

-De Dios- respondió el niño con la más luminosa de sus sonrisas, tan cargada de frescura e ingenuidad que conmoverían al instante a quien las observara. «¿De quién eres amigo?» le habían preguntado, instantes antes, sus compañeritos del jardín de infantes.
Al contemplar que todos a su alrededor ¡incluidos los maestros! comenzaron a reir, el niño oculto inmediatamente su mágica sonrisa y experimento una agria confusión. En su interior bullía la pregunta: ¿Por qué?
Caviló durante algunos días sin que nada logre alivianar la angustia en su corazón.
La siguiente vez que fue preguntado sobre sus amistades, el niño supo ahora responder de acuerdo a las expectativas y menciono el nombre de uno de sus iguales.
Las reacciones fueron entonces las habituales y el niño formó la siguiente ecuación mental: Ser amigo de Dios es motivo de burla + no me gusta que se burlen de mi: no debo ser amigo de Dios.
El tiempo paso y el niño fue convirtiéndose en adolescente, olvidando paulatinamente que Dios había dejado de ser su amigo no porque El quisiera, sino por propia elección.

Asi, con el paso del tiempo fue amigo de cuanta persona tuvo frente a sí. Todos eran sus amigos y amigas y los cuidaba como un tesoro invaluable.
Muchos de sus amigos se convirtieron en grandes amigos. Muchas de sus amigas se convirtieron en sus amantes (lo cual, salvando las distancias, es lo mismo). La vida no podría ser una experiencia más jubilosa.
Sin embargo, el tiempo pasó, y los amigos y los grandes amigos se dispersaron cada cual a su tiempo. Las amantes, o al menos una de ellas, ahora convertida en su mujer, finalmente también decidió alejarse irremediablemente. El éxtasis de la vida expelía así su último aliento.
El maravilloso niño amante se había convertido repentinamente en un hombre solo y gris. El ángel había tocado tierra. Ya no más sonrisas luminosas, ya no más amor.

La búsqueda fue desesperada. «-¿Dónde, dónde; alguien que me diga donde hay algo de amor para mí?-». Pero el amor, al igual que todo aquello que se busca desesperadamente, no aparecía.
Busco amor en todo lo que estuvo a su alrededor: ropas, cajones, placares, fotos, veredas, calles, plazas, jóvenes y adultas, reuniones, recitales, meditaciones, campings, cordilleras, mesetas, llanuras, al amanecer y al atardecer, sobre las aguas y debajo de ellas.
Busco amor en el arte, en la música, en Chopin, Albinoni, Beethoven, Listz, Bach, Handel, Vivaldi, Mozart, Rossini, Schubert, Mendelssohn, Verdi, Wagner.
Busco amor en las palabras desde Nietzsche a Krishnamurti, desde Russell a Jung, desde Freud a Buda; desde Darwin a Huxley, desde Aristoteles a Platon, desde el pensamiento hasta la magia, desde la imposibilidad hacia la realización absoluta.
Todo el tiempo, poco a poco, fue descubriendo que su camino siempre había sido en una dirección: desde la mente al alma.
Asi, fue recordando, suavemente, sus primeros inocentes años de amistad con Dios, cuán natural y placentero era todo aquello. Instintivamente deseo con todas sus fuerzas volver a ser aquel niño nuevamente, y lo fue. Recupero la felicidad, la plenitud y su amor por la vida.
Y también Dios recuperó una parte de Si, su pequeño amigo.

Hay historias que siempre terminan bien.
Peace!