Hay dos tipos principales de mujeres feministas. Por un lado tenemos a las feministas militantes, de las cuales hemos tratado por aquí en otras ocasiones. Por el otro están las pícaras. Son esas mujeres que sin acusar una adscripción ideológica de base sólida y consistente a favor del feminismo, aceptan con entusiasmo todas las ventajas (aparentes y reales) que la imposición de esta ideología les va reportando y sostienen, en un plano general y con un nivel bajo de elaboración, su discurso.
No acuden las pícaras a universidades a educarse en el feminismo. No se nutren de feminismo en aburridas conferencias y soporíferos coloquios celebrados en sedes de esperpénticas organizaciones feministas, lugares permanentemente aromatizados con ese característico olor que emite la subvención. Tampoco leen libros feministas (en general leen pocos libros), ni acuden a las poco nutridas concentraciones que partidarias militantes de esta ideología organizan. No han nacido feas ni se empeñan en parecerlo. No engordan, ni dejan de ducharse a diario, de lavarse el pelo o de depilarse las piernas. No se visten de payaso, y muchas fuman, pero sin rabia. No atesoran toneladas de incomprensible resentimiento contra el varón, ni saben demasiado bien qué significa la palabra patriarcado. No creen que el hombre sea malo en especial, ni tampoco que la mujer sea especialmente buena por ser mujer. En general, a las pícaras no les atraen sexualmente las mujeres. No tienen nada en contra de la familia, algunas la han formado y otras desean hacerlo. Pero hete aquí que un día descubren que por el hecho de ser mujer tienen ciertas ventajas y recompensas, puro privilegio, y, oye, ladinas, no dudan en aceptarlas de buen grado aunque perjudiquen a los hombres. Muchas de estas pícaras se quedan porque-yo-lo-valgo con los hijos, la casa, el sueldo y los bienes de su ahora ex-marido que, por decisión de su señoría, y sobre todo de las señorías parlamentarias que hacen leyes feministas, es decir, injustas, discriminatorias, se tienen que ir con lo puesto; no tienen en cuenta las pícaras que esos hombres despojados son los padres de sus hijos.
Estas pícaras viven en sociedad y no en guettos ideológicos. Ha llegado, por tanto, un momento en el que las políticas de discriminación negativa contra el hombre, que el feminismo ha traído, afectan negativamente a otros hombres próximos a ellas, otros hombres que ya no son sus ex-maridos. Y hete aquí a hijos, padres o hermanos de las pícaras, que pagan en carne propia los privilegios que las políticas feministas a las pícaras les proporcionan. Estos problemas les hacen sospechar a las más sagaces de las pícaras que lo que por un lado les dan, por el otro se lo quitan, que muchas veces les quitan más que lo que les dan, que la unidad, la confianza y la felicidad familiar no tienen precio y que el feminismo, al final, sólo beneficia a las más avispadas de las feministas militantes, es decir, a las listas que hacen de esta ideología su negocio, y a todo aquel al que le conviene la disolución social. Y entonces, unas pocas de éstas empiezan a comprender que el mundo feminista no es de color de rosa.