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Esa es otra historia
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El manto
Un día, Nasrudín fue visitado por su viejo amigo, Jalal.
El Mulá dijo: - Estoy encantado de verte después de tanto tiempo. Pero
estoy a punto de efectuar una serie de visitas. Ven, acompáñame y
podremos charlar
- Préstame un manto decente -dijo Jalal-, porque, como puedes ver, no
estoy vestido como para efectuar visita alguna.
Nasrudín le prestó un magnífico manto.
En la primera casa, el Mulá presentó a su amigo.
- ¡Este es mi viejo compañero Jalal, pero ese manto que lleva puesto es mío!
En camino al próximo pueblo, Jalal dijo:
- ¡Qué cosa tan estúpida fue que dijeras "El manto es mío"! No vuelvas a
hacerlo.
Nasrudín lo prometió.
Cuando estaban sentados cómodamente en la siguiente casa, Nasrudín
dijo:- Este es Jalal, un viejo amigo que vino a visitarme. En cuanto al manto,
el manto es de él.
Al salir, Jalal estaba tan molesto como antes.
- ¿Por qué dijiste eso? ¿Estás loco?
- Solo quise arreglar las cosas, ahora estamos a mano.
- Si no te importa- dijo Jalal lenta y cuidadosamente-, no hablaremos más
del manto.
Nasrudín así lo prometió.
En el tercer y último lugar que visitaron. Nasrudín dijo:- Permítanme
presentarles a Jalal mi amigo. Y el manto,el manto que lleva puesto... Pero
no debemos decir nada sobre el manto, ¿no es así?
Presentación ante el Gran Mogul
Debido a una serie de malos entendidos y coincidencias, Nasrudín se
encontró un día en el Salón de Audiencias del Emperador de Persia.
El Shah se encontraba rodeado de nobles egocéntricos, de gobernadores de
provincias, de cortesanos e intrigantes de todo tipo. Cada uno de ellos
estaba presionando para lograr su pretensión de ser nombrado Jefe de la
Embajada que pronto saldría para la India. La misión era muy importante,
pues se recelaba de las intenciones del Gran Mogul sobre una posible
invasión del imperio Persa.
La paciencia del emperador ya se agotaba y levantó la cabeza sobre el
incómodo grupo invocando, mentalmente, la ayuda de los Cielos para su
problema y poder ver a quién elegía. Sus ojos se iluminaron sobre Mulá
Nasrudín.
- Este ha de ser el Embajador - anunció -, por lo tanto ahora, déjenme en
paz.

La intriga
Se cedieron a Nasrudín lujosas ropas y se le confió un enorme cofre con
rubíes, diamantes, esmeraldas y valiosas obras de arte. El regalo del Shah al
Gran Mogul.
Los cortesanos, no obstante, no se dieron por vencidos. Unidos esta vez por
la afrenta hecha a sus pretensiones, decidieron preparar la caída del Mulá.
Primero se filtraron en sus habitaciones robándole las joyas, que
repartieron entre ellos, poniendo tierra dentro del cofre para reemplazar su
peso. Después fueron a ver a Nasrudín, con la determinación de arruinar su
cometido, ponerlo en dificultades y, en el proceso, desacreditar también a
su amo.
- Felicitaciones, gran Nasrudín - le dijeron -, lo que la Fuente de la
Sabiduría, Pavo Real del Mundo, ha ordenado, debe ser la esencia de todo el
saber; por eso nosotros te aclamamos. Pero hay un par de puntos sobre los
cuales podemos estar capacitados para aconsejarte, pues, para nosotros, el
comportamiento de emisario diplomático es lugar común.
- Me sentiría agradecido si ustedes me lo dijeran - dijo Nasrudín.
- Muy bien - dijo el jefe de los intrigantes - Lo primero es que debes ser
humilde. Para demostrar tu modestia, no debes hacer ostentación de
ninguna señal de importancia. Cuando llegues a la India entrarás en todas
las mezquitas que puedas y harás colectas para ti. Lo segundo es que debes
guardar la etiqueta de la corte en el país ante el cual estás acreditado. Esto
significa que llamarás al Gran Mogul ¡La Luna Llena!.
- ¿Pero, no es ese el título del Emperador Persa? - dijo Nasrudín.
- No en la India - le contestaron.
Días después, en el momento de la despedida, el Emperador Persa le dijo:
- Tenga cuidado Nasrudín. Observe la etiqueta, pues el Mogul es un
poderoso emperador y debemos impresionarle sin ofenderlo de manera
alguna.
- Estoy bien preparado, Majestad - contestó.
Así, Nasrudín partió.

Las mezquitas
En cuanto pisó territorio hindú, entró en una mezquita, subió al púlpito y
dijo:
- ¡Señores! ¡Vean en mí al representante de la sombra de Dios sobre la
Tierra! ¡El Eje del Mundo! Saquen dinero, pues estoy haciendo una colecta.
Y esto lo repitió en toda mezquita que encontró en el camino que va desde
el Beluchistán hasta la Delhi imperial. Recogió dinero en cantidad.
Le habían dicho los consejeros que hiciera con él lo que quisiera, pues era el
producto del crecimiento intuitivo y la gracia. Y como tal, su uso crearía su
propia demanda. Lo que querían que sucediera era que el Mulá se expusiera
al ridículo por conseguirlo en esa forma vergonzosa.
- El santo debe vivir de su santidad - gritaba Nasrudín de mezquita en
mezquita -. No doy cuenta alguna, ni la espero. Para ustedes, el dinero es
algo para atesorar después de haberlo obtenido y lo pueden cambiar por
cosas materiales. Para mí, es solamente parte de un mecanismo. Yo soy el
representante de una fuerza natural de crecimiento intuitivo, dádivas y
desembolso.
Ahora bien, como todos sabemos, lo bueno a menudo procede del mal
aparente y a la inversa. Aquellos que pensaron que Nasrudín estaba
llenándose sus bolsillos, no contribuyeron. Por alguna razón, sus asuntos
no progresaron. Mas aquellos a quienes se les consideró crédulos y dieron
su dinero, se enriquecieron misteriosamente. Pero volvamos a nuestra
historia.
Antes de la llegada
Sentado en el trono del Pavo Real, el Emperador de Delhi estudiaba los
informes que los correos le traían diariamente informando el progreso del
embajador persa. No pudo encontrarles sentido y reunió a su Consejo:
- Caballeros, este Nasrudín verdaderamente debe ser un santo o un guiado
por la divinidad. Nunca se ha oído que alguien haya violado el principio de
que no se debe pedir dinero sin razón válida, por temor a que se le
interprete mal.
Le respondieron: - Que jamás se achique su sombra, oh Extensión Infinita
de toda Sabiduría: estamos de acuerdo. Si existen en Persia hombres como
éste, debemos cuidarnos pues su ascendencia moral sobre nuestro aspecto
materialista es claro
Después llegó un correo de Persia trayendo una carta secreta en la cual los
espías del Mogul en la corte imperial informaban que Mulá Nasrudín no
era un hombre importante en Persia, que fue elegido sin otra ley que la del
azar, para ser Embajador y que no podían comprender la razón por la que el
Shah no había sido más cuidadoso.
El Mogul reunió nuevamente a su Consejo y les dijo:
- Incomparables Aves del Paraíso, se me ha manifestado un pensamiento:
que el Emperador Persa ha elegido al azar un hombre para representar a
toda una nación. Esto podría significar que está tan confiado en la sólida
calidad de su gente, que para él, ¡cualquiera está en condiciones para
emprender la delicada tarea de embajador ante la sublime Corte de Delhi!
Así, también, indicaría el grado de perfección logrado y los asombrosos e
infalibles poderes intuitivos cultivados entre ellos. Creo que debemos
reconsiderar nuestro deseo de invadir Persia.
- Tienes razón Guerrero Insuperable en las Fronteras - exclamaron los
nobles hindúes.
Nasrudín en la corte
Al fin Nasrudín llegó a Delhi. Iba montado en su viejo burro. Lo
seguía su escolta, sobrecargada por lo sacos de dinero que había
reunido el Mulá en las mezquitas. El cofre que contenía el tesoro
lo llevaba un elefante, tal era el tamaño y peso.
Nasrudín fue recibido por el Maestro de Ceremonias en la
puerta de entrada a Delhi y de allí fue llevado directamente a la
presencia del Emperador.
Éste estaba sentado, rodeado de sus nobles, en un gran patio, el Salón de
Recepción de los Embajadores. El Salón había sido hecho de forma tal que
la entrada era baja y, en consecuencia, los embajadores se veían obligados
siempre a desmontar de sus caballos y llegar a pie a la Suprema Presencia,
dando así la impresión de suplicantes. Sólo un igual podía cabalgar hasta la
presencia del Emperador.
Nunca antes un Embajador había llegado montando un burro y así fue que
nada impidió a Nasrudín para llegar trotando recto hasta el Dosel Imperial,
pasando la puerta sin desmontar.
El monarca hindú y sus cortesanos intercambiaron significativas miradas
ante este hecho. Alegremente Nasrudín desmontó. Se dirigió al Soberano
como la Luna Llena y pidió que le fuera traído el cofre de los tesoros. Lo
abrió y... ¡apareció la tierra!. Hubo un momento de consternación.
"Mejor es que no diga nada, pues no hay nada que decir para disimular esto"
pensó Nasrudín y permaneció callado.
El Mogul le murmuró a su Visir:
- ¿Qué significa esto? ¿Es un insulto a la Suprema Eminencia?.
Incapaz de admitir tal cosa, el Visir se concentró intensamente y
proporcionó la siguiente interpretación:
- Esto es un acto simbólico, Alteza - murmuró - El Embajador quiere
significar que lo reconoce como el Amo de la Tierra ¿Acaso no le llamó Luna
Llena?.
El Mogul se relajó y dijo:
- Estamos contentos con la ofrenda del Shah Persa pues, nosotros, no
tenemos necesidad de riquezas y apreciamos la sutileza metafísica del
mensaje.
- Se me ha encargado que le diga - dijo Nasrudín, recordando la frase que le
dieron los intrigantes en Persia, sobre el ofrecimiento del regalo - que esto
es todo cuanto tenemos para Su Majestad.
- Esto significa que Persia no nos cederá una onza más de su territorio -
murmuró el intérprete de los pronósticos al rey.
- Dígale a su amo que entendemos - dijo sonriendo el Mogul -. Pero hay
otro punto que aclarar: si yo soy Luna Llena, ¿qué es entonces el Emperador
Persa?.
- El es Luna Nueva - contestó Mulá automáticamente.
- La Luna Llena es más madura y da más luz que la Luna Nueva, que es más
joven - murmuró el Astrólogo de la Corte al Mogul. 17
- Estamos contentos - dijo el hindú deleitado -. Puede usted regresar a su
país y decirle a la Luna Nueva que la Luna Llena lo saluda.
Los espías en la Corte de Delhi, rápidamente enviaron el relato completo
del intercambio al Shah, añadiendo que se sabía que el Emperador Mogul
había quedado impresionado y que desestimaba planear la guerra contra
los persas debido a las actividades de Nasrudín.
De vuelta a casa
Cuando el Mulá regresó a su tierra, el Shah lo recibió en audiencia plenaria.
- Estoy más que satisfecho amigo Nasrudín - le dijo -, por los resultados de
los métodos no ortodoxos. Nuestro país se ha salvado y esto significa que
no intentará contabilizar las joyas o lo recogido en las mezquitas. De hoy en
adelante se te reconocerá con el título de Safir Emisario.
- Pero su Majestad - murmuró su Visir - ¡este hombre es culpable de alta
traición, si no más! ¡Tenemos completa evidencia que aplicó uno de sus
títulos al Emperador de la India, faltando así a su lealtad y llevando a
descrédito uno de sus magníficos atributos!.
- Es verdad - tronó el Shah -, los sabios han dicho que para cada perfección
hay una imperfección. ¡Nasrudín! ¿Por qué me llamó usted a mí Luna
Nueva?.
- No sé de protocolo - dijo Nasrudín -. Pero sí sé que la luna llena está
desvaneciéndose, mientras que la luna nueva está creciendo, con sus más
grandes glorias al frente.
La actitud del Emperador cambió.
- ¡Prendan a Anwar, el gran Visir! - rugió -. ¡Mulá, yo te ofrezco el cargo de
Gran Visir!.
- Gracias - dijo Nasrudín - ¿Pero cómo podría aceptar yo después de ver con
mis propios ojos lo que le ha sucedido a mi predecesor?.
Epílogo
¿Y qué pasó con las joyas y los tesoros que los malos cortesanos habían
robado del cofre?.
Esa es otra historia y como el incomparable Nasrudín dijo:
- Solamente los niños o los estúpidos buscan la causa y el efecto en el
mismo cuento.
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