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El discurso histórico
Rodrigo Díaz Maldonado



La narración de los acontecimientos del pasado, que en nuestra cultura, desde los griegos en adelante, ha estado sujeta a la sanción de la “ciencia” histórica ligada al estándar subyacente de lo “real”, y justificada por los principios de la exposición “racional”, ¿difiere en realidad esta forma de narración, en algún rasgo específico, con alguna característica indudablemente distintiva, de la narración imaginaria, como la que encontramos en la épica, la novela y el drama?. Roland Bartes




Con esta pregunta, Barthes pretende atacar la presunta objetividad del discurso histórico. Sin embargo, resulta claro que este ataque llegó demasiado lejos. De hecho, en la actualidad es casi un lugar común negar la objetividad absoluta de la historia, sin que esto implique la disolución de las fronteras entre ésta y la literatura. Incluso un teórico de la historia como Franklin R. Ankersmit, que abandonó la epistemología en pos de la estética, sostiene que hasta un niño notaría la diferencia entre ambos tipos de discurso (Domanska, 1998: 85). Ahora bien, desde otro punto de vista, es igualmente cierto que la mayoría de los argumentos en contra de la disolución de las fronteras se basan en las concepciones más pobres e ingenuas de lo que es la literatura, según las cuales los relatos de ficción carecen por completo de un contenido de verdad y, en vista de que la historia pertenece al reino de lo “real-verdadero”, no puede existir ningún tipo de equiparación. Un ejemplo de esto puede ser la escuela francesa de los Annales y su rechazo instintivo hacia la historia narrativa; rechazo que ni fue total, como lo ha demostrado Jacques Rancière (1993), ni tuvo un verdadero sustento teórico(1) (White, 1992: 51). Además, si consideramos algunas propuestas teóricas como la de Hayden White, la pregunta de Barthes adquiere una profundidad insospechada.

El presente ensayo intentará, pues, ofrecer una respuesta parcial a dicha pregunta. Para lograrlo son necesarias un par de delimitaciones: en primer lugar, he optado por discutir exclusivamente la parte histórica de la ecuación, es decir, ignorar en la medida de lo posible aquello que concierne al discurso literario o de ficción. En segundo lugar y en vista de la enorme cantidad de voces que se han manifestado sobre este asunto, el análisis que propongo se centra en la comparación de las posturas de Jacques Rancière y de Paul Ricœur, y uso como contrapunto algunas propuestas de Hayden White. La elección de estos autores se debe a que cada uno pertenece a una escuela o tradición de pensamiento diferente, y en esa medida contribuyen a dar una visión más amplia del problema.



Para Hayden White, la obra de Paul Ricœur es, ni más ni menos, un esfuerzo por construir una metafísica de la narratividad. Obviamente, en este intento Ricœur tiene que enfrentarse al problema planteado por las narrativas históricas. Para él, este tipo de narrativas llevan más por el camino de la comprensión de los acontecimientos de que tratan, que por el rumbo de la explicación, más relacionado con las ciencias naturales (White, 1992: 67). Lo cual no significa que explicar y comprender sean términos excluyentes, pues en realidad se integran en el proceso dialéctico mayor de la interpretación.(2) A este respecto White afirma en el mismo texto:

Según Ricœur la “lectura” de una acción se parece a la lectura de un texto; para la comprensión de ambos se precisa el mismo tipo de principios hermenéuticos. Como “la historia versa sobre las acciones de hombres del pasado”, de ello se sigue que el estudio del pasado tiene su propio fin en la “comprensión” hermenéutica de las acciones humanas [...] De este modo, al escribir un texto histórico, el objetivo debería ser representar los acontecimientos (humanos) de forma tal que se pusiese de manifiesto su status como parte de un todo significativo.



De hecho, para Ricœur, todas las explicaciones contenidas en un texto histórico (que pretenden hablarnos sobre “lo que sucedió”) no son otra cosa que un medio para alcanzar la comprensión de ese “todo significativo”, en vez de un fin en sí mismas. Así, explicar un grupo de acontecimientos o acciones humanas no es lo mismo que alcanzar su comprensión. Para ello, es necesaria una “captación conjunta” de aquello que hace significativo a un acontecimiento histórico: las intenciones que motivan las acciones, las acciones mismas y sus consecuencias –deseadas o no– dentro de los contextos sociales y culturales (White, 1992: 68). Ahora bien, esta captación conjunta sólo se logra al “configurar” las acciones mediante la instrumentalidad de la trama:

[La trama] media entre acontecimientos o incidentes individuales y una historia tomada como un todo [...] En consecuencia, un acontecimiento debe ser algo más que una ocurrencia singular. Recibe su definición de su contribución al desarrollo de la trama. Por otra parte, una historia debe ser más que una enumeración de acontecimientos en serie; ella debe organizarlos en una totalidad inteligible, de modo que se pueda conocer en cada momento el “tema” de la historia. En resumen: la construcción de la trama es la operación que extrae de la simple sucesión la configuración(Ricœur, I, 1995: 131).



Aunque suene a reduccionismo, puede decirse que Ricœur denomina a este proceso de configuración de la trama como mimesis II, y es básicamente idéntico para ambos tipos de narrativas, de ficción e históricas. No obstante, hasta este momento de su análisis, Ricœur se cuida muy bien de tocar la dimensión referencial de ambos tipos de narraciones (es decir, el problema de la “verdad” se mantiene en suspenso), por lo cual, al hablar de configuración, lo hace en el sentido del mythos aristotélico, que se define como la disposición de los hechos. En otras palabras, en lo concerniente a la disposición de los hechos, a la configuración, la historia y la literatura no difieren de manera sustancial. De hecho, no se puede hablar, por lo menos en este terreno, de las “características indudablemente distintivas” por las que pregunta Barthes. Más bien, aquí parece existir un acuerdo entre Ricœur y White cuando este último afirma que, en lo que se refiere a la estructura narrativa, ficción e historia pertenecen a una misma clase (Ricœur, I, 1995: 269).

La explicación de este fenómeno se sustenta, por un lado, en el reconocimiento de un “referente último” (la temporalidad) común a ambos tipos de narraciones y, por otra parte, en la subordinación del concepto de trama a la idea de una síntesis temporal de lo heterogéneo. En pocas palabras, tanto el discurso histórico como el de ficción constituyen formas de conocimiento, distintas sólo en la medida en que parten de distintos órdenes del ser (acontecimientos reales e imaginarios), pero idénticas en virtud de su significado profundo y configuración: tanto una como otra hablan, a su modo, de las aporías de la temporalidad, de la enigmática experiencia humana del tiempo; y lo hacen por medio de la configuración de una trama.(3) Es importante aclarar que, pese a la notable simetría del relato de ficción y de la narración histórica en el plano de la configuración (en el modo de inteligibilidad al que puede aspirar el poder configurador de la narración en general), en lo relacionado con el tiempo, que viene siendo el contenido de dicha configuración, Ricœur concede recursos al relato de ficción de los cuales carece la historia: “Todo acontece como si la ficción, al crear mundos imaginarios, abriese a la manifestación del tiempo un camino ilimitado” (Ricœur, II, 1995: 626).

Pese a que el tema de la temporalidad, hasta aquí sólo ligeramente tocado, resulte sobradamente seductor, es necesario abandonarlo momentáneamente en pos del orden en la exposición de las ideas. Las preguntas que deben formularse a continuación no pueden ir encaminadas a esclarecer este referente último que a la vez vincula y separa ambos discursos, sino más bien a definir las diferencias en otros terrenos. Es, por lo tanto, obligado cuestionarse sobre aquello que hasta el momento constituye, en el análisis de Ricœur, la única distinción sustantiva; la relativa a los distintos órdenes del ser. Veamos, pues, qué significa y cómo establece Ricœur dicha distinción.

En primer lugar, el procedimiento seguido por Ricœur consiste, básicamente, en disociar las características epistemológicas del acontecimiento histórico de sus características ontológicas. Esta operación es la que permite colocar al discurso histórico bajo la influencia de la configuración narrativa, como quedó asentado unas líneas más arriba. Sin embargo, la separación es sólo transitoria pues, en la última parte del primer tomo de Tiempo y narración, Ricœur restablece las diferencias ontológicas por medio de un corte epistemológico en tres planos: el de los procedimientos, el de las entidades y el de la temporalidad. Cada uno de estos planos constituye sendas diferencias entre el relato de ficción y la narración histórica. Es por eso que para Ricœur el vínculo entre historia y narración es indirecto y los esfuerzos por extenderlo de manera directa, como sucede en algunos trabajos de Hayden White, fracasan pues sólo permiten dar cuenta de obras históricas de carácter narrativo, y no aplican, por ejemplo, sobre la historiografía de la escuela de los Annales. Ahora bien, dicho corte epistemológico en tres planos presenta características específicas cuyo análisis abrirá el camino a la segunda parte del presente ensayo.
En el plano de los procedimientos, la historia separa la trama del proceso explicativo y erige a éste en una problemática distinta:

Con el historiador, la forma explicativa se hace autónoma, se convierte en algo distinto del proceso de autentificación y justificación. En este aspecto, el historiador se halla en el puesto de un juez, puesto real o potencial de discusión en la que intenta probar que cierta explicación vale más que otra. Busca, pues, “garantes”, a cuya cabeza se halla la prueba documental. Una cosa es explicar narrando y otra problematizar la propia explicación para someterla a la discusión y al juicio de un auditorio, si no universal, al menos considerado competente, compuesto en primer lugar por los colegas del historiador (Ricœur, I, 1995: 290).



Esta separación inicial trae consigo tres corolarios principales, a saber:

A) Al trabajo de explicación se añade otro de conceptualización. Es decir, si bien la historia como disciplina carece de un método único, es posible afirmar que no existe epistemología de la historia que, en algún momento y de alguna forma, no tome partido en la discusión en torno a los universales históricos, en torno a aquello que puede o no ser considerado como parte de la historia. Esta “toma de partido” constituye un problema que sencillamente no se presenta al narrador de ficción. Ahora bien, aunque ciertamente sea un problema que no comparten ambos tipos de narraciones, en mi opinión el peso de este argumento no es suficiente como para consolidar una diferencia radical, pues puede ser empleado exactamente en el sentido inverso, en el sentido de anular las diferencias. Esto es así porque, si atendemos a lo dicho por Hayden White, los modos posibles de la historiografía (las distintas perspectivas o, usando el concepto de Ricœur, las distintas formas de “tomar partido”) “son en realidad formalizaciones de intuiciones poéticas que analíticamente los preceden y que sancionan las teorías particulares utilizadas para dar a los relatos históricos el aspecto de una explicación”. Al no existir bases teóricas “apodícticamente ciertas” (pues todas ellas son irreductiblemente históricas) para afirmar la autoridad de cualquier modo sobre otro, la única forma para hacer una elección es “por último estética o moral, antes que epistemológica” (White, Metahistoria: 13-50). Criterios que, en última instancia, son idénticos a aquellos que empleamos para fijar una postura frente a las narraciones de ficción.

B) El estatuto crítico de la historia como búsqueda de la objetividad. Dejando de lado el problema de los límites de la objetividad histórica, es un hecho que existe un problema de la objetividad en la historia. Por lo tanto, pese a que la búsqueda de la objetividad sea un intento constantemente frustrado, es innegable que forma parte del proyecto de la historia. En este sentido:

La objetividad buscada tiene dos caras: en primer lugar, se puede esperar que los hechos de que tratan las obras históricas, tomados uno por uno, se enlacen entre sí como mapas geográficos si se respetan las mismas reglas de proyección y escala, o también como las facetas de una misma piedra preciosa [...] A este deseo de conexión por parte del hecho histórico corresponde la esperanza de que los resultados logrados por diferentes investigadores puedan acumularse por un efecto de complementariedad o de rectificación mutuas. El “credo” de la objetividad no es otra cosa que esa doble convicción de que los hechos relatados por historias diferentes puedan enlazarse y que los resultados de estas historias pueden complementarse (Ricœur,I, 1995: 291).



Independientemente de que tan factible sea la realización de esta doble expectativa, ciertamente constituye un factor operativo dentro de la historia, es decir, que influye en su construcción y contenido. En consecuencia, este corolario puede ser considerado como una legítima distinción entre la narración histórica y el relato de ficción, y es una parte fundamental de la respuesta que pretende alcanzar este ensayo. Pero es pertinente una aclaración: este argumento sirve exclusivamente para distinguir el discurso histórico del ficcional en los términos planteados por Ronald Barthes y, en virtud de lo expuesto en el inciso anterior, no es válido como criterio de preferencia entre perspectivas históricas diferentes o antagónicas.

C) Ricœur llama a este tercer y último corolario “reflexividad crítica de la investigación histórica”, y está directamente vinculado con el anterior pues, al ser la objetividad parte del proyecto de la historia, el historiador tiene que enfrentarse ineludiblemente a la cuestión de sus límites. Por tanto, el historiador no sólo debe narrar una historia, debe autentificar dicha narración, pues todos los componentes de su trabajo (ideológicos, argumentativos, estructurales) se encuentran expuestos a la crítica, en primer lugar, de otros historiadores. El narrador de ficción no tiene semejante obligación.

Por otra parte, tratemos ahora el corte epistemológico en el plano de las entidades. Dice Ricœur:

Mientras que en la narración tradicional o mítica e incluso en la crónica que precede a la historiografía la acción se refiere a agentes que se pueden identificar, designar con nombre propio y considerar responsables de las acciones narradas, la historia-ciencia se refiere a objetos de un tipo nuevo apropiados a su modo explicativo. Ya se trate de naciones, de sociedades, de civilizaciones, de clases sociales o de mentalidades, la historia coloca en el lugar del sujeto de la acción a entidades anónimas en el sentido propio de la palabra. Este corte epistemológico en el plano de las entidades se lleva a cabo en la escuela francesa de los Annales con la supresión de la historia política en beneficio de la económica, social y cultural (Ricœur, I, 1995: 292).



Más adelante Ricœur afirma que sin personajes la historia no podría seguir siendo una narración, con lo cual se matiza notablemente el carácter definitorio de este corte epistemológico. Sin embargo, un argumento que, basado únicamente en la desaparición de los personajes identificables o individuales, pretendiera establecer una característica distintiva del discurso histórico, resultaría extremadamente débil.(4) Por lo tanto, Ricœur elabora el concepto de “cuasi personaje”, que representa un punto intermedio entre la aparición de entidades anónimas y la necesidad de los personajes:

La historia, a mi parecer, sigue siendo histórica en la medida en que todos sus objetos remiten a entidades de primer orden –pueblos, naciones, civilizaciones– que llevan la marca indeleble de la pertenencia participativa de los agentes concretos que provienen de la esfera práxica y narrativa. Estas entidades de primer orden sirven de objeto transicional entre todos los objetos artificiales producidos por la historiografía y los personajes de una posible narración. Constituyen cuasi personajes capaces de guiar el reenvío intencional desde el plano de la historia-ciencia al de la narración, y a través de éste, a los agentes de la acción efectiva (Ricœur, I, 1995: 298).



El tercer corte se desprende de los dos anteriores, y es el que nos remite nuevamente al problema del estatuto epistemológico del tiempo histórico. Para Ricœur, el tiempo de la historia-ciencia no mantiene más un vínculo con la vivencia temporal (la memoria, la espera o la circunspección) de los agentes individuales, tal como sucede en la novela contemporánea (por ejemplo en La señora Dalloway, de Virginia Woolf o En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust) en donde el tiempo narrado se construye en buena medida desde la experiencia temporal de los personajes. En contraste, el tiempo en la nueva ciencia histórica se constituye de manera proporcional a sus procedimientos y entidades a partir, respectivamente, de “intervalos homogéneos, portadores de explicación causal o nomológica” y por medio de una dispersión “en multiplicidad de tiempos, cuya escala se ajusta a la de las entidades analizadas: tiempo corto del acontecimiento, tiempo semilargo de la coyuntura, larga duración de las civilizaciones, duración larguísima de los símbolos creadores del estatuto social como tal” (Ricœur, I, 1995: 293). Es decir, aunque la temporalidad sea el referente último de la ficción y de la historia, el tiempo de la historia alcanza su máxima complejidad al abrirse a la multiplicidad de tiempos de distintas duraciones; sin embargo, cada uno de estos nuevos tiempos se mantiene como un intervalo homogéneo apegado a una estructura cronológico-lineal.

Todo el desarrollo anterior del triple corte epistemológico permite a Ricœur establecer la distinción entre la narración histórica y la narración sin más. Al combinar este último planteamiento con el de las similitudes entre el discurso histórico y el ficcional en el plan de la configuración, el resultado es una tesis intermedia entre el narrativismo y el antinarrativismo, según la cual la historia no puede romper sus vínculos con la narración so pena de perder su propia historicidad, pero que al mismo tiempo advierte que dichos vínculos son de un carácter indirecto, precisamente gracias al triple corte epistemológico que hace de la historia una búsqueda.(5)

Ahora es necesario aprovechar el espacio abierto por las reflexiones anteriores para dar paso al análisis desde una perspectiva complementaria. En su libro Los nombres de la historia, Jacques Rancière señala un fenómeno singular en torno a la obra más famosa de Fernand Braudel: cuando en El Mediterráneo... se nos describe a Felipe II, las palabras del historiador están cargadas de simbolismo, dentro de un complejo juego entre lo propio y lo figurado:

Cada uno de los rasgos individuales aquí cargados de valor simbólico puede ser también el rasgo de una alegoría deliberadamente compuesta por el nuevo historiador para decirle adiós a la antigua historia. Al respecto el texto es indecidible. El historiador no nos proporciona el medio de definir el estatuto de sus asertos. Al señalar la distancia que toda cita de las fuentes introduce entre el historiador y su personaje, aniquilaría el efecto del texto, interesado en la supresión de esta distancia (Rancière, 1993: 22).



Como recordará el lector, dentro de los cortes epistemológicos realizados por Ricœur, se destacó el corolario acerca del estatuto crítico de la historia como búsqueda de la objetividad, caracterizado, entre otras cosas, por la obligación que tiene el historiador de autentificar su narración, lo que se logra, precisamente, marcando la distancia entre él y su personaje por medio de la crítica de fuentes (cuya representación en el texto es el aparato crítico). Ciertamente, el fenómeno descrito por Rancière constituye una violación consciente de este principio. En consecuencia, cabe preguntarse qué es lo que sucede con el discurso histórico cuando deliberadamente ignora uno de los límites que lo separan del reino de la ficción. ¿Deja de ser histórico? La respuesta de Jacques Rancière es negativa, puesto que no ve a la historia como una mimesis de la realidad, sino como un tipo de conocimiento que, gracias a lo que él llama poética del saber, puede construir su propio régimen de verdad. Asimismo, es en este punto donde se introduce una modalidad en la manifestación de la temporalidad no contemplada en el análisis de Ricœur. Pero antes de entrar en materia veamos algunos de los puntos de concordancia.

Para Rancière, al igual que para Ricœur, uno de los rasgos más distintivos de la nueva historia (la historia-ciencia identificada con la escuela de los Annales) es el surgimiento de las entidades anónimas, el rechazo a los personajes individuales y al acontecimiento. De igual manera, ambos autores enfrentan el mismo problema. ¿Cómo es posible contar una historia sin personajes y sin acontecimientos? Como ya vimos, Ricœur resuelve la interrogante por medio de los conceptos de cuasi personaje y cuasi acontecimiento. Sobre éste dice:

Por cuasi acontecimiento significábamos que la extensión de la noción de acontecimiento, más allá del tiempo corto y breve, sigue siendo correlativa de la extensión semejante a las nociones de intriga y de personaje. Hay cuasi acontecimiento allí donde podemos distinguir, incluso muy indirecta y oblicuamente, una cuasi trama y unos cuasi personajes. El acontecimiento en historia corresponde a lo que Aristóteles llamaba cambio de fortuna –metabole– en su teoría formal de la construcción de la intriga,(Ricœur, I, 1995: 363).



Rancière por su parte reconoce que con la aparición de estas nuevas entidades efectivamente se realiza un corte epistemológico, pero no se trata de un corte que divida la historia de la literatura, sino que con él se marca la distancia entre la nueva historiografía y sus predecesoras. De esta forma, las nuevas entidades cumplen una doble función en el terreno de la visión que los propios historiadores tienen sobre su trabajo:

Una historia, en el sentido ordinario, es una serie de acontecimientos que ocurren a sujetos generalmente designados con nombres propios. Ahora bien, la revolución de la ciencia histórica quiso justamente revocar la primacía de los acontecimientos y de los nombres propios en beneficio de las largas duraciones y de la vida de los anónimos. Es así como reivindicó al mismo tiempo su pertenencia a la era de la ciencia y a la era de la democracia (Rancière, 1993: 9).



Sin embargo, también en el sentido ordinario y debido a una homonimia propia del francés y del español, una historia es, además de la serie de acontecimientos atribuidos a ciertos personajes, el relato de dichos acontecimientos: “Y el relato se caracteriza comúnmente por su incertidumbre en cuanto a la verdad de los acontecimientos relatados y a la realidad de los sujetos a quienes se atribuyen” (Rancière 1993: 9). Es bien sabido que la historia cuenta con numerosas técnicas y ciencias auxiliares para corroborar la veracidad de sus materiales, pero también es obvio que los materiales requieren una arquitectura. Ciertamente, atendiendo al trabajo de Hayden White, la arquitectura de una obra histórica se encuentra fuertemente relacionada con el tipo de relato utilizado para su elaboración. Pero, independientemente del tipo de relato, para Rancière:

[...] la historia sólo es capaz, en última instancia, de una sola arquitectura, siempre la misma: una serie de acontecimientos ha sucedido a tal o cual sujeto. Se pueden elegir otros temas: la realeza en lugar de los reyes, las clases sociales, el Mediterráneo o el Atlántico en vez de los generales y los capitanes. No por ello dejará de afrontarse el salto al vacío contra el cual los rigores de ninguna disciplina auxiliar aportan garantías: hay que nombrar a los sujetos, hay que atribuirles estados, afecciones, acontecimientos (Rancière, 1993: 10).



Esta observación de Rancière equivale, en esencia, a la indicación de Ricœur acerca de la incapacidad de la historia para contarnos algo prescindiendo de los personajes (o por los menos de cuasi-personajes). Pero, más importante aún, nos dice que la historia no puede dejar de ser un relato y, en ese sentido, tampoco puede escapar de la incertidumbre propia de las construcciones narrativas. O dicho de otro modo, no puede ofrecer más garantías que aquellas que se desprenden de su muy particular régimen de verdad, el cual se construye en la articulación poética de tres niveles: el político, el científico y el narrativo. Por razones de espacio, el presente ensayo analizará únicamente el nivel narrativo, a sabiendas del daño que con esto se infringe al pensamiento de Rancière. Sin embargo, la pérdida se compensa al ser este nivel el que nos permite adentrarnos en los aspectos temporales de la historia, sobre los cuales se revelan las mayores diferencias entre ambos pensadores.

Para comprender más claramente este problema, es indispensable explicar su desarrollo paso a paso, comenzando por el análisis de Rancière del uso gramatical de los tiempos. Como ya dije, es en este punto en particular donde se abre una clara diferencia con respecto a la configuración del tiempo propuesta por Ricœur, la cual limita considerablemente el número de manifestaciones del tiempo propias de la narración histórica. Paradójicamente, es un mismo autor, Fernand Braudel, el que da pie a ambas interpretaciones. Es oportuno recordar en este momento que para Ricœur el tiempo dentro de la narración histórica alcanza su máxima complejidad al dividirse en escalas de duración variable que a su vez dependen del tipo de entidad que se describe, tal y como sucede en la obra cumbre de Braudel. Para Rancière, en cambio, el tiempo en El Mediterráneo va más allá de una división en escalas –que en última instancia puede ser vista como un procedimiento meramente técnico.

Este “ir más allá” implica, según Rancière, una inusitada aplicación de los tiempos verbales y de los pronombres. Me explico: simplificando a Émile Benveniste, los términos discurso y relato se definen gracias a los tiempos verbales y pronombres que incluyen o excluyen. En el discurso, están implicados un hablante y un oyente, con sus respectivos pronombres (yo/tú) aunque sea de forma implícita, y predomina el uso del presente. Por su parte, el relato utiliza preferentemente la tercera persona (“él”, que con toda propiedad puede ser considerada una no-persona), excluye el presente y se realiza principalmente en pasado (Benveniste, 1971: 218). Considerando lo anterior, Rancière afirma: “La historia erudita, de acuerdo con esta oposición, puede definirse como una combinación en la que la narración se encuentra enmarcada por el discurso que la comenta y la explica” (Rancière, 1993: 24). Lo único verdaderamente novedoso de semejante distinción es que se fundamenta sobre bases propiamente lingüísticas, pues ya es prácticamente una tradición dividir el discurso histórico entre la narración de los acontecimientos y el análisis de los mismos. De hecho, Ricœur mismo asume este postulado, aunque no sin antes ampliarlo y modificarlo, de modo que “el arte de la historia reside en este dominio de las alternancias de tiempo” (Ricœur, II, 1995: 483). Sin embargo, para Rancière lo que es válido para la historia erudita no lo es para la nueva historia; su mérito no reside en la alternancia de los tiempos:

Ahora bien, todo el trabajo de la nueva historia consiste en desajustar el juego de esta oposición, en construir un relato en el sistema del discurso [...] No se trata de un giro retórico sino de poética del saber: de la invención, para la oración historiadora, de un nuevo régimen de verdad, producido por la combinación de la objetividad del relato y por la certidumbre del discurso. Ya no se trata de insertar acontecimientos relatados en la trama de una explicación discursiva. La puesta en presente del relato vuelve sus poderes asertivos análogos a los del discurso (Rancière, 1993: 24).



No se trata, pues, de un juego combinatorio, sino de un juego totalmente nuevo. Y es el propio Braudel quien proporciona los ejemplos de ese desajuste.(6) Uno de ellos resulta excepcional por su fuerza y brevedad: “Como historiadores, lo abordamos mal [a Felipe II]: como a los embajadores, nos recibe con la más refinada de las cortesías, nos escucha, pero responde en voz baja, a menudo ininteligiblemente, y nunca nos habla de él” (Braudel, 1949: 1086) . Sobre este punto dice Ranciere:

Y el singular cara a cara del historiador presente y del rey muerto podría figurar bastante bien la revolución del sistema de los pronombres que responde a la revolución del sistema de los tiempos. En torno de un nosotros que la colectividad erudita de los historiadores toma de la majestad real, el él distanciado del relato y el yo presente que sostiene el discurso intercambian sus propiedades (Rancière, 1993: 25).



Vemos aquí el relato en presente y en primera persona (plural mayestático) de algo que sin duda no tuvo lugar en la realidad efectiva (aunque, por cierto, el historiador no lo señale), pero que dentro de la obra busca lograr un efecto explicativo.

Independientemente de las otras implicaciones que pueda tener el juego con los tiempos y las personas aquí descrito, me parece que señala claramente que el discurso histórico se encuentra abierto a un número bastante amplio de manifestaciones de la temporalidad, si no igual, por lo menos cercano al del discurso de ficción. Con esto se desvanece, en el plano de la temporalidad, otra de las barreras entre ambos discursos, quedando en pie únicamente aquella del estatuto crítico de la historia como búsqueda de la objetividad. Hasta qué punto se sostiene este principio a raíz de las observaciones de Rancière en torno a la obra de Braudel, es tema que requiere de una exploración más profunda, merecedora de un estudio por separado.

Sólo resta decir que aunque la disolución de las fronteras fuera total, no por ello carecería de sentido el trabajo del historiador, como pretende por ejemplo Roger Chartier (1994: 231). La disolución de las fronteras sólo confirma que la historia ha comenzado a correr al parejo de la ciencia y el arte de nuestro tiempo que, en palabras de White, “han trascendido los conceptos tradicionales que les exigían ser copias literales de una realidad presumiblemente estática; y ambas han descubierto el carácter esencialmente provisional de las construcciones metafóricas destinadas a comprender un universo dinámico” (White, 1978: 50).



Notas
(1)Para Paul Ricœur el valor de la historiografía francesa contemporánea radica en sus aportaciones metodológicas, pues al parecer ignora las cuestiones epistemológicas (Ricœur, 1995: 182).
(2) Ricœur afirma que, para la hermenéutica del romanticismo, más concretamente para Dilthey, “la explicación encuentra su campo paradigmático de aplicación en las ciencias naturales [...] En contraste, la comprensión encuentra su campo originario de aplicación en las ciencias humanas en las que la ciencia tiene que ver con la experiencia de otros sujetos u otras mentes semejantes a las nuestras [a diferencia de las ciencias naturales en donde existen hechos externos que observar, hipótesis, verificaciones, leyes, teorías, etc.]”(Ricœur, 1995: 84). Para Ricœur, sin embargo, la separación entre explicación y comprensión propuesta por Dilthey resulta poco fecunda, pues conduce al desgarramiento de la hermenéutica en su conjunto; por ello, Ricœur propone un modelo menos antinómico que permite una dialéctica entre ambas actitudes, dentro de la esfera del lenguaje (Ricœur, 1999: 59-81).
(3) La trama puede ser justamente llamada síntesis temporal de lo heterogéneo en virtud de su cualidad de “captación conjunta”, es decir, la trama transforma series de acontecimientos en historia y no sólo eso sino que “la construcción de la trama integra juntos factores tan heterogéneos como agentes, fines, medios, interacciones, circunstancias, resultados inesperados, etc.” (Ricoeur, I, 1995: 132). Factores reunidos en la unidad temporal de una acción total y completa.
(4) Para encontrar una prueba de dicha debilidad basta con pensar en el fenómeno de la allegoresis, es decir, el proceso mediante el cual las entidades que pueblan el campo histórico narrado por el historiador, sin importar factores como su individualidad o colectividad, se transforman en alegorías, en representaciones simbólicas de principios metahistóricos cuyas interacciones se determinan a nivel argumentativo o ideológico. De esta manera, entidades como la sociedad, la cultura, la economía, los espacios geográficos, las naciones y los pueblos, etc., conservan su papel como agentes responsables de las acciones narradas. (Véase: White,1992: 65-70.)
(5) Este ensayo no hace plena justicia a la complejidad y sutileza de la argumentación de Ricœur. Quedan explicados sólo parcialmente conceptos de suma importancia como son el de cuasi trama, cuasi personaje y cuasi acontecimiento, que Ricœur construye para explicar la forma en que la historia mantiene una relación indirecta con la inteligencia narrativa. Tampoco se desarrolla aquí la explicación de Ricœur sobre cómo es que el corte epistemológico precede a la configuración narrativa.
(6) Todo el segundo capítulo del libro de Rancière está dedicado al análisis de Braudel. Los ejemplos del uso de los tiempos y los pronombres son muy numerosos, destacando el relato de la muerte de Felipe II, y el análisis de sus diferentes niveles metafóricos y narrativos.

Bibliografía
Benveniste, Émile, Problemas de lingüística general I, tr. Juan Almela, México, Siglo XXI, 1971.
Braudel, Fernand, La Méditerranée et le monde méditerranéen à l’époque de Philippe II, Armand Colin, 1949.
Chartier, Roger, “Cuatro preguntas a Hayden White”, en Historia y Grafía, México, UIA, núm. 3, 1994.
Domanska, Ewa, Encounters: philosophy of history after postmodernism, Charlottesville and London, University Press of Virginia, 1998.
White, Hayden, El contenido de la forma, tr. Jorge Vigil Rubio, Barcelona, Paidós Básica, 1992.
___, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, tr. Stella Mastrangelo, México, Fondo de Cultura Económica, 1992.
___, “The burden of History”, en Tropics of Discourse. Essays in Cultural Criticism, Baltimore and London, The Johns Hopkins University Press, 1978.
Rancière, Jacques, Los nombres de la historia, tr. Viviana Claudia Ackerman, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1993.
Ricœur, Paul, Tiempo y narración, dos tomos, tr. Agustín Neira, México, Siglo XXI, 1995.
___, “La explicación y la comprensión”, en Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido, tr. Graciela Monges Nicolau, México, UIA-Siglo XXI, 1995.

Extraído de:
Rodrigo Díaz Maldonado, "El discurso histórico", Fractal 23, Invierno 2001, año VI, volumen VI, pp. 39-58.
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