obstáculo, la guerra tendrá que continuar hasta lograr el objetivo. Por ejemplo, mientras no se cumpla la tarea de la resistencia al Japón, toda tentativa de compromiso fracasará inevitablemente, pues aun cuando, por una u otra razón, se llegase a un compromiso, la guerra volvería a estallar, ya que sin duda las amplias masas populares no se resignarían a ello, y continuarían la guerra hasta la completa realización del objetivo político de la misma. Por consiguiente, se puede decir que la política es guerra sin derramamiento de sangre, en tanto que la guerra es política con derramamiento de sangre.» (Presidente Mao. Sobre la guerra prolongada).



Si la política es de nueva democracia, apuntando a destruir la dominación imperialista, el capitalismo burocrático y la semifeudalidad, y a construir una nueva economía, una nueva política y una nueva cultura, la guerra no concluirá hasta alcanzar el objetivo político. Pero si la política es de vieja democracia, no se propone destruir el capitalismo burocrático sino reformarlo, no se propone cambiar el viejo estado terrateniente‑burocrático por un nuevo estado de dictadura democrático popular sino cambiar un sistema de gobierno por otro dentro del viejo estado, no se propone la revolución sino reformas o promesas de reformas, la guerra no necesita ser prolongada y encarnizada, una «guerra sangrienta en gran escala», al contrario, tiene que seguir otro modelo en que basta crear «las condiciones que permitan la caída del gobierno desacreditado» y la formación de un nuevo gobierno “acreditado” por la revolución, como fue el gobierno castrista en 1959, el gobierno sandinista en 1979 o el gobierno de Prachanda hace unos años.

Si el objetivo político es cambiar un sistema de estado, la guerra tiene que barrer un gran obstáculo y, por tanto, necesita ser prolongada y encarnizada. Si el objetivo político es cambiar un sistema de gobierno dentro de viejo estado, el obstáculo a remover no es grande y no se necesita una guerra grande. Al contrario, cuando se emplea una guerra grande para barrer un obstáculo pequeño, la sangre derramada por el pueblo es cuenta pendiente que queda como losa espiritual, fardo moral, en el futuro de la nación, como lo demuestran recientemente El Salvador, Guatemala, Honduras. Y como lo ha demostrado Argelia después de 1962, Vietnam después de 1975…

China pasó por una «guerra sangrienta en gran escala» pero pudo disfrutar del poder durante cerca de 3 décadas y vivir el gran júbilo de la GRCP. Después del sufrimiento pasado, el pueblo chino tuvo una gran satisfacción moral y también material. Después de siglos, los bueyes, los azadones y la tierra se pudieron sentir a gusto trabajadas por campesinos contentos (Presidente Mao). Esa satisfacción nutrió, acreció, la laboriosidad del pueblo chino y en las últimas décadas, restaurado el capitalismo, ha permitido a la economía china el mayor crecimiento en el cuadro del mundo.

España sufrió la derrota en 1939 y en la posterior resistencia guerrillera, pero quedó el juramento: la resistencia persistía, perdida una batalla, la guerra continuaba contra el fascismo. Grande fue la laboriosidad del pueblo español en los años 60 aunque las productividades quedasen en duda por la organización económica imperante. Pero llegó el veneno de la “reconciliación nacional” del revisionismo, el veneno cuajó en la constitución de 1978 y las laboriosidades se fueron derrumbando: 40 años luchando contra el fascismo ¿para esto? Corrosivo es el veneno de la traición, la inmigración masiva de las dos últimas décadas conviviendo con el desempleo estancado lo manifiestan.

Argelia. Dicen que fue más de un millón de muertos, cerca de dos millones de refugiados lo que costó la guerra de liberación nacional en 1954-1962. ¿Después qué? Un fugaz intento de “socialismo autogestionario”, llegó Boumedian a los 3 años, puso a Argelia bajo el bastón de mando de Moscú, recompuso el viejo colonialismo en un estado terrateniente‑burocrático… ¿Cómo nos puede extrañar que toda esa amargura que fue cuajando durante dos décadas terminase reventando como vómito de pus en la cruenta guerra civil de 1990‑2004?

La guerra es la continuación de la política para barrer los obstáculos que con medios pacíficos no se logra. Por tanto «la política es guerra sin derramamiento de sangre, en tanto que la guerra es política con derramamiento de sangre» (Presidente Mao). Cuando se derrama una montaña de sangre para engendrar un ratón, un traidor, la política se hace guerra con sangre envenenada. El pueblo vuelve la espalda al traidor, deja caer sus brazos, el traidor se hunde políticamente, el país se estanca, y se vuelve a plantear el mismo dilema que convocó al pueblo a la guerra: o un viejo sistema de gobierno en el viejo estado, maquillado de una u otra forma, como la actual república en Nepal, o revolución de nueva democracia.



R. Taber no era capaz de comprenderlo, pero lo sentía o presentía. Por eso proponía, “ahogar con crema” a los movimientos revolucionarios en sus inicios, para impedir que se desarrollasen en una «guerra sangrienta en gran escala». Por eso, el imperialismo y el revisionismo se concertaron para difundir que el camino chino «no es el único modelo o camino que puede seguir la guerra revolucionaria». Mientras Guevara buscaba en el Congo y en Bolivia un lugar en que aplicar el modelo cubano, en la Conferencia Tricontinental de La Habana(enero 1966), se fundó la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL) y la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), para difundir el modelo cubano. El revisionismo de Brezhnev difundía la tesis de “los dos caminos” [pacífico y no-pacífico], no descartaron “la posibilidad”, sólo “la posibilidad”, de la lucha armada. Entre los que se llamaban marxista‑leninistas no había claridad al respecto y, en general, pecaron de inacción revolucionaria. Aprovechando el desconcierto, el desnorte y el lastre revisionista, la efervescencia revolucionaria se plasmó en todo tipo de tendencias “dos y medio”[ii]. Renació el viejo anarquismo o “sindicalismo revolucionario”, diversos “marxismos” entraron en escena con la leyenda de Guevara o de Palestina o los Black Power, los “marxismo-leninismos” también se dispersaron (pro China, pro Albania,…)

Al leer las reconvenciones de un Keynes[iii] o un Taber contra el imperialismo, pueden parecer la voz sensata, inteligente, del imperialismo, las palomas frente a los halcones, los que se pueden avenir a razones frente a los que se cierran en banda. En el fondo, esa inteligencia es como la de la nube. Ve las cosas desde lo alto, lo ve todo, pero es humo que con una lluvia se va. El topo es ciego, metido en caverna, pero no para de comer.

«El capitalismo, en general, y el imperialismo, en particular, transforman la democracia en una ilusión; pero, al mismo tiempo, el capitalismo engendra las tendencias democráticas en las masas, crea las instituciones democráticas, exacerba el antagonismo entre el imperialismo, que niega la democracia, y las masas, que tienden a ella. No se puede derrocar el capitalismo y el imperialismo con transformación democrática alguna, por más "ideal" que sea, sino solamente con una revolución económica…» (Lenin. “Respuesta a P. Kievski (Y. Piatakov)”. 1916).

«Lo esencial de la crítica del imperialismo estriba en saber si es posible modificar mediante reformas las bases del imperialismo, si hay que seguir adelante, exacerbando y ahondando más las contradicciones que el imperialismo engendra, o hay que retroceder, atenuando dichas contradicciones.» «Kautsky ha roto con el marxismo al defender para la época del capital financiero un “ideal reaccionario”, la “democracia pacífica'',… pues este ideal arrastra objetivamente hacia atrás, del capitalismo monopolista al capitalismo no monopolista, y es un engaño reformista.» (Lenin. El imperialismo, fase superior del capitalismo).



Solicitar del imperialismo que razone y que haga sacrificios a corto plazo para velar por sus intereses a largo plazo, es un sermón franciscano. Es ley que en la lucha contra la revolución, las clases dominantes pierdan la cabeza, tengan que recurrir al soborno, la corrupción y la traición, tengan que cerrar sus filas agarrándose al interés contante y sonante del corto plazo… Es ley que el imperialismo es capitalismo financiero, que la especulación y el parasitismo se crezcan más y más, que la lucha por la ganancia extra se exacerbe, que la producción sea arrastrada por los ríos especulativos,… Los sermones franciscanos no cambian nada. Simplemente sirven a prometer reformas que no se van a cumplir, “ahogar con crema”, con promesas, los movimientos revolucionarios, a fomentar la traición en las filas de la revolución.

Al final el más listo es el topo, de espaldas a la nube no deja de devorar. Es un pancista, un vulgar pancista; para ver lo que tiene delante con la nariz lo tiene que tocar, muy a corto plazo, pero morirá como cochino, mientras la nube se torturará en sueños imposibles, vanas ilusiones, reformas incumplidas.

Hobbes también intentó salvar a la monarquía de la revolución, intentó darle “principios de razón”, principios que se dedujesen de la experiencia histórica a la manera en que la experiencia dictó «los principios de razón para construir una casa que durase tanto como sus materiales». «El tiempo y la laboriosidad producen cada día nuevos conocimientos, y del mismo modo que el arte de bien construir deriva de los principios de razón observados por los hombres laboriosos, que estudiaron ampliamente la naturaleza de los materiales y los diversos efectos de la figura y la proporción, mucho después de que la humanidad… comenzara a construir, así, mucho tiempo después de que los hombres comenzaran a construir Estados, imperfectos y susceptibles de caer en el desorden, pudieron hallarse, por medio de una meditación laboriosa, principios de razón, que hicieran su constitución duradera» (Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil).

Pero tras la restauración de 1660, la reacción condenó su libro por los ataques al “poder eclesiástico” (1666). No quería “principios de razón”, no quería cremas ni blandenguerías, quería divinos principios para aplastar con la fuerza del rayo la revolución. Y lo consiguió, lista fue: la revolución burguesa terminó triunfando en el siglo XIX.

Fue el signo de un momento: el equilibrio estratégico de la revolución mundial (o de la revolución burguesa). Franciscanos keynesianos y sus “fraticelli”[iv] revisionistas predicando que son varios los caminos hacia el cielo y el camino chino «no es el único modelo o camino que puede seguir la guerra revolucionaria»

Fue el signo de un momento: el equilibrio estratégico de la revolución mundial. Lo que se tenía que ganar en extensión, se tenía que perder en claridad, para en el siguiente momento, ganar en claridad a partir de la experiencia acumulada en la extensión. Pensemos en el equilibrio estratégico de la revolución burguesa en Europa: las oposiciones se multiplicaron, hasta en el seno del viejo catolicismo, el calvinismo se dispersó, luchas nacionales, con diversas banderas, se intensificaron, guerra en el norte y guerra en España… Fue paso necesario para que en la etapa de ofensiva estratégica la revolución se despojase de sus banderas religiosas y se hiciese materialista. Pensemos en la época de la I Internacional: primero vino la difusión, con marxismo y anarquismo, y después, tras la Comuna de París, la claridad: el marxismo, que sirvió de base a la creación de la II Internacional. Pensemos en la época de esta II Internacional: primero vino la difusión, había marxismo y oportunismo, y, después, tras la Revolución Rusa, la claridad: el marxismo‑leninismo. Pensemos ahora mismo: el pensamiento gonzalo se difundió, hasta los Prachanda rebañaron en él, pero así tuvimos la experiencia del prachandismo y, por tanto, forja en la lucha contra el nuevo revisionismo que se hace llamar maoísta.

Cuando se habla del equilibrio estratégico en la guerra popular en el Perú se plantea: “construir la conquista del poder en todo el país”. Podríamos decir de forma gráfica que lo que hizo el equilibrio estratégico de la revolución proletaria mundial fue “construir” en todo el mundo los intentos, los ensayos, las experiencias, para poder forjar la claridad, la conciencia, que se necesita para abordar la ofensiva estratégica: sólo es uno el camino común del proletariado.

«Con la vanguardia sola es imposible triunfar… Y para que realmente toda la clase, para que realmente las grandes masas de trabajadores y oprimidos por el capital lleguen a adoptar esa posición, la propaganda y la agitación son insuficientes de por sí. Para ello es imprescindible la propia experiencia política de las masas. Tal es la ley fundamental de todas las grandes revoluciones, confirmada hoy con fuerza y realce sorprendentes tanto por Rusia como por Alemania.» (Subrayado nuestro) (Lenin. La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo).



Por tanto, hay que comprender que en Italia los Curcio y los Feltrinelli fueron producto de esa época. Con poca claridad se sumergieron en la corriente de la lucha armada y murieron o quedaron presos en ella, pero nos dieron la experiencia. Los que se quedaron en la orilla a echar pestes de esa experiencia, también nos dieron su experiencia: la del daño que causa la fraseología a la causa de la revolución. Decía Lenin que la esencia misma, el alma viva del marxismo, es el análisis concreto de la situación concreta. Podríamos decir que la esencia misma, el alma viva del revisionismo, es la fraseología y la inacción y eso se aprecia principalmente cuando cumple su edad madura y se aboca a la vejez en que ahora yace postrado.

Lenin apreció la voz honesta de un socialista francés, Paul Golay, que habló así del socialismo que moría tras la traición de 1914: «un socialismo dulzón, sin espíritu idealista ni pasión, con aires de funcionario y barriga de un respetable padre de familia; un socialismo sin audacia ni locuras, aficionado a la estadística, metido hasta la coronilla en amistosos acuerdos con el capitalismo; un socialismo preocupado exclusivamente por las reformas; un socialismo que ha vendido su derecho a la primogenitura por un plato de lentejas; un socialismo que aparece ante la burguesía como sofocador de la impaciencia del pueblo, una especie de freno automático de la audaz acción proletaria.» (Citado por Lenin en “La voz honesta de un socialista francés).

Pero Lenin también señaló las limitaciones de Paul Golay:



«Como la mayoría de los socialistas latinos, sin exceptuar a los guesdistas actuales, Golay no presta suficiente atención a la "doctrina", es decir, a la teoría del socialismo. Siente por el marxismo cierta prevención, que puede explicarse, aunque no justificarse, por el actual predominio de la peor caricatura del marxismo en las obras de Kautsky, en Die Neue Zeit y en los alemanes en general. Quien, como Golay, ha reconocido la necesidad de la muerte del socialismo reformista y del renacimiento de un socialismo revolucionario, "insurreccional", es decir, que comprende y propugna la necesidad de una insurrección y es capaz de prepararse para ella y de prepararla con seriedad, está de hecho mil veces más cerca del marxismoque esos señores que se conocen de memoria los "textos", pero que ahora se dedican (en Die Neue Zeit, por ejemplo) a justificar el socialchovinismo, cualquiera que sea su forma,…

Pero por explicable que sea, desde un "punto de vista humano", el desdén que siente Golay por el marxismo, y por más que se lo pueda eximir de la culpa, la cual recae sobre la tendencia moribunda y muerta de los marxistas franceses (guesdistas), esa culpa existe. El más poderoso movimiento de liberación de la clase oprimida, la clase más revolucionaria de la historia, es imposible sin una teoría revolucionaria. Esa teoría no puede ser inventada… No se puede ser socialista ni socialdemócrata revolucionario sin participar, en la medida de las fuerzas, en la elaboración y aplicación de esa teoría, y, en nuestros días, sin sostener una lucha implacable contra la mutilación a que la someten Plejánov, Kautsky y Cía.

De la falta de atención por la teoría derivan los ataques erróneos o irreflexivos de Golay, por ejemplo, contra el centralismo o la disciplina en general, contra el "materialismo histórico", que, a su modo de ver, no es bastante "idealista", etc…» (Subrayado nuestro) (Lenin. La voz honesta de un socialista francés).



Podríamos decir que los Curcio o Etxebarrieta estaban «de hecho mil veces más cerca del marxismo» (Lenin) que los “marxista‑leninistas” que los criticaron desde la orilla de la lucha armada con esa actitud que ha mostrado VF en España; sus errores están más «próximos a la verdad en el plano histórico» (Lenin) que la inacción revolucionaria de los revisionistas que se auto rotulaban “marxistas‑leninistas”.


«¿Era una necesidad o no ajusticiar a aquellos déspotas locales y "shenshi" malvados, tiranos locales y contrarrevolucionarios que habían cometido los peores crímenes? Claro que sí… De no haber ejecutado a aquellos Chiang Kai-shek de poca monta, tendríamos todos los días "terremotos" bajo los pies y no habrían podido liberarse las fuerzas productivas, no habría podido liberarse el pueblo trabajador. Las fuerzas productivas se componen de dos elementos: los trabajadores y los instrumentos de trabajo. Si no hubiéramos reprimido a los contrarrevolucionarios, el pueblo trabajador se sentiría insatisfecho. No se sentirían a gusto los bueyes y azadones, y la tierra tampoco; no podrían sentirse así, pues los campesinos, que son los que trabajan la tierra con los bueyes y los azadones, estarían descontentos.» (Presidente Mao. Discurso pronunciado en la II Sesión Plenaria del VIII Comité Central del PCCh. 15 de noviembre de 1956).
[ii] Entre la II y la III Internacional.
[iii] «Keynes, diplomático inglés y autor del libro Las consecuencias económicas de la paz. Por encargo de su Gobierno, Keynes participó en las negociaciones de paz de Versalles, las siguió sobre el terreno con un criterio puramente burgués, estudió el asunto paso a paso, en detalle, y, como economista, tomó parte en las conferencias. Ha llegado a conclusiones que son más tajantes, más evidentes y más edificantes que cualquiera otra de un revolucionario comunista, pues las hace un burgués auténtico, un enemigo implacable del bolchevismo, del cual traza, como filisteo inglés, un cuadro monstruoso, bestial y feroz. Keynes ha llegado a la conclusión de que el Tratado de Versalles llevará a Europa y el mundo entero a la bancarrota. Keynes ha dimitido, ha arrojado su libro a la cara del Gobierno y ha dicho: es una locura lo que están haciendo…
Por lo que se refiere a Francia, Keynes aduce cifras como éstas: su activo es de tres mil millones y medio, su pasivo, ¡de diez mil millones y medio! Y éste es el país del cual decían los franceses mismos que era el usurero del mundo entero, porque sus "ahorros" eran colosales y el saqueo colonial y financiero, que le había proporcionado un capital gigantesco, le permitía otorgar préstamos de miles y miles de millones, en particular a Rusia. Francia obtenía de estos préstamos beneficios fabulosos. Y a pesar de ello, a pesar de la victoria, Francia se ha convertido en deudora…
Keynes no hace más que revelar, en este caso, su habitual extravagancia de filisteo: al aconsejar la anulación de todas las deudas, declara que, por supuesto, Francia sólo saldrá ganando; que, desde luego, Inglaterra no perderá gran cosa, pues, de todos modos, no se podría sacar nada de Rusia; Norteamérica perderá mucho, pero Keynes cuenta con ¡"la generosidad" norteamericana! En este terreno no compartimos las concepciones de Keynes ni de los demás pacifistas pequeñoburgueses. Creemos que para conseguir la anulación de las deudas tendrán que esperar otra cosa y trabajar en una dirección un tanto diferente, y no en la de contar con "la generosidad" de los señores capitalistas.» (Lenin. II Congreso de la IC).
[iv] Hermanos pequeños, fue nombre genérico para los franciscanos, pero en particular para las escisiones a su izquierda.
Pensemos en Port Royal, el jansenismo, Pascal…
Pensemos en la guerra de Catalunya 1640-1652 y 50 años después la misma guerra en el seno de la guerra de sucesión dinástica (1702-1715).


Movimiento de Apoyo A la Guerra Popular en el Perú (MAGPP).

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