El arte japonés, como el resto de su filosofía –o, simplemente, su forma de ver la vida– es propenso a la intuición, la falta de racionalidad, la expresión emocional y la sencillez de actos y pensamientos, expresados a menudo de forma simbólica. Dos de sus características distintivas son la simplicidad y la naturalidad: las manifestaciones artísticas son reflejo de la naturaleza, por lo que no requieren una elaborada producción, sino que se basan en una economía de medios que otorga al arte una gran trascendencia, como reflejo de algo más elevado que queda tan sólo esbozado, sugerido, siendo posteriormente interpretado por el espectador. Esta simplicidad provocó en pintura una tendencia hacia el dibujo lineal, sin perspectiva, con abundancia de espacios vacíos, que sin embargo se integran armoniosamente en el conjunto. En arquitectura, queda plasmada en diseños lineales, con planos asimétricos, en una conjunción de elementos dinámicos y estáticos. A su vez, esta simplicidad está relacionada con una innata naturalidad en la relación entre el arte y la naturaleza, que para los japoneses es reflejo de su vida interior, y la sienten con un delicado sentimiento de melancolía, casi de tristeza. En especial, el transcurrir de las estaciones les provoca una sensación de transitoriedad, viendo en la evolución de la naturaleza lo efímero de la vida. Esta naturalidad se refleja especialmente en la arquitectura, que se integra de forma armoniosa en su entorno, como se denota en la utilización de materiales naturales, sin trabajar, mostrando su aspecto rugoso, áspero, inacabado. En Japón, naturaleza, vida y arte están indisolublemente unidos, y la realización artística es un símbolo de la totalidad del universo.7
En Japón, el arte pretende conseguir la armonía universal, yendo más allá de la materia para encontrar el principio generador de vida. La estética japonesa busca encontrar el sentido de la vida por medio del arte: belleza equivale a armonía, a creatividad; es un impulso poético, un camino sensorial que lleva a la realización de la obra, que no tiene finalidad en sí, sino que va más allá. La belleza es una categoría ontológica, que remite a la existencia: consiste en alcanzar el sentido con el todo. Como dijo Suzuki Daisetsu: «la belleza no está en la forma exterior, sino en el significado que expresa». El arte no está basado en las cualidades sensibles, sino en las sugestivas; no ha de ser perfecto, sino expresar una cualidad que lleve a la totalidad. Se pretende captar lo esencial a través de la parte, que sugiere la totalidad: el vacío es un complemento de aquello que existe. En la filosofía oriental hay una unidad entre materia y espíritu, predominando la contemplación y comunión con la naturaleza, por vía de adhesión interior, de intuición. En Japón, el arte (gei), tiene un sentido más trascendente, más inmaterial que el concepto de arte aplicado en Occidente: es cualquier manifestación del espíritu –entendido como energía vital, como esencia que insufla vida a nuestro cuerpo–, haciendo que éste se desarrolle y evolucione, consiguiendo una unidad entre cuerpo, mente y espíritu.8
En la Fiesta del Hanami, los japoneses acuden a parques y jardines a observar la belleza de los cerezos en flor.
El sentido del arte se ha ido desarrollando en la estética japonesa a lo largo del tiempo: las primeras reflexiones sobre el arte y la belleza provienen de la antigüedad, cuando se forjaron los principios creadores de la cultura japonesa y surgieron las principales obras épicas de la literatura japonesa: el Kojiki (Relatos de cosas antiguas), el Nihonshoki (Anales de Japón) y el Man'yōshū (Colección de diez mil hojas). En esta época predominó el concepto de sayakeshi («puro, claro, fresco»), que hacía referencia a un tipo de belleza caracterizada por la simplicidad, el frescor, una cierta ingenuidad, perceptible en el uso de materiales ligeros y naturales, como la tierra cocida de las estatuillas haniwa o la madera en arquitectura. Buen ejemplo de ello es el templo sintoísta de Ise, construido en madera de ciprés, y que se reconstruye cada veinte años desde el siglo VIII para preservar su pureza y frescura. De este concepto se desprende una de las constantes del arte japonés: el valor otorgado a la belleza efímera, transitoria, fugaz, que evoluciona con el tiempo. En el Man'yōshū el sayakeshi queda reflejado en los sentimientos de fidelidad y honestidad, así como en la descripción de elementos naturales como el cielo y el mar, que inspiran una sensación de grandiosidad que sobrecoge al hombre. El sayakeshi está ligado al concepto de naru («devenir»), donde se valora el tiempo como una energía vital que confluye en el devenir, en la consumación de todos los actos y todas las vidas.9
Posteriormente, durante los periodos Nara y Heian, la estética japonesa evolucionó rápidamente gracias a su contacto con la cultura china, así como a la llegada del budismo. El principal concepto de esta época fue el aware, un sentimiento emotivo que sobrecoge al espectador y le lleva a una profunda sensación de empatía o piedad. Está ligado a otros términos como el okashi, aquello que atrae por su alegría y carácter agradable; el omoshiroshi, propiedad de las cosas radiantes, que llaman la atención por su brillo y claridad; el yūbi, concepto de gracia, elegancia; el yūga, calidad de refinamiento en la belleza; el en, la atracción del encanto; el rei, la belleza propia de la calma; el yasashi, la belleza de la discreción; y el ushin, el sentido profundo de lo artístico. Un hito en la cultura japonesa de esta época fue la Historia de Genji de Murasaki Shikibu, que plasmó un nuevo concepto estético denominado mono-no-aware –término introducido por Motōri Norinaga–, que transmite un sentimiento de melancolía, de tristeza contemplativa derivada de la transitoriedad de las cosas, de la belleza efímera, que dura un instante y perdura en el recuerdo. Es un estado de recreación derivado de la fugacidad de las cosas y de una agridulce tristeza a su paso, equivalente en cierta medida al pathos griego y al término virgiliano lacrimae rerum («lágrimas de las cosas»). En palabras de Kikayama Keita: «es el sentimiento profundo que nos embarga al contemplar una hermosa mañana de primavera, y también la tristeza que nos sobrecoge al mirar un atardecer otoñal. Pero, ante todo, es un sentimiento de delicada melancolía que puede derivar en una profunda tristeza al sentir hondamente la belleza caduca de todos los seres de la naturaleza».10 Esta idea de una búsqueda ideal de la belleza, de un estado de contemplación donde se unen el pensamiento y el mundo de los sentidos, es característica de la innata sensibilidad japonesa para la belleza, y queda patente en la fiesta del Hanami, basada en la contemplación de los cerezos en flor.
Jardín de Kenroku-en. En la meditación zen, la labor cotidiana es una manifestación espiritual, reflejada en el movimiento y el paso ritual del tiempo. Así el jardín representa la visión del cosmos, donde el gran vacío (mar) se llena con objetos (islas), plasmados en arena y rocas, y en el que la vegetación evoca el paso del tiempo.
Durante la Edad Media japonesa (periodos Kamakura, Muromachi y Momoyama), en paralelo al militarismo de la sociedad feudal japonesa, se impuso el concepto de dō («vía»), que ponía énfasis en el proceso creativo del arte, en la práctica ceremonial de los ritos sociales, como se pone de manifiesto en el shodō (caligrafía), el chadō (ceremonia del té), el kadō o ikebana (el arte de los arreglos florales) y el kōdō (ceremonia del incienso).11 En estas prácticas no importa el resultado, sino el proceso evolutivo, el devenir en el tiempo –nuevamente el naru–, así como el talento demostrado en la perfecta ejecución de los ritos, que denota destreza, así como un empeño espiritual de búsqueda de la perfección. En estos nuevos conceptos tuvo una influencia decisiva una variante del budismo llamada zen, que hacía hincapié en unas determinadas «reglas de vida» basadas en la meditación, donde la persona pierde la conciencia de sí mismo. Así, cualquier labor cotidiana trasciende su esencia material para significar una manifestación espiritual, la cual queda reflejada en el movimiento y el paso ritual del tiempo. Este concepto queda reflejado igualmente en la jardinería, que llega a un grado tal de trascendencia donde el jardín es una visión del cosmos, con un gran vacío (mar) que se llena con objetos (islas), plasmados en arena y rocas, y donde la vegetación es evocadora del paso del tiempo. La ambivalencia zen entre el carácter sencillo y la profundidad de una vida trascendente imbuyó de un espíritu de «elegancia sencilla» (wabi) no sólo al arte, sino al comportamiento, las relaciones sociales y los aspectos más cotidianos de la vida. El maestro Sesshū decía que «el zen y el arte son uno».12
El zen se basa en siete principios estéticos: fukinsei (asimetría), forma de negar la perfección para conseguir el equilibrio presente en la naturaleza; kanso (austeridad), eliminar lo innecesario y superfluo para descubrir la simplicidad de la naturaleza; kokō (dignidad solitaria), cualidad que las personas y objetos adquieren con el paso del tiempo y les proporciona una mayor pureza de su esencia; shizen (naturalidad), que está ligada a la sinceridad, lo natural es auténtico e incorruptible; yūgen (profundidad), esencia verdadera de las cosas, que trasciende su mera materialidad, su aspecto superficial; datsuzoku (desapego), libertad en la práctica de las artes, cuya misión es liberar el espíritu, no controlarlo –así, el arte prescinde de todo tipo de normas y reglas–; seiyaku (serenidad interior), estado de quietud, de sosiego, necesario para que fluyan los seis principios anteriores.13
En la Ceremonia del té se relacionan las cosas pequeñas con el orden cósmico, lo temporal con lo espiritual. La sala del té es una construcción efímera sin ornamentación e inacabada, pues lo imperfecto se debe completar en la imaginación. La belleza sólo puede descubrirla quien mentalmente completa lo incompleto.
Especialmente significativa es la ceremonia del té, donde se sintetiza de forma magistral el concepto japonés del arte y lo bello, creando una auténtica religión estética: el «teísmo».14 Esta ceremonia representa la adoración de lo bello en oposición a la vulgaridad de la existencia cotidiana. Su filosofía, tanto ética como estética, expresa la concepción integral del hombre con la naturaleza. Su simplicidad relaciona las cosas pequeñas con el orden cósmico: la vida es una expresión, y los actos reflejan siempre un pensamiento. Lo temporal es igual a lo espiritual, lo pequeño a lo grande. Este concepto queda igualmente reflejado en la sala del té (sukiya), construcción efímera debida a un impulso poético, despojada de ornamentación, donde se da culto a lo imperfecto, y siempre se deja algo inacabado, que completará la imaginación. Es característica la ausencia de simetría, por la concepción zen de que tiene más importancia la búsqueda de perfección que la propia perfección. La belleza sólo puede descubrirla quien mentalmente completa lo incompleto.15
Por último, en época moderna –iniciada con el período Edo–, aunque perduran los conceptos anteriores se introducen algunas nuevas categorías estéticas, relacionadas con las nuevas clases urbanas que surgen a medida que Japón se va modernizando: el sui es una determinada finura de corte espiritual, hallada principalmente en la literatura de Osaka; iki es una elegancia honesta y directa, presente sobre todo en el teatro kabuki; el karumi es un concepto que ensalza la ligereza como cualidad esencial bajo la cual se alcanza lo «profundo» de las cosas, reflejada especialmente en la poesía haiku; el shiori es una belleza nostálgica; el hosomi es una delicadeza que llega hasta la esencia de las cosas; y el sabi es la belleza simple, despojada, sin adornos ni artificios, ensalzando valores como la pobreza y la soledad. Esta última entroncó con el concepto anterior de wabi, creando una nueva noción llamada wabi-sabi, la trascendencia de la simplicidad, donde la belleza reside en la imperfección, en lo incompleto, basada en la fugacidad e impermanencia. En todos estos conceptos subyace nuevamente la idea del arte como proceso creativo, y no como realización material. Okakura Kakuzō escribió que «sólo los artistas persuadidos de la imperfección congénita a su alma son capaces de engendrar la verdadera belleza».



En Japón, el arte pretende conseguir la armonía universal, yendo más allá de la materia para encontrar el principio generador de vida. La estética japonesa busca encontrar el sentido de la vida por medio del arte: belleza equivale a armonía, a creatividad; es un impulso poético, un camino sensorial que lleva a la realización de la obra, que no tiene finalidad en sí, sino que va más allá. La belleza es una categoría ontológica, que remite a la existencia: consiste en alcanzar el sentido con el todo. Como dijo Suzuki Daisetsu: «la belleza no está en la forma exterior, sino en el significado que expresa». El arte no está basado en las cualidades sensibles, sino en las sugestivas; no ha de ser perfecto, sino expresar una cualidad que lleve a la totalidad. Se pretende captar lo esencial a través de la parte, que sugiere la totalidad: el vacío es un complemento de aquello que existe. En la filosofía oriental hay una unidad entre materia y espíritu, predominando la contemplación y comunión con la naturaleza, por vía de adhesión interior, de intuición. En Japón, el arte (gei), tiene un sentido más trascendente, más inmaterial que el concepto de arte aplicado en Occidente: es cualquier manifestación del espíritu –entendido como energía vital, como esencia que insufla vida a nuestro cuerpo–, haciendo que éste se desarrolle y evolucione, consiguiendo una unidad entre cuerpo, mente y espíritu.8
En la Fiesta del Hanami, los japoneses acuden a parques y jardines a observar la belleza de los cerezos en flor.
El sentido del arte se ha ido desarrollando en la estética japonesa a lo largo del tiempo: las primeras reflexiones sobre el arte y la belleza provienen de la antigüedad, cuando se forjaron los principios creadores de la cultura japonesa y surgieron las principales obras épicas de la literatura japonesa: el Kojiki (Relatos de cosas antiguas), el Nihonshoki (Anales de Japón) y el Man'yōshū (Colección de diez mil hojas). En esta época predominó el concepto de sayakeshi («puro, claro, fresco»), que hacía referencia a un tipo de belleza caracterizada por la simplicidad, el frescor, una cierta ingenuidad, perceptible en el uso de materiales ligeros y naturales, como la tierra cocida de las estatuillas haniwa o la madera en arquitectura. Buen ejemplo de ello es el templo sintoísta de Ise, construido en madera de ciprés, y que se reconstruye cada veinte años desde el siglo VIII para preservar su pureza y frescura. De este concepto se desprende una de las constantes del arte japonés: el valor otorgado a la belleza efímera, transitoria, fugaz, que evoluciona con el tiempo. En el Man'yōshū el sayakeshi queda reflejado en los sentimientos de fidelidad y honestidad, así como en la descripción de elementos naturales como el cielo y el mar, que inspiran una sensación de grandiosidad que sobrecoge al hombre. El sayakeshi está ligado al concepto de naru («devenir»), donde se valora el tiempo como una energía vital que confluye en el devenir, en la consumación de todos los actos y todas las vidas.9
Posteriormente, durante los periodos Nara y Heian, la estética japonesa evolucionó rápidamente gracias a su contacto con la cultura china, así como a la llegada del budismo. El principal concepto de esta época fue el aware, un sentimiento emotivo que sobrecoge al espectador y le lleva a una profunda sensación de empatía o piedad. Está ligado a otros términos como el okashi, aquello que atrae por su alegría y carácter agradable; el omoshiroshi, propiedad de las cosas radiantes, que llaman la atención por su brillo y claridad; el yūbi, concepto de gracia, elegancia; el yūga, calidad de refinamiento en la belleza; el en, la atracción del encanto; el rei, la belleza propia de la calma; el yasashi, la belleza de la discreción; y el ushin, el sentido profundo de lo artístico. Un hito en la cultura japonesa de esta época fue la Historia de Genji de Murasaki Shikibu, que plasmó un nuevo concepto estético denominado mono-no-aware –término introducido por Motōri Norinaga–, que transmite un sentimiento de melancolía, de tristeza contemplativa derivada de la transitoriedad de las cosas, de la belleza efímera, que dura un instante y perdura en el recuerdo. Es un estado de recreación derivado de la fugacidad de las cosas y de una agridulce tristeza a su paso, equivalente en cierta medida al pathos griego y al término virgiliano lacrimae rerum («lágrimas de las cosas»). En palabras de Kikayama Keita: «es el sentimiento profundo que nos embarga al contemplar una hermosa mañana de primavera, y también la tristeza que nos sobrecoge al mirar un atardecer otoñal. Pero, ante todo, es un sentimiento de delicada melancolía que puede derivar en una profunda tristeza al sentir hondamente la belleza caduca de todos los seres de la naturaleza».10 Esta idea de una búsqueda ideal de la belleza, de un estado de contemplación donde se unen el pensamiento y el mundo de los sentidos, es característica de la innata sensibilidad japonesa para la belleza, y queda patente en la fiesta del Hanami, basada en la contemplación de los cerezos en flor.
Jardín de Kenroku-en. En la meditación zen, la labor cotidiana es una manifestación espiritual, reflejada en el movimiento y el paso ritual del tiempo. Así el jardín representa la visión del cosmos, donde el gran vacío (mar) se llena con objetos (islas), plasmados en arena y rocas, y en el que la vegetación evoca el paso del tiempo.
Durante la Edad Media japonesa (periodos Kamakura, Muromachi y Momoyama), en paralelo al militarismo de la sociedad feudal japonesa, se impuso el concepto de dō («vía»), que ponía énfasis en el proceso creativo del arte, en la práctica ceremonial de los ritos sociales, como se pone de manifiesto en el shodō (caligrafía), el chadō (ceremonia del té), el kadō o ikebana (el arte de los arreglos florales) y el kōdō (ceremonia del incienso).11 En estas prácticas no importa el resultado, sino el proceso evolutivo, el devenir en el tiempo –nuevamente el naru–, así como el talento demostrado en la perfecta ejecución de los ritos, que denota destreza, así como un empeño espiritual de búsqueda de la perfección. En estos nuevos conceptos tuvo una influencia decisiva una variante del budismo llamada zen, que hacía hincapié en unas determinadas «reglas de vida» basadas en la meditación, donde la persona pierde la conciencia de sí mismo. Así, cualquier labor cotidiana trasciende su esencia material para significar una manifestación espiritual, la cual queda reflejada en el movimiento y el paso ritual del tiempo. Este concepto queda reflejado igualmente en la jardinería, que llega a un grado tal de trascendencia donde el jardín es una visión del cosmos, con un gran vacío (mar) que se llena con objetos (islas), plasmados en arena y rocas, y donde la vegetación es evocadora del paso del tiempo. La ambivalencia zen entre el carácter sencillo y la profundidad de una vida trascendente imbuyó de un espíritu de «elegancia sencilla» (wabi) no sólo al arte, sino al comportamiento, las relaciones sociales y los aspectos más cotidianos de la vida. El maestro Sesshū decía que «el zen y el arte son uno».12
El zen se basa en siete principios estéticos: fukinsei (asimetría), forma de negar la perfección para conseguir el equilibrio presente en la naturaleza; kanso (austeridad), eliminar lo innecesario y superfluo para descubrir la simplicidad de la naturaleza; kokō (dignidad solitaria), cualidad que las personas y objetos adquieren con el paso del tiempo y les proporciona una mayor pureza de su esencia; shizen (naturalidad), que está ligada a la sinceridad, lo natural es auténtico e incorruptible; yūgen (profundidad), esencia verdadera de las cosas, que trasciende su mera materialidad, su aspecto superficial; datsuzoku (desapego), libertad en la práctica de las artes, cuya misión es liberar el espíritu, no controlarlo –así, el arte prescinde de todo tipo de normas y reglas–; seiyaku (serenidad interior), estado de quietud, de sosiego, necesario para que fluyan los seis principios anteriores.13
En la Ceremonia del té se relacionan las cosas pequeñas con el orden cósmico, lo temporal con lo espiritual. La sala del té es una construcción efímera sin ornamentación e inacabada, pues lo imperfecto se debe completar en la imaginación. La belleza sólo puede descubrirla quien mentalmente completa lo incompleto.
Especialmente significativa es la ceremonia del té, donde se sintetiza de forma magistral el concepto japonés del arte y lo bello, creando una auténtica religión estética: el «teísmo».14 Esta ceremonia representa la adoración de lo bello en oposición a la vulgaridad de la existencia cotidiana. Su filosofía, tanto ética como estética, expresa la concepción integral del hombre con la naturaleza. Su simplicidad relaciona las cosas pequeñas con el orden cósmico: la vida es una expresión, y los actos reflejan siempre un pensamiento. Lo temporal es igual a lo espiritual, lo pequeño a lo grande. Este concepto queda igualmente reflejado en la sala del té (sukiya), construcción efímera debida a un impulso poético, despojada de ornamentación, donde se da culto a lo imperfecto, y siempre se deja algo inacabado, que completará la imaginación. Es característica la ausencia de simetría, por la concepción zen de que tiene más importancia la búsqueda de perfección que la propia perfección. La belleza sólo puede descubrirla quien mentalmente completa lo incompleto.15
Por último, en época moderna –iniciada con el período Edo–, aunque perduran los conceptos anteriores se introducen algunas nuevas categorías estéticas, relacionadas con las nuevas clases urbanas que surgen a medida que Japón se va modernizando: el sui es una determinada finura de corte espiritual, hallada principalmente en la literatura de Osaka; iki es una elegancia honesta y directa, presente sobre todo en el teatro kabuki; el karumi es un concepto que ensalza la ligereza como cualidad esencial bajo la cual se alcanza lo «profundo» de las cosas, reflejada especialmente en la poesía haiku; el shiori es una belleza nostálgica; el hosomi es una delicadeza que llega hasta la esencia de las cosas; y el sabi es la belleza simple, despojada, sin adornos ni artificios, ensalzando valores como la pobreza y la soledad. Esta última entroncó con el concepto anterior de wabi, creando una nueva noción llamada wabi-sabi, la trascendencia de la simplicidad, donde la belleza reside en la imperfección, en lo incompleto, basada en la fugacidad e impermanencia. En todos estos conceptos subyace nuevamente la idea del arte como proceso creativo, y no como realización material. Okakura Kakuzō escribió que «sólo los artistas persuadidos de la imperfección congénita a su alma son capaces de engendrar la verdadera belleza».


