“La Paciencia es la virtud con la cual el árbol llega a dar sus frutos”
Y SI TE ABRAZO ES PARA SENTIR...
QUE A NUESTRO AMOR
NUNCA PODRAN
SACARLO DE RAIZ...
QUE A NUESTRO AMOR
NUNCA PODRAN
SACARLO DE RAIZ...
El árbol ha sido interpretado por diversas culturas como un intermediario entre el cielo y la tierra, ya que sus raíces traspasan el suelo y sus ramas se elevan hacia el cielo, a las regiones del espíritu. Desde las antiguas civilizaciones, el árbol ha articulado la idea del cosmos al vivir en una continua regeneración.
También encontramos la relación del árbol con el conocimiento y ésta la vemos en diversas culturas y épocas, como cuando Buda alcanzó la iluminación bajo el árbol de la Bodhi; en la tradición judeocristiana, cuando Eva vio que "el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos y árbol codiciable para alcanzar sabiduría", comiendo de su fruto.
El simbolismo chino conoce el árbol como la fusión de dos fuerzas, uniendo el Ying con el Yang, cruzando los principios masculinos y femeninos. Y no olvidemos mencionar que el árbol había mantenido una relación vital con el ser humano celta, al proporcionarle el primer hogar, leña, sombra y alojamiento para las aves que podían convertirse en caza para alimentar a la tribu. Pero los celtas no sólo veían en el árbol la esencia de la vida, si no también el recurso para predecir el futuro. Y para los druidas, monjes celtas, la relación que tenían con los árboles era más íntima, postulando que cada hombre o mujer lleva en su interior un árbol, por medio del cual alimentaba su deseo de crecer de la mejor manera posible.
Y si esto último fuese no tan sólo un simbolismo en la búsqueda del árbol de la sabiduría, ¿cómo seríamos si en vez de seres humanos fuéramos árboles? Unos desearían ser grandes con extenso follaje; otros quisieran tener frutos exóticos todo el año; por otro parte, algunos anhelarían llegar con sus ramas al cielo tocando las nubes, mientras a otros les agradaría que sus hojas sean firmes y gruesas, y hasta algunos querrían ser más grandes y firmes que el roble… así podríamos seguir mencionando las características que nos gustaría tener si fuésemos un verde follaje.
Pero no nos engañemos, porque para llegar a ser un árbol como los que imaginamos se requiere mucho más que tierra y luz solar. No por nada desde milenarias épocas se ha considerado al árbol como un símbolo de conocimiento y sabiduría. Y es ahí, en cada corteza, en cada hoja, en cada fruto que exhala su presencia donde el hombre ve reflejado en el árbol los elementos básicos de su forma de vida: ambos, el hombre como el árbol, representan la vida y la fuerza vital; ambos tienen ciclos de crecimiento naturales; ambos son unidades que simbolizan el microcosmos y el macrocosmos. Ambos producen frutos; ambos pueden representar el poder divino o universal.
Hay árboles que viven más años que la descendencia de diez generaciones de un hombre. Y, ¿qué misterios alberga el árbol en todo ese tiempo que transcurre desde que fue una semilla que germinó en los brazos de la tierra? La respuesta se encuentra en lo que se convirtió y creció luego entre la tierra y el cielo: La belleza de su transformación, dando color y sombra a las tardes de verano, otorgando el aroma fresco de sus frutos y flores en primavera, a la silueta desnuda de sus ramas que le permite al viento expresar su frenesí de invierno y así, como en cada estación, el árbol representa la rueda de la vida en constantes ciclos de crecimiento y renacimiento, porque en él sus frutos y hojas resurgen con el tiempo, marcando etapas donde la paciencia se hace necesaria para poder expresar su naturaleza.
Y, ¿qué es la paciencia si no una virtud del amor por excelencia? ¿Cuántas veces los hombres hemos sido pacientes, respetando los tiempos de las cosas que hemos deseado? Para responder esto, sólo basta realizar un ejercicio y quedarnos quietos un momento, sin movernos, sin cruzar ningún pensamiento por nuestra mente… parece sencillo, pero qué difícil es conservar la quietud en un momento de sosiego.
Parece ilógico, pero al ser humano nos cuesta conservar la paz, la quietud, el silencio de mente y emociones, porque no estamos familiarizados con nuestra propia naturaleza. En cambio el árbol, varado siempre en el mismo lugar, busca extender su naturaleza por sobre y debajo de la tierra, respetando sus tiempos de crecimiento, porque lleva arraigada en su esencia desde que brotó su semilla, el secreto de la vida, que no es más que la continuidad de su naturaleza lo que impulsa a que todo tenga su tiempo bajo el cielo o sus ciclos dentro del tiempo de la existencia física.
Porque el hombre también se haya sujeto a la continuidad de la vida y, queramos no, nuestro crecimiento y desarrollo personal está marcado por los tiempos que representan los ciclos, demarcando las etapas de nuestra vida. Y así como el desarrollo físico presenta etapas, el espíritu también se vale de procesos internos delimitados por el tiempo que nos conlleva el aprendizaje de cada experiencia, para hacernos cada vez más puros y elevarnos a esferas más altas de conciencia.
De ahí que la Paciencia sea una herramienta indispensable para la correcta comprensión de cada cosa que nos suceda en la vida, porque al igual que las estaciones, el alma requiere del Tiempo para que éste nos haga partícipe de los cambios. Sólo con paciencia podemos hacernos aliados del tiempo, y con ello recibir el mayor regalo que la vida junto a sus ciclos nos pueda otorgar: vivenciar el eterno presente. Podemos pensar que todo lo que la vida nos ofrece mañana es repetir lo que hicimos ayer y hoy. Pero si ponemos atención, nos daremos cuenta de que ningún día es igual a otro. Porque cada mañana nos trae una bendición escondida que sólo sirve para este día y, si no usamos ese milagro hoy, se perderá.
Cada amanecer nos da la posibilidad de escribir nuestra historia personal de manera diferente, historia cuya percepción sólo VIVE en el interior de nuestro corazón. ¡Y somos dueños del milagro de percibir las cosas cada día de manera distinta! Vivir el eterno presente es mágico, porque nos permite abrir nuestros sentidos a la experiencia y, aunque sea dolorosa, nos ayuda a que palpándola de verdad con el corazón la podamos liberar más rápido, tras la enseñanza que nos deja.
Abrir el corazón a la experiencia que vivimos, nos hace palpar las etapas con mayor claridad y con ello, la percepción que tenemos se va amoldando a lo que vamos sintiendo y así, cada día sentiremos nuevas emociones; tal vez al comienzo podamos percibir todo oscuro, pero cuando nos abrimos realmente a la experiencia, aunque sea dolorosa, el sacarlo a la luz de nuestros ojos ya nos libera, comenzando luego a decantar la continuidad de nuestra vida que se vio detenida por aquella experiencia dolorosa que en una etapa de nuestra vida no supimos enfrentar.
La Vida nos entrega constantemente situaciones que no siempre enfrentamos correctamente por miedo a sufrir, pero el fluir de la existencia nunca se detiene y mientras no enfrentemos las experiencias que no quisimos o no supimos ver con claridad, volverá la vida a traernos otro ciclo con lo que quedó pendiente en nuestro pasado y así podemos acumular más y más cobardía, perdiéndonos la bendición que es experimentar la liberación en el corazón tras haber abierto los ojos a la experiencia que nos enriquece y nos hace avanzar un paso más hacia adelante.
La naturaleza es muy sabia y siempre se las ingenia para seguir expandiendo su esencia por la basta llanura de la vida. Podemos frenar el crecimiento una vez, o dos o varias veces, pero mientras más frenemos el fluir de nuestro corazón, nuestras ramas crecerán torcidas y enredadas, limitando la expansión de nuestra naturaleza y nuestro corazón padecerá cuán mustia flor que expira tras haberla arrancado de la tierra que le otorgaba vida. Sólo con verdadero amor logramos respetar lo que nos dicta el corazón y sólo respetándonos llegaremos a contemplar con paciencia la germinación de las semillas que brotan desde nuestro interior y así, con el tiempo, veremos que la Vida nos hace partícipe de los ciclos y sus transformaciones.
Como vemos, para ser árbol y no morir en el intento, no basta solamente con tener la provisión externa de la tierra y de la luz solar… también se requiere de una semilla que en su interior comprenda la virtud de germinar.
Y aquí un video de "Raiz", temón del mejor disco de Cerati (Bocanada)
link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=Kud4QVPEqzo
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