Hay una estatua aun costado de la catedral metropolitana que muestra un nivel.
Comentando con la gente acerca de esta estatua, me indicaban lo de la gran inundacion de la Ciudad de Mexico, derivado de lo cual, se decide desecar la gran laguna.
Veamos algo de este tema, escrito por el Historiador Alejandro Rosas Robles:
"El 20 de septiembre de 1629, el cielo azul y transparente del valle de México se ennegreció como nunca antes y un cúmulo nubes se agolparon sobre la capital de la Nueva España. Al caer la noche, rayos y truenos anunciaron la impresionante tormenta que se avecinaba. Durante treinta y seis horas ininterrumpidas el agua cayó sobre la ciudad de México y la tranquila vida colonial fue trastocada. Para unos, el torrencial aguacero era un castigo de la Providencia por los excesos de los españoles. Para otros, Tláloc, el antiguo dios de la lluvia de los aztecas, lloraba sobre México desde su derrota en 1521.
En julio anterior había comenzado la temporada de lluvias con una intensidad inusual. Los niveles del lago de Texcoco y la laguna de México crecían precipitadamente y parecía advertirse una difícil situación: en las afueras de la ciudad las aguas avanzaban lentamente sobre las calles de tierra. Septiembre trajo consigo el momento más crítico de la temporada y la capital novohispana quedó completamente inundada. Sólo una pequeña parte de Tlatelolco y otra de la plaza mayor quedaron a salvo de las aguas. La pequeña isla que se formaba donde se erigían el palacio virreinal y la catedral se le conoció como “isla de los perros” por la gran cantidad de canes que alcanzaron su salvación al refugiarse en ella.
Con la inundación de 1629, la ciudad prácticamente desapareció. Solo la plaza mayor quedó arriba del nivel de las aguas
La inundación de 1629 fue considerada como una de las calamidades o plagas bíblicas. “Los estragos fueron terribles; cerráronse los templos, suspendieron sus trabajos los tribunales, arruinóse el comercio, comenzaron a desplomarse y a caer multitud de casas”.
En octubre, el arzobispo don Francisco Manzo de Zúñiga, escribió al rey “que en menos de un mes habían perecido ahogados o entre las ruinas de las casas más de treinta mil personas y emigrado más de veinte mil familias”. La gente sólo encontraba consuelo en la iglesia y los oficios se realizaban en cualquier lugar disponible:
En balcones –escribió Francisco Javier Alegre-, en andamios colocados en las intersecciones de las calles y aun enlos techos se levantaron altares para celebrar el santo sacrificio de la misa, que la gente oía desde azoteas y balcones, pero no con el respetuoso silencio de los templos, sino con lágrimas, sollozos y lamentos, que era un espectáculo verdaderamente lastimoso.
Curiosas escenas se presentaban cotidianamente. La gente recurrió a la intercesión de la virgen de Guadalupe y las autoridades civiles y eclesiásticas acompañadas por gran cantidad de gente del pueblo, organizaron una procesión sin precedentes en la historia de México: a bordo de vistosas embarcaciones -canoas, trajineras, barcazas- la Guadalupana fue llevada desde su santuario en el cerro del Tepeyac hasta la Catedral de México.
La inundación duró varios años y las pérdidas fueron cuantiosas. El otrora esplendoroso valle de México aparecía devastado por las epidemias y el hambre. Muchas de las familias españolas emigraron a Puebla de los Ángeles y propiciaron su desarrollo comercial, mientras la ciudad de México continuaba su decadencia. Las canoas que transitaban junto al palacio virreinal y cerca de la catedral, recordaban las viejas acequias de Tenochtilan, por donde corrían libremente sin que la ciudad estuviera inundada.
A oídos del rey Felipe IV llegó la terrible noticia de la gran inundación de 1629 y considerando que todo remedio para salvar a la capital de la Nueva España era imposible ordenó abandonar la ciudad y fundarla nuevamente en tierra firme, en las lomas que se extendían entre Tacuba y Tacubaya.
Sorprendentemente, las autoridades virreinales y las pocas familias que permanecieron fieles a la ciudad, rechazaron la idea del rey de España. El argumento económico era muy sólido: trasladar la sede del virreinato costaría cincuenta millones de pesos y desecar la laguna tres o cuatro millones de pesos. Las pérdidas ascendían a poco más de seis millones, pero aún así, la cantidad era considerablemente menor.
Al igual que Cortés en 1521, en 1629 los españoles comprendieron que la grandeza de la ciudad de México tenía su origen en el sitio que había ocupado la imperial Tenochtitlan. Su nombre era ya reconocido en el mundo y la historia de su grandeza ahí estaba escrita.
Con la terrible inundación de 1629, la ciudad estuvo anegada durante seis años y finalmente decidió desecharse el proyecto del desagüe de Enrico Martín y sustituirlo por un tajo abierto por donde corrieran las aguas hasta Huehuetoca.
Gracias a las inundaciones la producción de canoas fue el gran negocio de la primera mitad del siglo XVII. Hacia 1630, Bernabé Cobo escribió sus impresiones luego de haber visitado dos grandes aserraderos establecidos en Río Frío que se dedicaban a la tala de árboles y producción de embarcaciones para ayudar a los habitantes de la ciudad de México a sobrellevar las terribles inundaciones.
Ante la desesperación de los habitantes de la capital novohispana por encontrar un remedio eficaz contra las inundaciones, se llegaron a considerar como viables, proyectos por mucho excéntricos, como fue la búsqueda de los míticos desagües naturales, -resumideros o pozos absorbentes- que se localizaban en algún punto de Texcoco y otros lagos por donde podían salir las aguas del valle de México a un costo infinitamente menor que el desagüe de Enrico Martín.
Era tan grande el lago de Texcoco que no se alcanzaba a divisar la orilla, parecía mar dijeron los cronistas.
Durante más de tres siglos -escribió Vicente Riva Palacio- se ha hablado constantemente en México de una salida natural que tienen las aguas de los lagos, agregándose que este secreto era conocido de los antiguos naturales que de él tenían la llave de las aguas para impedir inundaciones y que con solemne ceremonial se abría o cerraba aquella gran boca cuya puerta era una enorme piedra labrada y cubierta de jeroglíficos.
La más conocida fue la leyenda del resumidero de Pantitlán: “Se recordaba que los indios tenían la costumbre de arrojar ahí los niños sacrificados en honor a Tlaloc y que sus cuerpos desaparecían para siempre. Según otras historias, eran encontrados en un pozo en las cercanías de Tula, fuera de la cuenca, lo que probaba la existencia de un pasaje desconocido”.
Tras la inundación de 1629 renació la idea de buscar el resumidero de Pantitlán. Aquel lugar tenía un atractivo especial, se decía que durante los días de la conquista los indios habían arrojado oro por ese desagüe natural y que sus profundidades albergaban grandes cantidades, un tesoro nada despreciable. Todavía a finales del siglo XIX algunos aventureros continuaban la búsqueda de la mística y legendaria caverna submarina.
En los siglos venideros, proyectos e ideas pasaron por los escritorios de los ingenieros novohispanos, se abrieron algunos canales, otros fueron cerrados, se desecharon obras, se reutilizaron algunas y el resultado siempre fue el mismo: la ciudad de México nunca estuvo a salvo de las inundaciones. Se redujeron los riegos y al menos no se presentó otra como la de 1629. Los gobiernos virreinales siguieron trabajando en el famoso desagüe de Huehuetoca y cuando subían las aguas tomaban medidas emergentes que sólo actuaban como paliativos remediando la situación de momento.
En su afán por acabar con las aguas los españoles declararon la guerra al lago e involucraron desde luego a los indios. Antes que su vida, estaba la seguridad de la capital de la Nueva España y sus habitantes. Durante todo el siglo XVII, la palabra Huehuetoca causó horror entre los indios, era sinónimo de muerte. Los pueblos indios, vecinos del valle de México, eran obligados a trabajar en las obras del desagüe, que al proyectarse a tajo abierto -como un gran cañón- se llevó más de un siglo de construcción.
Una de las causas de despoblación del Valle de México se atribuye a la obra del desagüe: obligábase a los pueblos a contribuir con su trabajo y llegaban a Huehuetoca. Las enfermedades diezmaban aquellos infelices; otros morían arrebatados por las crecientes o despedazados contra los muros del canal, porque acostumbraban ponerlos a trabajar suspendidos con cuerdas y cables de los bordes y la violencia de las aguas que llegaban repentinamente los azotaba y los estrellaba. Algunos de ellos, a costa de grandes sacrificios, enviaron procuradores a España para conseguir del monarca como recompensa de antiguos y distinguidos servicios una cédula real que los exceptuase de aquel servicio.
El desagüe de la ciudad de México fue la única obra que rebasó por mucho todos los periodos de la historia mexicana. Comenzado en el siglo XVI bajo el dominio español, continuó durante los albores del México independiente en el XIX; se vio materializado con éxito durante el porfiriato y fue necesario que los gobiernos posrevolucionarios le dedicaran tiempo para su mantenimiento.