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"Hay que destruir las patrias"
Por Antonio Caponnetto.
(Si no gusta leer, al fondo)
Patria:
• Etimología: La palabra patria viene del latín, de la forma femenina del adjetivo patrius-a-um (relativo al padre, también a los “patres” que son los antepasados). Por la expresión femenina terra patria (la tierra paterna o de los antepasados), con omisión de terra, quedó la voz patria ya en latín para designar el país de origen o aquél lugar donde están las raíces de uno.
• Definición conceptual según el Diccionario de la Real Academia Española, idioma materno nuestro: Tierra natal o adoptiva a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.
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Introducción.
Teniendo en cuenta ya la etimología y la definición, podemos meditar que el concepto de patria en el imaginario colectivo ha sido trastocado, modificado, distorsionado. El significado que resuena en las mentes de los argentinos actuales es el que se le comenzó a dar hace muy poco tiempo.
¿Por qué se impulsó el nuevo concepto de patria?
Podríamos decir que, a una persona que es fiel a su patria, a la tierra, a la cultura, al arte y a la sociedad que trabajaron y forjaron sus antepasados, quienes a su vez se entrelazaron con los antepasados de, por ejemplo, su vecino, es difícil hacer que acepte lo que el poder actual le ofrezca como producto de consumo si este está movido y gobernado por la ideología capitalista actual que no se pone por debajo de la patria de un pueblo, ni mucho menos. Y si dicha persona percibe que el poder que lo gobierna va en contra de su patria, se le resistirá. Por lo tanto, el poder necesita de una estrategia, una estrategia con muchas aristas que hay que pulir, sirviéndose de las herramientas educativas, propagandísticas, artísticas, políticas, militares, etc., para que refleje la “luz” que el poder, sea capitalista o comunista, desea para lograr sus intereses para con esa persona, y para con sus vecinos. Una de esas aristas que hay que pulir, o en este caso, destruir y construir nuevamente, volver a enseñar, a reeducar, es la firme roca de la patria de un pueblo, la firme identidad que una comunidad de personas —en las que entran nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etc. — comenzó a construir cuando adquirieron un sentido de propiedad de un lugar, de un conjunto de costumbres y saberes, que a su vez, mantenían una firme tradición verdadera.
Sin más, a los bifes.
LA HISTORIA
Los sofistas.
La sustitución de la idea y del concepto de patria por la idea y por el concepto de una aldea global, de un mundo único, homogéneo, es dolorosamente una idea muy antigua. Podríamos remontarnos a modo de ejemplo al mundo griego, específicamente, a la conducta de los sofistas, enemigos de la sabiduría, quienes eran, en rigor, mercenarios del conocimiento. Los sofistas negaban el concepto de patria, de arraigo, de tradición; y eran partidarios de fundar un cosmopolitismo sin raíces.
Hay muchos autores sofísticos que han sido partidarios de esta idea como por ejemplo Protágoras, Antifón o Calicles, a todos los cuales se los ha estudiado e investigado y se ha llegado a la tristísima conclusión de que el común denominador del pensamiento que estos hombres representaban era negar la correspondencia entre la Patria Terrena y la Patria Celeste, negar el correlato entre las cosas de la tierra carnal y las perspectivas y destinos sobrenaturales de los hombres y de las naciones. También era un común denominador en el pensamiento y en la prédica sofística manifestar un egoísmo explícito en desmedro del cariño debido a la tierra, a la polis, a la patria. Es decir que estos hombres tenían un enfoque universalista, igualitarista; hablaban de una fraternidad abstracta y despreciaban a su propia patria concreta y singular. Más bien eran partidarios de suprimir las fronteras nacionales y de homologar a todos en una igualdad falsa, abstracta y aritmética. La intención de unidad, de comunidad, es en sí misma magnífica, pero al quitarle la trascendencia se vuelve solo una herramienta del poder.
Si buscáramos un símbolo de esta conducta apátrida que tenían los sofistas, el más desdichadamente elocuente fue el de abandonar el escudo en los campos de batallas. Para los griegos el escudo no era solamente un arma o un instrumento defensivo, sino que era el símbolo de toda su cosmogonía sagrada, de manera tal que abandonar el escudo era abandonar algo más que un arma o una herramienta de combate, era abandonar el destino de la patria, la custodia de la patria, y a ese enraizamiento de la patria en las cosas trascendentes y superiores. Hubo casos concretos de sofistas que abandonaron el escudo deliberadamente en el campo de batalla, como lo fue la conducta de Alceo que con profundo desprecio por la tierra natal huyó del campo de combate dejando deliberadamente el escudo. Para darse una idea de la importancia del escudo en esas sociedades antiguas recordemos que las nobles matronas espartanas solían despedir a los esposos en las puertas de sus casas colocándoles los escudos en posición horizontal y les decían desafiantes “regresa vencedor o muerto porque esta jamás será la casa de un cobarde”. El escudo servía al mismo tiempo de mortaja, era la última mortaja que tenía el combatiente.
Los sofistas, entonces, expresan el clima espiritual de la democracia apátrida que no quiere tener lazos con la patria, ni lazos, ni compromisos, ni involucraciones con la tierra. Para sintetizar en cuatro aspectos la postura y rasgos distintivos de los sofistas, decimos los siguientes:
1. La prevalencia: el afecto por uno mismo por encima del afecto hacia los antepasados y hacia el universo tradicional.
2. “Liberarse” de las ataduras religiosas: liberarse de las ataduras de la piedad, de la veneración, de la devoción, de la adoración.
3. El olvido de las obligaciones cívicas: principalmente de las obligaciones castrenses, militares, y a las obligaciones vinculadas al noble arte de la guerra justa.
4. El planteo hedonista: la búsqueda del disfrute, del confort, del placer. Sosteniendo que de esa manera el oro ingresaría en sus bolsillos y en las arcas de las ciudades, e ingresando el oro, el confort y el bienestar ya no habría más nada de lo cual preocuparse.
Ahora, pensemos en la dolorosa vigencia que tiene este pensamiento sofístico: no a la Patria, no a Dios, no a la Tradición, no al arraigo; si al egoísmo, si al oro, al confort, al bienestar, a la riqueza.
Para estos hombres el único objetivo que merecía la pena sus esfuerzos era crear una especie de a-espiritualidad relativista, utilitarista, pragmatista. Es decir, una cosmovisión dentro de la cual lo único importante era la obtención de bienes materiales, exitosos, redituables y aprovechables pero posponiendo o legando los bienes del espíritu. Por eso frente a este mundo sofístico se alzó la voz del gran maestro Sócrates que no solamente puso en evidencia sus muchísimas miserias y refutó minuciosamente todos y cada uno de los errores de los sofistas, sino que, lleno de santa cólera por esta prédica pacifista y materialista que ellos hacían, les dijo un día —y vale la pena conocer textualmente el texto de Sócrates— “La Patria Soberana es, a los ojos de Dios y de los hombres sensatos, un objeto más precioso, más respetable, más augusto y más sagrado que una madre, que un padre y que todos los antepasados juntos. Es necesario cumplir las órdenes que la Patria manda cumplir. Es necesario sufrir sin murmurar lo que la Patria manda sufrir. Es necesario ir a la guerra por la Patria cautiva. Es necesario estar dispuesto a ser herido, a ser vulnerado en el combate en defensa del honor de la Patria Soberana, porque la defensa de la Patria Soberana es un bien mayúsculo y porque si no tenemos Patria Soberana no podemos tener ni padre, ni madre, ni parientes y no podremos ser mirados con benevolencia por los ojos de Dios, puesto que a la Patria, Dios la fundó sobre la Tierra para que hubiera menos llanto y menos luto, y para que fuera una prefiguración de la Patria Celeste”.
Los epicúreos.
Exactamente el mismo fenómeno que se dio en Grecia con los sofistas, se dio en Roma con toda una escuela filosófica, la escuela del epicureísmo, que reivindicó maliciosamente el derecho a convertirse en una apátrida, en un ateo. Y decían los epicúreos “allí donde estoy bien, allí está la patria”; —donde como, donde tengo provecho, donde obtengo beneficios, donde resulto materialmente exitoso, allí está la patria. Por lo tanto la patria no existe. Existe el bolsillo pero no la patria, mi patria es el bolsillo—.
Y así como Sócrates fue el maestro que se opuso a las enseñanzas de los sofistas, en la antigua y noble Roma también hubo un gran maestro que se opuso a las enseñanzas de los epicúreos, que fue Cicerón. Cicerón tiene un libro escrito, entre tantos, llamado “Los oficios” que lo escribió para la mayoría de edad de su hijo. En este libro, concretamente en el capítulo once del libro tercero, Cicerón, para aleccionarnos sobre la perversidad de estos grupos apátridas, nos cuenta el caso de un personaje histórico real llamado Circilo quien era un ciudadano que después de la derrota ante Xerxes tuvo la osadía de sugerir públicamente que Atenas se congraciara con el invasor triunfante porque —decía Circilo— de esa manera, si los atenienses en vez de combatir al invasor se congraciaban con él, encontrarían los beneficios económicos y monetarios del invasor. Los atenienses —cuenta Cicerón en este libro “Los oficios”— cuando se enteraron que Circilo opinaba de esta manera y que pretendía imponer su criterio apátrida lo apedrearon públicamente.
El mundo moderno está lleno de “Circilos” con la diferencia de que hoy los nombran diplomáticos, o cancilleres, o ministros de ramo. Ya no existen estos gestos patrióticos, justicieros, que pongan en evidencia que para los hombres de bien en una Patria con honor no cabe ceder ni negociar la soberanía territorial ni la espiritual. Y entonces Cicerón ante este ejemplo desdichado pero a la vez edificante, Cicerón le dice a su hijo “Nunca se ha de pecar por la república, por la cosa pública, por la Patria. Cuánta honra es para los estados preferir lo honesto antes que lo útil”.
La Historia Sagrada.
Así como tenemos el ejemplo de los sofistas en Grecia y la respuesta del maestro Sócrates, y el ejemplo de los epicúreos en Roma y la respuesta del maestro Cicerón, también tenemos el ejemplo que nos da la Sagrada Escritura. Porque si nosotros repasamos sus páginas también nos vamos a encontrar con personajes arquetípicos y paradigmáticos los cuales se oponen precisamente a esta condición totalitaria, o cosmopolita, o globalizante. Pensemos en la figura de Nabucodonosor o de Antíoco Epífanes: estas dos figuras son encarnadura de un poder mundial, global, homogeneizante, totalitario, tirano, despótico, que es además un poder avasallante de la patria concreta. Pero sin embargo Dios no permite el triunfo de estas figuras, tampoco justifica la sumisión ante estas figuras ni el acomodamiento con ellos, ni el equilibrio de fuerzas. Dios suscita a Judit y a los macabeos que son precisamente personajes reales, arquetípicos, que prueban con evidencia providencial y sobrenatural que el Reino de los Cielos está en tención y únicamente lo arrebatan los esforzados, es necesario arrebatarlo por asalto. Por asalto lo arrebato Judit y los macabeos.
La historia del mundo griego, del mundo romano, la Historia Sagrada. Abundan estas historias, profanas o sacras, en ejemplos que nos permiten entender que nunca ha sido buena para la humanidad la presencia de los apátridas. Nunca ha sido buena para la historia de la humanidad la presencia de los poderes omnímodos, avasallantes, usurpadores, cosmopolitas o globalizantes.
NUESTRA BATALLA
La modernidad.
Ahora bien, si de la antigüedad helénica o románica nos acercamos más a la modernidad nos vamos a encontrar con que este deseo de los apátridas, por un lado, y de los mundialistas por otro, también aparece en la historia de la modernidad. Y concretamente aparece a través de dos terrible y malsanas ideologías: la ideología del liberalismo y la ideología del marxismo.
Si pusiéramos para esto también, algunos ejemplos concretos, nos daríamos cuenta cabalmente de que tanto el liberalismo como el marxismo han propuesto, a su turno, la sustitución del ideal de patria por un ideal cosmopolita o globalizador. Podríamos citar el pensamiento de Rousseau, el de Voltaire, el de D’alembert, el de Diderot, el de Carlos Marx, el de Weishaupt el padre del iluminismo. Todos estos personajes, de un lado o del otro, a su turno, predicaron exactamente lo mismo que los antiguos sofistas o los antiguos epicúreos, un materialismo, un naturalismo, un inmanentismo, un desprecio por la Patria, un desprecio por la Tradición, un desprecio por la Fe. Lo curiosos es que los liberales y los marxistas quisieron presentarse como antagónicos o fuerzas contrarias, y sin embargo, como bien probó Dostoievski, los liberales han sido, en teoría y en la práctica, los padres y los engendradores de los marxistas, porque la base es la misma y común: la filosofía naturalista, la inmanentista, la terrenalista y el desprecio por las grandes filiaciones humanas, la divina —con Dios—, la carnal —entre humanos— y la filiación histórica —la Patria—. Por eso, ambas expresiones ideológicas, marxismo y liberalismo, por más que quieran presentarse como enfrentadas o antagónicas, son convergentes y coincidentes. Muchas veces se ha aludido a esta convergencia hablando de “una moneda con dos caras”; otras veces se ha hablado de esta convergencia refiriéndola como “una pinza única hecha de dos brazos”; y otras veces se ha comparado al dios Jano, que es un dios bifronte. Todas son buenas metáforas para entender esta alianza, o maridaje, o connubio entre el liberalismo y el marxismo.
El complot.
La verdad es que existe una conjura, un complot, provocado por la unión de ambas fuerzas. La verdad también es que la Iglesia Católica fue la única que se ocupó en su momento y hasta el día de hoy, valientemente, de denunciar la existencia de este complot y de esta conjura. Por eso el Papa Pio XI en la encíclica Cuadragésimo anno del año 1931 hizo una valerosa y lúcida referencia a lo que él denominó “el imperialismo internacional del dinero”. Dice el Papa:
—"El funesto y detestable internacionalismo del capital para el cual la patria está donde se está bien, la patria está donde existe el confort".
Es decir que el imperialismo no es propiamente yanqui o propiamente soviético aunque se manifiesta en su vertiente yanqui o en su vertiente soviética o en su vertiente británica, sino que es una fuerza más poderosa a la que el Papa Pio XI ha llamado con precisión “imperialismo internacional del dinero”.
Lo paradójico es que mientras el poder mundial de este imperialismo denunciado por Pio XI se concretaba, se fusionaba y se descalificaban las teorías conspirativas que hablaban de un complot y de una conjura, como bien dice en nuestros días Gary Allen “nadie se atreve a llamar la conspiración pero la conspiración existe”; mientras se negaba la conspiración, empezaron a aparecer personajes globalizantes que reivindicaron para sí la existencia de esta conspiración, diciendo incluso que la palabra conspiración significa etimológicamente “respirar juntos”, y que por lo tanto, dicen ellos, sí existe un “respirar juntos” de los liberales y de los marxistas. Es muy importante este reconocimiento que hacen los modernos ideólogos de la globalización porque antiguamente tenía vigencia aquella famosa sentencia de Bordeleaur según la cual el mejor ardid del demonio consistía en hacernos creer que no existía. Pero hoy esto ha sido superado para peor, y el peor ardid del demonio consiste en hacernos creer que existe, que su existencia es buena y que debemos rendirle tributo y servicio, y este nuevo demonio es precisamente el demonio de la globalización, de la homogeneización compulsiva, del mundo único, del mundo totalitario, del imperialismo internacional del dinero (por decirlo con palabras inmejorables que son las palabras del papa Pio XI).
La globalización.
Digamos entonces que ya sea considerando los antecedentes griegos, los romanos, los del Antiguo Testamento, considerando modernamente la unión de las ideologías liberal y marxista, estamos ante una evidencia. La evidencia de la existencia de un mundo global que pretende, globalizándolo todo, al extinción de las patrias, de las naciones, de los estados de los pueblos, de las comarcas, de las regiones concretas. Este su el objetivo: desarraigar al hombre y disolver en el hombre su filiación histórica.
Pues bien, vallamos a una segunda cuestión ¿cuáles son las características que tiene este poder globalizante, este poder mundial, este fenómeno? Esquemáticamente cuatro son las principales y trágicas características de este fenómeno:
1. La primera es la concepción del mundo como una inmensa red electrónica o eléctrica. Esta metáfora es precisamente de los mismos ideólogos de la globalización, como por ejemplo Marshall McLuhan, que sostienen, directamente, la existencia de un mundo electrificado capaz de enlaces instantáneos y secundarios. Ahora bien, según el decir de estos ideólogos de la globalización, esa red eléctrica mundial tiene sus usinas, sus estaciones de distribución, sus ramales principales y secundarios, sus interruptores y según ellos, cuando existe una sobrecarga se produce un cortocircuito. El cortocircuito conspira contra el sistema homogéneo y global y por lo tanto hay que impedir que suceda. Un cortocircuito puede ser un golpe de estado, un alzamiento militar, una dictadura, pero específicamente es la Unión de la defensa de la Patria, en rigor nacional, con la defensa de la religiosidad. Es decir que el mayor perturbador del equilibrio de este circuito eléctrico es la unión de Dios y de Patria, de Patria y de Dios. Toda acción política que propenda a unir lo divino, lo religioso con lo patriótico, es para estos señores, un cortocircuito. Por eso, porque rige esta concepción eléctrica del mundo, es que los ideólogos de la globalización, como por ejemplo Brezinski que fue asesor del presidente Jimmy Carter en su momento, habla de la Era Tecnotrónica que sería la Era dominada por la tecnología de avanzada que impide deliberadamente, por el control que se tiene de la misma, la realización de cualquier cortocircuito que ponga en riesgo la pertinencia del sistema. Debemos de agradecerles a estos ideólogos que sean tan groseramente explícitos porque nos están diciendo cual es el antídoto para acabar con la opresión: si la tranquilidad para ellos es que el circuito eléctrico funcione sin cortocircuitos, pues nosotros hemos de provocárselos.
¿Qué decir frente a esta posición que mantienen los globalistas? por lo pronto hay que recordar aquello que dice Henry Massis en su obra “Defensa de occidente”, él dice que cuando occidente se separa de su orden histórico y de su tradición religiosa, su espíritu resulta cruelmente herido y se disipa. Lo mismo ha dicho muy agudamente y casi proféticamente el filósofo italiano Federico Sciacca que habló en los años ’50 de la existencia de un occidentalismo secularizado al que él llamo envilecido y dijo textualmente “la columna vertebral de este nuevo occidentalismo envilecido y secularizado ya no es el Evangelio, es Estados Unidos, y por lo tanto pierde el ser y cae en la nada. Ya no es el portador del ser, ya no es el portador del Logos, sino que es el portador del nihilismo, el portador de la nada”.
Tenemos que tener entonces mucha claridad conceptual frente a esta primera característica nefasta de la globalización. Esta claridad conceptual significa para nosotros decir y ratificar que occidente no es un mercado, no es un casino, no es una red eléctrica, no es una aldea global, no es un tablero digitado por tecnócratas, tampoco es un agar para solaz de los usureros apátridas. Occidente no se entiende en clave materialista porque occidente no se engendró bajo el signo del dólar o del petróleo. El occidente es el misterio de Pedro, de Juan y de Santiago a quienes Cristo dijo “id y predicad”, “id y convertid”, “id y evangelizad”, “id y bautizad”, es decir que el occidente es una epopeya de amor cristiano y victorioso, por lo tanto esto es lo primero que tenemos que decir frente a quienes pretenden caer en este occidentalismo envilecido, norteamericanizante, u occidentalismo que ha perdido el Logos, que ha perdido el ser y ha caído en la nada. Pero lo segundo que tenemos que decir frente a esta pretensión avasallante de los tecnócratas es que la patria no es un bien que se elige, pertenecemos a esa y debemos servirla con fidelidad hasta la muerte, que desecharla, menoscabarla o volverse y ponerse en contra es traición, y en el orden de los bienes terrenos es el más alto de los crímenes. Cuando la Patria está en peligro y en peligro inminente de perecer no cabe otra alternativa más que luchar por su reconquista. Y hay que decir también, para sostener afirmaciones vigorosas frente a los ideólogos de la globalización, que no es cierto que hay que estar con los ganadores de la historia, lo cierto es que hay que estar con los dueños del éxito. La historia es una aristocracia, ella no ratifica ni los plebiscitos, ni las aclamaciones de las multitudes, la historia tiene desdén por el mero éxito y un alto respeto por los gloriosos vencidos.
2. La segunda característica de la globalización es consecuencia directa de la primera y consiste en el rechazo del patriotismo, del patriotismo militante, del sentido tradicional de la soberanía y de la conciencia territorial. Valga aclarar que este rechazo lo es de toda afirmación física y metafísica del ser racional, es decir que lo que molesta es la custodia de las identidades nacionales. Aquí también hay algunos ejemplos: unos de los ideólogos de la globalización, Fukuyama, refiriéndose a esta segunda característica, visitó Argentina en diciembre del ’91 y fue reporteado por el periódico marxista llamado Página 12, y Fukuyama, interrogado acerca de la Argentina, dijo lo siguiente: “la Argentina no es peligrosa porque no tiene el desafío de la religión ni el desafío del patriotismo”, y agregó “Sería peligrosa si tuviese un Francisco Franco o un Solzhenitsin”, es decir, un caudillo que reivindicara la unión de Dios y de la Patria o un talento literario, un testigo viviente de la perversidad marxista como Solzhenitsin, que dijera nada más y nada menos que el marxismo es intrínsecamente perverso.
Entonces, así como antes nosotros les damos las gracias a los señores globalistas porque por contraste nos están diciendo lo que tenemos que hacer, ahora también les damos las gracias porque muy a pesar vuestro nos están diciendo cual es el remedio para acabar con esta situación: la unión de los Amores a Dios y a la Patria. Por eso, Leonardo Castellani, traduciendo unos versos del poeta Verlaine dice: “Amar la Patria es el amor primero, y es el postrer amor después de Dios, y si es crucificado y verdadero, ya son un solo amor, yo no son dos”. De eso se trata, de amar a la Patria en Cristo y de amar por Cristo a nuestra Patria. Se trata, diríamos, de ser patriotas de la Tierra y patriotas del Cielo. Al respecto abundan los testimonios, se podrían citar minuciosamente pero sería agobiante, mas citaremos algunos para que se vea que esta segunda característica señalada no es una arbitrariedad:
El precitado Brezinski en su obra “La Era Tecnotrónica” tiene un capítulo llamado “El gran fracaso”, el capítulo 24, en el cual sostiene que la única amenaza para la construcción de la globalización, para la sociedad democrática, pluralista y mundialista, es la existencia del patriotismo unida al cristianismo. Más claro, indudablemente, imposible.
Otro tanto ha dicho el señor Vargas Llosa en un trabajo llamado “El patriotismo y la utopía” en el cual dice exactamente lo mismo que Brezinski.
Otro testimonio, tal vez un poco más sutil y por eso más interesante, es el de John Kenneth quien fue asesor del presidente Kennedy y catedrático de economía en Harvard. Este señor escribió un artículo llamado “La pobreza es el enemigo del Novo Ordo Seclorum (nuevo orden mundial), la pobreza es el enemigo de la globalización”, es decir que mientras exista el bienestar, el confort, no sucederá nada. Pero quitada la riqueza, quitado el oro, entonces aparecen los pobres y estos disgustan, fastidian y rompen el equilibrio de ese circuito electrónico porque son la prueba de que algo falla, lo que falla es ni más ni menos que el concepto de justicia social y de equidad. Sigue diciendo John Kenneth que por todos los medios se solicita y se pide impedir el patriotismo y la aparición de tribus patrióticas.
Otro ejemplo representativo es de otro ideólogo de la globalización, el famoso Toffler que en los ’80 alcanzó un cierto prestigio por haber escrito el best seller “La tercera ola”, en el cual la tesis es que hay tres olas que hay que evitar, en el siguiente orden: el imperio subterráneo de la cocaína, el fanatismo religioso y el extremismo patriótico. Es decir que para este señor, el amor a Dios y el amor a la Patria son tan riesgosos como el imperio subterráneo de la cocaína.
Y así se podría seguir colocando ejemplos que revelan precisamente la existencia de esta segunda característica que estamos mencionando. Ahora bien, esta característica tiene un corolario que es nefasto, funesto y que también conviene mencionar: si los globalizantes están en contra del patriotismo, están a favor de la desmovilización física y espiritual de las fuerzas armadas de todas las naciones. Por eso no quieren tener ejércitos cristianos sino de profesionalistas asépticos, de hombres neutros, híbridos, siempre dóciles a los requerimientos del poder mundial, de la Casa Blanca, siempre listos para servir en las supuestas funciones de paz a ese imperialismo internacional del dinero, y de manera tal que la noción épica, castrense, y el sentido cristiano del ejército desaparece. Estemos atentos a este correlato de esta segunda característica porque es muy grave que esta desmovilización física y espiritual de las fuerzas armadas sea promovida por los ideólogos de la globalización, es muy grave que la comisión trilateral proponga la existencia de fuerzas globalizantes sirviendo en el pentágono en desmedro de las Fuerzas Armadas Nacionales, es muy grave que se hable, como se habló, del Proyecto Kissinger que se publicó en su momento por el famoso “Manual Bush” de Bush padre, que introduce de un modo explícito la supresión de los símbolos nacionales de los ejércitos de las distintas patrias para hablar de un ejército cosmopolita o simplemente internacionalista. Todo esto es muy grave, pero más grave es que existan soldados, militares y generales que estén de acuerdo con esta perspectiva globalizante porque ya es traición a la Patria. Lo que se tiene que entender es que un ejército es, como decía Calderón de la Barca, la república mejor, sus componentes todo lo sufren en cualquier asalto —dice Calderón— solo no sufren que les hablen alto. Es decir, no sufren que les falten el respeto. Un ejército entonces no se justifica ni por la utilidad, ni por el pragmatismo, ni por las funciones de socorro social que pueda prestar, ni por el apoyo humanitario. La existencia o inexistencia de los ejércitos está ligada ineluctablemente al deseo de que exista o no una Patria Soberana, un territorio soberano. O se prefiere tener un destino de factoría, de colonia, con hombres cipayos, mercenarios, servidores del poder global, o se aspira a tener un hombre nuevo, como decía el Capitán Codreanu, que sea mitad monje y mitad soldado y que por lo tanto luche por defender a su patria. Lamentablemente y con infinito dolor se han cumplido las palabras de Saint Exupery cuando dice “este es el siglo de la publicidad de los regímenes totalitarios de los ejércitos sin clarines ni banderas y sin misas por los muertos”. Dan muchas ganas, por lo tanto, de decirles a esos generales cipayos las frases que les dice el mismo Saint Exupery: “Vuestro ejército es semejante a un mar que no pesara contra su dique. Sois pasta sin levadura, sois tierra sin simiente, administráis en lugar de conducir, sois solamente testigos estúpidos”. En esto se han convertido desdichadamente estos militares sin honor que permiten que se les falte el respeto a los bienes supremos de Dios y de la Patria. Hay algo que debe saberse y decirse por doloroso que sea: Es peor el eunuquismo que el satanismo, porque el satanismo tiene el remedio del exorcismo, el eunuquismo no tiene remedio. Soldados endemoniados pueden ser rebautizados y ganados para Cristo, pero soldados castrados ya no pueden servir para nada ni pueden pelear jamás.
3. La tercera característica que tiene esta concepción globalizante es la concepción mesiánica, es decir, ellos se consideran a sí mismos como mesías, pero un mesianismo secularizado, caricaturesco, paródico, una réplica del verdadero Mesías que es Jesucristo. Y hay como un regusto malsano en presentarse como mesiánicos, por ejemplo Brezinsky exhibe su teoría como la única salvadora de la humanidad, como una especie de esperanza intramundana. Lo mismo otros ideólogos como el famoso economista del neoliberalismo Von Mises que habla del carácter salvífico de la economía de mercado diciendo que esta nos va a salvar de todos los males; o el precitado Toffler que habla del advenimiento de una ola historicista y ecléctica que sería una especie de paraíso en la Tierra. Pues bien, todos los intentos por convertir a la Tierra en un paraíso han terminado por convertir a la Tierra en un verdadero infierno.
¿Y qué tenemos que decir y saber frente a esta tercera característica que consiste en hacernos creer que la globalización es el mesías? Lo que hay que decir es que hay un solo Mesías que es Jesucristo y que los judíos de esa época fueron sus victimarios aunque hoy, desdichadamente, nadie lo quiera decir, y los que están atrás de toda esta perversión hoy y siempre, son de raza judía, que no quiere decir que los judíos sean todos malos, al contrario y es más, si Jesucristo es el único Mesías, los judíos fueron el pueblo que Él eligió y del que quiso nacer, por más que lo hayan desconocido, rechazado y matado. Por eso no se debe traficar ni se puede adulterar el cristianismo, no se debe exasperar o persistir en el error ni en la mentira porque esta es una concepción equivocada. El cristianismo tiene que seguir siendo lo que fue y no una tontería cualquiera de la que se ríen, se burlan y se vejan sin que nadie haga nada.
4. La cuarta característica de la globalización es la llamada homogeneización compulsiva. Esto quiere decir que la globalización no se puede imponer si no impone por lo menos, tiránicamente, cinco clases de homogeneizaciones:
La primera homogeneización que persigue la globalización es la uniformidad de la opción política, esto consiste en hacernos creer que no hay otro sistema posible que el sistema democrático. Así se cae en aquello que decían José Ortega y Gasset allá por 1917 desde las páginas de “El espectador”: “La democracia exasperada y morbosa, la democracia convertida en religión, la purulenta secreción de las almas rencorosas”. En esta democracia que se nos impone totalitariamente como única opción política todo está permitido y todo lo malo está premiado. Lo único que no está permitido es ser antidemocrático o atreverse a decir que la democracia es la corrupción de la república, o esa purulenta secreción de las almas rencorosas. Hace recordar a la sentencia platónica condenando el relativismo “Para el relativismo todo es relativo, menos el relativismo. Para el relativismo no hay verdad absoluta, y esa ya es una verdad absoluta”. La democracia niega toda verdad revelada, pero la democracia es la verdad revelada. Una vez más, cuánta razón tenía Leonardo Castellani cuando, burlándose de esta democracia, decía de ella que su lema es “hazte libre o te mato, estás obligado a ser demócrata”.
La segunda uniformización compulsiva que nos quieren imponer y que de hecho nos imponen es la homogeneización del sentido, y para eso existen los medios masivos de comunicación que son los dadores profesionales de sentido. Ellos son los que nos imponen los gustos, las preferencias, las predilecciones, los rechazos, las alternativas, las costumbres, etc. Ellos son los que nos van uniformizando y son los que nos van haciendo caer en esta vida trivial, banal, superficial, epidérmica de la cual ha dado cuenta —y vaya si ha dado cuenta— cierta literatura anticipatoria o de ciencia ficción cuando, por ejemplo Orwell en su gran novela de 1984, se habló de la existencia de un Gran Hermano. Cuando Orwell escribe su libro parecía nada más que una locura de un literato pero hoy sabemos positivamente que con los sistemas de control que existen, la presencia de un gran hermano que todo lo digita, todo lo controla, todo lo manipula y que todo pasa por su inspección y vigilancia, hoy sabemos que esto lamentablemente es posible: la lenta y casi imperceptible destrucción de la propiedad privada.
La tercera homogeneización. También existe una uniformidad idiomática en el peor sentido de la palabra, es decir aboliendo la unión íntima que hay entre la semántica y la metafísica de manera tal que las cosas ya no se profieren ni se pronuncian por lo que son, sino según el parecer de cada quien. Y existen sistemas de aprendizaje de la lectoescritura que les imponen a los niños la anarquía lingüística de manera tal que ya no existe la relación entre lo que las cosas son y los nombres que las cosas merecen respetando precisamente las esencias de las cosas. Por eso decía Francisco Luis Bernárdez “Celebremos la lengua materna en que se dice crepúsculo y hermano, corazón y cristal, y hagamos el propósito de defenderla siempre, palabra por palabra y en toda su unidad”.
Y hay otra uniformidad coactiva o compulsiva que se nos impone, la cuarta homogeneización, que es la uniformidad de la existencia. Se pretende que todo el mundo viva en este exteriorismo dispersivo, es esta vida trivial, en esta vida absurda, en esta vida que termina siendo nada más que la expresión de una nadería. Ha sido Heidegger, filósofo alemán, el que, para especificar esta característica de la uniformidad compulsiva de la existencia, hizo uso del pronombre impersonal “se”, entonces dice Heidegger “disfrutamos y gozamos como se nos dice que tenemos que disfrutar y gozar; leemos, vemos y juzgamos como se nos dice que tenemos que ver y juzgar; incluso nos apartamos del montón como se nos dice que tenemos que apartarnos del montón. En consecuencia vivimos bajo la tiranía de un Uno anónimo, abstracto e impersonal convertidos en rebaños”. Todos decimos lo mismo, pensamos lo mismo y queremos ser políticamente correctos; contemporizamos con el enemigo, contemporizamos con el error para no llamar la atención y para que no suene la chicharra que indicaría un alerta rojo, es decir que el famoso monopolio del circuito finalmente haya sido violentado. Lo querían matar sus iguales porque era distinto, dice Juan Ramo Jiménez, y Leonardo Castellani estando preso en la cueva de San Ignacio en Manresa, perseguido por católico apostólico romano, decía precisamente eso: “yo tenía un ruiseñor que me cantaba en Manresa pero un día me lo mataron —como al famoso Romance del Prisionero, y concluye Castellani diciendo: te matan porque cantas y eres un blanco seguro. No quieren la distinción, no quieren la jerarquía, no quieren el orden”.
La última uniformización compulsiva que nos propone la globalización, y la más grave de todas, es la uniformización de la fe. Hoy a nadie le importa si hay una religión verdadera o si hay una religión falsa, hoy lo que se sostiene es que todas las religiones son verdaderas, todas son válidas, y el único enemigo es aquel que osa todavía sostener que hay una religión verdadera, el único enemigo que se tiene hoy en materia religiosa es aquel que todavía recuerda que hay una sola religión verdadera, es decir, aquel que está en contra del irenismo, del sincretismo, o del falso ecumenismo, o del pacifismo, o del eclecticismo; sino que todas las religiones son absolutamente verdaderas y no hay que andar con ninguna distinción.
CONCLUSIÓN
Hasta aquí entonces, vimos los antecedentes griegos, los romanos, las alusiones que aparecen en la Historia Sagrada, la concreción en las ideologías liberales y marxistas, y vimos en segundo término, las cuatro grandes características que tiene este fenómeno de la globalización.
Terminamos entonces preguntándonos qué perspectivas pueden preverse o plantearse frente a este fenómeno, es decir, qué puede suceder frente a este terrible y dramático problema de la globalización. Creo que esquemáticamente aquí caben también cuatro respuestas: hay una respuesta que es la que me dicta la Fe, otra respuesta que es la que dicta la inmediatez, una tercera respuesta que es la que nos dicta la sagacidad y una cuarta que es la que nos dicta la esperanza.
La respuesta que me dicta la Fe es la certidumbre de que podemos estar ante un tiempo terminal o, propiamente dicho, apocalíptico. Lo digo con absoluta sencillez y sin tremendismos, lo digo sin autoridad teológica alguna y sin pretensiones exegéticas ni proféticas. Lo digo simplemente como bautizado que ha estudiado el catecismo y que sabe que Cristo volverá, como dice el catecismo, y que cuando regrese no encontrará casi nada de fe sobre la Tierra, también el mismo catecismo es el que nos explica sobre la existencia del anticristo. Pues bien, como simple catecúmeno debo decir que la Fe más elemental y primaria nos está indicando que en esta sociedad agnóstica, atea, apátrida y anómica, ya tiene donde sentirse cómodo el anticristo, de manera tal que si éste quisiera instalarse en alguna época, en esta se instalaría con total comodidad, pues ya tiene sus tratantes de patria, sus tecnócratas, sus profesionales de la mentira, los apologistas de la traición, tiene pastores sin fe verdadera, soldados sin guerra justa, sacerdotes sin sacrificio, tiene desertores de la eternidad. Como dice San Pablo: “cuando sea quitado el obstáculo que lo retiene, entonces aparecerá el anticristo”. Ahora bien, si la Fe nos llegara a dar esta respuesta, e insisto, lo digo con absoluta sencillez, sin pretensiones proféticas y sin autoridad teológica —no soy teólogo—, pero si esta fuera la respuesta que nos da la Fe, la misma Fe también nos da el remedio, porque lo que la Fe nos dice es que el apocalipsis no es un libro de catástrofes, sino de esperanza, es el libro más esperanzador del Nuevo Testamento, porque en el Apocalipsis lo que se retrata es el triunfo de Cristo Rey, y por lo tanto, si esta fuera la respuesta que dicta la Fe, debo de estar dispuesto a alegrarme y a regocijarme, que es lo que pide Cristo en el Evangelio: “Cuanto estas cosas comiencen a suceder, alegraos y regocijaos, levantad vuestras cabezas porque su liberación estará cerca y vuestra recompensa será grande en el Cielo; Los perseguirán los azotarán, los llevarán ante los tribunales y seréis juzgados, pero lo cierto es que Yo triunfaré finalmente”.
La segunda repuesta, la que nos dicta la inmediatez, es que si se impone el nuevo orden internacional, si se impone la globalización y que en ese caso, los dadores de sentido a los que eludíamos antes, logren que todo el mundo tenga un pensamiento políticamente correcto, pues si esto fuese así, no cambia nuestro remedio. El remedio es el mismo: combatir, luchar, incrementar las denuncias y las protestas, reconstruir perseverantemente los lazos comarcares y raigales, salvar —diríamos como el viejo Eneas— los antiguos Penates y disponerse otra vez a fundar y a inaugurar la Tierra. Es decir que tampoco cambia nuestro remedio si esta fuera la respuesta, el remedio sigue siendo la lucha y el combate, pero, me animo a decir, que el combate tiene que ser cristiano, con las armas del cristiano que no hieren al enemigo, sino que se hiere él mismo si rechaza su efecto, y si no las rechaza se convierte su maldad en bondad. Digo con las armas del cristiano porque en esta tremenda lucha no se puede combatir al mal con más mal, pues sería avivarlo, o como quien dice, tratar de apagar el fuego con nafta.
En cuanto a la tercera respuesta posible y la que nos dicta la sagacidad, hemos de estar prevenidos porque puede suceder que se imponga, y creo yo que se está imponiendo, una falsa reacción, es decir, más de lo mismo pero disfrazado de algo distinto. Este “más de lo mismo” se presenta como la corriente de la New Age que pretende disfrazarse de alternativa o de opción reactiva cuando en realidad es exactamente lo mismo. Porque los fundamentos de la New Age son los mismos del nuevo orden internacional y son los mismos de la globalización: el pacifismo, el permisivismo moral, el esoterismo, el ocultismo, la astrología, la contra natura, la llamada cultura del rock, el evolucionismo. Es decir, es el mismo problema.
Finalmente la cuarta opción, la cuarta alternativa, es la que nos dicta la esperanza, es decir, ejercitar y cultivar la esperanza como virtud sobrenatural y saber que entonces Dios no nos va a dejar de la mano ni nos va a abandonar. En este caso también, si esta es la respuesta, el remedio sigue siendo el mismo: que combatir por el arraigo, combatir por la recuperación de ese eje diamantino, del que hablaba Ramiro de Maeztu, y por el cual la creatura y las Patrias y Naciones no saben, no quieren y no están dispuestas a abdicar. El hombre no nació para vivir sin patria, el hombre en condiciones normales ama la Patria Terrena y desea, anhela, presiente fervorosamente una Patria Celeste.
Nos preguntamos entonces ¿Qué sería del hombre sin patria? ¿Qué sería del hombre globalizado?
¿Qué es el hombre sin patria… el hombre que traiciona
los vínculos profundos que lo anudan al suelo?
es apenas un gajo desgajado que asoma
desnudo entre los dientes de acantilados negros;
un manojo de carne que descarnan los vientos;
lanzado por caminos de vinagre y salitre;
un jirón de neblina con los ojos abiertos
sobre un plan infinito de un norte incomprensible.
los vínculos profundos que lo anudan al suelo?
es apenas un gajo desgajado que asoma
desnudo entre los dientes de acantilados negros;
un manojo de carne que descarnan los vientos;
lanzado por caminos de vinagre y salitre;
un jirón de neblina con los ojos abiertos
sobre un plan infinito de un norte incomprensible.
Juan Luis Gallardo.
Como el hombre no puede vivir sin patria, pues entonces cabe la esperanza de que intente recuperarla para ganar también la Patria Celeste. Creo que nosotros, los españoles, de un lado y del otro del atlántico, estamos viviendo hoy una situación que podría quedar cifrada y sintetizada en aquel poema magnífico de Manuel Machado cuando describe el destierro del Cid Campeador con doce hombres fieles:
El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga,
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro— , el Cid cabalga.
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga,
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro— , el Cid cabalga.
Pero —retrata el poema— de pronto esta mesnada desterrada, exiliada en la propia tierra llega a un mesón.
Están hambrientos, sedientos y fatigados:
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
“¡Buen Cid, pasad…! El rey nos dará muerte,
arruinará la casa,
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid no ganáis nada!”
Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita “¡En marcha!”.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
“¡Buen Cid, pasad…! El rey nos dará muerte,
arruinará la casa,
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid no ganáis nada!”
Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita “¡En marcha!”.
Eh aquí nuestra situación: un mal gobernante, un usurpador un rey perverso que ha desterrado a los buenos, que ha arruinado la casa y que ha sembrado de sal los pobres campos, y la Patria es esa voz pura, de plata y de cristal, quebrada por el llanto, es esa niña muy débil que yace en el umbral, es ese rostro asustado que llora sin gemido. Que recorra entonces este clamor de niña nuestros diezmados escuadrones, que marchemos con ellos a la reconquista, que regresemos victoriosos a socorrerla en el umbral y que una voz inflexible diga “en marcha”. Por eso, no podemos dejar que se les mienta sobre esta Niña a nuestros niños, a nuestros jóvenes, a nuestros adultos, y ni aún a nuestros viejos. Debemos alzarnos ante los programas de educación corrompidos adrede para enseñar mal sobre esta Niña, debemos gritar en contra de los programas de los medios que mienten sobre los orígenes de esta Niña, y debemos tomar cartas contra los programas de gobierno que quieren dar muerte a nuestra Niña para poner un maniquí en su lugar. Tenemos que tener en alto el pabellón de la esperanza atacando con bondad, devolviendo bien por mal, porque si solo amamos a los que nos aman… ¿qué mérito tendría? Para amar se necesitan dos o más, y si hay una sola “patria” no tendríamos vecinos a quienes hacerles el bien, a quien amar.
Para el que lo quiera ecuchar:
Gracias por entrar!
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