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Las Escaleras (Cuento largo, de mi autoría)

Como ya dije 2345345243 veces, NI SE LES OCURRA ROBARLO (porque en manuscrito les rompo el culo e_e(?) Acá está mi cuento namber for c: (hay uno que nunca publiqué) Y bueno, espero que les guste C: (Este cuento está protegido con propiedad intelectual, así que ni se gasten en cagarlo) Comenten y dejen puntos, se agradece e_e



Las Escaleras



Todo oscuro se veía desde adentro de ese casco. Las pequeñas hendiduras que lo conectaban con la realidad dejaban que pase un pequeño fragmento de luz solar. Gracias a esos rayitos, los ojos se le veían iluminados de una profunda tristeza. No sabía cómo había ido a parar allí, de hecho, ni siquiera sabía en dónde se encontraba. Procedió a sacarse el casco y a dejarlo sobre una mesa ratona que había en esa oscura y pequeña habitación. Pudo notar cómo el sol iluminaba esta vez su rostro en su totalidad, y sus pupilas se dilataron al instante, dejando notar así sus verdes iris. Divisó, una vez adaptado a la oscuridad del lugar sumado a la claridad que entraba por esa pequeña ventana, la escalera en forma de caracol frente a él. Se acercó prudentemente, un tanto temeroso ante la soledad y el silencio inhumano del lugar. Su yelmo tintineaba a cada paso que daba, así que debía caminar lento. Subió cada uno de los escalones, sujetado a la baranda fina pero decorada en demasía que tenía a su derecha. Paso por paso, tintineo por tintineo, llegó al piso de arriba. Era una habitación, por el contrario, muy iluminada, pintada de distintos tonos de rojo, y muy ornamentada. Se escuchaban cantos de pájaros, pero de no ser por eso, la habitación habría estado en total silencio. Era extraño, pensaba el caballero, porque de haber aves cantantes, también se habrían oído desde el piso anterior. Al igual que la habitación en la que había despertado, esta era circular, aunque un olor intenso a rosas lo inundaba. La importante cantidad de luz solar que entraba por la ventana que tenía frente a él le pegaba de lleno a una joven a quien él no había percibido hasta el momento. Era una muchacha de unos veintidós años, con las manos entrelazadas detrás del cuello y el castaño pelo hasta la nuca. El caballero pudo saber quién era sin siquiera verle el rostro. Ella, dándole la espalda, ni siquiera se volteó al escuchar el sonido del yelmo, como si esperara su llegada. ¿En verdad era ella, la mujer a quien había esperado desde que tenía memoria? “Deberías sacarte eso, hace mucho ruido” pronunció por primera vez la muchacha, aún sin voltear. Señaló la silla que tenía al lado de ella, donde había ropas sueltas acomodadas muy a la ligera, muy parecidas a las que llevaba la joven. Tenía una camisa blanca semi-transparente, y desde donde, con el sol dándole sólo a ella, se podía observar su tallada espalda. El caballero automáticamente se desvistió con cierto temor a que la mujer lo viera, pero ella seguía inmutablemente mirando por la ventana de postigos abiertos. Sus manos volvieron a entrelazarse detrás de su cuello, mientras hacía un pequeño zarandeo con su cuerpo ante la melodía que emitían los pájaros. Él la observaba sin poder creer aún lo que estaba sucediendo. Se terminó de acomodar las nuevas ropas, dejando la armadura en una esquina. Al fin la muchacha, al no oír más ruidos metálicos, giró su rostro para encontrarse con el hombre. Su pequeña nariz respingada se frunció junto a su sonrisa delicada y femenina. Sus ojos miel se clavaron en los del caballero, sin aún separar las manos de su cuello. Esta vez giró su cuerpo dejando ver, a medias, su pequeña anatomía. Desprendió sus dedos para tomar las manos del muchacho, siempre con la sonrisa en su rostro. Él estaba atónitamente maravillado. “¿Por qué tardaste tanto? Te estuve esperando, escuchando a las aves, quienes me avisarían de tu llegada” declaró con esa suave voz. El joven no sabía qué responder a aquello. Con las comisuras de los labios emitía una pequeña sonrisa, maravillado por aquella hermosa escena. La muchacha señaló con uno de sus dedos, aún sin soltar los del caballero, otra escalera que, hasta el momento, el hombre no había divisado. Ella rió inocentemente, invitándolo a subir.
El joven avanzó dudosamente, esperando que ella vaya, pero la joven se desprendió de sus manos, y su sonrisa desapareció. “No puedo ir contigo” fue lo único que dijo, sentándose sobre el alféizar de la ventana, dispuesta nuevamente a observar los pájaros. “Pero… ¿no puedes acompañarme?” pudo por fin pronunciar el caballero. La muchacha se limitó a suspirar. Entonces el joven avanzó.
Esta vez con menos ruido ante la falta de su armadura, subió un tanto decepcionado escalón por escalón. El frío de aquella habitación empezaba a traspasarle los poros aún sin haber llegado. Su cabeza asomó por el lugar, y pudo ver a la misma joven que estaba en el piso anterior, delante de un hogar con fuego escaso. Estaba a punto de bajar, cuando otra vez su voz lo interrumpió. “Ven conmigo, hace mucho que te estuve esperando. ¿Dónde estuviste? No te vayas otra vez, por favor”. Esto lo desconcertó más aún. Avanzó lentamente, sintiendo ese frío impresionante que le congelaba los huesos. Temblando, se aproximó a ella y la abrazó para darle más calor del que le proporcionaba la pequeña fogata. Ella lo miró de manera desaprobadora. “Estás helado, ¿cómo es que nunca te abrigas?” pronunció, señalando nuevamente una pequeña muda de ropa apilada desordenadamente en una de las esquinas de la habitación. El caballero avanzó con precaución, sin entender qué es lo que pasaba. Procedió a cambiarse de vestimenta, notando cómo con aquellas prendas de abrigo su cuerpo volvía a una temperatura humanamente saludable. Se acercó nuevamente a la muchacha, tratando de abrazarla. Observó su rostro claramente desmejorado. Parecía que habían pasado unos años desde la última vez que la había visto en la habitación inferior. Esta vez la habitación estaba oscura casi en su totalidad, la ventana estaba cerrada y la hoguera estaba prendida. El fuego era la única iluminación del lugar. “¿Qué ha pasado?” logró pronunciar el caballero. La muchacha lo miró con una mirada de tristeza. “Que te ha pasado” lo corrigió la joven, suspirando. El muchacho no lograba comprender por qué ella, luego de responderle, señalaba nuevamente a una escalera que hasta el momento no había él visto. “¿Debo irme otra vez?” preguntó él. La mujer se limitó nuevamente a suspirar.
Mientras subía las escaleras, debió sacarse alguna de las pieles que llevaba puestas, ya que el frío disminuía escalón por escalón. La belleza del rostro de la mujer lo sorprendió nuevamente pero esta vez, al pié de las escaleras. Su ya adulto rostro aunque sin haber perdido ninguno de esos rasgos que la caracterizaba, le sonreía nuevamente. Casi sin pensarlo, lo tomó de la mano, conduciéndolo a una habitación muy parecida a en la que la había encontrado por primera vez. Él la siguió, y se sentó al lado de ella cuando ella lo hizo. Se limitaron a observar por la ventana, pero esta vez era una vista casi otoñal. “¿No es hermoso?” le preguntó la muchacha. Él la miró entre sorprendido y maravillado. “Sí… sí que lo es. Realmente hermoso” respondió, tratando de concentrarse en el canto de las aves y no en el rostro de la muchacha. La sonrisa de repente desapareció de su rostro. Y como ya le era familiar, el índice de la mujer apuntó hacia la distancia.
Subiendo otra vez, sentía cómo él mismo iba desmejorando. Era un día otoñal cuando llegó, exhausto, al piso superior. Esta vez, nadie fue a recibirlo. Sus pies se apoyaron ambos en el piso superior, esperando al menos ver la figura de su mujer en algún lugar. Se sentía mal, como si el mundo pudiera acabar en cualquier momento. Desvió su mirada hacia una cama ordinaria la cual no se encontraba allí antes. En ella, estaba recostada una anciana no menos bella que su esposa. Al observarla más de cerca, pudo percibir sus delicadas facciones, y percatarse de que era ella. Con sus manos se tomó el rostro, sintiendo unas arrugas pronunciadas entre sus dedos. Alarmado, retiró sus palmas de sí mismo, observándolas con detenimiento. Estas yacían arrugadas, desmejoradas, lastimeras. ¿Es que era el anciano, ya?
"¿Qué te sucede?" Pronunció por primera vez la mujer. Él la miró, sorprendido. "Cómo puede ser..." susurró. "¿Es que no esperabas las arrugas en tu anatomía?" Le preguntó ella. El caballero frunció el ceño, extrañado. Volvió a observarse las manos, sin poder creer aún lo que veía. "No... no realmente" Pudo responder, dudoso. "¿Te parezco menos atractiva?" Él no sabía que responder ante esa pregunta. Tenía deseos de abrazarla, de cuidarla, de preguntarle por qué se encontraba en esa cama. Antes de que pudiera responder, ella continuó. "Sí, así es como nos vemos. El tiempo pasó desde la última vez que te fuiste sin que ninguno de los dos pudieramos notarlo siquiera. ¿Es que no te lo esperabas? ¿No notaste cómo cada uno de los dos iba desmejorando por cada vez que nos volvíamos a ver? Debías subir esas escaleras. Una vez que uno desea, nunca se puede volver atrás. Si te quedabas donde yo, el tiempo no pasaría, el futuro nunca concluiría, las aves nunca dejarían de cantar la melodía expectante a tu llegada. Ni siquiera podríamos salir de esa silenciosa habitación. De todas maneras, yo no podía subir contigo. Era tu deseo, no el mío."Concluyó la anciana. "Pero yo no he deseado que nada de esto ocurriera..." Pudo pronunciar el joven, sin comprender aún. "Claro que lo hiciste. ¿Acaso tampoco recuerdas tu deseo? ¿Es que no recuerdas nada?" Le contestó ella, observando cómo el anciano se avergonzaba, y dirigía su mirada hacia el suelo. "Estas cosas nunca hubieran pasado si tu nunca hubieras deseado saber cómo sería todo. En el futuro, nunca puedes vivir un presente ni recordar demasiado de un pasado. En cambio, el presente, es un eterno futuro. Tus decisiones pueden cambiarte para siempre, y así también pueden cambiar tu vida. Si hubiera una próxima vez, te diría que desees poder disfrutar el presente, y no tratar de saber cómo sería tu vida. Pero ya no habrá próxima vez, o quizás sí, quién sabe. Aunque si la hay, debo advertirte que no será en este cuerpo ni tampoco en esta vida. ¿Ahora lo entiendes?" La anciana hizo una pausa, prestándole atención a las expresiones de su esposo. Él se limitaba a suspirar, y a asentir desganadamente. Una lágrima surcaba su desgraciado rostro, y la tristeza lo inundaba por dentro. "Y como no hay más presente, se me acaba el tiempo de vida en este lugar, así que debo pedirte nuevamente, que asciendas por las escaleras"Concluyó ella, apuntando con su desmejorado índice hacia otro lado de la habitación. Él se arrimó a ellas, lenta y costosamente, observando cómo la mujer de su vida yacía con los ojos cerrados en la cama, muriendo lentamente.
Subió cada uno de los escalones, observando cómo sus ancianos pies se posaban en cada uno de ellos. Su salud disminuía, a medida de más altura, más desmejorado se encontraba. Al llegar hacia arriba, se desplomó ya sin aire en el suelo, sin siquiera poder observar con detenimiento la oscura habitación que lo rodeaba. Lo que sí se podía observar con claridad, era el cuerpo inerte del caballero sobre la alfombra de esa húmeda y conocida sala.

Andrea Celtich.
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