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De pronto despertó. Apenas los párpados tomaron cierta distancia mutua la consciencia emergió de las profundidades tan atléticamente que fue como si nunca hubiese dormido. Las horas que se habían esfumado en el mundo de Yetziráh habían resultado verdaderamente generosas, tanto a lo largo como a lo ancho. Tras un breve intento, se halló incapaz de permanecer a bordo de aquel maravilloso tren del cual se había soñado pasajero; vigilia al mando, los débiles retazos oníricos se escabulleron rápidamente, cual manada de Múridos en fuga, hacia la periferia crepuscular de su memoria. Sea como fuere, esto no afectó su impecable estado de ánimo. Realmente se sentía fresco y descansado; «como nunca antes», pensó.
Quitó la vista del techo dejándola caer suavemente hacia su izquierda. En las penumbras de la habitación, a pocos centímetros de su cuerpo, observó a su mujer; ella daba la impresión de entablar una silenciosa relación de afecto con su almohada. La notó tan bella como siempre y sólo pudo experimentar gratitud por tenerla a su lado. Contempló con atención sus párpados delicadamente apoyados el uno sobre el otro y sus pestañas, numerosas, largas y levemente arqueadas, dispuestas en una bella armonía. Su cabello ocultaba sólo en parte sus delicadas facciones, y la expresión en sus labios, aquellos que tanto le gustaba besar, parecían adoptar la mueca casi imperceptible de una sonrisa amable. «Desearía saber que soy yo el motivo de esa sonrisa», se dijo mentalmente y de un sólo movimiento estuvo fuera de la habitación.
Antes de bajar las escaleras decidió pasar por la habitación de sus hijos. Era muy temprano en la madrugada por lo que ambos niños dormían, a juzgar por el semblante de sus pequeños rostros, tan profunda y placenteramente como él mismo lo había hecho. «Una buena noche para todos», pensó. En lo profundo de su ser experimento una paz inconmensurable y siguió hacia las escaleras.
Ya en la planta baja, sin hambre ni sueño y pletórico de quietud, se echó plácidamente en su sillón preferido. La casa estaba a oscuras y sumida (casi) en un silencio magno, a no ser por el murmullo incesante de los artefactos eléctricos. No quiso modificar la situación. De hecho, sentía por vez primera que no quería, o mejor, que no necesitaba ya cambiar nada, ni dentro ni fuera de él. Todo a su alrededor lo colmaba en la medida exacta; y todo lo que él era, la suma de su propio ser, era en su justa medida. La balanza –notó con sutil regocijo- estaba deliciosamente equilibrada.
Afuera, un espeso muro de llovizna gris y el frio inicial de lo que alguna vez supo ser el mes séptimo del calendario romano maquillaban un paisaje anónimo, sin colores. Llamó su atención un hecho curioso: a pesar de que en el interior del hogar el clima estaba templado, él pudo sentir muy notablemente el frio del exterior y la llovizna rozando su piel. Aquello que experimento fue tan real que hasta inspeccionó con sus ojos el techo en busca de goteras y chequeó el enorme ventanal; sin embargo, no halló filtración alguna y las ventanas estaban tan cerradas como podían estarlo. Probablemente la sangre de su cuerpo necesitaba reacondicionarse.
Algunos minutos más tarde, aunque no supo bien cómo ni por qué, se encontró en su sanctasanctórum, es decir, en el jardín de la casa, rodeado de sus tantísimas plantas a las que tanta devota dedicación solía brindar. El hecho de aparecer repentinamente en cualquier lado no lo sorprendió en lo más mínimo pues se conocía bien; sabía que en ocasiones se abstraía en sus pensamientos de tal modo que, cuando «despertaba», podría hallarse en casi cualquier tipo de situaciones: conversando con su mujer -o haciendo el amor con ella-; jugando con sus hijos, leyendo un libro –o escribiéndolo-; regresando del trabajo, en el velatorio de algún ser querido, o, sencillamente, en la verdulería y a punto de realizar las compras.
Treinta y tres años de experiencia complementados por doce de un insight atento habían dado sus frutos: sabía perfectamente que su mente era capaz de arrastrar su cuerpo de un lugar a otro, sin su autorización consciente. Aun así, se llevaba muy bien con ella.
De una sola mirada pudo notar que todas sus queridas estaban ya exhibiendo sus pimpollos con orgullo maternal, por lo cual, aunque su tarea no había ido nunca mucho más allá del simple riego, se felicitó mentalmente y, sin más, se alegró. «Otro ciclo comienza», reflexionó; no reparó en la llovizna, y el frío era ya cosa del pasado.
«Nada es eterno –se dijo a sí mismo-, y aun así, todo renace empecinadamente, siempre inagotable, una y otra vez, incansablemente. Es la manera que encuentra la Vida para compensar la muerte». Esa mañana, la ecuanimidad de sus emociones y la claridad de sus pensamientos lo sorprendieron agradablemente.
Pensó –como cada vez que esto sucedía- en volcar sus afables experiencias intelectuales al papel. Era su manera de «anclar» un estado de ánimo en particular en el lecho del tiempo y el espacio: de ese modo –él sabía-, como si fuese una fórmula mágica, si en algún momento su balanza pesase más angustias que alegrías en su pecho, leyéndose a sí mismo podría revivir el «tenor emocional» exacto de aquello que había escrito y, por una suerte de auto-ósmosis intelectual, su mente vibraría acorde a ello. Una fórmula sencilla y sorprendentemente efectiva hasta en sus más débiles expresiones. Algo similar a lo que se experimenta cuando se ojean fotos añejas, pero sin la desagradable mélancholie.
Su ópera prima, en esto de inmortalizar un estado mental, había debutado hace ya más de veinte años, en la época en que recién había conocido a la que en un futuro no muy lejano se convertiría en su esposa. En aquel entonces el amor que sentía por ella desbordaba su corazón –si es que ahí, como juran los poetas, y no en el espíritu, mora dicho sentimiento-. No es que ahora la amase menos, pues él sabía que el amor, a diferencia de todo lo demás, no comprende cantidades, grados ni intensidades: existe o no. «Se ama o no se ama, that’s the question», solía decir parafraseando a Guillermo. Si existe, excelsa bendición; sino, es poco más que egoísmo estéril.
Sin embargo, también era consciente que cuando el amor está dado, la naturaleza del hombre es tal que corre el riesgo de no verlo, del mismo modo que no se «ven» aquellas cosas que se obtienen sin esfuerzo alguno, y, en consecuencia, subestimarlo estúpidamente, por lo que ayudar a su memoria emocional no estaba de más.
«Hoy es un día como ningún otro –había escrito en su grimorio personal-: veo la bondad florecer en todo lo que vive. Hoy, las sonrisas de los niños resuenan en el aire como melodías de una cajita musical sin fin; las de los mayores, fulguran como tibios rayos de luz. Hasta la mía, por lo general reluctante y mezquina, me resulta el día de hoy incontenible y encantadora. Pero la suya… su sonrisa es otherwordly; es un rayo cósmico, es viento solar que modifica mi esencia; su sonrisa es un vistazo a la eternidad.
»En su mirada infinita, humana como el llanto y la risa, me contemplo nacer, crecer, morir y renacer mil veces en cada abrir y cerrar de sus ojos; su mirada es la llama del alquimista que transmuta el sheol en nueva vida. Es por su amor, y por nada más, que hoy puedo burlarme de la eternidad, de la perfección de la creación y lo incognoscible.
»Sé que exagero, pero ¿acaso existe otra manera cuando se ama? ¿No es el amor de por sí una exageración, una agitación desmesurada del microcosmos humano? Por lo demás, ¿qué más sublime que esta exacerbación del espíritu? Sin amor la Vida es latencia, un despojo residual, una caricatura de ella misma, el horrendo túmulo de la esperanza. Sin amor la Vida no es. Hoy, y para siempre, mi ser vibra como nunca antes, virtuosísimo, allegro con fuoco.
»¡Benditos sean los que aman, que no conocerán la muerte!»
A esta suerte de encantamiento recurría él, afortunadamente no muy a menudo, en tiempos de krisis sentimental y endeblez emocional, o mejor, de ceguera; en esos momentos en los que por no ver más allá de las propias narices, se pisotea lo que está dado. Existían otros escritos «mágicos» en su haber, dedicados también al sublime objetivo de armonizarse lo más alto posible; pero éste, éste en particular, era el único capaz de sumergirlo en una profunda y duradera sensación de sosiego. Era, como a él le gustaba llamarlo, «opio intelectual».
Mientras trataba de repetir mentalmente aquel pensamiento que deseaba plasmar en la eternidad, volvió a contemplar sus plantas. Observó no sin algo de asombro e inquietud que ellas, así como todo a su alrededor, lucían ahora contornos desdibujados; el foco de su mirada parecía estar fuera de sí, y los colores, antes rozagantes de pigmentos, aparecían disipados, débiles, y lo que era más desconcertante aun, únicamente en diversos y monótonos grados de grises. Ya no más rojos, verdes, amarillos, violetas o blancos.
Confundido y en busca de precisión, acerco su visión a la que era su preferida, una hermosa Petunia Hybrida, confiando inocentemente en que, por ser ella su predilecta, podría ofrecerle un reflejo más alentador de la realidad (de la misma manera en que un niño acude con inquietudes a sus padres, a quienes considera poseedores de todas las respuestas). Con la vista casi pegada en aquella planta logró divisar cada uno de sus cinco sépalos, pétalos, estambres y su único pistilo, pero todo fue inútil: tampoco estuvo allí la nitidez anhelada. Incluso su color, que él sabía de un violeta intenso, no era más que un insípido gris marengo. Se sintió desilusionado y, de alguna manera, ridículamente defraudado.
Se alejo nuevamente y observó, por detrás de las plantas, hacia la casa. Allí también encontró la misma visión fantasmagórica. Todo cuanto podía contemplar parecía disfumarse progresivamente. Nuevamente una corriente fría lo recorrió integro. Sintió un hilo de temor deslizarse sobre su espina dorsal; deseaba no haber salido de la cama y nada en el mundo le hubiese venido mejor que abrazarse a su esposa.
Quiso moverse y permaneció estático; su voluntad, por motivos que le resultaron ajenos, no le correspondía. Sintió que estaba de alguna manera encadenado al aire. Mientras luchaba por escapar de sus cadenas invisibles, como un rayo, un fulgor eléctrico lo atravesó estremeciéndolo; una concatenación de pensamientos, ideas, esquemas y abstracciones brotaron de súbito en su consciencia: la mentalidad del Universo, la realidad sustancial; la paradoja divina –pensó sin saber bien por qué-, lo irreal desde lo absoluto e infinito, y su antípoda desde la finitud y lo relativo. Intentó absorber hasta lo último de aquello que brotaba dentro y alrededor de sí. No lo comprendía con precisión, no lograba acceder a su significado, pero algo lo forzaba a intuir un valor mayúsculo. Luego, otras manchas de conceptos esclarecedores asaltaron su comprensión: la correspondencia entre los planos, la vibración diferencial, la dual polaridad de todo lo que existe; el incesante vaivén del ritmo: flujo y reflujo, ascenso y descenso; causa y efecto, la realidad del género… todo estaba ahí ahora, a la vista, en su interior. La llave maestra del conocimiento había abierto el gran portal de los misterios. Sintió no caber dentro de sí; necesitó, como nunca antes, expandirse infinitamente, forzar los límites de todo lo conocido: el gran plano físico se elevaba hacia el mental, y éste, deslizándose hacia arriba en espiral infinito, anhelaba el Espíritu, el útero primordial. La Verdad había sido dicha.
El chirrido incomodo de una sirena lo privó bruscamente de aquella revelación confusa. Atónito y casi ciego, se dirigió instintivamente hacia el interior de su hogar. La figura desdibujada y gris de lo que en apariencia eran dos médicos ingresaba a toda prisa por la puerta principal; su mujer, consternada y con lágrimas en sus ojos, les indicaba nerviosamente el camino hacia las escaleras. La imagen de sus hijos vino a su mente e imagino algo terrible. Se culpó por no haber estado ahí y experimentó un terror primitivo. El frío fue más intenso.
Permaneció inmóvil unos instantes (¿o fueron horas?); luego, preso de un impulso se abalanzó sobre las escaleras siguiendo el rastro de las sombras. En el descanso halló a uno de sus hijos; su rostro, aunque fue incapaz de fijar la vista, parecía pálido y su mirada perdida. No se detuvo, no pudo hacerlo. Desde el corredor del piso superior oyó el llanto de su hija y la desesperación de su esposa, provenientes de la habitación matrimonial. Casi sin darse cuenta y victima de la inercia, ingresó en ella; allí fue testigo de algo que tardaría un momento en comprender. Su hija y su mujer se abrazaban en lágrimas y los médicos luchaban por reanimar a un cuerpo tendido sobre la cama. Súbitamente pudo reconocerse en el rostro de aquel cuerpo ya sin vida. Una sensación indescriptible, tan ajena y extraña como lo es la muerte para cualquier ser humano, serpenteó bruscamente en su interior. No pudo moverse ya y la balanza en su interior comenzó a sacudirse.
Lentamente todo, excepto aquel rostro calmo que exhibía su cadáver, prosiguió evanesciéndose; observó todo a su alrededor descomponerse gradualmente, entre olas de luz y calor, hasta sus más elementales componentes, y la sustancia etérea que mantenía la materia unida, era ahora visible en toda su delicada extensión; un océano de frenéticos electrones, protones y neutrones danzaban desperdigados en ella por doquier. El frío se torno gélido y los sonidos fueron pesados y graves, irreconocibles, como oídos a través de un manto de agua.
«Hoy es un día… –intentó recordar con dificultad aquella fórmula; pero las palabras tropezaban entre sí, carentes de sostén- …como ningún otro... -Incapaz de continuar pero anhelando algo a qué aferrarse, fue directo al final-: ¡Benditos sean los que aman, que no conocerán…