En 1852 se retiró de la Plaza de la Constitución la estatua ecuestre de Carlos IV y se planeó levantar en el mismo lugar un monumento a la Independencia, del que sólo se construyó el zócalo o base, que se ve en esta litografía publicada en 1855.
De esa época es el otro nombre de la Plaza de la Constitución: Zócalo. Casimiro Castro, Jardín de la Plaza de Armas, 1855. Digitalización: Raíces. Tomada De Castro, 1855
La Plaza de la Constitución ha sido testigo de la historia de México. Probablemente usada como mercado en la época prehispánica, continuó así durante los periodos colonial e independiente. En ese espacio tuvieron lugar las fastuosas fiestas del Centenario de la Independencia, el inicio de la Revolución, la trágica asonada de Victoriano Huerta y las celebraciones del México posrevolucionario. Hoy, entre muy disímbolos propósitos, sirve también como atractivo turístico.
Ahora estamos más que habituados a ver al Zócalo como un espacio monumental, y lo es en esencia por sus dimensiones y porque, salvo por el asta bandera, carece de cualquier otro elemento que no sea la gran plancha de concreto que le sirve de piso. Que no siempre fue así se ve en las imágenes que acompañan a los artículos que conforman esta edición de Arqueología Mexicana. Por medio de ellos se hace un recorrido por la antigua Plaza Mayor, desde la época prehispánica hasta la Independencia. Con este visual buscamos mostrar al lector la evolución de nuestra principal plaza, a partir de la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días. Como todo espacio social, y el Zócalo vaya que lo es, los cambios en su fisonomía estuvieron aparejados con las también cambiantes necesidades que debía cubrir: el arbolado jardín que durante más de un siglo ocupó la plaza, fue retirado definitivamente a mediados del siglo XX para ser sustituido por el piso de concreto que ahora conocemos, el que un famoso regente de la ciudad consideró más adecuado para la celebración de los ritos políticos a que era tan afecto el régimen postrevolucionario. Pensemos tan sólo en las ceremonias del 5 de mayo, la del 20 de noviembre o la tan simbólicamente asociada al Zócalo del grito de Independencia y el desfile militar del siguiente día.
No tuvo que pasar mucho, tan sólo unos 15 años, para que del espacio se apropiara la sociedad y albergara las grandes concentraciones del 68. En las décadas siguientes, el Zócalo se convertiría paulatinamente en termómetro de las transformaciones sociales y arena para calar fuerzas entre grupos políticos. En los últimos tiempos, además, ha recuperado algo del espíritu lúdico que tuvo en otras épocas y se le han plantado pistas de hielo, ha recibido ferias del libro y ha sido escenario para grandes conciertos, eventos a los que asisten multitudes que aún sin saberlo recuperan para el goce colectivo el más emblemático de los espacios públicos de México.
La escultura ecuestre de Carlos IV se colocó en la Plaza Mayor en un pedestal de mármol en 1803. Actualmente, está en la Plaza Manuel Tolsá de la ciudad de México.
La estatua de Carlos IV, conocida popularmente como “el caballito”, permaneció en la Plaza de la Constitución entre 1803 y 1823. A partir de entonces tuvo varios traslados para finalmente ser colocada en la plaza que ahora lleva el nombre de su autor, Manuel Tolsá, justo frente al Palacio de Minería.
LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ
Quizás pocos saben que el Zócalo, como se conoce popularmente a la gran Plaza de la Constitución, se llama así por la Constitución de Cádiz. La razón histórica se remonta al año de 1808 en que Napoleón invadió la España gobernada por Carlos IV, quien incapaz de detener la invasión se vio obligado a abdicar en favor de su hijo Fernando VII. Éste, igualmente inútil en la defensa de su país, a su vez abdicó en favor de José, hermano de Napoleón. Esto indignó al pueblo español, que se levantó en armas decidido a oponer resistencia y tomó el gobierno en sus manos. Como resultado, se crearon nuevas instituciones, entre las que se encontraban las juntas gubernativas. En la América española se presentó una situación semejante y hubo diversas alternativas por los distintos intereses que prevalecían en la región. En la Nueva España la crisis dio cauce al descontento que había surgido por las reformas borbónicas, que habían marginado del gobierno a los nacidos en los territorios americanos. Éstos propusieron establecer una Junta de Gobierno novohispana y que fuera vocero el Ayuntamiento. Esta situación alarmó a las autoridades virreinales, particularmente a la Audiencia, que veía amenazadas sus posiciones de poder.
Por su parte, en España se organizaban unas Cortes Generales y Extraordinarias y se invitaba a representantes de la Nueva España para que participaran en la reorganización política del reino. Reunidas en Cádiz, las Cortes españolas emitieron en 1812 una nueva Constitución, que recogía parte de las inquietudes de los novohispanos; fue jurada en México en septiembre de ese mismo año. La flamante carta magna establecía la monarquía constitucional con división de poderes, la abolición del tributo, la libertad de imprenta, las diputaciones provinciales y ayuntamientos en todas las poblaciones de mil o más habitantes. Se les concedió la ciudadanía a los indios, no así a los negros o castas que tuvieran sangre negra. En conmemoración de esta Constitución, se bautizó la plaza principal de México, que hasta esa fecha se llamaba simplemente Plaza Mayor.
La Plaza Mayor de la ciudad española se construyó en la explanada que estaba entre los palacios de los reyes mexicas. La plaza se volvió un centro, el cuadrángulo al que llegaban las principales calles y calzadas de la nueva urbe. Este arreglo urbano fue modelo para la construcción del resto de las ciudades del país. Anónimo, Plaza Mayor de México, ca. 1562-1566. Digitalización: Raíces. Tomado De Lombardo, 1997
La Plaza Mayor fue, desde sus orígenes, el escenario privilegiado del acontecer de la ciudad. Dos actividades fueron fundamentales en ella: el comercio y la fiesta. Asimismo, la Plaza Mayor fue un espacio en el que se daban cita todos los estratos sociales bajo los dictados de las autoridades políticas y religiosas.
Desde el Renacimiento y durante el Barroco, tanto las descripciones como las representaciones de ciudades podían tomar dos formas: una era como urbs, donde se mostraban sólo los edificios más importantes y las calles y las plazas de la ciudad aparecían sin gente; la otra pintaba el espacio urbano como civitas, es decir teniendo como principal centro de interés lo humano de la ciudad, las actividades y fisonomía de sus habitantes. Aquí seguiremos este mismo criterio.
LOS EDIFICIOS DE LA PLAZA Y LAS INSTITUCIONES QUE REPRESENTAN
Después de la violenta conquista de la ciudad, y sobre los templos y palacios semidestruidos, comenzó a construirse el nuevo centro político. El espacio sagrado indígena fue cubriéndose poco a poco mientras que la plaza mayor de la ciudad española se armaba en la explanada que se extendía entre los antiguos palacios de los reyes mexicas. Desde entonces esta plaza se volvió un centro, el cuadrángulo al que llegaban las principales calles y calzadas de la urbe y el paradigma sobre el que se construyeron las otras ciudades del país.
Las sedes de las máximas autoridades de la colonia se establecieron frente a la Plaza Mayor, en los antiguos palacios de Axayácatl y Motecuhzoma, ambos propiedad de Hernán Cortés. El primero, conocido en la época como “las casas viejas”, se encontraba al poniente de la plaza, y parte de él fue vendido por el conquistador en 1530 a la Audiencia encargada de administrar justicia; desde esa fecha en adelante albergó las cámaras del tribunal, un arsenal, las habitaciones de algunos oidores, varios almacenes y talleres y, a partir de 1535, los aposentos del virrey. El otro palacio, denominado “las casas nuevas”, fue comprado por el Estado a Martín Cortés en 1562 para establecer ahí la residencia del virrey y las oficinas del gobierno virreinal, que estuvo en ese lugar durante todo el periodo colonial. Dicho palacio sufrió numerosas remodelaciones, la más importante de ellas a fines del siglo xvii pues quedó semidestruido a raíz de un tumulto popular que lo incendió en 1692.
Sobre el costado sur del palacio se levantó el edificio de la Universidad, creada en 1553 bajo los auspicios de Carlos V. La institución había ocupado diversos lugares hasta que finalmente se asentó en un edificio iniciado en 1584 frente a la Plaza del Volador, hoy Suprema Corte de Justicia. El conjunto de los edificios burocráticos de la Plaza Mayor se completaba por el lado sur con las casas del Ayuntamiento, desde donde se regía la ciudad y cuyos cargos comenzaron a ser ocupados por criollos a partir de las últimas décadas del siglo XVI.
Finalmente, en el costado norte de la plaza se encontraba la Catedral, sede del arzobispo de México, la máxima autoridad eclesiástica del virreinato. A pesar de la importancia de este cargo, la primera catedral era una construcción pobre y pequeña que estuvo en funcionamiento en ese estado durante todo el siglo XVI; la nueva, que se comenzó a mediados de la misma centuria, no fue consagrada sino hasta 1667. Para realizar los oficios litúrgicos, en la catedral funcionaba el cabildo eclesiástico. Sobre la calle que corría al norte del palacio virreinal estaba el palacio episcopal. En él, un provisorato regido por un vicario general se encargaba de administrar la justicia eclesiástica. Así, a diferencia de lo que pasaba en Europa, la plaza era un lugar único en el que se concentraban los poderes civiles y religiosos y, por ello, el teatro donde el espectacular despliegue de lo público tenía su representación.