InicioCiencia EducacionLas ideas de Darwin, Wallace y Huxley


La Evolución, Explicada.






En la actualidad todo el mundo, prácticamente, acepta la idea de la evolución. Quizá no sepamos exactamente en qué consiste, y, si nos preguntasen, muchos de nosotros posiblemente no andaríamos más cerca de la verdad que aquel niño que, en una composición escolar, dijó: “El señor Darwin dice que el primer mono fue una especie de gelatina.” Lo cual puede ser más provechoso, aunque menos docto, que la definición exacta del filósofo Herbert Spencer:
“La evolución es una integración de la materia y una disipación concomitante de movimiento, durante la cual la materia pasa de una homogeneidad indefinida e in-coherente a una heterogeneidad definida y coherente, y al mismo tiempo el movi-miento retenido experimenta una transfor¬mación paralela.”

Quizá los filósofos necesiten escribir de esa manera. Entre esos dos extremos, la mayor par¬te de nosotros sabemos que a mediados del siglo XIX Charles Darwin publicó su gran libro, The Origin of Species (El origen de las especies) en el que lanzó un reto a las ideas ortodoxas de su tiempo con la teoría de que las miríadas de formas diferentes que reviste la vida se han ido produciendo en el curso de millones de años, porque se habían perpetuado las especies mejor dotadas para la lucha por la subsistencia y contra el clima y los enemigos. El hombre no era sino una de esas especies, y había evolucionado como las demás, aunque progresó más, muchísimo más, que los grandes monos, que son los seres que más se le parecen.
La historia del nacimiento de esa idea como explicación popular y generalmente aceptada del origen y cambios subsiguientes sobrevenidos en la vida del hombre y de los animales, produjo uno de esos sorprendentes progresos en los conocimientos humanos que de vez en cuando sacuden al mundo. Charles Darwin, Alfred Russel Wallace, Thomas Huxley: estos son los tres nombres que asociamos más íntimamente a ese progreso; pero fue el libro de Darwin el que produjo sensación.
En realidad, la idea de la evolución (palabra que significa desenvolvimiento, serie de transformaciones sucesivas), no era ninguna novedad.
Se remontaba, por lo menos, a los tiempos de la antigua Grecia, y a través de los siglos la habían entrevisto vagamente algunos pensadores sutiles. En el siglo XVIII, Goethe, científico y poeta, la había sustentado, Erasmo Darwin, abuelo de Charles, había sido un evolucionista convencido J. Lamarck, zoólogo francés, había publicado en 1809 un libro en que exponía una teoría de la evolución; y otros muchos hombres la habían enunciado.



En frente de esto, debemos recordar el sólido bloque de la oposición. La Iglesia en particular, se aferraba aún a la interpretación literal de la Biblia, y la Biblia dice taxativamente que el hombre y todas las demás especies de animales y plantas fueron creados en seis días por actos particulares de Dios, hace unos seis mil años. Las universidades de Oxford y Cambridge estaban dominadas tan en absoluto por la Iglesia ortodoxa, que hasta 1854 no se permitió el ingreso en ellas de ningún disidente; hasta 1878 los cargos docentes no se concedían más que a miembros de la Iglesia de Inglaterra. No se preocupaban de la ciencia, ni tenían laboratorios. Si un estudiante
osaba discutir la idea estricta de la creación tal como la expone el Génesis, se le hacía saber que tenía que aceptar la opinión de un miembro de la Iglesia de Inglaterra. Tal estado de cosas era general no sólo en Inglaterra, sino en el continente. En Alemania, Haeckel tuvo que reñir la misma batalla que riñeron aquí Darwin, Wallace y Huxley; y en 1877 el ministro prusiano de Educación prohibió que se enseñase en las escuelas la teoría de la evolución. Cuando los fanáticos de la vieja ortodoxia se encontraron ante el problema de los fósiles de animales extinguidos incrustados en las rocas, dijeron que eran restos de especies animales que también habían sido creadas por Dios el quinto día de la creación. Finalmente, alguien sugirió que Dios había incrustado aquellos fósiles en las rocas para probar la fe de los hombres del siglo XIX y, cuando se sentía perpleja ante las pruebas evidentes que suministraba la geología, la ortodoxia se acogía también a ese recurso. Una información estupenda sobre la lucha entre las ideas nuevas y las viejas, la tenemos en el libro de Edmund Gosse titulado Father and Son (Padre e hijo). El viejo Gosse era acérrimo partidario del Génesis, y cuando Charles Kingsley, su mejor amigo, aceptó la teoría evolucionista, aquél se negó a volver a verlo. No hay exageración en decir que esta era la cuestión más discutida del mundo hacia el año 1860 y siguientes. Charles Darwin, que fue el primer responsable de la tormenta, no había tenido la menor intención de atacar a la religión. Semi inválido, llevando una vida de reclusión en su casa de Downe, en Kent, no tenía más interés que el de la ciencia. Era un deísta fervoroso, y vió en el milagro de la evolución, que dirigía todas las formas de vida existentes en el planeta a través de millones de años, un sistema de creación más sublime que el que exponían las Escrituras.
A la edad de veintidós años tuvo oportunidad de viajar por el Pacífico, a título de naturalista, en el Beagle, barco del gobierno dedicado a investigaciones científicas. Tuvo efecto el viaje en 1831. Desde esa fecha, se dedicó a recoger, con laboriosidad y paciencia infinitas, datos de botánica, zoología y geología a fin de descubrir la verdad respecto de la evolución. Se llevó dos libros para leer en el viaje: El Paraíso Perdido, de Milton, y los Principios de Geología, de Charles Lyell. Esta última obra echaba por la borda las viejas ideas acerca de la edad de la tierra, y fue una de las primeras que señalaron la significación de los fósiles. Ya estaba preparada la escena para el conflicto que surgió treinta años más tarde. Durante los cinco años que viajó en el Beagle, Darwin recogió y ordenó multitud de hechos. Cuando volvió a Inglaterra y se retiró a su casa de Downe, continuó su vida de ininterrumpida investigación científica. Merece recordarse que, cuando se propuso escribir un libro sobre las lombrices de tierra, cubrió con yeso una porción de campo y durante treinta años se dedicó a observar hasta qué profundidad y en qué forma lo esparcían las lombrices. Todo cuanto hizo lo realizó con la misma paciencia infinita y esperando que la naturaleza le revelase sus secretos.





En 1844 escribió: “Estoy casi convencido de que las especies no son inmutables. Es como confesar un asesinato.”
Siguió estudiando el problema durante quince años más, antes de publicar su libro. En las islas del Pacífico había recogido hechos bastantes para fundamentar su opinión de que los animales y las plantas cambian gradualmente. El mirlo burlón de una isla difería bastante del mirlo burlón de otra isla lejana, pero evidentemente habían tenido un antepasado común. Más, ¿por qué eran diferentes? Esa era la cuestión que Darwin quería resolver. Le dió la clave el libro de Malthus sobre la Población, pues el reverendo T. R. Malthus estaba muy preocupado por el aumento de población del mundo, y previa un tiempo en que habría más habitantes de los que podrían ser alimentados. Estaba equivocado; pero Darwin encontró en aquella idea la explicación de su problema. Pensó que la lucha por la existencia era el procedimiento que seguía la naturaleza para producir la evolución. Los animales mejor dotados para sobrevivir, porque poseían alguna característica física que les permitía obtener más fácilmente el alimento o protegerse contra enemigos y la intemperie, eran los que sobrevivían. Emparejándose entre sí y procreando individuos que heredaban las características de los padres, llegó a fijarse el tipo sobreviviente, mientras los demás perecían. Ese, dijo Darwin, es el método que emplea la naturaleza para hacer cambiar a las especies. Ese era el secreto de la evolución.



Precisamente cuando se ocupaba en dar los últimos toques a su libro recibió, para que le hi¬ciese observaciones, un manuscrito de un científico joven que estaba trabajando en Malaya, llamado Alfred Russel Wallace. El manuscrito se titulaba The Struggle for Existence (La lucha por la existencia), y el autor había llegado a las mismas conclusiones que Darwin y por el mismo camino. Darwin, con la nobleza de espíritu que siempre le caracterizó, dispuso las cosas de manera que aquel joven desconocido compartiese con él la gloria del descubrimiento, y en 1858 se leyó en la importante Sociedad Linneana una comunicación en que por primera vez se exponía la teoría, comunicación que llevaba los nombres de los dos.



Al año siguiente Darwin publicó El origen de las especies, Tuvo un éxito inmediato y causó verdadero furor. Se vendió extraordinariamente. Al día siguiente de publicado, se agotó la edición. En cierto sentido, Inglaterra estaba madura para recibir la teoría, pues el país estaba en la cumbre del florecimiento comercial nacido de la revolución industrial, y la idea de que la naturaleza producía la evolución mediante una competencia ilimitada entre los seres, y de que en la lucha sobrevivían los más aptos, era una idea grata a los triunfantes ingleses. En el lado contrario, como hemos visto, se levantó la ruda oposición de los eclesiásticos. En este momento entró en la liza Thomas Henry Huxley, otro brillante y joven hombre de ciencia. Darwin, aunque vivió hasta los setenta y tres años, hacía vida de reclusión en Downe. Huxley desarrolló una campaña en favor de la nueva teoría a través de todo el país, escribiendo y dando conferencias, con mucha frecuencia a las clases trabajadoras, lo que en sí mismo era una innovación. En 1860, en la reunión anual de la Asociación Británica, tuvo lugar una escena tremenda. El obispo Wilberforce, de Oxford, atacó la nueva teoría en términos más bien injuriosos, y Huxley, enfurecido, contestó con mordaz ingenio, si no cortesía, que prefería estar emparentado con los monos antes que con el obispo. Darwin llamaba a Huxley su “bulldog”, y en verdad gruñó y ladró con bastante motivo en aquellos días de apasionada controversia, la cual volvió a encenderse después al publicar Charles Darwin su libro siguiente, The Descent of Man (La descendencia del hombre), en el cual asocia atrevidamente nuestro origen con el de los grandes monos, dando por supuesto que ambos hemos tenido un antepasado común, Pero las mayores inteligencias de la época fueron, una a una, adhiriéndose a la nueva teoría. Eclesiásticos, científicos, filósofos, pensadores de todas las tendencias, aceptaron el hecho de la larguísima evolución de las especies, entre ellas la humana. De tal aceptación nacieron nuevas ramas de la ciencia: sociología, an¬tropología, la psicología moderna; se hicieron grandes progresos en biología, botánica y zoología; y surgió una visión más amplia y unitaria de nuestro mundo y de todas las cosas creadas. Y, cosa por demás notable, se conquistaron nuevos conocimientos que, en realidad, han venido a desaprobar la teoría original de Darwin, de suerte que éste es hoy un hito que ya hemos rebasado en nuestro viaje por el camino de la sabiduría humana, camino maravilloso que parece no tener fin.




“Así, pues, del estado de guerra en que viven los seres naturales, del hambre y de la muerte, procede directamente la cosa más elevada que somos capaces de concebir: la producción de los animales superiores. Hay grandeza en esta concepción de la vida, según la cual sus diversas
potencias fueron originalmente insufladas por el Creador en unas pocas formas o en una sola.

"Mientras el planeta gira de acuerdo con las leyes inmutables de la gravitación, de un origen tan simple han salido, y continúan saliendo, infinitas formas cada vez más hermosas y admirables.”

Charles Darwin.

“No tenemos la menor objeción que hacer a ninguna creencia, si podéis demostrarnos que descansa sobre sólidas bases; pero si no podéis, con todos los respetos nos negamos a aceptarla. El bien no nace nunca de la mentira.”
Alfred Russel Wallace.


link a los viajes de Darwin.











Fuentes: Horacio Shipp. Libros que han movido al mundo.


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