Aca les dejo un apunte que establece una relación entre el famoso cuento del quijote y la España del S XVII, le dicen esto a su profe de historia y les pone un diez
EL TIEMPO DEL “QUIJOTE”
Pierre Vilar
Los centenarios tienen la ventaja de recordarnos que las obras maestras tienen una fecha. Demasiados pensamientos en fuga ante la historia hacen hoy de la historia del pensamiento “una serie discontinua de totalidades singulares”. Pero aquellos a quienes no espanta el porvenir se atreven a gustar con plenitud de gozo el denso brebaje de historia concreta que destila toda obra maestra. Pues no hay estructura tan extraña ni coyuntura tan remota que la inteligencia del hombre no nos permita penetrar, cuando ésta se arma (y si nosotros nos armamos) de simpatía por el hombre. Todo eso es tan verdad del Quijote, que este libro “universal”, este libro “eterno”, sigue siendo antes que nada un libro español de 1605, que no cobra todo su sentido más que en el corazón de la historia.
1598-1620. La crisis del poderío y de la conciencia españoles
Se ha dicho y repetido que sería en vano pedir a Cervantes una interpretación de la “decadencia” de su país, “puesto que él no habría podido preverla”. Esto significa desconocer la cronología. Pues si la palabra crisis define el paso de una coyuntura de hundimiento no hay duda de que entre 1598 y 1620 –entre la “grandeza” y la “decadencia”-hay que situar la crisis decisiva del poderío español, y, con mayor seguridad todavía, la primera gran crisis de duda de los españoles. Y no olvidemos que las dos partes del Quijote son de 1605 y 1615.
Pero el reinado de Felipe II había consistido en aquella suerte de alternancia de tempestades y calmas que anima a los pueblos amenazados a creer en el milagro. España parecía encontrarse si no en la aurora, al menos en pleno mediodía de su aventura. La plata llegaba de las Indias más abundante que nunca. Para los oídos distinguidos las quejas de las Cortes sonaban muy probablemente como un mediocre griterío pequeñoburgués.
Ha llegado el tiempo en que España va a confrontar sus realidades con sus mitos, para reír o para llorar.
Duras realidades las del año 1600. En la cumbre de la gran subida de los precios del siglo XVI, en la que España ha marchado a la cabeza, el alza se exaspera repentinamente. El trigo andaluz pasa de los 430 maravedís por fanega en 1595 a 1.401 en 1598; el trigo castellano, de 408 en 1595 a 908 en 1598. Y aún medimos mal el alza real. La tasa, tan a menudo burlada, se impone algunas veces. Pero en estos casos es el productor quien padece: durante los últimos cinco años del siglo pululan los libelos a favor o en contra de la “tasa del pan”, a favor o en contra de los “pósitos de granos” o de los “montepíos”. El doctor Cristóbal Pérez de Herrera, médico de las galeras, quiere organizar el auxilio a los pobres. Lo que se organiza es la represión contra los vagabundos. De 1599 a 1601, “el hambre que sube de Andalucía” enlaza con “la peste que baja a Castilla”: la peste bubónica, la más terrible, aunque esta vez no viene del Mediterráneo, sino que surge simplemente, nos dice el doctor Herrera, “entre los pobres desprovistos de todos los medios de vida”. “Destruye en España la mayor parte de ella”, sobre todo la España interior.
Y si tales sangrías, clásicas en las economías antiguas, eran en general compensadas con rapidez, ahora el azote se ha cebado en una demografía gastada: ciudades superpobladas, campos yermos. El déficit humano durará.
La cosa es tanto más grave cuanto “el nivel general de precios” baja desde 1601. El hecho es el mismo, pero la historia es otra. La plata de las Indias llega con menos rapidez, o mejor: llega más cara. También allá, en México o en el Perú, la explotación del hombre ha encontrado sus límites. Un descenso terrible de la población obliga ahora a los dueños de las minas a volverse hacia la gran propiedad agrícola semifeudal. El alza de los precios expresados en plata va a detenerse, primeramente en España. Uno de los mecanismos del parasitismo colonial que la nutría –muy por encima de sus medios, artificialmente –acababa de pararse.
Pero ¿puede España resignarse a ello? Las costumbres suntuarias de los grandes, los enormes gastos del Estado, la generalización de las deudas no se lo permiten. Recibiendo menos moneda buena y teniendo que enviarla al exterior, España fabricará otra mala para uso interno: con el siglo empieza la gran acuñación de cobre, la máquina de hacer billetes de la época. Entre 1600 y 1610 las Cortes y los teóricos monetarios, criticando sin cesar esta política, predicen la catástrofe.
Al estupefaciente económico de la inflación se añade, en 1609, el estupefaciente social. A la opinión inquieta se ofrece la diversión de la expulsión de los moriscos. Se trata de un residuo de los moros vencidos, convertidos por la fuerza pero inasimilados, carreteros o tenderos a veces, pero más a menudo campesinos que vivían en comunidades cerradas, al servicio de los grandes señorees de la Reconquista: problema colonial en el propio suelo, que España ha arrastrado dos siglos sin resolverlo. Hacia 1600, después de tantas revueltas, represiones, expulsiones y traslados en masa, el peligro de una sublevación general era probablemente un mito. Pero la desconfianza hacia el falso cristiano, la “mala casta”, el espía, el merodeador, el traficante que acumula ducados, hacen del morisco la víctima propiciatoria de una época de crisis. Se le acusa de ser demasiado prolífico y de vivir de la nada: he aquí los verdaderos agravios. La clase media castellana, al borde de la ruina, envidia a los grandes señores esta mano de obra colonial. Pero éstos obtienen como contrapartida de la expulsión, la anulación de sus deudas. Así, en vez de asestar un golpe a la economía feudal, la medida cae sobre sus acreedores: labradores ricos, burgueses.
El imperialismo español, etapa suprema del feudalismo
Ya en el último tercio del siglo XV, el ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas en el occidente de Europa planteó las primeras exigencias de cambios sociales profundos. Aumento del número de habitantes, extensión de los cultivos, técnicas nuevas, se combinaron entonces de manera diversa según los países, pero con un primer resultado global: desvalorización de las mercancías corrientes ante los géneros raros y los metales preciosos. Su resultado fue una doble carrera: carrera en busca de tesoros, y carrera para hacerse con nuevos territorios. Portugal pareció ganar la primera. España ganó, finalmente, las dos a la vez.
La conquista de Granada, las incursiones en África y el descubrimiento de las Islas ofrecían ya a la Castilla de los Reyes Católicos unos tesoros, unas tierras y una mano de obra servil. Fernando, el Príncipe de Maquiavelo, instauró el Estado moderno y mercantilista. A la rica herencia italo-flamenca, el imperio “donde el sol no se ponía jamás” acabó por añadir, a la vez, la América de las minas y el Oriente de las especias. La España pobre y atrasada de hoy oscurece la imagen de aquella vieja España dominadora, cabeza de uno de los imperialismos más poderosos que jamás hayan existido.
La conquista española funda una sociedad nueva, porque instituye el mercado mundial y porque permite –al derramar sobre Europa un dinero barato- la acumulación primitiva del capital. Esta sociedad, sin embargo, no puede desarrollarse más que contando con unas fuerzas productivas acrecidas y con unas relaciones sociales nuevas. Es lo que ocurrirá en el norte de Europa. En España, en cambio, o mejor: en Castilla, las clases dirigentes han realizado la conquista del Nuevo Mundo como hicieron la Reconquista hispana: a la manera feudal. Ocupar las tierras, reducir a los hombres a servidumbre, arramblar los tesoros, todo eso no prepara a “invertir” en el sentido capitalista de la palabra. Una naciente burguesía pudo haberlo hecho, y de 1480 hasta 1550 aproximadamente, la burguesía no falta a la cita. Sólo que, por su posición en el circuito del dinero, ha experimentado, primeramente, el capitalismo inestable de los puertos y de las ferias.
Por otro lado, las “fuerzas productivas” de que disponía –tierras, hombres, innovaciones técnicas- tropezaron muy pronto en las mesetas de Castilla con la ley de los rendimientos decrecientes. De ahí el efecto esterilizante de las inyecciones monetarias después de 1550. Se gasta, se importa, se presta dinero a interés, pero se produce poco. Precios y salarios dan grandes saltos. Se desarrolla el parasitismo y la empresa muere. Es la miseria para el día de mañana.
España es rica, y es pobre. España tiene las Indias, y es “las Indias del extranjero”.España banquetea y muere de hambre. España guarda un imperio y carece ya de hombres. Se adivinan los peligros de estas antítesis para una retórica nutrida a la vez de la escolástica y de recuerdos latinos. Pero lo que durante un cierto tiempo, al menos, salva al arbitrista de la banalidad, es su conmovedor amor por la “república”, y su esperanza ingenua por un retorno a lo real.
Los fundamentos sociales del irrealismo español
Valdría la pena, ciertamente, aunque nos faltaría espacio, profundizar en el análisis de los fundamentos sociales de este “irrealismo” español.
La polarización de las fortunas, en diversos niveles, no cristaliza en nada que no se evapore rápidamente. Las grandes rentas feudales o coloniales permiten unas vidas de loco artificio: si las rentas bajan (como es, en efecto) el señor se carga de deudas: así los señores de moriscos, y el duque, huésped fastuoso de Don Quijote y Sancho.
El español, incluso no siendo muy rico, se hace servir. Desde toda la vida el mendigo ciego ha tenido su criado. El humanista que la Inquisición recluye en un convento está con cuatro servidores. Los arbitristas señalan el uso de la “gorguera” como un azote, pues ello exigía tener criados especializados muy bien pagados y tal prenda doblaba su coste (unos 250 reales) a la quinta o sexta vez de ser plegada y planchada. “Servir a un amo”rinde tanto como “ejercer un oficio”, y ¡cuántos oficios no son más que puros “servicios”! Quisiéramos poder reducir a cifras el enorme traspaso de población activa, en la España del siglo XVI, hacia el sector no productivo; hacia este “terciario” señalado hoy con frecuencia como medida y resultado del progreso, y que no anuncia entonces más que el parasitismo social y la decadencia que éste entraña.
El español da. Y los bienes de la Iglesia, que se acumulan, alimentan a un número creciente de no productores. Pero el nacimiento del capitalismo exige que el mendigo se convierta en asalariado. Esta transformación, aunque deseada por algunos españoles, fracasa en España. No es un “temperamento” lo que la ha eliminado, sino un clima económico en el que el rico podía fácilmente ser generoso, y en el que el pobre tenía más interés en vivir al azar que en percibir un salario poco estimulante frente a los precios y frente a las promesas de la aventura.
El español, por último, roba y se deja robar. La “sisa” o rapiña del criado sobre las finanzas del dueño está descrita como usual en todos los niveles: familia, comunidad, administración. Cervantes, antiguo soldado dotado del cargo de recaudador, la practicó con poca habilidad pues fue a parar a la cárcel. Como dirá él mismo, “la necesidad” por un lado, y “la ocasión” por el otro pueden llevar a las galeras. Por eso don Quijote libera a los galeotes. En Cataluña, país fronterizo, más dinámico (y menos caricativo), la disidencia social produce el bandolero más que el mendigo o el “pícaro”; las cuadrillas, vinculadas a los clanes aristocráticos, tienen sus agentes en los despachos oficiales y en los bancos.
En total, una sociedad en la que abunda lo pintoresco, y más amable, bajo algunos aspectos, que la sociedad puritana; pero, bajo otros aspectos, podrida, y en todo caso condenada. La ley de la producción que en otras partes edifica más deprisa es inexorable. Desvinculada de la realidad, la España de 1600 prefiere soñar.
Me lo mando mi profe de historia del ESCCP(Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini)