Elegantemente
El sitio de Internet Edge.org reúne desde hace años a muchos de los mejores científicos, artistas, pensadores y especialistas en tecnología, todos atentos a pensar los cambios en el conocimiento y el modo de comprender el mundo y la vida. Como todos los años, el sitio los invita a responder una única pregunta. Las casi 200 respuestas son un increíble despliegue de agudeza, conocimiento y sensibilidad. Y como todos los años, Radar las leyó y reprodujo las 10 más notables y originales a la pregunta que inauguró el 2012: ¿Cuál es tu explicación favorita más profunda, bella o elegante?
Por Federico Kukso
En su reciente libro Crónicas de un amante de las ciencias (Dedalus Editores), Bruno Latour se queja. Entre un ensayo dedicado a la guerra de calcomanías (Darwin vs. Jesús) y otro sobre la diplomacia de las excavaciones arqueológicas y el respeto a los muertos, el tan celebrado como ácido sociólogo y antropólogo francés pregunta indignado: “¿Cómo forma el gran público su gusto científico? Los restaurantes tienen sus críticos, los films, las exposiciones tienen sus críticos, los autos, los tejidos, los perfumes, las carreras de caballos tienen sus críticos. ¿Y las ciencias?”.
Obviamente, no es que escaseen las personas dispuestas a criticar todo lo que huela a científico. Basta con encender la televisión a la madrugada para ver a señores de dudoso portuñol asegurar que con sólo tocar un manto (y pagar su correspondiente ofrenda) cualquier persona puede curarse de inmediato de leucemia, cáncer y demás avatares modernos.
Bruno Latour, más bien, está más en sintonía con su compatriota físico Jean-Marc Lévy-Leblond: pensar la difusión y reflexión sobre las tecnociencias no sólo desde una distancia crítica para desembarazarse de los peligros del fundamentalismo de la razón. También hacerlo desde un punto de vista artístico: reconocer que en cada investigación hay trazos de irracionalidad, momentos de creatividad pura. O que ciertas ecuaciones y leyes científicas –la ecuación de onda de Schrödinger, la ecuación de Dirac, las de Shannon, Yang-Mills, Drake, la fórmula de la entropía de Boltzman, la segunda ley de Newton y, claro, E=mc2– pueden leerse a la vez como poemas: declaraciones abstractas cargadas de belleza, universalidad y cierta fuerza elemental.
Y también elegancia. Como escribió alguna vez Mario Bunge: “Algo es elegante cuando nos causa una emoción estética parecida a la que nos despierta la contemplación de algo bello y, al mismo tiempo, encontramos que se ajusta a nuestros cánones estéticos”. Así, elegantes serían tanto el David de Miguel Angel como un Rolls Royce, una catedral gótica, un smoking, un peinado, una buena tipografía, una tarjeta de presentación, un arrecife de coral, un libro, un fractal, un gol del Barcelona.
¿Pero una explicación elegante? Eso fue lo que se preguntó el editor John Brockman que, como todos los años, lanzó desde su sitio Edge.org –aquel faro para la llamada “tercera cultura”– una nueva pregunta para auscultar las grandes mentes del mundo científico, artístico, humanístico.
“Parte de lo que hace a una teoría elegante es su poder de explicar mucho asumiendo poco –respondió el biólogo Richard Dawkins a la pregunta “¿Cuál es tu explicación favorita más profunda, bella o elegante?”–. En esto la teoría de selección natural de Darwin gana por goleada. Explica todo sobre la vida: su complejidad, la diversidad, la ilusión de que la naturaleza fue diseñada. Pese a su elegancia y a su profundidad estuvo oculta hasta mediados del siglo XIX.”
El físico teórico Steve Giddings eligió, como todo buen alumno, la teoría de la relatividad de Einstein. Otros, en cambio, prefirieron respuestas menos obvias: el psicólogo Stephen Kosslyn optó por el condicionamiento pavloviano, el físico Nicholas A. Christakis se arriesgó con la explicación de por qué el cielo es azul y el especialista en gravedad cuántica Lee Smolin se orientó por el principio de inercia. Pero de entre las más de 180 respuestas, las argumentaciones más interesantes son las siguientes diez.
Vidas paralelas
Por Frank Tipler
La idea más revolucionaria, elegante, hermosa e importante de los últimos 200 años es la de que la realidad está hecha de más de un universo. De hecho, de un número infinito de universos paralelos. Por “universos paralelos” me refiero a universos exactamente como el nuestro, que contienen individuos exactamente como cada uno de nosotros. Hay infinitos Frank Tiplers, individuos iguales a mí que escribieron ensayos sobre universos paralelos, leídos por infinitos individuos como usted, el lector. Y hay más: hay otros universos casi idénticos al nuestro pero que difieren en pequeños detalles. Por ejemplo, universos en los que usted –el lector– realmente se casó con su amor de secundaria y universos en los que no lo hizo.
Es una idea verdaderamente alucinante porque, de ser cierta, expandiría aquello que llamamos realidad infinitamente más de lo que alguna vez hizo Copérnico con su revolución.
Varios físicos de principios y mediados del siglo XX llegaron independientemente a esta idea: por ejemplo, los premios Nobel Erwin Schrödinger y Murray Gell-Mann. Sin embargo, sólo uno, un graduado de Princeton llamado Hugh Everett, tuvo el valor de publicar y deducir matemáticamente en 1957 que los universos paralelos son una consecuencia automática de la mecánica cuántica. Como la revolución Copernicana, la “revolución Everettiana” tardará décadas en ser aceptada y comprendida. La existencia de universos paralelos nos conducirá a repensar absolutamente todo.
Frank Tipler es profesor de física-matemática de la Tulane University en Nueva Orleáns, Louisiana, Estados Unidos. Es autor de La física de la inmortalidad y de The Anthropic Cosmological Principle.
El efecto Gandhi
Por Howard Gardner
En un planeta ocupado ahora por siete mil millones de habitantes, estoy sorprendido por la diferencia que puede hacer un solo ser humano. Piensen en la música clásica sin Mozart o Stravinsky; en la pintura sin Caravaggio, Picasso o Pollock; el drama sin Shakespeare o sin Beckett. Piensen en las increíbles contribuciones de Miguel Angel o Leonardo, o en los últimos tiempos, la efusión del sentimiento profundo provocado por la muerte de Steve Jobs (o Michael Jackson o la princesa Diana).
Por desgracia, no todos los individuos hacen una diferencia positiva. La historia del siglo XX sería mucho más feliz si no hubiera existido Hitler, Stalin o Mao (o Bin Laden). Sin embargo, en reacción a estos individuos, a veces emergen figuras más alabadas: Konrad Adenauer en Alemania, Mikhail Gorbachov en la Unión Soviética, Deng Xiaoping en China. Estos sucesores también marcaron la diferencia.
Considero a Mahatma Gandhi el ser humano más importante del último milenio. Sus logros en la India hablan por sí solos. Pero incluso si Gandhi no hubiera contribuido al liderazgo de su propio país, tuvo una influencia increíble en los resistentes pacíficos en todo el mundo: Nelson Mandela en Sudáfrica, Martin Luther King Jr. en los Estados Unidos, y aquel solitario hombre en la plaza de Tiananmen en 1989 y en la plaza Tahrir en el año 2001.
A pesar de los esfuerzos laudatorios de los científicos para descubrir patrones en el comportamiento humano, me continúo asombrando por el impacto de un solo individuo, o de pequeños grupos, trabajando en contra de las probabilidades. Como académicos, no podemos y no debemos esconder estos casos bajo la alfombra de la investigación. Debemos tener en mente la famosa prescripción de la antropóloga Margaret Mead: “Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos comprometidos puede cambiar el mundo”.
Howard Gardner es psicólogo de la Universidad de Harvard.
Estamos hechos de estrellas
Por Kevin Kelly
¿De dónde venimos? La explicación que dice que cada átomo de nuestros cuerpos se fabricó en el corazón de estrellas siempre me pareció profunda, elegante, hermosa. Somos los subproductos de la fusión nuclear. Elementos como el carbón, el nitrógeno, el oxígeno y el hierro no fueron creados al principio del tiempo. Fueron creados en los hornos nucleares de estrellas y la única manera para que terminaran en nuestros cuerpos fue que esas estrellas en algún momento estallaran.
Todos somos polvo de estrellas. Y por una transformación elegante y extraordinaria, ahora somos capaces de mirar en la oscuridad de la noche y percibir otras estrellas brillando. Parecen remotas y distantes pero en realidad estamos muy cerca de ellas, sin importar la cantidad de años luz que nos separen.
Kevin Kelly es fundador y director ejecutivo de la revista Wired. Es autor de los libros Out of control y What technology wants.
El tiempo profundo
Por Alun Anderson
Hay una idea –simple y profunda– que me golpea con fuerza: la idea del tiempo profundo, aquella que afirma que la Tierra es extremadamente antigua y que el tiempo de nuestra especie sobre ella hasta el momento ha sido muy corto. Cuando esta idea surgió por primera vez se opuso a todo lo que se creía entonces. Eventualmente, iba a cambiar la concepción que tenían las personas de sí mismas tanto como el descubrimiento de que la Tierra giraba alrededor del Sol.
Sabemos cuándo nació la idea del tiempo profundo gracias a un profesor escocés llamado John Playfair que escribió en 1788: “La mente parece crecer vertiginosamente al mirar tan lejos en el abismo del tiempo”. Playfair había viajado a las costas escocesas con su amigo el geólogo James Hutton, que luego resumiría sus ideas en un libro llamado Teoría de la Tierra. Hutton le había mostrado una serie de distintos patrones en las rocas que sólo se podrían explicar al asumir que la Tierra no tenía seis mil años como se concluía de los cálculos sacados de la Biblia.
Fue un cambio enorme ver el mundo como lo hizo Hutton. Apreciar la inmensidad del espacio es fácil. Cuando miramos las estrellas la inmensidad del universo es a la vez evidente e impresionante. La inmensidad del tiempo, en cambio, no es del todo comprensible para la experiencia humana. La naturaleza, observada a escala humana, sólo pasa a través del ciclo repetido de las temporadas, interrumpido en ocasiones por terremotos catastróficos, erupciones volcánicas e inundaciones. Por eso las teorías creacionistas y catastróficas del origen de la Tierra parecían más plausibles que las explicaciones que hablaban de procesos lentos y graduales. Sin embargo, Hutton tenía fe en lo que veía en las rocas y exhortaba a otros a “abrir el libro de la naturaleza y leer en sus registros”.
Sus pensamientos sobre el tiempo crearon tierra firme para otras grandes teorías. En estas grandes escalas temporales, procesos lentos e imperceptibles bien podrían haber moldeado el mundo natural. Después de Hutton apareció la geología moderna, luego la teoría de la evolución para explicar el surgimiento de nuevas especies y, finalmente, la teoría del movimiento gradual de los continentes. Todas estas teorías fueron consecuencia de la concepción del tiempo profundo.
La belleza de su idea aún persiste. Si nos asomamos al abismo del tiempo, sentiremos nuestra propia insignificancia en los 4600 millones de años de historia terrestre.
Alun Anderson es biólogo y autor de After the Ice: Life, Death, and Geopolitics in the New Arctic.
Un universo en el multiverso
Por Martin Rees
Un concepto sorprendente ha entrado en la corriente principal del pensamiento cosmológico: la realidad física podría ser inmensamente más amplia que aquel parche del espacio y tiempo tradicionalmente conocido como “el universo”. Un nuevo giro copernicano podría estar en ciernes. Hemos aprendido que vivimos en un solo sistema planetario entre miles de millones, en una galaxia entre otras miles de millones. Pero ahora eso no es todo. Todo el panorama que los astrónomos observan podría ser solo una pequeña parte de las secuelas de “nuestro” big bang, que a su vez podría haber sido sólo una explosión en un conjunto tal vez infinito.
Nuestro ambiente cósmico podría ser mucho más rico pero en escalas tan vastas que sólo tenemos acceso a un pequeño fragmento. No somos conscientes de la “gran imagen”, no más que un microorganismo acuático –cuyo universo es un litro de agua– está al tanto de la topografía y biosfera del mundo.
Como sospechan muchos físicos teóricos, podría haber diferentes universos gobernados por diferentes leyes físicas. Estas leyes de la naturaleza, vistas en perspectiva, podrían ser tan sólo leyes locales.
A finales de este siglo podríamos decir con tranquilidad que vivimos en un “multiverso” y cuánto varían entre sí los diversos universos que lo componen, como el nuestro, un universo “bio-friendly”, amigable con la vida.
Martin Rees es astrofísico y presidente de la Royal Society de Londres.
Los hijos del azar
Por Samuel Barondes
En la edad de oro de la filosofía griega Teofrasto, sucesor de Aristóteles, se preguntó algo por lo que aún es recordado: “¿Cómo puede ser que, teniendo Grecia el mismo clima y teniendo todos los griegos una educación similar, no tenemos todos el mismo carácter (o personalidad)?”.
La pregunta es especialmente notable porque hace foco en lo que cada uno de nosotros sentimos que somos. Ahora sabemos lo suficiente como para ofrecer una respuesta: cada personalidad refleja las actividades de los circuitos cerebrales que se desarrollan gradualmente, bajo la dirección de la combinación de los genes y las experiencias de una persona. Esto conduce a la inevitable conclusión de que en las diferencias de personalidades influyen mucho los eventos fortuitos.
Hay dos tipos de eventos al azar que influyeron en la contribución genética a nuestra personalidad. Primero, la más obvia: los eventos que reunieron a mamá y a papá. Cada uno de ellos tiene una colección particular de genes, una muestra personal de las variantes que se han acumulado en el genoma colectivo humano. El segundo evento fortuito fue la unión única de un espermatozoide con un óvulo en particular, cada uno de los cuales contiene una selección aleatoria de la mitad de las variantes de los genes de cada padre.
Es la interacción de la mezcla resultante única de las variantes de genes maternos y paternos que juega un papel importante en el proceso de desarrollo de 25 años de duración, que construye el cerebro de la persona y la personalidad. Así que dos accidentes de nacimiento, los padres que nos concebieron, y las combinaciones de esperma y de óvulo que nos hacen, tienen una influencia decisiva en el tipo de personas que somos.
Pero los genes no actúan solos. Las personas se adaptan al mundo físico y social. Por ejemplo, los circuitos cerebrales que controlan las características de la entonación se activan para ser influenciados por el medio ambiente durante una ventana limitada del desarrollo.
Pero así como el azar influye en la combinación particular de genes que somos (y tenemos) al nacer, también influye el particular ambiente en el que nacemos. Nuestros genes nos inclinan a ser más o menos amigables y confiables. Y el lugar donde crecemos nos inclina a adoptar determinadas metas, a tener ciertas oportunidades y formas de comportarnos. Los aspectos más obvios de estas influencias ambientales son la cultural, la religión, lo social y lo económico transmitidos por padres, hermanos, maestros y pares.
Por supuesto, azar no es destino. Reconocer que los eventos fortuitos contribuyen a las diferencias individuales de la personalidad no significa que cada vida esté predeterminada o que no haya libre albedrío. La personalidad que surge a través de estos accidentes biológicos y socio-culturales puede ser modificada deliberadamente en muchos sentidos, incluso en la adultez. Sin embargo, los eventos fortuitos que dirigen el desarrollo cerebral en nuestras primeras décadas dejan marcas permanentes.
Samuel Barondes es neurobiólogo y autor de Making Sense of People.
La inteligencia del enjambre
Por Robert Sapolsky
La respuesta más obvia debería ser la doble hélice. El descubrimiento de Watson y Crick en 1953 explicó los mecanismos de la herencia. Pero la doble hélice no me cierra como respuesta. Para cuando cursé biología en la secundaria, la doble hélice era ya historia antigua.
A mí me interesan los conceptos de emergencia y complejidad, representadas en la llamada “inteligencia de enjambre”. Sólo basta con observar una hormiga solitaria. No tiene mucho sentido caminando en una dirección. Hasta que cambia de velocidad sin motivo aparente, completamente impredecible. Lo mismo ocurre con dos hormigas. Pero una colonia de hormigas es todo otro espectáculo: trabajos especializados, medios eficientes de explotar nuevas fuentes de alimentos, complejos nidos subterráneos con regulación de temperatura. Estas colonias no tienen un centro de comando. Cada individuo sabe lo que tiene que hacer. Esto, sin embargo, no es lo que se llama “sabiduría de la multitud”, donde un grupo de individuos razonablemente bien informados superan a un experto. Las hormigas no están razonablemente bien informadas acerca de todo el panorama. En cambio, cada hormiga está al tanto de un puñado de reglas para interactuar con el medio ambiente local y las demás hormigas locales. De esto surge una colonia altamente eficiente.
Las colonias de hormigas son sistemas de autoorganización que se destacan por generar senderos que conectan localidades de la manera más corta posible. Con reglas simples, las hormigas saben cuándo y dónde establecer un rastro de feromona en el camino y lo que deben hacer cuando se encuentra un nuevo sendero.
Estas colonias son sociedades complejas, sistemas adaptativos que no requieren de un diseño. Así como tampoco precisan de un arquitecto.
Robert Sapolsky es neurocientífico de la Universidad de Stanford.
La vida de los microbios
Por Gregory Cochran
La teoría microbiana de la enfermedad ha tenido mucho éxito, especialmente si te preocupan beneficios prácticos, como, por ejemplo, seguir vivo. Explica cómo una enfermedad puede propagarse rápidamente a un gran número de personas; por qué hay tantas enfermedades diferentes (distintas especies de patógenos), y por qué cierto tipo de contacto es necesario para la transmisión de la enfermedad.
La mayoría de los síndromes de enfermedades resultan estar causadas por pequeñas máquinas autorreplicantes, cuyos intereses genéticos no están estrechamente en sintonía con los nuestros.
De hecho, la teoría microbiana ha tenido tanto éxito que parece poco interesante. Una vez que entendimos las causas del cólera, de la neumonía y la sífilis, nos deshicimos de ellas, al menos en los países más ricos. Ahora estamos en un momento en el que ciertas personas se resisten a vacunarse básicamente porque no recuerdan estas amenazas.
Todavía vale la pena estudiar esta teoría no sólo para luchar contra la próxima plaga, sino también porque ha sido un factor importante en la historia y evolución humana. Así como no podemos comprender a Cortez sin la viruela, no podemos comprender a Keats sin la tuberculosis.
Gregory Cochran es físico y profesor de antropología de la Universidad de Utah. Es autor de The 10,000 Year Explosion: How Civilization Accelerated Human Evolution.
El método científico
Por Nathan Myhrvold
Los humanos somos una especie de narradores de historias. A lo largo del tiempo, nos hemos contado historias como una de las maneras para comprender el mundo que nos rodea. Toda cultura tiene su mito de creación sobre cómo surgió el universo. Somos charlatanes y simplemente no podemos resistir contar historias.
Pero por más convincentes y entretenidas que sean estas historias no llegan a ser explicaciones. Por cada hecho hay muchas versiones. En algún momento de la historia, sin embargo, ciertas historias comenzaron a ser cuestionadas escépticamente, testeadas con observaciones y experimentos. Si la historia sobrevivía estas pruebas al menos provisionalmente eran aceptadas como algo más que historias. Se convertían en teorías con real poder explicatorio. Las explicaciones siempre van a ser provisionales. No podemos bajar nuestra guardia escéptica. A este proceso de testeo lo hemos llamado el “método científico”.
Para mí, el método científico es la explicación elegante más importante. Sin dudas, es la fundación última de cualquier cosa con pretensiones de llamarse “explicación”. No tiene sentido hablar de explicaciones sin tener un proceso de verificación que nos ayude a decidir cuáles son correctas y cuales están equivocadas.
Esto nos parece ahora muy obvio pero a las personas les tomó varios miles de años desarrollar el método científico.
Obviamente, aún quedan por responder varias preguntas. Nuestro conocimiento tiene muchas lagunas. Pero nos podemos confortar al saber que en algún momento del futuro nuevas explicaciones llenarán estos espacios en blanco, así como se generarán nuevas preguntas.
Nathan Myhrvold es inventor y físico, CEO y director de Intellectual Ventures. Es autor del libro Modernist Cuisine.
Piensan, luego existo
Por Alana Conner y Hazel Rose Markus
“Pienso, luego existo.” Cogito ergo sum. ¿Se acuerdan de la elegante y profunda idea de Principios de Filosofía de René Descartes? El hecho de que una persona contemple su existencia, argumentaba Descartes, es prueba de que esta persona existe. Con esta sola afirmación, Descartes unió dos ideas centrales de la filosofía occidental: 1) el pensamiento es poderoso, y 2) los individuos desempeñan un importante papel en la creación de su propio “yo”, es decir, su psique, mente, alma.
La mayoría de nosotros aprendemos el “cogito” en algún momento de nuestra educación formal. Sin embargo, un número mucho menor de nosotros estudiamos una idea igual de profunda y elegante proveniente de la psicología social: el pensamiento de otras personas también moldea con fuerza nuestro yo. De hecho, en muchas situaciones el pensamiento de otras personas tiene un gran impacto en nuestros propios pensamientos, sentimientos y acciones. En otras palabras, gran parte del tiempo “Piensan, luego existo”. Para bien o para mal.
Un ejemplo de esto es el llamado “efecto Pigmalión”. Los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson lo describieron en un estudio de 1963. Después de tomarles una prueba de coeficiente intelectual (CI) a unos estudiantes, los investigadores les indicaron a los maestros qué alumnos eran académicamente avanzados dado su alto CI. En realidad, los CI de estos estudiantes no eran más altos que el de los estudiantes “normales”. Al final del año escolar, los investigadores advirtieron que los “avanzados” habían obtenido mejores calificaciones que los “normales”. ¿La razón? Los maestros esperaban más de los “avanzados”: les daban más tiempo, atención, cuidado. ¿La conclusión? Esperá más de tus alumnos y conseguirás mejores resultados.
Otro ejemplo de cómo nuestros pensamientos afectan los yo de otras personas son los estereotipos, nubes de actitudes, creencias y expectativas que arrastran un grupo de personas. Un estereotipo que pende sobre los afroamericanos es que son malos en la escuela. O que las mujeres son malas en matemática. El psicólogo social Claude Steele demostró en cientos de estudios que cuando los investigadores “conjuran” estos estereotipos –ya sea señalándoles sutilmente que informen su raza o género en un test– los estudiantes de los grupos estereotipados sacan peores notas que los grupos sin estereotipo. Los investigadores muestran que los estudiantes bajo la amenaza del estereotipo están tan ansiosos de confirmar el estereotipo que se ahogan en la prueba. Los pensamientos de otras personas que deforman los de estudiantes prometedores.
A medida que el planeta se hace más pequeño y más caliente, saber que “Piensan, luego existo” podría ayudarnos a comprender cómo afectamos a nuestros vecinos y cómo nuestros vecinos nos afectan.
Alana Conner es curadora del Tech Museum en San José, California. Hazel Rose Markus es profesora de ciencias conductuales de la Universidad de Stanford University.