En una sociedad en la que el hombre tiene acceso lícito a un sinfín de armas capaces de poner en peligro el bienestar de la comunidad, el individuo acepta sin más dejar en manos de los legisladores su acceso a unas plantas y sustancias de uso inmemorial. En lugar de centrarse en la bien conocida injusticia o ineficacia de las leyes que regulan el consumo de drogas y fármacos, Szasz demuestra que, bajo la apariencia de estar velando por los vulnerables miembros de la sociedad y salvaguardando el interés común, la guerra que el Estado ha declarado a las drogas coloca al individuo bajo una tutela médico/psicológica permanente y le obliga a renunciar a unos derechos inalienables, esto es, el derecho a disponer de sí mismo y el derecho a la propiedad. Poniéndose de manifiesto que bajo esta cruzada gubernamental maquillada de iniciativa terapéutica se esconde la eterna dicotomía entre autocontrol y coacción estatal que, en definitiva, pone en peligro la supervivencia de una sociedad que tiende a delegar sus responsabilidades.
Prólogo de Antonio Escohotado.
Para hablar con propiedad sobre las drogas, tanto las legales como las ilegales (pero todas drogas al fin y al cabo), habría que hacer, en mi opinión, dos cosas: consumirlas y leer toda la bibliografía posible sobre ellas (o viceversa). De lo contrarío sucede lo que cualquiera ha podido escuchar en muchos medios de comunicación, en la tele sobre todo y de manera especial en los informativos. Un ejemplo: dan la noticia de un accidente de coche y escuchamos: El conductor conducía bajo los efectos del alcohol y las drogas... Mal dicho. El conductor conducía bajo los efectos de las drogas...Así sí, pues el alcohol está considerado como una droga, una droga que, junto al tabaco, es la que más muertes causa cada año... Las drogas ilegales generan tal cantidad de dinero negro que a los gobiernos, democráticos o no, les interesa más que permanezcan así: en la ilegalidad, y para que sigan así nada mejor que demonizarlas... Al loro: no estoy haciendo apología de las drogas, solo que si se supone que, a partir de los dieciocho años, uno es responsable para trabajar, para educar a sus hijos o para pagar una puta hipoteca, yo presupongo que uno también es responsable para consumir las sustancias que le salga de la polla. Lo que es una putada es que para consumirlas haya que entrar en garitos de mala muerte, negociar con gente en muchos casos peligrosa y lo que es peor: pagar equis cifra por un material cuya pureza deja mucho que desear, con los consecuentes riesgos para la salud... Imagínate que para consumir tranquilizantes o antidepresivos tuvieses, en vez de ir a la farmacia con la correspondiente receta, que ir a cualquier antro de mala muerte y pagar esas drogas legales a precios desorbitantes y con una pureza bajo cero...
El problema, como le escuché en cierta ocasión a cierto poeta (sobre otro tema) es que la gente no lee. Y este poeta no se refería únicamente a la gente de a pie, sino a otros poetas, a la inmensa mayoría de los críticos, editores y demás... En el caso de las drogas esto es especialmente grave ya que trae consigo que nos creamos a pies juntillas lo que nos hacen tragar desde los medios de comunicación... Por otro lado, la legalidad o no de una droga no depende de la droga en sí misma, sino de quienes nos gobiernen en esos momentos. Y otro ejemplo: en la Rusia de los zares, el café, sí, el café, estaba prohibido, era ilegal, y al que pillasen tomándose una taza le ajusticiaban, así sin más... Así pues, como decía, cada sábado voy a traer aquí uno o dos libros que si los lees harán que comprendas mejor este tema, este problema para algunos, y puedas opinar con mayor conocimiento de causa. Como habrás visto en la cubierta, empiezo por Thomas Szasz y su libro Nuestro derecho a las drogas, con prólogo de Antonio Escohotado, posiblemente el hombre que más sabe de drogas de este mundo, pero al que rara vez se le ve por los platós de televisión cuando se debate sobre drogas, como tampoco se suele ver en dichos debates a ningún consumidor de drogas a no ser que sea un consumidor arrepentido.