Hablábamos aquí hace muy poco del problema del marxismo cultural. De cómo éste fue ideado por ciertos teóricos marxistas ante la realidad evidente de que la revolución bolchevique (marxismo económico), triunfante en la Rusia agraria y semi-feudal, no se extendía por la Europa industrializada y capitalista. De cómo fue perfeccionado y puesto a punto por la Escuela de Frankfurt, sin excluir otras aportaciones. De cómo tal cuerpo ideológico tenía como objetivo horadar los fundamentos culturales, morales y espirituales del oeste europeo, de manera que no ejercieran de obstáculos para la revolución bolchevique.
Pero el marxismo económico fracasó y los regímenes políticos que participaban de él sucumbieron (en Europa), o se vieron forzados a una serie de cambios económicos tan profundos que los dejaron irreconocibles (en otras partes del mundo). Esto, sorprendentemente, no implicó el fin del marxismo cultural ni de su intelectualidad, el tipo progresista (en contraste con el intelectual marxista, que es el tipo específico del marxismo económico y que se encuentra en absoluta decadencia). Una nueva clase, una especie de superburguesía o hiperclase mundialista, exenta de base nacional, utiliza esta ideología como medio de socavar las resistencias nacionales de todo tipo a la mundialización en curso, fase ulterior del capitalismo. Hoy el progresista rinde grandes servicios al capital mundialista.
El marxismo cultural es polimórfico y está por todas partes. También en las distintas disciplinas académicas y la historia no es una excepción. En este campo y en España es el responsable de la generación del mito de Al-Ándalus, es decir, de haber creado sin base histórica alguna una versión irreal y ensalzadora del período en el que el islam dominó partes variables del territorio español (y también portugués), dominio al cual se le atribuye una gran influencia en el modo de ser español. Esta versión, almibarada y falsa de todo punto, de aquella época ha sido difundida ad nauseam, dada a conocer ampliamente a la población (recientemente, la sección partidista más corrupta de Europa, el PSOE de Andalucía, ha emitido en la televisión que controla toda una serie dirigida a la masa borreguera con este tipo de contenidos) y presentada como su única aproximación históricamente correcta y moralmente aceptable. ¿Para qué lo hacen? Para denigrar a Castilla y al resto de reinos hispánicos en resistencia y reconquista, para introducir dudas acerca de la evidente base racial europea del español de hoy (a pesar de la insignificancia numérica del elemento racial extraño llegado en las invasiones y la predominancia demográfica en Al-Ándalus del muladí y del mozárabe, especialmente hasta los almorávides), para erosionar el concepto de patria española, para convertir en aceptable para la gente la actual inmigración masiva de magrebíes; en suma, para destruir España.
A las mentiras hay que combatirlas con verdades. Iré transcribiendo en varias entradas fragmentos de España. Un enigma histórico, la gran obra del célebre medievalista español Claudio Sánchez-Albornoz. Con matices, todos los historiadores serios coinciden con su análisis del problema.
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«Invito a Castro a leer el libro que acaba de publicar Julio González sobre el Repartimiento de Sevilla. Al socaire de la edición y análisis de este texto ha estudiado documentalmente la repoblación de las tierras andaluzas conquistadas por Fernando III y por Alfonso X. Como resumen de su pormenorizada investigación escribe: “La renovación de Andalucía en el siglo XIII es profunda y radical. Los castellanos hacen de ella una prolongación de Castilla, con su sangre, su lengua, sus creencias, su economía, su derecho, su indumentaria, su arte, sus costumbres. Lo antiguo, si no desaparece en casi su totalidad, difícilmente se percibe”.
Julio González va examinando la conquista de esa Andalucía del Guadalquivir; prueba cómo la inmensa mayoría de las poblaciones de alguna importancia fueron vaciadas por sus habitantes moros y señala que no fue duradera su permanencia en las plazas cuyas capitulaciones les permitieron seguir viviendo en sus hogares. Se sublevaron en 1264 contra Alfonso X, de acuerdo con el rey de Granada, y tras su vencimiento se dieron por rotos tales pactos y se les expulsó en masa, pues era demasiado peligrosa la presencia de posibles enemigos en zonas fronterizas, siempre amenazadas y con frecuencia luego combatidas por granadinos y benimerines.
González traza un mapa expresivo de tales primeras y segundas forzosas emigraciones de las poblaciones islamitas andaluzas y señala los excepcionales y reducidísimos núcleos rurales en que perduraron algunos musulmanes después de ese año decisivo de 1264.
Gracias a González conocemos al pormenor la amarga historia de esos desplazamientos moros y de la posterior repoblación cristiana. En Sevilla, por ejemplo, donde no había mozárabes ni judíos cuando fue conquistada por San Fernando en 1248 – porque los habían perseguido y forzado a emigrar almorávides y almohades-, como los musulmanes hubieron de abandonar todos sus hogares, la ciudad estuvo tres días totalmente vacía, según atestigua Al-Himyari. ¡Trágico y fecundo silencio el de esa gran urbe, la más rica y populosa de España y una de las más grandes de Europa! Después fue repoblada por cristianos y fueron repobladas también la larga serie de villas y aldeas de su extensísimo término o alfoz.
Conocemos hoy, gracias al Repartimiento y a los cientos de documentos utilizados por González, la patria de los nuevos pobladores de Sevilla. Procedían especialmente de tierras castellanas. Acudieron a ella también gentes de Galicia, de Portugal, de Aragón, de Cataluña, de Italia, de Francia y muchos judíos. Otro expresivo mapa presenta en síntesis rápida el cuadro de las plazas de donde salieron los colonizadores de la gran ciudad del Guadalquivir y de su alfoz. Y aunque no con igual detalle conocemos también la total repoblación de los otros centros urbanos andaluces. Según la Crónica Latina, Córdoba “nobis habitatoribus implenda erat, gente maurorum subito evacuata”. Y según el Toledano, fueron a poblar Córdoba, desde toda España, como a bodas reales.
Fue tan grande el tirón dado en el viejo solar del reino por la despoblación y repoblación de la Andalucía del Guadalquivir, que se clarearon mucho las filas de sus habitantes y se resintió considerablemente la economía castellana.
Al cabo de los años volvieron algunos moros a Sevilla, pero la morería sevillana fue insignificante. Lo demuestran las cifras del impuesto que pagaban a los reyes. Ascendía aquél a 5.500 maravedís mientras los judíos de la ciudad pechaban 113.333. Y como los noventa judíos que habitaban en Jerez contribuían a las arcas reales con 5.000 maravedís, podemos calcular el número aproximado de los moros que llegaron a vivir en Sevilla, cuando Castro supone a la vieja ciudad mora influyendo decisivamente en la mudanza de la contextura vital de los cristianos españoles».
Claudio Sánchez-Albornoz. España. Un enigma histórico. Edhasa, Barcelona, 2000, págs. 184-185.