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Historia Argentina - "Mujeres de Mayo"

Este es un resumen de algunos [/size]articulos e informacion que encontre sobre las mujeres que tambien participaron en los dias de Mayo, y creo que hay que recordar.
Espero que les guste y denjen sus comentarios.

Mujeres de Mayo
Protagonizaron tertulias esclarecedoras, o donaron sus joyas a la causa de la libertad. Pelearon hasta dejar sangre o empujaron a la lucha a esposos o amants. Ellas, las mujeres que pisaron suelo argentino durante el revolucionario 1810, tienen letra chica en la historia.



¿Qué hicieron las mujeres en Mayo? ¿Acaso alguien las invitó al Cabildo Abierto del 22, cuando se depuso al virrey Cisneros? ¿Acaso arriesgaron su reputación el histó¬rico día 25 y se apiñaron entre soldados patri¬cios y vecinos que, reunidos frente al Cabildo, "querían saber de qué se trataba"?
Para pensar a las mujeres de Mayo hay que retroceder a 1801, hasta una sola escena en Buenos Aires. La tranquila aldea colonial (donde las cuentas del rosario y los días pasan, para las recluidas damas de sociedad, con igual monotonía) se estremece con un escándalo.
La niña María de Todos los Santos Sánchez, hermosa muchacha de 14 años que la historia conocería como Mariquita, se ha negado a casarse con Diego del Arco, un distinguido caballero español mucho mayor, que su padre, riquísimo comerciante criollo, designó para ella. Estaba todo listo para la ceremonia: todo menos la novia. Ni los gritos ni las amenazas consiguieron que la muchacha diera el "sí" y el novio tuvo que salir de la respetable casa tan soltero como había entrado. Poco después la señorita también salió como había entrado del convento donde había sido internada en castigo: salió resuelta a no dar el brazo a torcer y a casarse con su apasionado amor, su primo segundo, Martín Jacobo Thompson. Probablemente, Mariquita Sánchez, que sería de Thompson, no sabía que esta escena en la que se fundaba a sí misma como mujer no sólo afirmaba sus derechos en la vida privada sino que daba un paso precursor para la lucha pública. Si conviene partir de esta escena para hablar de las mujeres de Mayo en general, y de Mariquita en particular, es porque para una mujer abrazar una con¬vicción revolucionaria suponía como tarea simultánea cuestionar las imposiciones mora les de la sociedad. ¿Cómo actuar como si se tuviera derecho a ser una ciudadana, si no seexigía el derecho a ser individuo?
La acción legal que Mariquita Sánchez y Martín Thompson emprendieron en 1804 para poder casarse tuvo una repercusión especial en la sociedad porteña: era parte de los efectos de las nuevas ideas en las mentes jóvenes. Por eso, cuando el virrey Sobremonte falló a favor de los enamorados –y ellos se convirtieron en marido y mujer luego de 4 años de lucha, muchos sintieron que el triunfo no era sólo personal. Nuevos tiempos se avecinaban.
A partir de allí, vida pública y vida privada serían para Mariquita cosas bastante indiscernibles. Y aunque es muy dudoso que, como dicen en las escuelas, ella haya cantado por primera vez el Himno Nacional en una de sus célebres tertulias, nadie discute que entre 18lo y 1868, cuando murió, cumplió un papel fundamental en la tormentosa historia argentina, en los femeninos roles de dueña de casa que recibe y como escritora de papeles íntimos. Sus cartas, diarios y demás escritos no sólo son hoy magníficos y lúcidos testimonios sino que funcionaron como imprescindibles redes de contacto e información en épocas signadas por exilios y muertes.
No sólo para Mariquita se confunden lo público y lo privado. Como ella, que se inicia acompañando activamente a su marido en las conspiraciones contra Cisneros, otras damas participan en la causa con igual pasión. La tradición guarda las palabras con que Casilda Igarzábal, esposa de Nicolás Rodriguez Peña, exhorta a Cormelio Saavedra, el 18 de mayo: “no hay que vacilar", se dice que dijo cuando acudió a su casa a la cabeza de un grupo de señoras. El comandante del Cuerpo de Patricios, según esta versión, dudaba en ponerse al frente del movimiento contra Cisneros. Ella venía, junto con las demás, a presionarlo para que se decidiera e invitarlo a concurrir a su quinta (hoy la plaza Rodríguez Peña, avenida Callao al 900), en la que Juan José Castelli, Manuel Belgrano y otros rebeldes estaban conspirando. Saavedra aceptó ir. La estrategia para el Cabildo Abierto del 22 de mayo se planeó allí ese 18.
Cuando el flamante nuevo gobierno prepara, siempre en 1810, la expedición libertadora al Alto Perú, el registro de donantes que la sostienen esta poblado de mujeres: Eusebio de Lasala –que integró la comitiva a casa de Saavedra–, Bernardina Chavarría –mujer de Juan José Viamonte, uno de los que va a combatir–, Mariquita Sánchez de Thompson y muchas señoras más.
Un periodista (probablemente Bernardo de Monteagudo), en El Grito del Sud, en 1812, reproduce quejas de una anónima "señorita". ¿Por qué la Revolución no contempló los derechos de las mujeres? ¿Por qué continúa privándolas de recibir educación? ¿Serán éstas las quejas de Mariquita, como insinúa la historiadora María Sáenz Quesada? Lo cierto es que la lúcida mujer supo susurrar al periodista los argumentos que por su condición no tenía posibilidad de difundir.

Ellas participan así: anónimas, casi imperceptibles. Como María Guadalupe Cuenca, la esposa de Moreno, discuten estrategias con sus maridos. O juntan dinero de sus herencias y dotes, organizan actividades sociales lucrativas, prestan sus casas para reuniones clandestinas, cosen, murmuran argumentos a uno u otro oído masculino. Sus obras tienen riesgo, pero no llevan firma. Son pequeños hechos que sostienen, invisibles, grandes hechos espectaculares.
Pero si en mayo de 1810 el movimiento atañe principalmente a los vecinos criollos acomodados y al Regimiento de Patricios, tanto en sus antecedentes, las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, como en sus consecuencias, las guerras de la Independencia, se movilizan mujeres de todas las clases sociales. Y los métodos varían.
En las Invasiones, las ollas de agua arrojadas por mujeres desde las terrazas son más conocidas que algunas actuaciones individuales. Manuela Pedraza, una humilde soldada tucumana, combatió codo a codo con su marido por las calles de Buenos Aires en 18o6. Cuando él cayó muerto a su lado, mató al soldado que le había disparado. Y continuó peleando.
Para escándalo e indignación de la sociedad de su tiempo, María Ana Perichon de Vandeuil de O'Gorman, abuela de la desdichada Camila, logró disfrutar de la vida mejor que su nieta: amante de Liniers, en la Reconquista de Buenos Aires de i8o6 fue figura central y tuvo poder político. La historia de Martina Céspedes y sus tres hijas es de 1807: con la promesa de darles aguardiente, estas mujeres hicieron entrar a su casa, de a uno, a doce soldados ingleses y los tomaron prisioneros. En premio, Liniers nombró a Martina sargento mayor. Detalle romántico: ella entregó sólo once prisioneros. El restante se terminó casando con Josefa, una de las hijas.
Hubo guerreras y espías patriotas en los ejércitos del Norte. La soldada María Remedios del Valle, muy pobre y de raza negra, que vio morir marido e hijos en acción. La dama salteña Juana Moro de López, que sedujo a realistas como parte de su espionaje. Y entre todas, Juana Azurduy, que descolló por sus dotes militares.
Esta huérfana de sangre mestiza nació en Chuquisaca en 1780. Guerreó contra los españoles al frente de su tropa: primero codo a codo con su marido y gran amor, Manuel Ascensio Padilla, después sola. El 25 de mayo de 1809 exactamente un año antes del levantamiento de Buenos Aires, la sublevación de Chuquisaca sacudió el Virreinato del Río de la Plata desde el Alto Perú, su extremo norte. Juana y Manuel colaboraron con entusiasmo con los insurrectos. Aunque el movimiento fue derrotado, toda la zona ingresó en una "guerra de republiquetas", que no cesaría hasta la definitiva independencia de la América hispana, en 1824.
En ese escenario combatió Juana, la guerrillera, desde el día en que dejó a sus cuatro hijitos al cuidado de una india y salió a reunirse con su marido al campo de batalla. Allí la encontraron las dos expediciones que envió Buenos Aires al Alto Perú, primero al mando de Antonio Balcarce y luego de Manuel Belgrano, y que fracasaron en el intento de extender la Revolución. Las tropas de Juana y Manuel prestaron servicios significativos. Belgrano vio pelear a Azurduy y le obsequió su espada. Cuenta que fue ella quien tomó el cerro de la Plata y se apoderó de la bandera realista, hazaña que Padilla no le reconoció (escribe Belgrano) "por moderación". Como muestra de gratitud, el gobierno de Buenos Aires la nombró teniente coronel.
Durante el resto de los años, Juana continuó su resistencia en una guerra de guerrillas sangrienta y caótica en la que vio morir a sus cuatro hijitos, combatió embarazada de la quinta (la dio a luz a orillas del río Grande, mientras su marido peleaba) y escapó con ella en brazos, a caballo, recién parida, porque su custodia había aprovechado su convalecencia para intentar apoderarse de los caudales de la tropa.
Entonces, la estrategia que proponía San Martín se impuso en Buenos Aires: abandonar la convulsionada vía altoperuano y acceder a Lima vía cruce de los Andes y mar. Esto fue exitoso para la causa pero dejó a Juana y a su tropa sin sostén económico, librados a su propia suerte. Cuando el enemigo capturó y mató a Padilla, ella rescató de una pica de la plaza pública la cabeza de su hombre. Viuda y con una sola hija, después de desesperados y vanos intentos por continuar la ofensiva revolucionaria, se puso al servicio del general Martín Miguel de Güemes y participó activamente en la defensa del Norte patriota.

Si las menciones borrosas y confusas son injusticias que reciben por igual todas las mujeres que se pusieron al servicio de la independencia criolla, el final de sus vidas es distinto para las damas ricas y para las plebeyas pobres. Consolidada la paz, las primeras integraron prestigiosas sociedades de beneficencia y fueron honradas en su vejez. Merecieron grandes entierros, necrológicas elogiosas en los diarios. Pero María Remedios del Valle se vio obligada a mendigar hasta que consiguió una pensión. Cuando la guerra concluyó, Juana debió pedir ayuda al gobierno para volver a su tierra, Chuquisaca. Allí murió 40 años más tarde, en 1865, sumida en la pobreza, vieja, sola y olvidada. Tres años después moría Mariquita, la anciana más famosa y respetada de Buenos Aires. Sus funerales memorables no fueron como los de Juana, que fue depositada sin honores en una fosa común.

Bibliografia: Mariquita Sánchez, por María Sáenz Quesada. Diccionario biográfico de mujeres argentinas, por Lily Sosa de Neuton. Lupe, por Silvia Miguenz. Mujeres argentinas, autoras varias.
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